viernes, 16 de enero de 2015

NASSIMA BOUSSELAH [14.509] Poeta de Argelia


Nassima Bousselah 

Nassima Bousselah, nació en Constantine, Argelia, en 1979.
Ganadora del premio Presidente algerio.
Ganadora del Premio cultural de Dubai.
Ganadora del Premio del Estado de Qatar 2013/2014.
Profesora de Literatura árabe en la universidad de Qatar.

Tiene 7 publicaciones en árabe, incluyendo 2 libros de poesía y una novela corta. Es coatura, junto con Ali Al-Damshawy, del libro de poemas Un hombre, su mujer y un planeta.





Poemas de Nassima 
(del libro de poemas Un hombre, su mujer y un planeta)



El nombre de la muñeca

Ligera como quien paga sus pecados con un simple picor,
a salvo de la sospecha de caerse.
Despreocupada del largo camino y de la escasa iluminación.
¿Qué hará falta para podar la dureza de esta noche,
además de un pañuelo de papel y de un lápiz?
Así comienza mi estrepitosa soledad que llega hasta el aroma del café;
alejado por completo de la gente, y también cerca de otros,
y de mis amigas.
Entre ellos y yo, tan solo nubes de humo que escapan de sus narguilas;
entre ellos y yo, sus idiomas que apenas conozco;
entre ellos y yo, mi vieja herida en el corazón me recuerda que, al fin y al cabo, somos seres desgraciados.
Me repliego sobre mis nuevas, viejas y mortales heridas como un caracol cuidadoso y frágil
y rasco mi corazón para que así parezca que está acompañado.

¿Hay alguien, en esta desapacible noche y entre esta gélida gente que sepa leer los posos de una taza de café?
¿Hay alguien que haga algo bien aparte de este parón intencionado?

La lluvia está mojando los escaparates, algo no habitual por estas fechas.
No sé si se trata de la lluvia o si es mi invierno interior que saltó al cristal de los ojos;
quizá sean aquellos hombres y aquellas mujeres de nieve que están terminando
con las ascuas de las narguilas.
Abandono mi concha y remo hacia las palabras; ida y vuelta.
Hablo con mis amigas manteniendo la cordialidad de su sabor y nos reímos;
ellas me hablan de lo que sostiene la tristeza de su aroma.

Pienso en mi pañuelo de papel, que trocó su repugnante utilidad para poder escribir en él.
El papel tiene su destino y los textos, también.

Nadie le pregunta al papel sobre qué forma va a tomar; ¿quieres ser un cometa de colores en la mano de un niño novato o un libro o un rollo de papel higiénico?

Nadie pregunta a un texto, si el viento se lleva el sombrero; “¿hacia dónde se dirige el sombrero?”

Engalané con flores ambos lados del camino del «texto blanco» puesto que yo tampoco pregunté hacia donde se dirigía el sombrero,
y me enseñaron el nombre de la muñeca.





Una mujer capricornio que vuela

El viaje al cielo no precisa de equipaje
ni la estancia allí necesita cama, ni paredes, ni tan siquiera los ojos.

Liberada de los bienes terrenales, del cepillo de dientes y de los transparentes polvos de tocador que me pongo en la nariz para que no me brille,
vuelo hacia el cielo sin que se percaten tu vista ni tus dulces ojos.

Así, sin plumas, ni globo, ni alas. Sin tan siquiera un avioncito de papel.
sin embargo, vuelo;
liberada de mi piel,
de mis huesos y de mis veinte dedos.

Presiento
que en el cielo no nos harán falta,
y que Dios se apoderará de mí cuando me canse y hará que me crezcan dos alas de codorniz o preparará una botella de Red Bullo para que no retorne a tus deprimidas tierras.

La verdad es que desconozco cómo es un ala de codorniz aunque intuyo su invisibilidad.

Alza el vuelo, pues,
para que tu sombra sea más pequeña.

Sube,
para que tu voz se mitigue y
parezca salir de un viejo aparato de radio.

Elévate.
el cielo favorece;
nadie allí me disputa el aire,
ni ningún árbol me arropa y me deja respirar.

La muerte no existe en el cielo:
por ello me desprendo de todos mis vestidos,
los envío a su muerte terrenal y me entrego al éter.

¿Cómo puede una mujer de un signo de fuego reencarnarse en éter?
Y olvidad su corazón en un nube llorosa.
¿Y cómo puede gustarle el color azul?

Concede poca importancia a su elegancia, a la vista de los dos mechones de pelo ondulado y del ligero brillo de su nariz.

No hay ninguna luna disponible para sentarme a la turca,

Los necios se entretuvieron en inventarse historias de crímenes por mí cometidos y, allí mismo, me crucificaron.

