miércoles, 10 de diciembre de 2014

FRANCISCO ÁLVAREZ DE VELASCO Y ZORRILLA [14.223] Poeta de Colombia



Francisco Álvarez de Velasco y Zorrilla

Nace Don Francisco Álvarez de Velasco y Zorrila en Santa Fe de Bogotá, Colombia  en 1647, cursó sus estudios escolares en el Colegio de San Bartolomé de donde se graduó con apenas 16 años de edad, y donde recibió una rigurosa formación religiosa. A los 16 años también contrajo nupcias con la distinguida señora de sociedad, Doña Teresa de Pastrana y Cabrera. Por muerte del titular, el 17 de diciembre de 1667 fue nombrado gobernador y capitán general de la ciudad y Provincia del Valle de la Concepción de Neiva.

A la triste muerte de Doña Teresa en 1694 se debe la inspiración de: Buelve a su Quinta Anfriso solo y viudo, poema elegiaco de hondo romanticismo, y del texto Los Novísimos. De esta misma época datan sus poesías morales y las encomiásticas, que fueron producto de sus mejores años en Santa Fe de Bogotá cuando fuera su alcalde. Entre 1690 y 1692 se encuentra con la voz poética de Sor Juana Inés de la Cruz y dedica el resto de sus días al estudio minucioso de la obra de la monja y a su invocación como mujer. En 1703 se publico la “Rhythmica Sacra, Moral y Laudatoria”. Es posible afirmar que la obra de Álvarez, fallecido en Madrid en 1708, es precursora del neoclasicismo. 





Vuelve a su quinta, anfriso, solo y viudo

Oh mal haya la muerte,
que así fatal me quita la vida,
sin matarme: y en una muerte
viva me deja en tan triste
calma para hacer más cruel su herida,
con una que solo es alma
de la muerte que siento con la vida.


ENDECHAS

Qué mustias, qué calladas
mis pobres ovejillas,
cansadas de tristeza,
yacen en su rebaño mal dormidas.

Ya no como otras veces,
cuando apenas sentían
de mi Tirse las huellas,
con que todo su campo florecía.
Que dejando el sosiego
de su majada se iban,
apostando entre todas
sobre cuál a verla antes llegaría.

Y con balidos dulces,
con suaves melodías
a coros le formaban
de su mismo destemple su armonía.

Componiendo en su modo,
en danzas desmedidas,
saraos de sus retozos,
con que todas salían a recibirla.

Cuál con saltos inquieta,
corriendo más aprisa,
mudamente le daba alegre
el parabién de su venida.

Cuál llegaba a besarle
los pies, se le quería
subir, loca de gusto,
a besarle halagüeña las mejillas.

Cuál con más mansedumbre,
urbanamente fina,
llegándose a ella tierna,
sus amorosas manos le lamía.

Cuál con varias carreras
llegaba y se volvía
otra vez, y otras muchas,
a darle enhorabuenas repetidas.

Cuál corriendo a las otras,
que aún quedaban dormidas,
les pedía de la nueva
de su alegre llegada las albricias.

A que mi Tirse entonces,
risueña y compasiva,
a todas halagando
a todas su cortejo agradecía.

A cuál cogía en los brazos,
y a cuál con mil caricias,
limpiándola de abrojos,
la ambarcalada lana le mullía.

A cuál agasajando
con agradable risa
daba a lamer la mano;
y a cuál se la pasaba enternecida.

Los corderillos tiernos,
que aún no la conocían,
olvidados del pecho,
tras sus madres partían a recibirla.

Y con alegres señas,
de su nueva alegría,
por el suelo postrados,
parece la adoraban de rodillas.

A que ella viendo entonces
una imagen tan viva
de su humilde inocencia,
a sus brazos del suelo los subía.

Y abrazándolos tierna
otra vez les volvía
el tributo a sus madres,
que de sus nuevos partos le ofrecían.

Así en aclamaciones
de músicas festivas,
y en las encaramuzas
que haciéndole delante todas iban.

Llegábamos a aquesta
nuestra choza pajiza,
que adornada de ramos
el mayoral gustoso nos tenía.

A la cabaña apenas llegaba
la noticia de su llegada,
cuando varias venían
en tropas Pastorcillas.

Cuál le traía un cordero,
que ella soltaba aprisa,
por librarlo del susto
que de su breve muerte se temía.

Cuál los higos maduros,
y cuál la mantequilla,
cuál los patillos tiernos,
y cuál entre hojas la cuajada fría.

A que ella retornando
con dulces de la Villa
más dulces se los daba
con el logrado gusto de su vista.

Así todos gozosos pasábamos
pasábamos el día
con más gustos que cuantos
falseados en las Cortes se fabrican.

Mas ya ahora, ¡ay de mí!
que al volver a la esquiva
orfandad de estas selvas,
sin su siempre gustosa compañía:

Las ovejillas mudas,
mustias las Pastorcillas,
las unas tristes lloran,
las otras melancólicas suspiran.

Dolor, y no consuelo,
les es ya mi venida,
porque al verme sin Tirse,
en mis recuerdos su dolor se aviva.

