miércoles, 22 de octubre de 2014

RAFAEL MARÍA DE MENDIVE [13.774]


Rafael María de Mendive

Rafael María de Mendive y Daumy (La Habana, 24 de octubre de 1821 — Matanzas, 1886) fue un poeta cubano.

Hizo estudios de Derecho y Filosofía, y obtuvo la licenciatura en 1867, viajó a Europa en 1844 y en 1848. En 1848 apareció su primer libro de versos, Pasionarias, regresó a Cuba en 1852 donde trabajó durante diez años en la Sociedad de Crédito Territorial Cubano, hasta que en 1863 fue separado de su cargo por intrigas de los elementos integristas. Fundó algunas de las principales revistas cubaneiras de la época, entre ellas la Revista de La Habana (1853-1857) y en 1856 ingresó en la Sociedad Económica de Amigos del País.

Como poeta perteneció a la segunda generación romántica de Cuba, que dio inicio a una reacción del buen gusto contra la decadencia imperante entre los miembros de la generación anterior. Las dos primeras ediciones de sus Poesías aparecieron en Madrid y en París en 1860 y en 1864 fue nombrado director de la Escuela Superior Municipal de varones, designación que combatieron los partidarios del integrismo, quienes desconfiaban de él por su condición de cubano y de poeta. Sus méritos como maestro, sin embargo, le valieron el reconocimiento de la Junta Superior de Instrucción Pública.

En 1865 José Martí se convirtió en alumno suyo, al ingresar en la Escuela Superior Municipal de Varones, calle del Prado número 88, de la cual era director Mendive, quien desde entonces fue su padre espiritual y contribuyó de manera decisiva a su formación ética y patriótica. Al quedar cesante el padre de Martí, Mendive se comprometió a pagar los estudios de su alumno hasta el grado de bachiller.

El 22 de enero de 1869, como consecuencia de las manifestaciones revolucionarias ocurridas en el Teatro Villanueva, Mendive fue encarcelado por ser su casa centro de reuniones patrióticas. Su Colegio San Pablo, fundado en 1867, fue clausurado, y el poeta resultó sentenciado a cuatro años de confinamiento en España, desde donde logró pasar rápidamente a Nueva York, ciudad donde residió desde 1869 hasta 1878. Allí colaboró en varias publicaciones de lengua española y continuó alentando la causa separatista, por la cual murió su hijo Luis.

Mendive regresó a Cuba al firmarse la Paz del Zanjón donde dirigió el periódico liberal Diario de Matanzas desde diciembre de 1878 hasta marzo de 1879. Continuó escribiendo para importantes publicaciones internacionales, y en 1883 apareció la tercera edición de sus Poesías.

Estuvo al frente del colegio San Luis Gonzaga, de Cárdenas y allí enfermó en 1886, por lo que fue trasladado a La Habana, donde murió el día 24 de noviembre. El 20 de diciembre del mismo año le fue tributado un homenaje póstumo en el Teatro Tacón, donde participaron algunas de las más destacadas figuras de la cultura cubana de la época.

La poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda dijo acerca de su modo de escribir: «Es un autor sumamente tierno, cuya obra noble y apasionada se transparenta siempre en sus versos».


José Martí su más devoto alumno publicó una semblanza de su maestro en El Porvenir, de Nueva York, el 1 de julio de 1891.

[...] ¿Se lo pintaré preso, en un calabozo del castillo del Príncipe, servido por su Micaela fiel, y :sus hijos, y sus discípulos; o en Santander, donde los españoles lo recibieron con palmas y :banquetes?; ¿o en New York, adonde vino escapado de España, para correr la suerte de los cubanos, y :celebrar en su verso alado y caluroso al héroe que caía en el campo de pelea y al español bueno que :no había querido alzarse contra la tierra que le dio el pan, y a quien dio hijos?; ¿o en Nassau, :vestido de blanco como en Cuba, malhumorado y silencioso, hasta que, a la voz de Víctor Hugo, se :alzó, fusta en mano, contra «Los dormidos»?; ¿o en Cuba, después de la tregua, cuando respondía a un :discípulo ansioso: «¿Y crees tú que si, por diez años a lo menos, hubiese alguna esperanza, estaría :yo aquí?» ¿A qué volver a decir lo que saben todos, ni pensar en que los diez años han pasado? :Prefiero recordarlo, a solas, en los largos paseos del colgadizo, cuando, callada la casa, de la luz :de la noche y el ruido de las hojas fabricaba su verso; o cuando, hablando de los que cayeron en el :cadalso cubano, se alzaba airado del sillón, y le temblaba la barba.

