martes, 21 de octubre de 2014

RENÉ LÓPEZ [13.772]



RENÉ LÓPEZ

René Fernández López 
(La Habana, 1881-1909): renunció a su apellido paterno, a la fortuna emanada por herencia y voluntariamente a su salud. Pero no renunció a la poesía, aunque en vida no publicó libros, y tampoco tuvo fuerzas para ceder al alcohol y a su deseo de deambular por los mundos ignotos de la morfina. René López, a secas, es su nombre. 

René López: Imaginarios

“El nombre del llorado autor de Bustos y Rimas, me lleva a señalar el nombre de su más encantador discípulo, el más joven, quizás, de los que figuran en este Parnaso de la Poesía Cubana: René López

Casal no ha muerto; vive en el autor melancólico de “Barcos que pasan” (…) Continuar a Casal no es dado a todo el mundo. René López lo ha intentado. Realizándolo, ha dado al sueño de Casal la consistencia del granito, que la muerte no raja”.

Conde Kostia, prólogo de Arpas Cubanas, 1904

René F. López

Por Héctor Durán
Por encima de todo, aunque entren en libra sus apreciables dotes de prosador satírico, es René López un verdadero poeta.

Sentimental, elegante, fácil, pone pedazos de alma en sendas rimas, como acostumbran los artífices poner diamantes brasileños en estuches de raso y terciopelo. René López se me ocurre tierno a lo Becquer, delicado a lo Selgas, melancólico a lo Pastor y pesimista a lo Espronceda.

Gusta de lo nuevo…y, sin embargo, no se olvida de lo antiguo.

Por lo tanto, pertenece a los pocos escritores jóvenes que, en este renacimiento de las letras cubanas, sabe vivir estrechamente unido a los grandes de hogaño, no echan en saco roto a los gigantes de antaño, y aún se deleita con la doliente copla de Jorge Manrique, la égloga apasionadísima de Garcilaso, la apacible lira de Fray Luis de León, el terceto filosófico de Rioja, la tonante oda de Herrera, el soneto sin rival de Jáuregui, el retruécano punzador de Quevedo, el romance morisco de Góngora, la valiente octava de Pablo de Céspedes, y el sangriento epigrama de Moratín. René suele presentársenos colorista y rimador por excelencia.

Sirva como prueba de mi aserto el siguiente Cuadro Andaluz que Rueda se complacería en firmar.



Cuadro Andaluz

                   Para Salvador Rueda

Bajo el dosel movible de vid jugosa,
donde penden racimos de moscateles,
riendo, las manolas y churumbeles
celebran una juerga jacarandosa.

La manzanilla corre, rica, espumosa, 
tiñendo de amarillo, blancos manteles,
y resuenan mil voces y cascabeles,
y es la luz más alegre y esplendorosa.

Se escuchan castañuelas y carcajadas,
chasquidos de cristales, risas, palmadas,
subiendo por los aires anchos sombreros.

Y al surgir de los pechos tristes canciones, 
las guitarras preludian con sus bordones
las notas sugestivas de los boleros...



¿Verdad que este soneto parece un cacho de Andalucía?

Otras veces condensa en unas cuantas rimas pensamientos trascendentales y casi nuevos.


                                             En Cuba libre, abril de 1902

Léanse, si no, estas estrofitas, algo desaliñadas, en verdad; pero que encierran profunda y amarga filosofía:



Como un león que majestuoso avanza,
Su rústica melena sacudiendo,
Camino por el prado de la vida
Cantando mis tormentas…

(…)

Hacia la tumba voy, porque la tierra
Reclama sus derechos;
Y es de todo buen hijo, de una madre
Escuchar los consejos…     


Quizás el bardo amigo publique en breve su poema pagano “El Placer”, con estos robustos endecasílabos libres, donde la poesía y la realidad se acarician primorosamente:


                                               ¡Niños!
la Vida es el Placer, y los que gozan
morirán en el seno de los dioses!
Alegres, sonriendo, sudorosos,
zagalas y zagales van cantando:
¡Salud Espanimondo, Rey del bosque
¡Dios te salve Placer, Padre del Mundo,
principio y fin de las humanas cosas!
Y se pierden en grupos abrazados,
como legión de artífices abejas…


Además, como he dicho al comenzar este articulejo,  es René bastante aficionado a la sátira en prosa, y suele dedicarle algunos ratos,  bien que el verso le ofrezca mayores ventajas. Sus prosas satíricas, hablando en plata, no me parecen muy ricas en chistes ni muy vibrantes que digamos; pero ocultan en el fondo negras intenciones, y siempre finalizan con una carcajada estrepitosa, acaso grotesca cual las chirigotas de Rabelais, acaso desilusionadora cual las sustentaciones de Manuel de Palacio.

Yo, que, según mis compañeros, soy algo observador y pesimista, veo en René López una hermosa esperanza de nuestra literatura, y le auguro laureles mil para su frente soñadora de artista.

