viernes, 12 de septiembre de 2014

JOSÉ MÁRMOL [13.297]


José Mármol

José Mármol (Buenos Aires, 2 de diciembre de 1817 – íd., agosto de 1871) fue un poeta, narrador, periodista y político argentino perteneciente al romanticismo cuyo nombre completo era José Mármol Zavalera. Sus padres fueron Juan Antonio Mármol, natural de Buenos Aires, y María Josefa Zavalera, natural de Montevideo y fue bautizado el 3 de enero de 1818.

Estudió derecho en la Universidad de Buenos Aires, pero no terminó sus estudios y se entregó a la política. En 1839 fue detenido seis días, por el gobierno de Juan Manuel de Rosas. Temiendo por su vida, poco después partió como secretario del ministro plenipotenciario ante el Imperio del Brasil, general Tomás Guido.

Una infidencia por documentos que envió al ministro inglés en Río de Janeiro, causó la separación de su cargo de secretario. Se instaló en Montevideo, donde se reencontró con varios miembros de la Asociación de Mayo, como Juan Bautista Alberdi, Florencio Varela, Esteban Echeverría, Juan María Gutiérrez y Miguel Cané. Dado que todos estos habían sido perseguidos por el gobierno de Juan Manuel de Rosas, decidió dar a conocer sus sufrimientos —reales o supuestos— durante los días que había estado en la comandancia de policía, publicando un poema dedicado a Rosas, que incluía la dramática frase que habría escrito con carbón en las paredes de su celda:

Como hombre te perdono
mi cárcel y cadenas...

Escribió en periódicos como "El Nacional", de Andrés Lamas, y "El Comercio del Plata", de Florencio Varela. Publicó dos dramas de inspiración política y escribió una multitud de poemas y novelas panfletarias contra Rosas.

A partir de 1844 inició la publicación en formato de folletos de Amalia, una novela de costumbres y autobiográfica que por entonces no alcanzó a terminar.

En 1845 se embarcó hacia Chile, pero una tempestad desvió tanto el buque que lo llevaba que terminó en Río de Janeiro. No logró ser nuevamente aceptado por Guido, por lo que hizo un viaje a Colombia, donde residió algún tiempo en Medellín, donde contrajo una enfermedad venérea.

De regreso en Montevideo publicó sucesivamente tres periódicos, siendo el más importante La Semana, y colaboró en muchos otros. Se destacó por la vehemencia y pasión con la que atacaba a Rosas. En 1847 publicó en Montevideo seis cantos (aunque debió haber tenido doce) del poema Cantos del peregrino, autobiográfico y compuesto al compás de sus andanzas, aunque inspirado por el Childe Harold, de Lord Byron.

En 1847 publicó un drama, El poeta, que fue seguido por otro único drama, El cruzado, del año 1851. Ese mismo año publicó su agrupación de poemas líricos, titulada Armonías. Destacan en él su sensibilidad descriptiva y sus pasajes amorosos. Contiene también imprecaciones políticas, nunca ausentes en la obra de Mármol, cualquiera sea su género, pero el conjunto resulta algo irregular. En Mármol se vislumbran influjos de —aparte del ya citado Byron— Chateaubriand, José de Espronceda y José Zorrilla.

En 1852, tras la caída de Rosas, regresó a Buenos Aires, donde el presidente interino Justo José de Urquiza lo nombró ministro plenipotenciario en Chile. La separación del Estado de Buenos Aires de la Confederación Argentina frustró ese segundo proyecto de viajar a Chile.

Terminó de publicar en Buenos Aires su novela Amalia, que editó también en forma de libro en 1855, y que es considerada la primera novela conocida en la Argentina.

Fue senador provincial, y más tarde diputado a la Convención Constituyente del año 1860. En 1865 fue enviado al Brasil por el presidente Bartolomé Mitre, donde ajustó la Triple Alianza y las primeras operaciones de la Guerra del Paraguay.