José Martí, El Porvenir, Nueva York, 1 de julio de 1891





INVOCACIÓN RELIGIOSA

No seré yo, mi Dios, quien a ti llegue
Cubierto de rubor, ni quien osado 
Ante tu excelsa majestad desplegue 
Del pensamiento el vuelo arrebatado; 
No; yo sabré sin que el dolor me ciegue, 
Padre infeliz, con ánimo esforzado, 
Imitando el zumbar de mansa abeja, 
Levantar hasta ti mi humilde queja.

Si en mis labios jamás la trompa de oro 
Con épica expresión sonó robusta, 
Ni en bélico cantar lancé sonoro 
El grito de dolor que al alma asusta,
De ternura infantil todo un tesoro 
Mi numen te dirá con voz augusta,
Y en fácil rima que cantando llora
Todo el inmenso afán que me devora.

Yo te diré por qué cuando serena 
La noche su amplio manto de zafiros 
Desplega hermosa, y, de misterios llena, 
A ti consagra un himno de suspiros, 
De mi lira se escapan con mi pena 
En ecos de dolor o en blandos giros 
Las quejas ¡ay! las quejas que mi pecho 
Lanza en hirvientes lágrimas deshecho.

Yo te diré, mi Dios, por qué la tierra 
Es desierto arenal para mis ojos,
Y el mundo todo para mí no encierra
Sino de muerte pálidos despojos:
Por qué donde paz hube encuentro guerra 
Donde flores de amor tan sólo abrojos,
Y es el eterno suspirar del viento
Mi grito de dolor y mi lamento.

Es ella, ¡oh! Dios, la hija idolatrada 
Por quien palpita el corazón y gime 
En triste soledad; por quien trocada 
En pena mi ilusión, su sello imprime 
En mi frente el dolor; y acobardada 
Ante tu excelsa majestad sublime, 
Ni acierta el alma a comprender, ni alcanza 
Más luz ni salvación que tu esperanza.

¡Ella! ¡tan dulce al corazón, tan pura 
Como el fresco rosal que Mayo enflora! 
Mi luz providencial en noche oscura,
en horas de dolor mi blanca aurora. 
¡Ella! que objeto fue de mi ternura,
Y causa de mis quejas es ahora, 
Pálida muere, y ante el Sol que nace 
Cual vaporosa nube se deshace.

Aquí me encuentra el alba contemplando 
Su rostro angelical y sus cabellos 
Que tantas veces me extasiaran cuando 
Mis labios puse con delicia en ellos: 
Sus ojos miro, y de pavor temblando 
Contemplo cuál se extinguen sus destelles
Y cuan siniestro de la muerte brilla
El apagado tinte en su mejilla.

Y entre mis manos trémulas estrecho 
Sus manos con placer; su frente oprimo 
Enternecido a mi convulso pecho, 
Pensando así que su salud reanimo;
Y con mi aliento avivo de su lecho
El extinto calor y el fuego animo
De sus marchitos labios donde impresos 
Aun viven para mí tan dulces besos.

¡Oh! tú del corazón la flor más bella 
Que en mis huertos de amor naciste un día 
Deja que siga tu impalpable huella 
En alas ¡ay! de la esperanza mía; 
Deja que mire en ti la blanca estrella 
Que cual la escala de Jacob me guía 
Desde el lecho infeliz do vivo atado 
Hasta tu regio alcázar encantado.

Sí, mi Dios, sólo tú que Omnipotente 
Los orbes llenas y el espacio inflamas 
Con tu inmenso poder, que en saña ardiente 
La tierra puedes convertir en llamas, 
O hacer que broten de inexhausta fuente 
Floridos bosques, vastos panoramas.
Y soberbios palacios a millares
Desde el oscuro fondo de los mares;

Tú, para quien el Sol no tiene ocaso, 
Ni el águila caudal pujante vuelo,
Y el Orbe trema cuando siente el paso
De tus divinas plantas en el cielo;
Que enciendes este fuego en que me abraso
Y de las nieblas desgarrando el velo
Entre las galas de bellezas tantas
Coronado de rayos te levantas;

Tú, que al cristiano corazón le prestas 
Potentes alas con que a ti se encumbre,
Y en todo tu esplendor te manifiestas 
Del vivido relámpago en la lumbre,
Y en las sombras que pueblan las florestas,
Y en el raudo torrente, y en la cumbre
De las altas montañas, donde eterno
Sus nieves cuaja el borrascoso invierno:

Tú, que lo puedes todo, al alma mía 
Devuélvele la paz, pues que te imploro 
Con la afligida voz con que solía 
Invocarte David, cuando en sonoro 
Salterio gemidor a ti pedía, 
Goteando el corazón amargo lloro. 
Piedad a su dolor, y a su tormento, 
Al compasado son de su lamento.