Tomado de: Cuba libre, 13 de abril de 1902, p. 4



De lo más íntimo

Por Federico Uhrbach

Melancólicamente, con esa suerte de melancolía intensa y reflexiva que deja en nuestras almas la doliente enseñanza de un fracaso; con esa suerte de melancolía honda y complementaria de todo pensamiento que analiza, con un temblor de llanto, la infinita amargura que en el recuerdo ensancha lo que definitivamente se ha perdido, evoco la romántica figura del pobre René López, de aquel mi gran poeta, de aquel mi buen amigo, adolorido y dulce, que cruzó por la vida —por la humana miseria— levemente, pero dejando huellas imborrables en el alma suspensa y afligida de los que se asomaron a su alma…


Federico Uhrbach, 1910

Lo que huye, lo que pasa, lo que rueda, todo lo que produce en el espíritu la sensación intensa de lo eterno, la rauda crispatura de lo definitivo, del pasado perdido para siempre, es vena inagotable de desaliento y de desesperanza, y así vamos, de paso por la vida, dejando a cada instante, en todas las revueltas del sendero, unos más y otros menos, acaso lo mejor de nuestro fardo; el ensueño, el dorado espejismo de los primeros años, de las inexperiencias que fingen la quimera de un país de perenne encantamiento

Y así cuando la muerte se nos lleva a traición y sigilosa —para nosotros siempre es traicionera— un compañero de mejores días, de esos días que, lejanos, tienen el gran prestigio y la dulce tristeza del pasado, parécenos —tal vez así suceda— que con el pobre muerto perdemos para siempre algo también de nuestra propia vida, algo de nuestra historia íntima y concentrada, que siempre en el recuerdo se ligan y se asocian a nuestras emociones los seres y las cosas del momento en que agitaron nuestro mundo interno.

Ahora, cuando se presentan precisos, invariables, exactos, ante la evocación que de ellos hago, los ojos del poeta, aquellos grandes ojos, serenos y profundos, como azules remansos siempre absortos en la contemplación de sus visiones; y su gesto cansado y perezoso; y su tipo romántico y arcaico; y su sonrisa un tanto dolorosa, y creo escuchar su voz bronca y flexible, paréceme que vivo nuevamente aquellas claras horas de alegre primavera del espíritu en que juntos alzábamos castillos en la fragilidad de la quimera; todo el engañoso sortilegio, toda la rara urdimbre que construye el recuerdo, cesa súbitamente con la idea de la muerte, cual si se desplomasen nuevamente para jamás erguirse, las arcadas y torres levantadas en la fragilidad de toda vida.

¿Su verso...? ¿A qué ocuparme de su verso si aún no se han marchitado las primeras violetas ni las primeras rosas regadas en su tumba?  Ahora sólo debemos dolernos de su muerte, tan alevosamente prematura y recordar su vida tan prematuramente desolada: mañana, y luego, y siempre habrá ocasiones de admirar su obra tan admirada desde sus comienzos por los pocos —poquísimos— que en Cuba no sienten el desdén de la impotencia, por todo lo que vuela, por todo lo que aroma, por todo lo que brilla...

Publicado póstumamente en la revista Letras, mayo de 1909>>>

Su verso fue su vida, su accidentada vida que él se gozó en mermar constantemente, tal vez por exigencias de su temperamento pasional y enfermizo, tal vez por exigencias de su espíritu, que necesariamente huraño y melancólico en nuestro medio hostil y refractario a toda concreción de la belleza, sintióse altivo y solo entre el oleaje de las muchedumbres, y no supo —o no quiso— ceder a las ruindades del ambiente,  prefiriendo, tenaz en su aislamiento, el engañoso encanto con que abrevian la vida, fantasmagorizando placeres y dolores, con su cristal de aumento milagroso, los ponzoñosos  filtros de los artificiales paraísos.

Así se ha ido del mundo  este poeta, este intenso poeta, casi un adolescente y ya conocedor de muchas amarguras que cultivó solícito en las comarcas de sus ensoñaciones; así se ha ido del mundo, como uno de esos barcos cuya lejana fuga miraba entristecido en la alta noche; como uno de esos barcos que idealizó su mente prodigiosa bogando por los mares de sus rimas sonoras y brillantes; así se fue del mundo, con su bagaje de melancolías, para explorar desconocidos mares, dejando en las riberas tanto blanco pañuelo con llanto humedecido y tanto corazón acongojado.



                          Tomado de: Letras, 23 de mayo de 1909, p. 254



René López

Por Max Henríquez Ureña

Uno de los poetas que más altas capacidades habían demostrado en la nueva generación cubana acaba de morir, en pleno alborecer.  Era, pues, un amado de los dioses, si hemos de creer en la frase de Menandro.

Éralo, sí. Los dioses querían arrebatárselo al mundo y desplegaron para lograrlo el poder de maléficas seducciones. Nuevo Hylas, este efebo tropical de rostro byroniano, quiso reflejarse en la fuente encantada de las fascinaciones de cabellera de víbora. Y rasgando la impasibilidad del cristal de las aguas, emergió la voz sirénica de las mentiras impalpables. "Ven, decían los acentos falsamente seráficos, abandona la visión monótona y grosera del mundo: recréate en recorrer universos de ensueño y verás colores que no existen en la tierra, escucharás sonidos que nunca has escuchado, te embriagarán perfumes ideales. Ven, olvida ese existir inútil, fatigoso y rastrero. Ven, tierno y candoroso efebo”. Y ante los ojos adorantes del poeta, aparecía la imagen de sortilegio de las siete seducciones, con cabellera viborea, mirada de estrellas, rostro de diosa y cuerpo de nube.

Él no pudo decir como Kant: "Soñaba que la vida era belleza. Desperté y vi que es deber". El tóxico que diariamente torturaba su  epidermis pasando a fusionarse con la sangre, le impidió tener conciencia del deber. Era muy joven aún cuando se vio arrastrado a la funesta mentira de viajar por universos de morfina.