Y al ver vuelvo sin ella,
como si el homicida hubiera sido yo
todas de mí se apartan,
y retiran.

Los balidos, que entonces seña
eran de alegría,
ya sólo son sollozos,
con que la suya mi congoja explican.

¡Ay de mí qué tormento!
¡ay de mí qué fatiga!
¡qué soledad tan sola!
¡qué orfandad tan desierta y tan esquiva!

¡Oh memorias funestas,
verdugos de mis dichas!
¡oh fatales recuerdos,
sangrientos potros de las penas mías.

Llorad, llorad conmigo,
zagalas y ovejillas,
diciendo con mi llanto,
en balidos, y quejas repetidas:

Oh mal haya la muerte,
que así fatal me quita
ya vida, sin matarme,
y en una muerte viva
me deja en tan triste calma,
para hacer más cruel su herida,
con una que sólo es alma
de la muerte más triste de mi vida.





Soneto 

Al segundo tomo de Sor Inés Juana de la Cruz


Gracias al que alumbrar con tus vivezas
Al mundo, saca a luz, luces más vivas,
Probando ser con otras más activas
Las especies Angélicas impresas.

Salgan, pues, a brillar tus agudezas;
Mas no prosigas más, ni más escribas,
Si añadir a tu fama estimativas
No pueden, ni aun tus mismas sutilezas.

Con las luces nos dejas deslumbrados,
Con las sombras nos dejas advertidos,
Para que así digamos admirados.

Que a un tiempo sabes dar hoy repetidos,
En unos como versos nunca hallados,
Unos como milagros nunca oídos.







Soneto 

De los que llamamos bienes de esta vida, no hay alguno que, bien visto, no sea falso

Si toda vida es una muerte viva,
La juventud, Aurora acelerada,
La salud, una flor del Cierzo ajada,
Y el puesto, un puesto que en el aire estriba.

Si es la nobleza luz de perspectiva,
Si es la belleza rosa deshojada,
Si es el deleite una ilusión soñada,
Si es toda dicha sombra fugitiva.

Si es el aplauso un lisonjero engaño,
Si el séquito el que al loco da el desprecio,
Si las riquezas un dinero a daño.

Salga desde hoy mi error del suyo necio,
Pues veo ya, con la luz del desengaño,
Que el humo al cobre le levanta el precio.

Nada falta para ello a mis pasiones,
ya sabe a ataúd la cama, y yo lo muestro
en que un cuerpo, que estudia en corrupciones,
ya sólo está para cadáver diestro,
seráme así el dolor en sus lecciones texto,
cátedra, libro, oyente, y maestro.





Soneto 

Fáciles, y breves remedios, para adquirir varios bienes, de los que más apetecen los hombres

Quieres ser noble? obra siempre honrado;
quieres ser sabio? estudia en ser virtuoso;
quieres ser rico? no seas codicioso;
quieres tener salud? vive reglado;

quieres respetos? vive retirado;
quieres aciertos? piénsa con reposo;
quieres deleites? pón en Dios tu gozo;
quieres serenidad? víve templado;

quieres ser valeroso? sé paciente;
quieres triunfar de todos? sé constante;
quieres no mendigar? sé providente;

quieres amigos? súfrelos amante;
quieres muerte feliz? víve prudente,
como que has de morirte al otro instante.





Soneto  

Epitafio anticipado, que hace un enfermo sobre el sepulcro de su cama, en que sobreviviendo a sí mismo, desde ella empieza a leer, como otros sus blasones, sus miserias  

Este, que catre piensas descansado,
cátedra es en que leo mis desaciertos,
donde las llagas son libros abiertos
que el fin del mío me muestran descifrado.

Cada dolor es un Doctor graduado
en la ciencia, que aprende de otros muertos,
de donde saca en silogismos ciertos
cuán cerca de ellas anda el cuerpo helado.





Soneto 

A dónde iré, Señor, que desde luego
no encuentre con mis culpas, y tu enojo?
A dónde? A este Costado, a que me acojo,
para esconderme entre su mismo fuego.

Ese lugar, en que te herí tan ciego,
de tu ira huyendo, por mi asilo escojo,
conocimiento es tuyo, más que arrojo,
el irme a él a buscarme mi sosiego.

Desde hoy, pues, en su Templo retraído,
no saliendo, Señor, de tu costado,
protesto estarme en él siempre escondido.

Porque al buscarme mi enemigo airado,
por no entrar al Sagrado de ese nido,
sin peligro me deje en su Sagrado.





Soneto 

Tu voluntad, Señor, como en el Cielo,
se haga en la Tierra de mi pecho dura,
porque sin esta mercancía segura,
el logro es riesgo, y la ganancia anhelo.

Sin ella, fuera el Cielo un Mongibelo;
gloria, con ella, esta mansión obscura,
porque en la propia voluntad impura
el puerto es golfo, y precipicio el vuelo.

Y aunque yo me hallo en una tierra, en cuya
región la más sagaz sabiduría
ciega pretende solo hacer la suya:

Haced, Señor, que sin hipocresía
desde hoy mi voluntad haga la tuya,
sin querer en la tuya hacer la mía.



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