miércoles, 22 de octubre de 2014

LOURDES CASAL [13.791]


Lourdes Casal 

(CUBA,  1938-1981) vivió mucho tiempo exiliada en Nueva York, hecho fundamental en su literatura. La relación entre espacio, memoria y subjetivación es el eje principal sobre el que se apoya su obra poética.

Esta mujer, fallecida a la temprana edad de 42 años y nacida en el conocido barrio de Los Sitios, pocas veces se le recuerda como parte de la memoria histórica vinculada a la migración de cubanos que alguien o algunos, deberán recomponer cuanto antes.

Enhorabuena, esa  institución que responde al nombre de Casa de las Américas ha organizado un coloquio internacional titulado “Latinos de las artes y las letras” y en el que ha ocupado merecido sitio Lourdes Casal Valdés, una joven que con 23 años de edad, temerosa del fantasma comunista, abandonó la isla en 1961.

“Vamos a recuperarte para no olvidarte”, dijo la panelista Milagros Martínez. Si es así, ojalá bien pronto más de una generación  de intelectuales y también gente común podrá acercarse para romper de una vez y por todas la distante cercanía que cubre su vida y obra porque a pesar delos pesares, en Cuba hay quienes la recuerdan como una persona excepcional, con una capacidad de diálogo extraordinaria y un sinfín más de virtudes.

La documentalista norteamericana Estela Bravo, presente en la sala, mostró sólo cinco minutos en el que Lourdes explicaba las razones de su partida y qué encontró en los EE.UU. Fueron 300 segundos para que quienes no le conocimos, tuviéramos una aproximación a su grandeza y nos propusiéramos leer su premio Casa, con la obra “Palabras juntan Revolución”, primera ocasión en que se premiaba a un cubano residente en el exterior.

En cambio, el historiador y profesor  universitario  Jesús Arboleya sí la conoció bien. En 1973 en La Habana y luego compartió con ella en otras ocasiones junto a otros exiliados cubanos, entre los que se encontraba también Francisco Aruca.

Querían visitar Cuba para pulsar de primera mano el proceso revolucionario, pero exigían no ser detenidos, tener garantías porque varios de ellos tenían causas pendientes o habían sido juzgados por actos contrarrevolucionarios como era el caso de Lourdes.

“Yo” –testimonia Arboleya- “me limité a tramitar la petición y a los pocos días fue Lourdes la única que se me presentó ratificando que quería ir a Cuba. Meses después, vino la aprobación. Carlos Rafael Rodríguez y Raúl Roa fueron los principales promotores para que viniera…”

Ya en la Isla hablaron mucho y posteriormente se involucró en la creación de la revista Areíto junto a Albor Ruiz, Marifeli Pérez Stable y Aruca. Poseía el don de nuclear la entonces muy dispersa izquierda cubana en el exterior y lo mejor de la intelectualidad cubana y latinoamericana.

“Lourdes era el ama intelectual de la revista, la mayor de esa época. Fue la socióloga más importante de su generación. Sus conceptos investigativos se mantienen vigentes…”, confiesa Arboleya.

Fue, además, quien propuso la creación de la Brigada Antonio Maceo (los maceítos para muchos) y defendió con vehemencia y razón que llevara el nombre del Titán de Bronce. Pero, paradójicamente, no podía integrarla. No cumplía con los requisitos de haber salido de Cuba como menor de edad y tenía antecedentes contrarrevolucionarios aunque al decir de Arboleya no eran de tanto peso como el de otros.

En 1978 las autoridades cubanas organizaron un encuentro con cubanos residentes en el exterior y Lourdes Casal se involucra en sus preparativos. Arboleya fue testigo excepcional: “Sus preguntas fueron las más inteligentes”.