Vivió pues el sueño de la belleza, mas no la belleza apolínea y serena que soñó Kant, sino la belleza torturante de las ansias malditas y de las atracciones culpables. Fue, casi desde niño, un irresponsable. ¿Quiénes le arrastraron, valiéndose de su carácter débil y tolerante? Lo ignoro, pero en estos tiempos en que oímos hablar de la estética del hachís, del opio, de la morfina y del éter, no debemos extrañar que la imaginación ardiente e inexperta de un poeta joven se dejara seducir por la torpe palabra de los bohemios trashumantes que celebran estas anomalías suicidas. Y por eso fue un convidado prematuro al banquete de la muerte.

Podemos llorar hoy al amigo. Al poeta hace ya tiempo que lo habíamos visto desaparecer. Cuando alcanzaba la plenitud de sus capacidades intelectuales, cuando con sus mejores composiciones (Barcos que pasan, El escultor, Cuadro andaluz) demostraba que la exquisita sensibilidad de su espíritu había logrado ya exteriorizarse en una factura correcta y elegante, cuando estaba capacitado, en fin, para producir obras definitivas, obras fuertes y bellas, dejó de cultivar la poesía escrita, para limitarse a poseerla en sueños. "Tengo en la mente poemas —decía— que han de culminar en una expresión rara y novísima. Todo un mundo de visiones gigantescas desfilará en esos poemas. Pero para escribirlos necesito tranquilidad absoluta. Además, no he madurado todavía el plan. Todas las noches me entretengo en hacer desfilar ante mi mente los elementos de mi concepción y oigo la música de los versos incompletos y en desorden". Debemos perdonarle el involuntario egoísmo de haberse llevado a la tumba esos poemas que todas las noches venían a constituir su deleite. Para, escribirlos esperaba tener tranquilidad de espíritu y en las condiciones artificiales de su vida esto era imposible.

Si René López hubiera escapado a las seducciones de una vida ficticia, habría sido el poeta más aristocrático de su generación. La delicadeza espiritual de su poesía era única en la joven literatura de Cuba. Además de esas condiciones temperamentales tenía la aspiración persistente hacia una cultura superior y vasta. René López sabía que el literato no se improvisa y aspiraba a hacerse valer no sólo por su talento, sino también por su ilustración. De ahí la tendencia natural de su verso a rehuir las vulgaridades repetidas por los poetas de antesala, de ahí también su corrección y pureza en el decir.

Esforcémonos porque no se olvide su nombre, teniendo presente no sólo lo que fue, sino también lo que seguramente hubiera podido ser.



Tomado de: Letras. Hoja Suplementaria, 16 de mayo de 1909, p. 247



Una página de dolor: “Barcos que pasan”
Un poeta menos: René López

Por Arturo R. de Carricarte..

Triste nueva para mí la muerte de este poeta, que abandona la vida en plena juventud, en plena primavera, tan inopinadamente, arrebatado por el hálito fatal, sin un grito ni una protesta.

Era un bohemio, un artista, un sensitivo y un triste, René López.

Sobre él ejercía la fascinación de su inmensa gloria el poeta de Don Juan y de Childe Harold, y un algo, en verdad, de Byron tenía en sus inmensos ojos claros el artista cubano, algo de aquel sublime Lord en sus pasiones, algo del máximo romántico en sus ideales y en sus sueños. Y ha bajado a la tumba el poeta antillano llevándose sus sueños, sus ideales y sus pasiones. ¡Qué triste fardo!

Byron cayó entre apoteosis de gloria, dejando tras sí imborrable estela, difundidas sus obras, inmarcesible el nombre; René López muere oscuramente, casi desconocido en la tierra amada, sin alcanzar de ella un gesto de dolor ni una consagración, tal vez ni aún una lágrima....

Pero más allá de su vida atormentada, llena de pasiones, llena de amarguras, de prematuro desaliento, de pruebas dolorosas, yo soy fiel al recuerdo de ese artista amoroso, lleno de melancolía, exquisitamente sensible, cuyos años fueron menos numerosos que las heridas que le infligió el destino y cuyos lauros no llegaron a tejer para él un solio que supliera la apoteosis mundial de aquel su modelo, el autor de “The Maid of Abydos”. Sí; yo amo el recuerdo de ese adolescente sensitivo, turbado el espíritu por un secreto dolor, desflorada la rosada aurora de su vida por prematuras pasiones, desencantado de esa misma vida antes de haberla gozado, que muere sin haberla podido gozar. Él supo del amargo sabor de las traiciones y del menguado laborar de la envidia, porque pocos fueron a comprenderlo y menos aún a amarlo, a ese artista lleno de inspiración, aislado en su melancolía y en sus desengaños…

Tenía algo de Byron en sus inmensos ojos claros, en la cabeza bien formada, en el gesto señoril, en las pasiones; otro poeta, Pichardo, le cantó así, le llamó Byron soñador y triste, tejió para él un bello soneto, “El Pedestal”, en que asentó el busto hermoso de René.

