martes, 18 de noviembre de 2014

ALBIS TORRES [14.055] Poeta de Cuba

Albis Torres por Margarita García Alonso


Albis Torres 

(Banes, CUBA 1947- La Habana, 2004) 


 …yo que he seguido tus huellas
desde hace tanto tiempo
temo ahora
después de un siglo yendo tras tus espaldas, 
enfrentarme a tu rostro. 



Además de poeta, narradora, Albis Torres labora, por varios años, en la radiodifusión cubana. Reconocida, en varias ocasiones, en encuentros nacionales de talleres literarios, su obra en verso aparece en publicaciones periódicas y en varias antologías. 

En La habitación mas tibia, Ediciones Unión, Colección La Rueda Dentada, La Habana, 2007, se encontrará una muestra de la poesía de Albis Torres. En este libro póstumo, aparecen esos textos, escritos a lo largo del tiempo, que definen el sello de una personal, y poco conocida, producción literaria. Una enriquecedora lectura, para quien se aventure en las páginas de esta especie de antología. 

Son poemas que invitan a la reflexión, como escribe Sigfredo Ariel, en la presentación del cuaderno: “sus poemas están mezclados con la historia de Cuba, con su familia real o fantasmagórica, la actualidad de sus amigos y con algunos puntos de su particular mapa del planeta”. 


"Mi país es ese instante único  
que ahora mismo sucede en todas partes,  
orillas de la tierra,
lugares a los que no sé ir 
ni puedo, y llego sin embargo.
Amo esa alquimia de olas y pacientes orillas.  
No hay mejor patria 
ni asta en que poner  
bandera alguna."





Ciencia Ficción

Y si llegara un hombre verde
Y si llegara un hombre verde
Y si llegara un hombre verde o azul
En una nave
Qué diriía de mí, tan despeinada
Sin adornos ni gracia.
Qué diría de todos por mi culpa





"¿Por qué, si no sé ir, llegar espero?", Albis Torres dialoga acompasadamente con sus ancestros Dickinson, Avellaneda y Martí, quienes reconocen siempre la inconmensurabilidad del pensamiento en su interacción con el mar:


Hay mitos que nadie ha fabulado,
Mitos como universos que habitan
Los seres más humildes.
El mío son las olas y un hombre
Que las vio diligentes hacer y deshacer,
El paisaje lunar de las Galápagos.
Y un hombre que no cruzó el océano
E imaginó, mil veces veinte, un viaje sin riberas.

Mi país es ese instante único que ahora mismo
Sucede en todas partes. Orillas de la tierra,
Lugares a los que no sé ir ni puedo
Y llego sin embargo.

La habitación más tibia, Ediciones Unión, Colección La Rueda Dentada, La Habana, 2007. p. 21.



DIÁLOGOS ENTRE LA BRUJA Y EL ÁNGEL

V

-¿Qué es lo más importante en el amor para ti,
Ángel?
-Para mí, la libertad. ¿Y para ti, Bruja?
-Para mí, la sabiduría.
-¿Entonces por qué te rizas el pelo y te hechas
tantos polvos en la cara?
-¿Y por qué no vuelas tú con más frecuencia?
-Porque los rizos y los polvos te quedan bien.
-No en otra cosa gasto yo mi sabiduría.


IX

-Imagínate que una cuerda pende desde el cielo
frente a ti, Bruja. ¿Qué harías?
-Una cuerda no puede caer desde el cielo.
-Imagina que puede ser.
-¿Tiene un lazo en el extremo?
-¿Por qué una bruja tiene que pensar siempre
que las cuerdas tienen un lazo en el extremo?
-De lo contrario no sería una bruja.
-No, no tiene un lazo –contesto impaciente el Ángel.
-En ese caso, esperaría junto a ella.
-¿No correrías?
-No. Creo que no.
-¿Y para qué esperar?
-Porque una soga extendida desde el cielo
solo puede significar dos cosas:
un cabo en la distancia o un SOS.
-¿Qué harías?
-Aguardar.
-¿La ayuda que te brindan?
-No Ángel, no necesito ayuda.
-¿Esperar por quién te necesita? ¿Eres tan solidaria, Bruja?
-Me importa un bledo que alguien necesite ayuda.
-Entonces, ¿a qué esperar?
-Ángel querido, sólo una vez penderá una cuerda
desde el cielo frente a mí.
Si sigo de largo, pasaré el resto de mi vida
esperando que vuelva a suceder.




ESA MUJER, LO QUE QUIERE ES QUE LA MIREN

¿Quién dejó de asistir
a su deber de hombre 
que esta mujer retoma cada día
con aire funerario?

Y mira sobre el hombro
suficiente
rumiando una salud 
no compartida.

Pobre mujer,
me asusta su rostro
de virgen homicida.





