sábado, 25 de octubre de 2014

IGNACIO LASSO [13.839]



IGNACIO LASSO 


(Quito, Ecuador  1911-1943)


 !Ya está podrida la miel de las rosas!
Podéis venir a ver este olfato del perfume en escombros,
esta herida que deja escapar un trino lastimado en las alas
y el naufragio inaudito de una gaviota partida por un rayo.

("Orfeo") 


Mentor de la revista del grupo Elan, grupo integrado por poetas nacidos entre 1905 y 1920 como Augusto Sacoto Arias, José Alfredo Llerena y Alejandro Carrión. Colaboró con varias revistas de su tiempo. Sobre Lasso, el ensayista Benjamín Carrión expresó en 1937: "A pesar de sus incursiones, rotundas, valientes, de alto valor poético, por las barricadas revolucionarias, Lasso es nuestro caso más significado del poeta americano de mente y sensibilidad europeas. Su sitio estaría en la línea de los poetas de CONTEMPORANEOS y de ULISES, de México. Su predilección expresa y su acercamiento a Jaime Torres Bodet, lo clarifican y fijan en esa posición. Es transparente, claro, perfecto de técnica."

BIBLIOGRAFÍA

Poesía: Escafandra (Quito, 1934). Ensayo: Ensayo y poesía (Quito, 1957). Consta en las antologías: Indice de la poesía ecuatoriana contemporánea (Santiago de Chile, 1937); Los de Elan y una voz grande (Guayaquil, s.f.); Poesía viva del Ecuador (Quito, 1990).


Ignacio Lasso
Selecciones de Augusto Arias



Acuarelas

Afuera, quiebra tirsos la lluvia,
refriega el viento los tobillos del miosotis,
y junto a los caños que se ahogan
verdean las togas de los sapos.
Los rosales tiritan
y se acurrucan al muro medrosos.
Desde el borde de los tejados,
alguna estalactita de silencio
gotea un ruido a intervalos,
las siemprevivas  
espían insistentes la calle...

Cruza un «cupé»
robando kilómetros al espacio.
Un perro trasnochado le persigue
jadeante, disparando alaridos.
Y van rumiando de prisa la distancia,
los tranvías-polifemos, con un ojo en la frente.

El sudor de la tiniebla empaña los vidrios,
parpadean los ojos biliosos de las lámparas.
Se estremecen las cortinas  
porque las roza mi pensamiento
-pincel en el cartón gris de la noche-.
Lleno de humo la estancia,
para impedir que penetre el hastío.
Y así indolente escrutador,
me paso pintándole al fastidio
docenas de acuarelas.

  


El monarca del país de la niebla

Este era un príncipe nórdico
de estirpe hamletiana,
pálido, brumoso, débil.

Tenía una giralda
de esplín en la ribera
de un lago esmeralda
y un jardín de heliotropos.

En invernaderos de ópalo
cultivaba sus penas.

Coloreaba las horas
con azul de sus ojos,
y exprimía las venas
de las violetas órficas
en los párpados rojos.

No conocía al sol  
sino en su cabellera.
Bajo la cera diáfana
de su mano grácil
cualquier arte
era un proteo fácil.

Gnomos de pieles
azafranadas
con un índice en los labios,
encendían el microcielo
de los astrolabios,  
amontonaban babeles
todas las madrugadas.

El insomnio era su camarero
que al descender la sombra,
en un sótano negro  
crucificaba al sueño
con tres aldabonazos.

La raza nómade
de los remordimientos
era su pueblo.  
Los lamentos
acampaban fuera de las murallas
almenadas de los vientos.

Alumbraban sus vigilias
cortejos de luciérnagas,
y escanciaban canidias
un licor de vesania.

En una jiba de la noche
bajo el dombo celeste
-detrás del monóculo de opio-  
la parda gleba estéril,
el hambre, el dolor y la peste.

Vestía siempre de luto
su fino talle impoluto.  
Era «El Delfín Esqueleto»,
veía la vida
a través de la córnea roída.

Bajo el cuarto menguante
decapitaba centenares de ranas  
con guillotinas de diamante.

En relicarios áureos
coleccionaba canas.
Y en los muros vacíos
de las salas siniestras,
clavaba mariposas
con espinas de rosas.

Para burlar el curso de los ríos
levantaba diques de basaltos.
En pebeteros de ónix
quemaba los queliceros
de crustáceos exóticos.