Mas no fue byroniana la poesía de René López; a veces quiso seguir en su vuelo aquilino al gran poeta inglés, mas no fue entonces sincero; en sus versos palpitaba demasiado la ternura femenil de su alma, con toda la dulzura extraña que imprime un sello en los rostros de aquellos que han de morir temprano, como cantó Julián del Casal, repitiendo la frase de Dumas. Pudo mejor René seguir a Rueda, en su modalidad y pose de parnasiano al uso español, porque de Rueda tuvo, en tan alto grado como el cantor de “Las Piedras”, el talento descriptivo, alada la fantasía y fácil el verso matizado. “El Escultor” es un soneto de René que lo muestra en este aspecto, lleno de vigor, de colorido y de inspiración. Empero ese soneto, como casi todas sus producciones, se resiente de la falta de “pulimento”; malsana influencia del medio, que es característicamente propenso al desaliño, no por “sistema”, sino por pereza. Era, empero, fácil para él “hablar por imágenes”, como alguien definió la verdadera poesía.

He de transcribir una composición de René; ella da idea de cuanto valía y cuanto podía legítimamente esperarse de él. En los versos que siguen, que llevan por lema y tienen como leit motiv un verso de Byron, René se muestra por entero:

Barcos que pasan


Ships that pass in the night. 
Byron




                                    Editorial Letras Cubanas, 1986


¡Oh! barcos que pasáis en la alta noche
por la azul epidermis de los mares;
con vuestras rojas luces que palpitan
al ósculo levísimo del aire,
rubíes ensangrentados sobre el lomo 
de gigantescos monstruos de azabache. 
¿A dónde vais por la extensión sombría, 
guerreros de la noche; infatigables
paladines que sueñan la tormenta,
como aquellos cantores medioevales,
la lanza en ristre, la mirada torva,
morir cantando en sin igual combate?
¿A dónde vais, oh barcos misteriosos,
por la azul epidermis de los mares?
¿Lleváis en vuestros senos a la novia,
la blanca novia del rendido amante
que sentado en la playa tristemente,
en las azules noches tropicales
con sus grandes pupilas verdinegras,
mirando al horizonte palpitante,
espera ver marcarse entre las sombras
la proa gigantesca de la nave
y a la amarilla luz del sol que asoma
ver un cuerpo, una mano saludarle
con el blanco pañuelo entre los dedos, 
como un ensueño serpenteando al aire?

¿A dónde vais, oh barcos misteriosos,
por la azul epidermis de los mares?

Dejáis, como el placer que nos conmueve,
a vuestra marcha rastros estelares, 
que brillan un instante sobre el lomo
de esmeraldinas olas encrespantes.
Duermen en vuestros vientres, que trepidan,
aquellos que dejaron sus hogares
y buscan en las playas extranjeras
tristes remedios para tristes males.
Lleváis en las entrañas encendidas
la noticia fatal para una madre
del hijo que murió pensando en ella,
de la miseria envuelto en el ropaje.
¿A dónde vais, oh barcos misteriosos, 
por la azul epidermis de los mares?

Cuando lleguéis al puerto que os espera
envueltos en las nieblas matinales,
¿para cuántos tendréis lluvia de flores,
para cuántos tormentas de pesares? 
Del libro de mi vida sois las páginas
escritas con suspiros y con sangre
la pluma del dolor trazó sus letras,
la desesperación grabó sus frases. 
Y al miraros pasar como ilusiones
entre brillantes flores y cantares,
pienso en la nave que albergó en su seno
el cuerpo inerte de mi pobre madre.
¡Oh barcos que pasáis en la alta noche
por la azul epidermis de los mares!



Toda sinceridad esa poesía…

La madre de René murió en tierra extranjera y a los nativos lares la condujo, cadáver ya, un barco que surcó las ondas, entre luces titilantes,

“rubíes ensangrentados sobre el lomo
de gigantescos monstruos de azabache…”

Y el recuerdo atenaceante de la madre muerta fue constante obsesión para el poeta; en los sueños que la morfina forjaba para él, amante insaciable y asesina, la imagen de la extinta resurgía lozana, sempiterna, y el amor a aquel recuerdo alejaba los otros amores en el corazón del bardo, corazón nacido para la pasión y el sentimiento.

No quiero, tal vez tampoco podría, juzgar ahora la obra poética de René López (¿analizarlo, fresca aún la tierra que lo cubre?...) quiero sólo sentir con su recuerdo, encerrarme á solas con la memoria de otros días, días de lucha, de esperanzas, de ensueños, en que compartimos, con las arideces de la labor artística absorbente y las ambiciones de gloria, muchas esperanzas, para él tronchadas definitiva y totalmente...

Por un acaso que bendigo poseo los manuscritos de René, toda su obra completa, sus versos amados, los que repudió, aquellos en que cifraba sus anhelos de gloria: quiero dar fe de ese depósito, quiero reconocerme deudor a su memoria de esas páginas salvadas por mí de la destrucción o del olvido; he de poner orden en ellas, he de analizarlas y darlas a las prensas para que aparezcan en un volumen elegante y lujoso, como él soñó, con unas páginas mías a su frente, también como fue su voto, y ese libro saldrá a correr el mundo, y lo hará triunfalmente, lo hará gloriosamente, porque si vivo no pudo triunfar, después de muerto vencerá plenamente.