Pero hay algo más, que a pesar del tiempo transcurrido, no le hace vacilar a nuestro testimoniante para afirmar que se trata de “una persona extraordinaria, la más inteligente y sensible de las personas que he conocido en mi vida… Una fábrica de hacer proyectos…”

“ A Lourdes hay que agradecerle que haya traído a Cuba una visión que no conocíamos…”

Nancy Morejón, premio Nacional de Literatura y actual vicepresidenta de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) guarda un curioso paralelo con la Casal. Proviene también de Los Sitios y entre ambos abuelos hubo un amorío que casi al final divide a ambas familias, pero nunca a ellas dos.

“La conocí a finales de los 70s. Les decíamos los maceítos”, refiere la controversia familiar y procede a la lectura de varios poemas de Lourdes que son ovacionados al finalizar.

Del panel, moderado por la profesora Xonia Rivera Valdés, surgieron excelentes propuestas:  El próximo año se cumplen cuatro décadas de la revista Areíto y resulta ocasión propicia para rendirle homenaje a Lourdes Casal y otras de igual valor que fueron tomadas en cuenta como una recopilación de sus trabajos. “Escribió de lo humano y lo divino”, aseguraron.

Inagotable en su actividad académica, Lourdes Casal Valdés murió en La Habana en 1981. Hoy tendría 75 años de edad, una obra conocida por muchos y el reconocimiento que merece, que supo ganarse aún amenazada de muerte por los sectores más extremistas del exilio cubano.

Muy cubana, cubanísima, “demasiado habanera para ser neoyorquina”.

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PARA ANA VELDFORD

Nunca el verano en Provincetown
y aún en esta tarde tan límpida
(tan poco usual para Nueva York)
es desde la ventana del autobús que contemplo
la serenidad de la hierba en el parque a lo largo de Riverside
y el desenfado de todos los veraneantes que descansan sobre ajadas frazadas
de los que juguetean con las bicicletas por los trillos.
Permanezco tan extranjera detrás del cristal protector
como en aquel invierno
-fin de semana inesperado-
cuando enfrenté por primera vez la nieve de Vermont
y sin embargo, Nueva York es mi casa.
Soy ferozmente leal a esta adquirida patria chica.
Por Nueva York soy extranjera ya en cualquier otra parte,
fiero orgullo de los perfumes que nos asaltan por cualquier calle del West
Side.
Marihuana y olor a cerveza
y el tufo de orines de perro
y la salvaje vitalidad de Santana
descendiendo sobre nosotros
desde una bocina que truena improbablemente balanceada sobre una escalera
            de incendios,
la gloria ruidosa de Nueva York en verano,
el Parque Central y nosotros,
los pobres,
que hemos heredado el lado del lado norte,
y Harlem rema en la laxitud de esta tarde morosa.
 El autobús se desliza perezosamente
hacia abajo, por la Quinta Avenida;
y frente a mí el joven barbudo
que carga una pila enorme de libros de la Biblioteca Pública
Y parece como si se pudiera tocar el verano en la frente sudorosa del
            ciclista
que viaja agarrado de mi ventanilla.
Pero Nueva York no fue la ciudad de mi infancia,
no fue aquí que adquirí las primeras certidumbres,
no está aquí el rincón de mi primera caída,
ni el silbido lacerante que marcaba las noches.
Por eso siempre permaneceré al margen,
una extraña entre las piedras,
aun bajo el sol amable de este día de verano,
como ya para siempre permaneceré extranjera,
aun cuando regrese a la ciudad de mi infancia,
cargo esta marginalidad inmune a todos los retornos,
demasiado habanera para ser newyorkina,
demasiado newyorkina para ser,
-aun volver a ser-
cualquier otra cosa.





HAY NOCHES COMO ÉSTAS…

Hay noches como éstas,
San Bartolomés de la palabra
en que los versos oprimidos
estallan con violencia inesperada.
Palabras
juntan
revolución.

Palabras juntan revolución, 1981.




La Habana (1968) (I)

Que se me amarillea y se me gasta,
perfil de mi ciudad, siempre agitándose
en la memoria
y sin embargo,
siempre perdiendo bordes y letreros,
siempre haciéndose toda un amasijo
de imágenes prensadas por los años.