Pon en mis secos labios la frescura 
Del bíblico Cedrón, y el eco suave 
De la lejana fuente que murmura.
Y el trino melancólico del ave;
Y mi voz no será de desventura, 
Ni mi acento será de pena grave, 
Sino el hosanna plácido que en coro 
Los ángeles te dan en arpas de oro.





LA GOTA DE ROCÍO

¡Cuán bella en la pluma sedosa de un ave,
O en pétalo suave,
De nítida flor,
Titila en las noches serenas de estío
La diáfana gota de leve rocío
Cual vívida estrella de un cielo de amor!

El álamo verde que el aura enamora,
El sauce que llora,
El verde palmar,
El mango sombroso, la ceiba sonante,
Cual fúlgido rayo de níveo brillante
La ven en sus hojas inquieta temblar.

Resbala entre rosas tan rápida y leve,
Tan frágil y breve,
Tan blanca y sutil,
Cual son de la vida los sueños de amores,
Y el beso de almíbar que en copa de flores
Nos brinda gozosa la edad infantil.

Acaso de un ángel la lágrima sea
Que amor centellea
Con luz celestial,
La gota de aljófar de un niño que llora.
La perla más blanca que vierte la aurora
Y lleva en sus alas el suave terral.

¡Soñando ternezas gallarda hermosura
El cáliz apura
De aromas y miel;
Y el lago sus ondas azules levanta,
El cisne se queja de amores y canta,
Y todo en la tierra respira placer!

¡Oh noche! ¡Oh misterio de eterna armonía!
¡Oh dulce poesía
De sueño y de paz!
¡Poema de sombras, de nubes y estrellas,
De rayos de oro, de imágenes bellas
Suspenso entre el cielo, la tierra y el mar!

¡Oh! ¡Cómo gozoso en las noches de Mayo
Al trémulo rayo
De luna gentil,
Sentado en el tronco de un sauce sombrío
Tras gota apacible de suave rocío
Pensé de mi madre las huellas seguir!

¡Y allí con mis versos, en paz deleitosa
Mis hijos, mi esposa,
Mis libros y Dios,
He visto las horas rodar sin medida,
Cual rueda esa perla del cielo caída
Temblando en el cáliz de tímida flor!

¡Feliz si, muriendo, mis tristes miradas
De llanto bañadas
Se fijan en ti!
¡Feliz si mi lira vibrante y sonora,
Cual cisne amoroso, con voz gemidora
Su queja postrera te ofrece al morir...!

¡Tú, al menos, podrías en gélida losa
Con luz misteriosa
Mi nombre alumbrar;
Y el ave sedienta verá con ternura
De un pobre poeta la lágrima pura,
Allí sobre el mármol tranquila brillar...!



LA INDIFERENTE

¿Dónde la flor de tu esperanza es ida, 
Pálida virgen que enlutada lloras; 
¿Dónde la hermosa luz de las auroras 
Que alumbraron la senda de tu vida?

¿Por qué a la nave del silencio asida, 
Ni amor te inflama, ni consuelo imploras, 
Y en las sombras del tiempo aterradoras, 
La imagen ves de tu ilusión perdida?

Si aún tienes corazón, espera, y lucha 
Por derrocar el tenebroso imperio 
De la duda que oprime tu existencia:

Mas si no late por tu mal, escucha:
-A gemir en perpetuo cautiverio, <
Te condena tu propia indiferencia.





ÚLTIMO CANTO

Ni temo el odio, ni el desdén me irrita,
ni late el corazón, ni el alma inquieta
con la imagen de un lauro de poeta
goza feliz; ni férvida palpita.

El fuego de la gloria no me agita,
ni está mi vida a la ambición sujeta;
mi más bella ilusión es cual saeta,
mi esperanza mejor es flor marchita.

Versos... delirios... lágrimas... anhelo...
nubes y nieblas son en mar sombrío;
ni espero bien, ni de mi amor me duelo;

sus alas pliega el pensamiento mío,
y fijando los ojos en el cielo
tan sólo en Dios y en su bondad confío.






TU IMAGEN

De palmas y de estrellas coronada,
de flores y de céfiros vestida,
entre el cielo y la tierra confundida
tu boca es miel y es gloria tu mirada.

De Dios imagen para mí formada
eres ángel de mi alma, y de mi vida,
blanca perla de un lirio desprendida,
pluma suave de un cisne en la cascada.

Como rayo de sol en agua pura,
o en cielo azul estrella que enamora
mi espíritu se goza en tu ternura;

me cubro con tu sombra bienhechora,
tus huellas sigo, admiro tu hermosura
y en dulce paz mi corazón te adora...!


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