No regateamos los vivos a los que ya no son ni laureles ni gloria…

Montevideo, 1909

Tomado de: El Fígaro, 24 de octubre de 1909



                                     Arpas Cubanas, La Habana, 1904





René López (Fragmentos)

Por Alberto Lamar Schweyer

Schopenhauer considera el arte como una liberación, para él ser artista representa la libertad de espíritu, la despreocupación absoluta de todas las opiniones, la vida fuera de todos los prejuicios. El artista vive su propia existencia sin relacionarla con la de los demás, en su castillo interior, como encerrado en una torre solitaria ve pasar la vida ajena sin relacionarla con sus ensueños de arte.

La poesía es el grado máximo del arte, es lo que más nos hace sentir, encontramos en ella reflejos de nuestra vida, viejas cosas soñadas en horas de infinita dulzura, cosas pasadas, ilusiones muertas, la poesía, el verso, mejor dicho, es nuestra vida con sus ilusiones y sus desencantos cantada rítmicamente. Un cuadro nos da la impresión de una vida ajena, una escultura nos recuerda un personaje o un hecho glorioso, pero no trae a nuestra mente el recuerdo vago de algo nuestro, de algo íntimo; lapoesía por el contrario nos recuerda cosas lejanas y queridas, en el verso hay jirones de nuestro espíritu, horas de nuestra existencia.

(…) Rimar impresiones no es ser poeta, el rimador entretiene, el poeta cautiva, el gran psicólogo francés Teodoro Jouffray dice al hablar de este asunto: "La verdadera poesía no expresa más que una cosa: los tormentos del alma humana frente a su destino". Por eso la poesía será eterna, mientras los hombres amen, mientras el corazón humano sienta, habrá poesía, como dijo el poeta de las rimas: "Mientras las ondas de la luz al beso/ palpiten encendidas/ mientras exista una mujer hermosa/ habrá poesía".

La frase dolorosa de Caro —"la poesía se muere"— se viene repitiendo hace tiempo pero no será cierta hasta el día en que la tierra, fría y desierta, gire en el firmamento con su superficie sin vida llena de despojos; entonces, cuando la vida termine acabará la poesía.

Sully Prudhomme dijo hace tiempo que "los versos no pueden esperar más que una tarde de duración en el corazón de los enamorados". Cabalmente, esta bella frase del poeta francés es la confirmación de la eternidad de la poesía. Siempre habrá enamorados, y ¿qué mayor aspiración puede tener un poeta que la de que sus versos vivan en el corazón de dos amantes? La respuesta nos la da un gran poeta español contemporáneo, Emilio Carrero: ¿La gloria? —¡Acaso!— Cuando un día/ una mujer ciega de amor/ llore con una estrofa mía/ aunque no recuerde el autor.

He dicho anteriormente que el poeta es un hombre distinto a los demás, pues aunque sometido a las mismas leyes de la vida y de la sociedad, se diferencia en que es más sensible, más imaginativo, más impresionable; la diferencia es pues de grado entre los que lo son y los que no lo son, sin que la educación ni el medio modifiquen las inclinaciones del hombre que nació poeta.

Cada hombre tiene, según la opinión de un docto filósofo antiguo, tres aspectos distintos: uno exterior, sensual, material y prosaico; el segundo interior, que es el intelectual y el tercero es el hombre refinado lleno de sentimiento.

El poeta, el verdadero poeta, sobresale en el último aspecto, es tan grande su refinamiento y tanta la fuerza de su sentimiento que anula, modificando a veces a los otros dos aspectos. El verdadero poeta, el que siente y hace sentir, es un exquisito que hace la vida amable, "transformando, con la magia de! verso, en algo bello lo que ayer nos parecía deforme; puebla la mente de paraísos artificiales" como ha dicho Max Henríquez Ureña.

(…)

El poeta tiene su misión: guiar el sentimiento de los demás, sacerdote. Los poetas siembran ideas en el corazón de las multitudes, y los políticos los graban en el cerebro, los discursos se olvidan una vez cumplida su misión, los versos se llevan como una bandera de triunfo. La palabra inicial, el impulso primitivo debe darlo un poeta, y los soldados y los políticos deben venir después, porque los poetas sienten más que nadie el dolor de los demás, es una cualidad de ellos. Por eso Lord Byron, cayó en Missolonghi defendiendo a Grecia, y Espronceda fue a combatir por Polonia esclavizada.

(…)

Cuando la renovación literaria provocada por el gran nicaragüense llegó a Cuba, encontró en Julián del Casal un antiguo paladín de ella, y mientras José Martí erraba por el mundo americano, diciendo lindos versos, dulces y suaves, Casal fomentaba en Cuba lo que más tarde, de un modo despectivo, se llamó decadentismo.


                              Bonifacio Byrne, Fototeca de la BNCJM

Como en mi opinión, relatar la evolución literaria de Cuba en el período de 1888 a 1900 y estudiar a los poetas de entonces es inútil por no tener relación con mi propósito, solamente nombraré a aquellos que escribieron durante esa época y que son: Bonifacio Byrne, "el poeta de la guerra" que dijo en bellas estrofas los dolores de su tierra; Hernández Miyares, muerto hace poco y a quien tenemos en lamentable olvido; Carlos Pío y Federico Urbach, el primero muerto en la guerra de independencia y el segundo, uno de nuestros más avanzados modernistas, y a quien Julio Cejador considera como el primer poeta de Cuba, en el siglo XX.

Los últimos años del siglo XIX, tan aciagos para nuestra tierra, no son ciertamente fecundos en la lírica cubana, pues la revolución redentora del 95 hizo que los poetas dejaran la lira para tomar la espada o el fusil y combatir por la independencia.