Desde 1868 dirigió la Biblioteca Nacional, hasta que enfermó de un grave mal en la vista y se retiró de toda actividad.

Falleció en Buenos Aires en agosto de 1871, en plena epidemia de fiebre amarilla. Sus restos yacen en el Cementerio de la Recoleta.

Ya en 1846, dice en una pequeña nota biográfica como introducción a su poesía y en particular a los Cantos del peregrino:

"Nació este señor, en Buenos Aires, el día 4 de diciembre de 1818. Destinado por sus padres a la carrera de las letras, hizo alternativamente sus estudios en las escuelas públicas de Montevideo y de Buenos Aires. En 1838, cuando se hacía ya querer y notar entre sus jóvenes compañeros por la generosidad de su carácter y sus luces, corrió la suerte de muchas otras personas distinguidas de su país, abriéndose a su inocencia las puertas de los calabozos políticos, que nunca como entonces estuvieron tan poblados en Buenos Aires. Allí, como en toda prisión inquisitorial, menos vedada era un arma que un tintero; pero a falta de éste, el señor Mármol, escribía con carbones en la pared airados apóstrofes en verso contra el causador injusto de sus padecimientos. Una de aquellas composiciones terminaba con la siguiente estrofa:

Muestra a mis ojos espantosa muerte.
Mis miembros todos en cadenas pon;
Bárbaro! nunca matarás el alma
Ni pondrás grillos a mi mente, no!

"Así que obtuvo su libertad y, burlando nuevas persecuciones, emigró el sr. Mármol a Montevideo y de allí a Río de Janeiro. En este puerto se embarcó para uno de los del Pacífico, en 1844, y no habiendo podido montar el Cabo de Hornos por las tormentas y averías que experimentó su buque, regresó al Brasil en donde residía ahora poco tiempo. El que escribía en verso en las paredes del calabozo, escribió también sobre la inquieta cubierta de un buque desmantelado. Al regresar de su funesto viaje arregló los borradores de un poema que ha titulado: "El Peregrino en el mar." (de cuyos cantos publicamos aquí algunos fragmentos poco conocidos todavía).

"El Sr. Mármol ha redactado varios periódicos políticos y literarios; ha escrito muchas y bellas poesías y varios dramas en verso, de los cuales dos se han representado en Montevideo con aplauso: el "Poeta" y el "Cruzado".

Acerca de la popularidad de Amalia,en 1917 Carlos Muzzio Sáenz-Peña decía:

"Debe José Mármol el prestigio literario que rodea su nombre, no sólo a (sus obras poéticas) que, completas o fragmentarias han llegado hasta nosotros, sino también a aquella novela intitulada Amalia que todos los argentinos conocemos y que es para la literatura nacional, por su carácter histórico y por la fidelidad que encierra en la descripción de episodios y personajes, la obra con la que mayor exactitud pinta los tiempos de tiranía de Rosas y evoca los momentos de angustia por que entonces atravesara el país".

Obras

Poesía. La vasta obra poética de José Mármol fue publicada de forma desprolija, como ediciones de diversa completitud de Cantos del Peregrino y de Poesías (nombre a veces intercambiado con el de Armonías, su primer libro de poesías) y sus dos dramas en verso que fueron muy populares en la época, "El poeta" y "El cruzado", que se encuentran en el apartado Teatro.




José Mármol será siempre en el Río de la Plata el poeta más simpático á las generaciones del porvenir. Sus versos están estrechamente ligados á uno de los hechos más singulares de nuestra historia, que no se borrará jamás de la memoria de los Argentinos: la larga y ominosa tiranía de Rosas. Mármol fué una de sus víctimas inocentes, por que en él persiguió aquel bárbaro tirano, no al atrevido conspirador que meditaba en secreto el plan de un asesinato, sino al vate que, al reavivar los nobles recuerdos de la Revolución, mantuvo levantado el espíritu nacional y estigmatizó el odioso sistema que mancillaba los colores de Mayo, al mismo tiempo de arrojar al país en la humillación y en el oprobio.