No hay ninguna luna libre desde la que poder engañarte; así que dejaré que mis piernas cuelguen de una segunda nube, no de aquella en la que olvidé un pedazo de mi corazón:

que todo el mundo lo sepa.

Doy gracias a Dios por el paraguas, convertido en lujo mientras la lluvia siga cayendo siempre hacia abajo.

Me gusta que la lluvia caiga sobre la tierra que habitas para que tus mortales y coquetas mujeres se igualen por el barro.

Me gusta burlarme de ellas cuando se convierten en lavas

que se pegan a tu rostro, a tus dedos, a tus gafas, y a tus vaqueros.

Y que nos se van por mucho que frotes o que reces.

¿Acaso es que de tu esperma, colgado de tus mortales mujeres, va a crecer algo de la especie de las acelgas, por ejemplo,

o de las algas o de los eneldos?

Me reiré de ti allí, con los pies colgando de una nube, mientras tú te ajustas el sujetador y te pones a tocar la flauta para que la serpiente salga
de su madriguera.

¡Maldita sea la caña convertida en flauta!, según Rimbaud.

¡Malditas sean tus víboras que no abandonan su madriguera,
y tus cuarenta mujeres,
y los tirantes de tus pantalones azules!

Sí, lo he visto montado en mi nube,
desde donde diviso la verdad.

¿Te he dicho ya que tú e Ibrahim Musa sois los dos últimos que siguen usando tirantes con los pantalones en Egipto?





Fases engañosas

El día de hoy transcurre como el paso de una miserable hormiga
que anda solo por andar,
gobernada por el instinto y la unidad de la fila,
por la impecable reputación que el hombre ha heredado de la hormiga
y también por la fobia de Suleimán y sus soldados
(es decir)
aquí sifnifica:
n`importe quel;
sólo para que no toméis el significado con los pies mientras o vais corriendo hacia la frase anterior.

Así es por tanto hoy: la tierra, el cielo, lo que haya entre ambos y… ¡yo!

Y no digo esto por arrogancia sino por su singularidad
)y, de algún modo, también por arrogancia(

La frase entre paréntesis es engañosa;

¡qué feo está el “de algún modo” cuando su larga y puntiaguda nariz se encaja entre el pelo,

ese pelo del que no volverá a preocuparme su hidratación
salvo por la sequía de mi cabeza
)como me vino alguna vez en mi aburrimiento con tacones(.

Mi cabeza está seca y albergo dos mares en mi corazón; uno para ti y otro para ti.

amo los mares pero no me gustan las algas, ni los peces, ni las cosas mojadas.

Me disgustan los restos de la lluvia sobre el paraguas, sobre las ventanas, sobre la hierba y sobre las gafas.

¿Pero, es que vais a acusarme de ser dura?

El asunto, en realidad, carece de importancia. Siempre que haya dos mares en mi corazón.

¿He dicho que no me gusta la saliva en los besos?

Esta frase merece una parada.

Vale la pena que nos detengamos aquí y escuchemos esta canción:

http://www.youtube.com/watch?v=BXK3els8G7Q



Las ballenas no salen a la playa a tomar el sol

Así me encuentro, a solas conmigo mismo;
me acompañan los pasos de una perra
que trajo la curiosidad de los humanos desde el frío de Rusia al calor del Golfo.

Nadie le preguntó si la nieve era más pura
que el ardiente sol que abraza las pieles de los asiáticos.

Era una perra moteada
y una vida jaspeada en blanco y negro
sin un rojo collar en su cuello.

La verdad, la vida es como una loba;
no está familiarizada con los collares
aunque brillen y sean rojos.

La vida es un juego;
todos dando vueltas para luego sentarse en un cómodo asiento al final del trayecto,
y gozar con el remolino de aquellos que persiguen círculos de humo a su alrededor como si fuesen payasos.

La vida es una perra,
que persigue a quien la deje hambrienta
y a la que siguen los que se quedan con hambre.

Yo soy mujer de poco apetito
y menos paciencia. Odio el juego;
no somos amigas, oh vida, para compartir el juego.

No soy una mujer juguetona para granjearme tu amistad.

Hago pues lo que hacen las ballenas;
ellas no salen a la playa a tomar el sol.

Esta mañana
he decidido no saludar a nadie,
alzarle al mundo mi dedo anular y seguir mi camino;

esta mañana,
me dije que allí no quedaban ya pájaros que acudieran a comer el grano de mis manos
cuando sonase la alegría en el fondo de mis tiempos, que no fueron ni felices ni miserables.

Esta mañana ha caído una ciudad;

y también una estrella.

He vuelto al principio de la orfandad con algunas lágrimas,
sola, con el pelo alborotado y los labios secos;
pero pudiendo ver en la oscuridad.



Fotos de Nassima Bousselah con Ali- Al Dimshawy y algunos amigos de Granada


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