jueves, 23 de octubre de 2014

RODOLFO VERGARA ANTÚNEZ [13.808]


Rodolfo Vergara Antúnez 

Nació en Talca, Chile  e! 24 de mayo de 1847.
Desde joven sintió inclinación por el sacerdocio: estudió humanidades en el Seminario de Santiago y fue ordenado en 1871. Siguió de profesor del mismo establecimiento hasta 1875. 
Entre 1878 y 1887 fue redactor de El Estandarte Católico, sin perjuicio de desempeñar e! cargo de secretario del Cabildo metropolitano, que se le confió en 1883. Hasta 1888 lo desempeñó, y desde esta fecha fue cura rector de la iglesia del Salvador, que rigió hasta su muerte.
En 1892 fue llamado a dirigir la Revista Católica, que acababa de ser restaurada, y dos años después fue nombrado promotor fiscal del Arzobispado.
Desempeñaba este cargo en 1896 cuando fue nombrado Rector del Seminario de Santiago. Dos años más tarde se le confiaba la Rectoría de la Universidad Católica, que también sirvió hasta su fallecimiento.
Además de una obra caudalosa como orador sagrado, el señor Vergara dejó huellas de su talento literario en muchas producciones sagradas y profanas. Entre estas últimas se citan sus libros sobre técnica literaria e historia de la literatura, biografías de don Rafael Valentín Valdivieso y de don Joaquín Larraín Gandarillas, y poesías.

Murió en Santiago el 15 de septiembre de 1914.

Bibliografía:
Poesías. Santiago, 1894. 254 pp.
Aparecen también en el tomo II de las Obras oratorias y literarias del autor, publicado en Santiago, 1905.
Sobre el señor Vergara considerado como historiador de la literatura aparece un artículo en Críticas y charlas, por M. L. Amunátegui Reyes, Santiago, 1902.




EL CLAUSTRO

En el confín de! valle solitario,
envuelto entre las sombras y el misterio,
levántase el torreón de un monasterio
dominando la vasta soledad.

Turba la calma en que resposa el valle
de cuando en cuando el esquilón herido,
que con pausado y lúgubre tañido
llama al cansado peregrino a orar.

Muchas aves del mundo fugitivas
bajo el viejo torreón tienen su nido,
donde a la sombra de perpetuo olvido
hallan reposo, soledad y paz.

En él encuentra reparado albergue
el que devora algún dolor profundo
el desdichado náufrago del mundo,
el que busca un abrigo contra el mal.

En vano al pie del muro silencioso
llega la voz de mundanal orgía,
incitando al placer y la alegría
al huésped de la augusta soledad.

En vano, sí, porque la sombra, el templo,
el llanto penitente, la plegaria,
el hielo de la celda solitaria
dicen al mundo y al placer: ¡atrás!

Allí en el seno de dormida calma,
lejos del ruido atronador del mundo,
todo convida a meditar profundo,
todo levanta el pensamiento a Dios:

la luz crepuscular, la noche obscura,
el fulgor de la luna tenue y suave,
el canto melancólico del ave,
que modular parece una oración.

Aquella soledad, aquel silencio
que apagan los rumores de la vida,
despiertan en el alma dolorida
el vivo anhelo de la eterna paz.

Aquel aspecto venerable y grave
de las arcadas y los viejos muros,
aquellos claustros lúgubres y obscuros
desligan de lo humano y terrenal.

En la mitad de la callada noche
suena el clamor de un cántico sonoro,
que sube envuelto en penitente lloro
la diestra del Señor a desarmar.

Son las voces del alma arrepentida,
que ante la imagen del madero santo
lava sus culpas en acerbo llanto 
y emblanquece la estola virginal. 

Y cuando el mundo en el placer sumido
la justicia de Dios provoca osado,
el monje gime en el alitar postrado
haciéndose holocausto de expiación.

El martiriza el inocente cuerpo
con el rigor del áspero cilicio,
y la sangre que arranca este suplicio
atrae la clemencia al pecador.

Breve es su sueño y su oración continua:
un raído sayal le presta abrigo,
desmantelada celda techo amigo,
lecho de pajas el descanso y paz.

Es lo que basta a su contento: el alma
de los lazos del mundo desatada,
libre levanta al cielo la mirada
en busca de la dicha celestial.