Dormida sobre la dicha 
Por Sigfredo Ariel

Hace pocos días supimos de la desaparición física de Albis Torres, aquella que temía la llegada de un “enanito verde”, por su desaliño… Hoy, traemos este hermoso artículo en su homenaje:

Hace veinte años Albis Torres está sentada en una silla de oficina, mirando al objetivo de la cámara (mirándonos) con su linda cara burlona. Unos datos breves bajo la fotografía la describen de manera somera. En la página de al lado unos poemas: “Mamá está en el balcón”, “Ciencia ficción”, “Cocosí”… hablan acerca de ella más y mejor. Yo la había conocido fugazmente un par de años atrás, en Topes de Collantes; la había leído un poco antes en Breaking the Silences, aquella antología de escritoras cubanas que preparó Margaret Randall en el 76 o en una fecha cercana a ese año. Ahora (1985) coincidíamos en Usted es la culpable, con Reina María, Novás, Soleida, Marylin, Escobar, Osvaldo, Víctor, Bladimir, Lorente, Larrea, Codina… Formamos una especie de familia, me dice, y ya sabes, uno no escoge a sus parientes.

En aquellos años no había muchos refugios para los poetas, músicos y pintores jóvenes, gente errante y enamoradiza de los años 80. El más gregario y democrático se situaba en la casa que tenía Albis Torres en la calle Jovellar. En aquella sala diminuta nos conocimos muchos y estuvimos conversando (o discutiendo) a lo largo de siglos. Nos animaba a veces el nebuloso espíritu de “la venganza de Ceaucescu”, espécimen de vino tinto que cobraba muy alto al amanecer la locuacidad de la alta noche. Oíamos a la Burke y a Génesis, Pink Floyd, Ma Rainey, Afrocuba, Barroso, y a unos grupos alternativos ingleses, finlandeses o nigerianos que albergaban los casetes de Atilio Caballero y de los que nadie, salvo él, se acuerda, pero que conocieron instantes gloriosos en la reproductora aquella, instalada sobre la nevera mínima. 

Por Jovellar número 111 pasaban también actores y actrices, productores, locutores de la radio, guionistas y directores de cine. Algunos artistas de mucho nombre iban a parar también, inevitablemente, al gran sofá Gollum sobre el cual dormimos algunos afortunados peregrinos, y se platicó sobre todos los asuntos posibles. Wendy Guerra ha escrito un hermoso poema sobre aquellas noches y una crónica y quién sabe si una novela.

Albis-imán, Albis-comedia-drama-sainete, Albis-poeta finísima, Albis-toda la música. Su amigo predilecto era Lázaro Sarmiento: “el mejor de todos nosotros”, nos decía a los demás, como si nos importara, porque al fin y al cabo nos alcanzaba con la cuota de su atención que nos tocaba, fuera un plato de arroz con almejas o la consulta sentimental o profesional, con su respuesta siempre imaginativa al sucesivo, más bien constante, ¿qué tú crees que haga, Albis?

Cuando necesitaba un abogado en las alturas, le rogaba al fantasma de Machito para que intercediera en un asunto irresoluble, como mejorar los parvos resultados académicos de Wendy. Si añoraba un lugar que visitar en el mundo, dividía su deseo entre Angkor y Florencia, y en su fonógrafo íntimo convivían Moraima Secada y Bob Dylan en apasionado maridaje. Se emocionaba con los versos de Walter de la Mare, Gastón Baquero ?banense como ella? y Allen Tate, entre otros incontables. Creo que su galán imaginario fue Fayad Jamás, profesor suyo de pintura en los primeros años 60, en Cubanacán, con Rigol y Antonia Eiriz.

Me resulta extraño contar cosas de Albis en tiempo pasado, también de Fayad o Pepe Rodríguez Feo, que se marcharon de uno para siempre, igual que de otros amigos míos que ahora andan dispersos por el mundo: Damaris, Tosca, María Elena, Emilio, no sé cuántos más. Albis sentía vivamente sus huecos de ausencia particulares. Casi todos los días mencionaba a personas que echaba de menos y de las que apenas recibía noticias. A la vez detestaba lo que llamaba “encuentros con el pasado”, pues su nostalgia no era de un tiempo anterior, la bobería de la anécdota vieja, sino de la cercanía en el hoy y ahora de la gente semejante, del afín, del equivalente, incluso del antagonista o el revés. Ahora es que vengo a comprenderla, igual que a su poesía, que me revela hoy relieves que antes no había logrado advertir.
El número de la revista Matanzas dedicado a Marta Valdés* incluye un poema suyo: “Imagen de mujer desnuda dormida sobre un potro”. Permiso para un leve sobresalto (Lezama dixit) ahora que Albis se nos aparece.



Dócil bajo su carga
el potro ni ladea los costados
no sea que se caiga
y de repente rompa
como el cristal del agua con su hocico
este encantamiento.