I.

 Don José Mármol nació en Buenos Aires el 2 de diciembre de 1818 y se educó en sus escuelas públicas y en las de Montevideo. Contaba apenas veinte años de edad, cuando se abrió para él, al mismo tiempo que las puertas de la cárcel, el camino de la expatriación.

 Habiéndose trasladado á Montevideo, continuó allí el cultivo de la poesía, y en 1841 concurrió al certamen poético que tuvo lugar en aquella ciudad. Su composición, que fué la más aplaudida por el público, obtuvo sólo una mención honorífica de la Comisión encargada de apreciar el mérito literario de los diversos trabajos presentados en él. Esos conceptos son tan lisonjeros para Mármol, y sobre todo tan equitativos, que no vacilamos en transcribir aquella parte del informe, teniendo presente, además, que ese mismo juicio puede hacerse extensivo á todas sus obras poéticas:

 « Si la versificación, el estilo, y el uso de la lengua, correspondiesen en esta pieza á la entonación y á las ideas, dice la Comisión, no sería este lugar que ocuparía entre las del certamen.

 « No se comprenderá toda la exactitud de esta clasificación hasta que se oiga la lectura de la pieza misma. La elevación, la moral, el frescor, la abundancia de sus ideas, sorprenden á la primera lectura, y hacen casi olvidar los pecados contra el arte, que la fuerzan á flaquear ante los ojos de la crítica. Frecuente violación de la sintaxis y de la fuerza de la lengua, inexactitud, aun que no tan común, en la rima, quebrantamiento de las condiciones de versificación que el mismo poeta se impone, y una que otra locución sumamente oscura, son los defectos que empañan el terso brillo de las ideas y luchan con el elevado entono de esta pieza. La Comisión reconoce que el molde en que fué vaciada, es sin disputa una cabeza poética.... »

 Mármol ha escrito bellísimas poesías, muchas de ellas consagradas á manifestar las impresiones amorosas de su corazón, y los nobles y elevados sentimientos que atesoraba en su alma. Pero ante todo, Mármol es el cantor de la Libertad.

 Errante y peregrino, las cuerdas de su lira resonaron siempre al compás de sus estrofas llenas de nervio, y rebosando del más acendrado patriotismo. En todas las zonas de la tierra le han acompañado la imagen de su patria; y ha celebrado las bellezas de la naturaleza con aquel acento de verdad que sólo comunica al pensamiento la contemplación de las escenas descriptas por el poeta:



Decid, nubes, decid, ¿quién un tributo
No os rindió alguna vez? En el contento
Ó con el alma en luto
¿Qué mortal no os ha dado un pensamiento?
En las noches serenas
El corazón dolido,
¿Qué madre no ha Llorado con vosotras
El dulce fruto de su amor perdido?
¿Ó amorosa y prolija,
No imaginó entre flores
El porvenir de la inocente hija?
¿Qué desterrado, acaso,
En los velos de nácar y zafiro
Que bajáis al Ocaso
No ha mandado á su patria algún suspiro?
 La tiranía fué la constante preocupación de
su espíritu, y la ha maldecido en todos los períodos de su vida con el estro vigoroso de su privilegiado numen:

 Gloria, nombre, virtud, Patria argentina,
Todo perece dó tu pie se estampa
Todo hacen polvo, en tu ambición de ruina,
Bajo el casco, los potros de tu pampa.

 Y bien, Rosas, ¿después? tal es — atiende —
La pregunta de Dios y de la historia:
Ese después que acusa ó qué defiende
En la ruina de un pueblo, ó en su gloria.

 Ese después fatal á que te reta
Sobre el cadáver de la patria mía,
En mi voz inspirada de poeta,
La voz tremenda del que alumbre el día.


Mármol supo interpretar admirablemente el más grandioso de los acontecimientos de la edad moderna, y el pensamiento que inspiró el genio de Colón.