Después de la tormenta formidable, cuando no se escuchó más el tronar de los cañones, ni el toque del clarín, cuando el advenimiento de un nuevo siglo trajo para nuestra patria la ansiada libertad, una nueva generación literaria llena de entusiasmo juvenil, hizo renacer el olvidado lirismo de otros días y surgieron entonces Pichardo, Carbonell, Foncueva, y Varela, todos llenos de ilusiones y de vida, que dijeron en bellas rimas sonoras nuestro renacimiento literario, y es entonces cuando surge entre la generación vigorosa la figura casi olvidada de René López.

René López, José M. Carbonell, Manuel S. Pichardo, Esteban Foncueva, Eduardo Varela, y Guillermo de Montagu, primero, Agustín Acosta, Miguel Galliano Cancio, Hilarión Cabrisas, y Sergio la Villa más tarde, representan nuestra lírica del siglo, y son por tanto los paladines de nuestra lírica actual.

Agustín Acosta, el primer poeta que tenemos en Cuba según la opinión autorizada de Salvador Díaz Mirón, con ser un magnífico poeta resulta a veces incomprensible para la mayoría de los lectores, no es poeta para las multitudes, porque no halaga el oído de las masas, siente muy hondo y dice lo que siente.

Por ser un gran sincero es un admirable poeta. Hombre que ha vivido mucho, y que ha estudiado la vida en todos sus aspectos, siente como Amado Nervo un desencanto que a veces se vislumbra en sus versos, esto no quiere decir que sea Acosta un poeta del dolor, nada más lejos de esto, su lira canta la vida, la naturaleza, el amor y la juventud, su musa no viste de negro, lleva traje color de esperanza.


                             Agustín Acosta, Fototeca de la BNCJM

(…) Miguel Galliano Cancio, es un poeta suave que ha cantado magistralmente la tranquilidad de una vida apacible, sin grandes desengaños y con muchas esperanzas, dejando en sus libros El rosal de mis ensueños y Ruiseñores del alma los tintes crepusculares de su alma amante del reposo y ebria de paz (…)

(…) Hilarión Cabrisas es un poeta más complicado que los anteriores, ha vaciado las exquisiteces de su espíritu en versos admirables por la hondura del pensamiento y la facilidad de expresión. Y para terminar esta breve reseña, Sergio la Villa, poco preocupado de sus versos, lleno de fuerza y de aliento, es sin duda el más duro en la idea, el más fuerte en la expresión, el más varonil para emplear la palabra exacta, mucho más de lo que ha hecho podría esperarse del antiguo diplomático, pero ya he dicho que Sergio de la Villa es un despreocupado de su obra, y de su talento.

A esa generación literaria que tan superficialmente he tratado, perteneció, por su escuela, por su edad, y por sus ideas, René López, superándolos a todos, reuniendo la profundidad de Acosta, la melancolía de Galliano Cancio, el espíritu exquisito de Cabrisas y la fuerza de expresión de Sergio la Villa.

René López es superior a todos sus contemporáneos, de haber vivido algo más se hubiera igualado a Julián del Casal con quien tiene tanta analogía, pero la muerte tronchó su obra cuando más pruebas daba el poeta de su talento, y su genio quedó ignorado, como el de tantos otros que han pasado sin dejar huellas.

"Algo de Byron en su rostro lleva" dijo, de René López, Manuel S. Pichardo, y era la verdad. El poeta tenía en su cara, en la expresión de sus ojos, en la dulzura de su mirada, un gran parecido con el poeta de "Don Juan" y tenía por él una admiración grande, la inmensa gloria del autor de "Childe Harold" ejercía en su espíritu una fascinación extraña, Byron era para él algo más que un gran poeta, era un Dios, era Apolo nacido en Inglaterra en el siglo XIX.

Fue René López un bohemio, un triste bohemio falto de ambiente. En Cuba, en la América toda, la bohemia es la más triste de las existencias, la vida que idealizó el autor de "La vida bohemia" resulta triste y sola en las tierras tropicales, aquellos que llevan en su alma el ansia de una vida errante llena de ensueños de arte, son unos fracasados a quienes mata el desengaño. En nuestras capitales corre demasiado dinero para que se pueda resistir la vida de Rodolfo, no tenemos "Barrio Latino" lleno de canciones galantes y versos sentimentales, en que grandes poetas digan sus versos mientras apuren el verde licor que enloqueció a Paul Verlaine, el borracho glorioso que paseaba su pierna enferma por la colina de Montmartre. No tenemos "Puerta del Sol" a la cual acude toda la bohemia madrileña en la hora sedante del crepúsculo en que vaga un perfume antiguo de cosas olvidadas y encantos añejos; allí se reúnen los melancólicos fracasados de todos los ideales, los soñadores de las grandes apoteosis que han visto hundirse las leyendas de sus vidas en la vulgaridad de un vivir abrumadoramente cotidiano; pero en nuestras tierras tropicales nada de eso tenemos, los poetas americanos visten de etiqueta, y llevan guantes en manos de marqueses, fuman cigarros egipcios, toman champagne, y pasean en automóvil. Los bardos tropicales, por lo general, aborrecen la bohemia. Rubén Darío, aquel mago del verso de quien es inútil hablar, estuvo a punto de batirse con un periodista madrileño porque una vez le llamó bohemio, y todo el mundo sabe que el autor de Prosas Profanas fue un espíritu bohemio y errante.