Por los turbios meandros
de las ciudades muertas,
alumbrado por géyseres de angustia,
a lo largo de noches inciertas
paseaba su mirada mustia
el Monarca del País de la Niebla.

Una opaca invernada
sin luna en los caminos,
por rutas congeladas
en góndolas de nácar
vinieron los suspiros,
y hacia la isla
de los lotófagos,  
en el lejano ponto
de los negros olvidos:
llevándose fueron
al misógeno príncipe
de los ojos dormidos.

  


Pesadumbre

No sé por qué, he vuelto a ponerme muy triste,
a mirar el mundo con ojos de huérfano
acurrucado en medio de los desconciertos.

En el piano ya no suenan dos teclas.
Los zapatos, los libros y los sueños están viejos.
Las menudas ambiciones
embarcaron en un tren que ha descarrilado.

He mirado muy largo el gesto de las cosas
manchadas de sufrimiento, llenas de arrugas.

Yo no sé qué les pasa  
a la luz de este foco
y al somier de esta cama:
se enmohecieron de ausencia.
Al fondo de las cómodas
la soledad ha puesto larvas.

Tres veces me he mirado en el espejo roto,
para ver qué me dicen mis ojos.
Hoy he descubierto
que intentaron decirme que estaba loco.

Tres veces me he asomado a la ventana,
y ya no puedo sentir la ilusión de las calles,
los alegres enjambres
o los sombríos tropeles de los pobres.

La helada me ha hecho más daño
que a un arbusto,  
congelando ese hilillo de agua
que de lejos buscaba mi silencio.

Y ya cristalizada mi savia
no me importa saber en qué forma
germinarán las posibilidades de los otros.

Este clima muy frío y recluido,
este tiempo sin sol y sin lluvias
convalece las cosas íntimas.

Quizá por eso, en este cuarto,
huésped de tantos vientos,
refugio de crisálidas:
me he pasado levantando las tablas del piso,
buscando las monedas y los broches perdidos.

    


Elsie

Por una ruta en llamas tenté llegar a tus ojos.
Había deshojado el aire un oscuro aliento tenaz,
marejadas de angustias se agolpaban, pugnaban
en ese pequeño resquicio de la memoria:
donde logré encontrar entre buidos riesgos,
intacta y desnuda tu primera mirada.
Yo estaba transido de miserias ajenas,
no sabía en qué suelo hundir hondo las raíces.
Mis veinte años envejecidos,
con una luenga barba crecida en llantos filiales.  
Mi voz enredada en húmedos musgos de yaravíes
era el sembrío de sudores requemados,
era la acequia a que no dieron agua,
era el mueble sin techo
y el hombre sin trabajo.  
Encontrándome en tus ojos, olvidé que buscaba
-como tantos- la esperanza en salarios.
Dos días no he pintado con mi sangre carteles,
no está la multitud caminando en mi voz;
no obstante, tu nombre entorcha los lábaros rojos,  
y se alinean por detrás de tu huella:
horizontes de indiadas,
altas nubes de truenos en los pechos.
¡Elsie! por una ruta de sangre he llegado a tus ojos.




Los ciegos

En los bosques ruinosos de la noche
crecía una madrugada de líquenes.

Iban. Muy adentro de sus cansancios
encontraron empalizadas de mónadas.
Buscando el contorno a los senderos,
trizando las formas de las cosas,
siguiendo orillas de evanescencias
por entre la libido desvelada.

En sus nervios resbalaban
orugas de inopia,  
sentían lloviznar
al frío de la luna en sus párpados.

Persiguiendo la fuga de superficies y voces,
al voltear las aristas del tiempo,
despedazaron su indumentaria de esperanza,
por eso visten -a medias- longevidad de harapos.
-597-

En sus báculos se enroscó la distancia.
Y la desenrollan acuciosos
cuando hipa el cielo de invierno;
para vendarse las grietas
que en sus pies calzados de rigores
abrió la maldad de las guijas.

La madurez de la hora
pone prisa en la calle.
La noche va empujando
tres tinieblas idénticas.
Y el Sábado, que es un señor cristiano
les recibe a los ciegos
con sus dulces charangas
y el chasquido de un centavo de cobre.

Sus humildades -acribillados guiñapos-
caminan muy despacio a mi lado:
ellas no han visto
los actuales panoramas de la angustia,
pero en cambio presienten  
el color del futuro.