 La composición que escribió sirviéndole de título el inmortal Genovés, es una de las piezas de más mérito de su obra poética. Por la elevación de entono y la novedad de los pensamientos, esta poesía será siempre leída con agrado.


Cristóbal Colón.

Dos hombres han cambiado la existencia
De este mundo en los siglos peregrino:
El labio de Jesús le dió otra esencia,
Y el genio de Colón otro destino.

 Completaron de Dios la mente misma
Á inspiraciones de su amor profundo,
Uno del alma iluminando el prisma,
Otro haciendo de dos un solo mundo.

 Ángel, genio, mortal, que no has logrado
Legar tu nombre al mundo de tu gloria;
Que ni ves en su suelo levantado
Un pobre monumento á tu memoria.

 ¡Ah! bendita la pila do tu frente
Se mojara en el agua del bautismo,
Y el ala de tu genio amaneciente
Se tocara en la unción del cristianismo!

 Ángel, genio mortal, yo te saludo
Desde el seno de América mi madre;
De esta tierna beldad que el mar no pudo
Robarla siempre á su segundo padre.

 La hallaste, y levantándola en tu mano
Radiante con sus gracias virginales,
Empinando en las ondas del Océano
Se la enseñaste ó Dios y á los mortales.

 Después de Cristo, en el terráqueo asiento,
Siglo, generación ni raza alguna
Ha conmovido tanto su cimiento,
Como el golpe inmortal de tu fortuna.

 Á su grandeza un siglo era pequeño;
Y en los futuros siglos difundida,
En el eterno Tiempo el solo dueño
De tu obra inmensa en su grandiosa vida.

 Tú, como Dios al derramar fulgentes
Los mundos todos en la oscura nada,
Al más allá de las futuras gentes
Diste sin fin tu América soñada.

 En cada siglo que á la tierra torna,
La tierra se columpia, y paso á paso,
Su destino la América trastorna,
Y muda el sol su Oriente en el Ocaso.

 Obra es tuya; Colón; la hermosa perla,
Que sacaste del fondo de un océano,
Al través de los siglos puedes verla
Sobre la frente del destino humano.

 El ángel del futuro rompió el lazo
Que á las columnas de Hércules le ataba,
Y saludo en la sien del Chimborazo
Los desiertos que América encerraba.

 No de la Europa quebrará la frente
El rudo potro del sangriente Atila;
Pero ¡ay! el tiempo en su veloz corriente
Mina el cimiento en donde ya vacila!

 El destino del mundo está dormido
Al pie del Andes sin soñar su suerte;
Falta una voz bendita que á su oído
Hable mágico acento y le despierte.

 Un hombre que á esta tímida belleza
Le quite el azahar de sus cabellos,
Y ponga una diadema en su cabeza
Y el manto azul sobre sus hombros bellos.

 Si no te han dado monumento humano,
Si no hay Colombia en tu brillante historia.
¿Qué importa? ¡eh! tu nombre es el Océano,
Y el Andes la columna de tu gloria.

 ¿Qué navegante tocará las olas
Donde se pierde la polar estrella,
Sin divisar en las llanuras solas
Tu navío, tus ojos, y tu huella?

 ¿Sin ver tu sombra, allí do misterioso
El imantado acero se desvía;
Y un rayo de tu genio poderoso
Que va y se quiebra donde muere el día?

 ¿Quién, al pisar la tierra de tu gloria,
No verá en sus montañas colosales
Monumentos de amor á tu memoria,
Como tú grandes, como tú inmortales?

 ¡Salve, genio feliz! mi mente humana
Ante tu idea de ángel se arrodilla,
Y do mi labio la expresión mundana
Ante tu santa inspiración se humilla.

 Por un siglo tus alas todavía
Plegadas ten en los etéreos velos
De donde miras descender el día
Hasta el cristal de los andinos hielos.