Según Gómez Carrillo la bohemia se muere, ya en el barrio latino no se escuchan las notas de las sonatas ni el rumor alado de los versos, solamente de tarde en tarde cruza sus calles un estudiante al brazo de una gentil camarera que no guarda parecido alguno con Mimí, la amada de Rodolfo. En Cuba la bohemia no puede terminar, porque no existe, los pocos espíritus bohemios que hemos tenido, han tenido que vivir aislados, o ir a buscar otro ambiente en las capitales europeas, como hicieron Heredia y Augusto de Armas. Por eso he dicho de René López que no tuvo ambiente, igual que otro poeta cubano de alma bohemia que murió hace pocos meses y que por su espíritu despreocupado es también un ignorado, Francisco Robreño. A René López le hizo permanecer casi olvidado y desconocido esa falta de comprensión que tanto hace padecer a los espíritus escogidos como el suyo.

Su labor como poeta fue corta, no llega a diez años, y fue una obra dispersa la suya, falta de unión. En la revista Letras, de los hermanos Carbonell, en El Fígaro y en varios periódicos dejó sus rimas dispersas que más tarde pensó reunir en un tomo nombrado Barcos que pasan, proyecto que no llegó a cristalizar por la muerte prematura del poeta.

Viviendo en un ambiente que no era el que su espíritu requería, incomprendido como la mayor parte de los hombres de genio, falto de halagos en la existencia, llena el alma de sombras por la muerte de su madre a quien idolatró con cariño jamás superado por otro amor, el poeta sintió muy pronto el dolor de vivir, ese hastío amargo que da la existencia cuando el ansia de vivir se transforma en sed de descanso, el mal terrible que llevó a Poe y a Verlaine al vicio del alcohol, a Gerardo de Nerval al suicidio, a Francois Coppe a los desiertos africanos, a Byron a las murallas de Missolonghi, y a Julio Herrera Reissig a las drogas heroicas. Como todos ellos sintió René López el ala del tedio rozar su frente, y ya sin fuerzas para luchar, porque el triunfo no le preocupaba, ni la gloria le atraía, se rindió a su destino, y buscando descanso espiritual se dedicó a la morfina como el supremo recurso, y como un pájaro herido en el espacio plegó las alas y se dejó arrastrar por la corriente.

El vicio, sea el que sea, es aborrecible, pero cuando el vicioso es un hombre genial debe perdonársele todo. Baudelaire escribió: ''Cuidad siempre de estar ebrios de amor, de virtud o de vino''; para el autor de Les fleurs du mal el reloj marcaba siempre la hora de la embriaguez, sin embargo no fue Baudelaire un borracho cotidiano a la manera de Alfredo de Musset, escribió palabras muy sensatas contra el opio, la morfina y el alcohol. "La droga funesta no crea nada; produce una hiperestesia nerviosa; es un préstamo con interés ruinoso que se hace al cerebro", explica el prologuista de la edición francesa de las poesías de Edgar Allan Poe, cuando habla de la embriaguez del "bardo del horror".

René López fue un morfinómano como Musset fue un borracho, fue un vicioso que pretendió sepultar sus dolores en los "paraísos artificiales", pero la culpa no fue suya, la vida lo obligó y él no pudo resistir. No le reprochemos nada, quien sufra tanto como él y sepa luchar que hable, los que no han sentido el dolor del poeta, los que no tienen derecho a comprender los tormentos de su alma, no deben ni pueden juzgarlo.

A René López lo mató el vicio, murió cuando comenzaba a sentir el halago de la popularidad, la vida lo atormentó primero y lo mató después. No fue un luchador, fue un vencido.

Pocos poetas ha tenido Cuba que hayan sentido más hondamente que René López. Sus versos suaves y musicales al oído, dicen al corazón la tristeza y el dolor de su alma grande llena de exquisita sensibilidad. Cada poesía suya es un poema de dolor amargo, cada estrofa semeja un ánfora llena de tristeza, cada verso es un jirón de su alma rota, en sus poesías "la pluma del dolor trazó sus letras/ la desesperación grabó sus frases", como dijo en una de sus composiciones.

Todo aquel que conozca algo la obra del poeta sabe de memoria su poesía "Barcos que pasan", escrita bajo la impresión hondamente dolorosa de la muerte de su madre. Es sin duda la mejor de cuantas escribió, la de más ternura, la más doliente, la que más impresiona al corazón, y es a la vez la más sencilla, y una de las más subjetivas y perfectas que se ha escrito en nuestro siglo.

"Barcos que pasan..." tiene el encanto triste de las naves que cruzan por los horizontes oscuros, de las ilusiones que la vida se va llevando lentamente, de los amores hondos que se olvidan, y de los cariños fugaces que forman el recuerdo. Tienen estos versos la melancolía de los sueños rotos, de los recuerdos ya lejanos, de las noches de luna, de las mujeres queridas que están lejos, de los seres amados que se van, toda esa tristeza, toda esa amargura, toda esa evasión tiene para mí "Barcos que pasan".

Ya he dicho que el poeta sintió por la autora de sus días un cariño nunca superado ni tan solo igualado, y de la muerte de este ser tan querido data la tristeza desolada del poeta.

Desde el aciago día en que el ser tan querido partió para siempre, la imagen de la madre muerta no se apartó un instante de la mente del poeta que después escribía rememorando aquel episodio funesto su poesía "Barcos que pasan".