Busco los poemas que me dio una tarde “porque si los dejas conmigo los voy a cambiar y cambiar hasta desgraciarlos”. Reconozco los tipos de la misma máquina de escribir: tanque de guerra alemán con que escribía libretos para la radiodifusión ingrata con la que siempre o casi siempre estaba en deuda, pues, aunque concibiera y realizara programas y programas espléndidos ?Palabras contra el olvido?, los agentes del aire siempre quieren, exigen más y, a cambio, dan un mínimo que apenas da para el sustento cotidiano, la electricidad, el agua, el gas, la latica de almejas.



Me han contado a Europa.
Una y otra vez los buenos peregrinos
la sustraen de la noche nevada.
mis queridos indianos
entre cenas frugales y tazas de café amargo
la deslizan ante mí
dibujada en una servilleta
allá en París o Rótterdam
o en la Praga antigua.
Ellos vieron al Giotto de mi alma
y al enorme joyán de Brunelleschi
contra el cielo de la sin par Florencia.

Europa ya me sabe a café amargo
y a comidas frugales.
Confieso tener un mapa de Pompeya
y una foto autografiada de Harold Lloyd
que me parece fiable.
Muchas veces, durante muchos años
me contaron a Europa
mientras las cariátides perdían mansamente
las narices.



Toda su obra ocuparía un volumen de modesta extensión. Rompió mucho, desechó, destruyó sus originales. Publicó pocos poemas, siempre movida por un encargo, el pedido de un antologador o alguien de una revista. Procuraba estar atenta a las noticias de la radio y la televisión, que interpretaba luego muy a su manera. Su mirada no estaba centrada en lo temporal, sino en los espacios y la historia de la gente, el tiempo pasaba sin que lo advirtiera. Siempre dejó para luego el reunir su poesía; en realidad, creo que no dio una sola página suya por terminada. Se sentía contemporánea de todo el mundo, por eso lograba entenderse con caracteres disímiles de todas las generaciones. Sus poemas están mezclados con la historia de Cuba, con su familia, real o fantasmagórica, la actualidad de sus amigos y con algunos puntos de su particular mapa del planeta, que era francamente albiscentrista.



Hay mitos que nadie ha fabulado,
mitos como universos que habitan 
en los seres humildes.

El mío son las olas y un hombre 
que las vio diligentes hacer y deshacer,
el paisaje lunar de las Galápagos
y un hombre que no cruzó el océano
e imaginó, mil veces veinte, un viaje
sin riberas.

Mi país es ese instante único
que ahora mismo sucede en todas partes, 
orillas de la tierra,
lugares a los que no sé ir
ni puedo, y llego sin embargo.

Amo esa alquimia de olas y pacientes orillas.

No hay mejor patria
ni asta en que poner
bandera alguna.



Amaba la novela gótica, a Bela Lugosi, al libro de Ezequiel, la gran poesía y la gran novela norteamericana del siglo veinte. Le gustaba compartir y leer en voz alta sus hallazgos. Sin embargo, creo que el nexo de comunicación que nos articuló de manera más honda fue la música, lengua común que se enriquecía de continuo. A veces aquel dialecto nuestro lleno de alusiones era ininteligible para quienes nos rodeaban. Adorábamos un tango de Gardel, titulado “Senda florida”, porque parecía encerrar nuestra particular ontología, basada en “las armonías de una dicha singular”. A los boleros que cantaba Vicentico Valdés en nuestra retentiva ?cientos de ellos? se sumaban un buen día letras de Charly García, un guaguancó de Santos Ramírez (“perdió su barco Colón víctima de un terremoto”), la fase encantada de algún lied, la manera en que alguien (Sarah Vaugham) interpretaba a Lennon-McCartney. Descubrimos juntos muchos mediterráneos y mucho navegamos en ellos. Por no lograr penetrar en nuestra jerga hubo quien llegó a odiar el dueto que formamos.

Albis rendía culto a la memoria viva de todas las cosas, canción o película remotas, una tarde junto a Eliseo Diego que con el tiempo ganaba cada vez nuevos matices e interpretaciones, el Banes de su infancia en el colegio cuáquero, el sabor verdadero de una fruta “que ya no sabe igual” y que en su delicadeza refugiaba su única, indefectible calidad. Por eso resultó tan absurdo que sus recuerdos se confundieran hasta disolverse en un limbo de mutismo en sus últimos años. No sé si porque barruntó su final, creía firmemente en la existencia de una dimensión que acompaña la nuestra, un espacio sin espacio donde no hay pérdidas, melancolía ni evocación, sólo lucidez en medio de las armonías de aquella dicha singular a la que aspiró siempre. Por ahora



Dejémosla
no sea que la blanda dejadez de sus espaldas
nos diga que está muerta
o que de pronto
sepamos el color de su mirada
y ya no sea más
una mujer dormida sobre un potro.

*Revista Matanzas. Año VI, Números 2 y 3, mayo-diciembre, 2005.




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