Por eso en las más desesperadas noches
ellos traen al arrabal
la madrugada de sus ojos.

   


Agro

La tarde -forastera venida a las faenas-
detiene su camino, y se queda admirando
como una niña ciega, enhebra en la aguja
una última hilacha de sol.

Una moza que pasa, un instante reclina
su mirada más dulce encima de mi canto,
y se va presurosa sintiendo que la noche
desciende paso a paso
la grada en caracol del huracán;
hacia el río, que de flaco y enfermo, el pobre
ya no puede levantar ni una piedra.

De una simple migaja de tristeza,
le ha nacido al crepúsculo tanta golondrina;
que no se sabe cómo educar el vuelo del ángelus,
ni distribuir la luz de las estrellas.

En el atril de los pájaros
se ha dormido la música,
y como ha llegado la luna vendedora de espejos,
el campo le enseña toda su musculatura.




Cumpleaños

Entonces, yo ansiaba en pleno vuelo,
vacaciones de golondrinas risueñas,
estanques ensimismados de luceros
y canciones náufragas en los trigales.

Con un cerebro atiborrado de estudiante,
no me preocupaba
la minuciosa osteología de los álamos.
Era muy terco con la flor del cedro.
Era duro
repasando caravanas de envidia
con la misma enfermedad de las dunas
en interminables estepas de plomo.

Toda buena promesa
acababa marchitándose en los libros,
deshilada en el vestido  
o hecha migaja en la faltriquera.
Las nueces que agitaba
carecían de almendra
y los haces de leña
sacrificados a la voracidad del fuego
no pudieron desentumecer la soledad.
-600-

Sin embargo sabía medir con mi risa
el intervalo entre un sueño y una necesidad.
¡No tenía certidumbre!
Hoy que ya he aprendido el valor normal
de las cosas más caras de la vida:
quisiera tener un momento de claveles,
tropezar al acaso con esa sonrisa
y ese gesto suave que tanto codiciaba,
usufructuar un pequeño jardín heterogéneo.

Inscribir mi cumpleaños con el dedo
en cada una de las volutas
con que el huracán se apasiona.
¡Pero no me es posible!
Me hace falta la alegría de la carrera,  
soy un extraño en este país de cometas
donde el césped expulsa mi color del paisaje.





Orfeo

¡Ya está podrida la miel de las rosas!
Podéis venir a ver este olfato del perfume en
escombros,
esta herida que deja escapar un trino lastimado en las alas
y el naufragio inaudito de una gaviota partida por
un rayo.

Al fondo del orgullo que sólo tú presientes
ensancha un polipero la marea de insomnios.
Y podéis venir a oír, cómo tenaz me busca la muerte,
cómo me quiebra el vértigo el dolor en los ojos
y cómo ocupa el odio el cenit del deseo.

Levantad sin pavor la persiana de músicas
y ojalá no logre filtrarse esa nube
condensada precisamente de lealtades:
Sería capaz de sacar al invierno del frío del espejo
desatando una lluvia importuna de lágrimas.
-602-

No hay que preguntar nada al silencio,
ni al latido, ni a la mirada hendida de soberbia.
No hay que sufrir porque sufra la melodía
la caída de un ángel desde el último peldaño de la
flauta.

Porque ya nuestro sueño está de bruces
abandonado y solo,
sobre una geometría de rabia que han dibujado los
estiletes de los tábanos
y los dientes de la hiena rayada.
Algo que no es siquiera recuerdo,
un susurro indecible de venenos inertes,
un tufo de destiempo embriagado,
un microbio de angustias sin fechas y sin nombre;
he sorprendido cuando menos esperaba
en el declive de un rayo de luz ácida,
invirtiendo el orden logarítmico de mi propia exigencia
cada día más exacta, y cada día menos cálida.
Ya vuelvo a ti los ojos, Orfeo.
Tú, puedes decirme sin palabras
de qué melancolía se nutre esta dalia incomprensible
marchitándose al filo de la voz húmeda de bemoles.
¡Ah Orfeo!... Tú que subes a la tempestad desde
una gota de agua...
dispersa el ozono en el rencor del aire,
que no se deje ver en la mirada el grisú del olvido
y el soplo de un otoño cruel en la memoria:
que el hielo ni el calor se mezclen a la sangre
a la hora puntual en que descuelguen la luz las
alondras del alba.





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