(…) Los amores de este poeta genial fueron tristes como su vida, pasiones dolorosas que tenían la melancolía del otoño, la tristeza de las hojas secas que dejan las ramas, de los soles que se hunden, de los barcos que pasan, de los crepúsculos largos, de las alboradas nubladas, de las melodías viejas casi olvidadas, de las notas dispersas diluidas en el ambiente, de las últimas estrofas de una canción de amor. Amores profundos que pasaron fugaces por el alma del poeta dejando como recuerdo un rizo, un retrato semiborrado por los besos, una flor marchita, cartas de amor perfumadas, pañuelos bordados y versos, muchos versos, muchas rimas dolientes que repercutían en el alma del poeta.

(…) Sintió René López, como todos los espíritus sensibles y combatidos, la sed infinitamente dolorosa de olvidar. ¡Olvidar!, he aquí el gran problema de su vida, el recuerdo lo atormentaba, la evocación tenía para él una gran amargura, y todo ello se reflejaba en sus versos. Catullo Mendes, el gran poeta francés de la centuria pasada dijo a sus discípulos: "nada de sollozos humanos en el canto del poeta" y el gran maestro del parnasianismo dijo algo imposible. ¿Qué poeta por varonil que sea no ha llorado? ¿Qué hombre, por insensible que sea, no ha sentido el abatimiento de las ilusiones rotas y de los desengaños dolorosos? ¿Quién no ha llorado? Todos los que han sentido el peso de la existencia, los que han vivido y aun los que han vegetado, han llorado alguna vez. Y René López lloró siempre porque fue un corazón abierto a todas las emociones y a todos los cariños y débil a todos los golpes.

Como Edgar Allan Poe fue el bardo del horror, René López fue un cantor del dolor. ¡Oh, el dolor de vivir es tan amargo! ¡Y supo el poeta decirlo tan bellamente en sus rimas incomparables!

Fue René López, a la vez que un gran sentimental y forjador de ideas, un magnífico y suave maestro del ritmo; conocía el secreto oculto de todas las combinaciones. Profundo casi siempre, podía transformar los acordes de su lira en notas acariciadoras, sutiles y leves como melodías encantadoras. Basta para comprobarlo leer su poesía "Crespón", que comienza:

¿Te acuerdas?  La japonesa, 
la de la boca de fresa, 
ya mis sueños no importuna. 
¿Te acuerdas?, la japonesa, 
la de la boca de fresa, 
pálida como la luna; 
aquella que parecía 
por su rostro lastimero 
haber robado a Durero 
su cuadro "Melancolía".

Arturo Carricarte, en el interesante trabajo que dedicó a René López cuando supo en Montevideo la muerte del poeta, dice que el poeta cubano seguía las huellas del español Salvador Rueda. Es posible que en su modalidad, en la forma de expresión, tenga René López cierta analogía con el poeta andaluz, pero no es en la forma de expresión donde se juzga a los poetas; para mí René López tiene más afinidad con nuestro Julián del Casal. Afinidad de sentimientos en sus amores, y en la tristeza de sus vidas, afinidad en la muerte prematura de ambos, afinidad en el olvido lamentable en que yacen sus nombres gloriosos de grandes poetas. Ambos fueron dos combatidos, dos vencidos por el dolor de la vida, los dos sintieron prematuramente el hastío de vivir, lo que Max Nordau llamó "el mal del siglo", lo que llevó a José Asunción Silva al suicidio, el mismo mal de Leopardi, de Rolla, de Werther, de Manfredo y de Byron… ¡el dolor de sentir!

René López, que en vida fue un hombre falto de afectos, ha tenido en el seno de la muerte un afecto póstumo. Él, que en vida no fue amado, ha sido querido y admirado cuando la muerte con su negro manto envolvió su cuerpo enfermo. Sobre su tumba olvidada, sobre la losa fría del sepulcro, flores marchitas dicen al visitante la póstuma conquista del poeta.

Una mujer, uno de esos seres que saben hacer grata la vida a aquellos que tienen cerca, amó al poeta, lo amó por sus versos, por su espíritu exquisito, y algunos 13 de mayo ha ido a depositar sobre la tumba olvidada un ramo de flores lozanas como tributo de admiración y de cariño al cantor de "Barcos que pasan”.

Y esa mujer, que sabe decir los versos bellamente, recita con fervorosa devoción, con la unción sagrada de quien reza una plegaria aquellos tristes versos del poeta:

¡Oh barcos que pasáis en la alta noche 
por la azul  epidermis de los mares…

iQué dulce encanto adquieren entonces las estrofas, qué rítmica modulación tienen los versos, y qué triste, y qué suavemente suenan en los oídos los últimos:

… pienso en la nave que albergó en su seno 
el cuerpo inerte de mi pobre madre...

Y mientras recita, sus ojos buscan en la sombra, tristes y luminosos, el recuerdo impreciso y lejano del poeta desaparecido a quien quiere tanto...

Y esto que acabo de referir lo ignoran Arturo R. Carricarte y Marco Antonio Dolz, quienes con amor de hermano mantienen vivo el recuerdo del poeta. ¡Ellos desconocen el laurel más lozano que tiene el poeta en la corona del recuerdo, solo yo sé el secreto de ese amor póstumo…

Tomado de: René López, de Alberto Lamar Schweyer, La Habana, Imp. Sociedad Tipográfica Cubana, 1920


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