¡Qué mezquinos se ven desde esa altura
los goces pasajeros de la vida,
esos goces que llevan escondida
en su entrañas venenosa hiel!

¡Ay!, qué profunda compasión inspira
el esclavo infeliz del torpe vicio,
que ciego se abalanza al precipicio,
donde se halla la muerte, y no el placer.

Contempla el monje la tormenta airada
con faz serena y corazón tranquilo,
que al pie del muro de su santo asilo
quiebra sus furias el airado mar.

Y desde allí compadecido escucha
el clamor de los náufragos del mundo,
del viajero cansado y vagabundo,
que ha extraviado el camino de la paz.

Y les tiende los brazos cariñoso,
si llegan fatigados a su puerta,
cerrada al mundo, pero siempre abierta
al que busca consuelo en el dolor.

Al contacto amoroso de su mano
disípan en las sombras de la frente,
y cólmase el vado que se siente
cuando está lejos de las almas Dios.

¡Oh claustro! ¡oh soledad!, ¡oh santo albergue!
Con efusión dulcísima os bendigo;
pues sois del infeliz puerto y abrigo,
donde ve su esperanza renacer.

En medio del camino de la vida
sois como el fresco oasis del desierto,
a cuya sombra del viajero incierto
halla descanso el fatigado pie.

Sois cual la enhiesta y solitaria cumbre
do el cielo se divisa más cercano,
donde no llega mísero y liviano
el polvo de este mundo corruptor.

Cual la paloma, en vuestras anchas grietas
busca afanosa la virtud un nido,
impenetrable al terrenal ruido,
sólo abierto a los ojos del Señor.

¡Oh!, ¡cuán feliz transcurre la existencia
dormida dulcemente en vuestros brazos
libre por siempre de los duros lazos 
que le impiden volar hasta su Dios!

Préstame, ¡oh soledad!, tu sombra amiga
para morir en paz, lejos del mundo;
y tu silencio lúgubre y profundo
vele un día mi sueño sepulcral.





LA JUVENTUD

Bella es la hora en que al nacer el día
en luz se inunda el firmamento azul,
en que el sol derramando la alegría
asoma envuelto en vaporoso tul.

Todo canta y sonríe en esa hora
en que el mundo parece renacer:
el prado de matices se colora
y entona el ave cantos de placer.

Tal es también la juventud florida,
esa mágica edad de la ilusión,
alborada risueña de la vida
en que palpita alegre el corazón.

El alma entonces de placer rebosa,
porque la vida es encantado edén,
do sin espina cruel crece la rosa
y es la verdura eterna en el vergel.

Como audaz e inexperto marinero,
surca cantando de la vida el mar,
satisfecho de ver cómo ligero
cruza las ondas su bajel fugaz.

Y no importa que a veces negro manto
tienda a sus pies la mano del dolor;
que ella enjugando el pasajero llanto,
dice: Mañana alumbrará otro sol.

Y no siente los ásperos abrojos
que tapizan la senda del vivir; 
porque están fijos sus hermosos ojos
en la luz de un risueño porvenir.

Y a conquistarlo intrépida se lanza,
llena de ardor y de entusiasmo y fe;
pues nunca la abandona la esperanza
de conseguir el codiciado bien.

No la arredran obstáculos ni valles
cuando inflama su pecho una pasión;
y su sangre enardecen las batallas
en que combate por su fe y su Dios.

Ama la gloria y conquistar procura
frescos laureles para ornar su sien;
la atrae la virtud con su hermosura
y en ella encuentra celestial placer.

Mas, ¡ay!, es condición de la hermosura
el tener pronto y prematuro fin;
y por eso es tan breve la frescura
Con que encantas la vida, edad feliz.

Pasas tú como pasa la corriente
que en rápida carrera va hacia el mar;
y viéndote tan lejos, mi alma siente
el frío del crepúsculo otoñal.

Volaron ya tus venturosas horas,
como vuelan las hojas en abril;
pasaron ya las dichas que atesoras
y apenas un recuerdo queda en mí.

Pasaron esas dulces alegrías
que no se sienten en la edad viril,
y ya no vuelven los hermosos días
en que latía el corazón feliz.

Trocada la ilusión en desengaños,
pálpase al fin la triste realidad;
y nos enseñan al pasar los años
que en este mundo todo es vanidad.







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