Ciudad que amé como no he amado otra
ciudad, persona u objeto concebible;
ciudad de mi niñez,
aquella donde todo se me dio sin preguntas,
donde fui cierta como los muros,
paisaje incuestionable.

Diez años llevo
sin catarla ni hablarla excepto en hueco;
cráter de mi ciudad siempre brillando
por su ausencia;
hueco que no define y que dibuja
el mapa irregular de mi nostalgia.






La Habana (1968) (II)

Que la he perdido,
la he perdido doblemente,
la he perdido en los ojos de la cara
y en el ojo tenaz de la memoria.
Que no quiero olvidarla y se me pierde,
aunque de pronto vengan marejadas
de nombres y borrosas
imágenes:
Soledad, Virtudes, Campanario,
Peña Pobre una tarde de verano
y el parque aquel minúsculo,
tapizado de pájaros,
cuando se conjugaban a anunciar el crepúsculo,
a anunciar en bandadas la nostalgia acerada
tras las horas de O?Reilly,
de libros y bigotes.





La Habana (1968) III)

Jirones de ciudad
fragmentos sin contexto, los enlaces perdidos.

¿Cómo llegar a, y qué venía,
desde, por dónde iba aquel ómnibus?
¿Qué se me ha hecho la ciudad de entonces?

Preposiciones,
desarticulación,
preguntas.
Ya hace demasiado que estoy lejos.
Te me olvidas.
Que florezcas.
Hasta siempre.





Hudson, Invierno

Este paisaje irreal
la danza de los árboles
la iglesia que se vuelve, en la bruma, castillo,
y el río que renuncia a su fluir
y adopta
la rigidez y el brillo de un joven granadero.
Todo aquí te recuerda
el cielo siempre gris
los árboles, las piedras,
el río y el acero
Mundo que languidece pues no le has sonreído
tristemente te espera.




Domingo

Recorro las calles de este New York vestido de verano,
con sus guirnaldas de latas de cerveza
y envoltorios de helados,
con su fauna fantástica
desbordada por la Quinta Avenida,
por Broadway,
por Riverside,
toda la increíble fauna y flora
de esta ciudad increíble,
desde los hare krishnas hasta los escoceses con gaitas,
desde el aprendiz de violinista
hasta el discípulo de Marcel Marceau.
Recorro las calles e la ciudad,
obsedida por la pasión de nombrar,
azotada por la furia de fijarlo
y recrearlo todo en la palabra,
esta batalla irremisiblemente perdida
contra la caducidad de todo,
esta batalla incesante y dolorosa
contra la erosión,
el tiempo,
y el olvido,
que lo devoran todo.





Definición

Exilio
es vivir donde no existe casa alguna
en la que hayamos sido niños;
donde no hay ratas en los patios
ni almidonadas solteronas
tejiendo tras las celosías.

Estar
quizás ya sin remedio
en donde no es posible
que al cruzar una calle nos asalte
el recuerdo de cómo, exactamente,
en una tarde de patines y escapadas
aquel auto se abalanzó sobre la tienda
dejando su perfil en la columna,
en que todavía permanece
a pesar de innumerables lechadas
y demasiados años.






Columbia. Sorbona. (primavera 1968)

Seamos soberbios,
insolentes
¡ahora!

Seamos impacientes
intransigentes,
intolerantes,
¡ahora!

En estos días
en que aun podemos
lanzarnos hacia el futuro
sin pesados lastres en los tobillos
sin vientres demasiado abombados,
o la pátina de oro sobre las pestañas,
pues sólo el que no respeta la realidad
puede cambiarla.

La realidad es como un vieja prostituta,
a la hay que conocer y pagar su precio
pero tenerla por lo que es,
y desecharla cuando llegue el momento,
o reconstruirla y hacerla princesa con la imaginación
y hasta quizás ¡milagro!, hacerla princesa de veras.

Este es el tiempo de ser osados.
Después de cierta edad,
todo se vuelve pornográfico.





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