 Baja después de la alta Cordillera,
Los ámbitos de América divisa,
Y, como Dios al contemplar la esfera,
Sentirás de placer dulce sonrisa.

 El ángel del futuro á quien sacara
De los pilares de Hércules tu mano,
Te mostrará, Colón, tu virgen cara,
Feliz y dueña del desierto humano.

 Vuelve después á tu mansión de gloria
Á respirar la eternidad de tu alma,
Mientras queda en mundo á tu memoria
Sobre el Andes eterno, eterna palma.


Mármol ha escrito dos dramas: El Poeta y El Cruzado, y una novela histórica Amalia, que cuenta ya varias ediciones. Desempeñó varias veces el cargo de diputado á las Cámaras de su provincia; fué miembro de la Convención de Buenos Aires en 1860, y algo después (1861) enviado á la corte de Río Janeiro en calidad de agente confidencial de la misma. Su fallecimiento tuvo lugar en la ciudad de su nacimiento el 9 agosto de 1871.





A la Señorita A. R.

Tiemblan las cuerdas del sonoro piano
A impulsos leves de tu diestra mano,
Y mezclando al amor en sus sonidos
Del corazón suspendes los latidos:
Pero suena tu voz, y al dulce acento,
Mi alma arrobada entre deleite siento,
Sigue sonando y transportado miro
Mi alma en el cielo, y de placer suspiro.




A las Señoritas de Rojas, con motivo de la muerte de su amiga D.ª María Rivera

Dejad amigas que humedezca el llanto
El rostro hermoso que el dolor marchita,
Él solo, solo al corazón que sufre
      Presta consuelo.

En vano intenta la razón altiva
Cual sombra vana presentar la pena,
Ella se humilla ante el poder secreto
      Que hiere al alma.

En vano muestra en su tenaz orgullo
No ser la vida sino sueño esquivo:
No ser el mundo sino eterno foco
      De acervos males.

En vano es todo, su poder no basta
A dar alivio al corazón que sufre;
Lágrimas ansia cuando exhala en luto
      Triste gemido.

Ellas ahora vuestro acervo duelo
Mitigan dulces desahogando el alma:
Fieles lamentan el destino adverso
      De infausta amiga.

También las mías de pesar corrieron
Hiriendo mi alma la fatal noticia,
Pensé el quebranto de vosotras todas
      Y di un suspiro.

Miré abatido la preciosa vida,
Que cual meteoro que brillando muere,
Lució en la tierra y se ocultó en su seno
      Joven y hermosa.

Sensible una alma para amar nacida
Grabada estaba en su apacible rostro,
Y la pureza virginal brillaba
      Dulce en sus ojos.

De tanto bien el poderoso hechizo
Por largo tiempo disfrutasteis todas,
Y entrelazadas por amor las almas
      Un ser formasteis.

Desde los gratos infantiles años
Dolor, placeres, dividisteis juntas,
¡Ah! un solo instante separó por siempre
      Penas y goces.

Un solo instante os rebató insensible
El grato encanto, de bondad reflejo,
Llamaisla tristes y os responden crueles
      Yace en la tumba...

¡Ah! y tantos días de dulzor perdidos,
Tantas delicias en un ser robadas,
Pueden acaso no apagar del pecho
      La luz de vida?

Puede propicia la razón helada
Prestar alivio en tan fatal momento...?
Imposible...; también lloré una vida
      Y nunca pudo!

Tan solo el tiempo que en su lento giro
Va las pasiones acallando al hombre,
Deja al dolor adormecido y vuelven
      Dichas al alma.

Él solo amigas volverá la vida
A aquellos pechos que el dolor hoy rompe,
Y cual en sueños miraréis entonces
      Las negras horas.

Hoy en suspiros exhalad al viento
El dulce nombre de mi triste amiga;
Y sea el llanto que destila el alma
      Riego a su tumba.

Mas los arcanos del Eterno Padre
Vuestros acentos penetrar no intenten,
Pensad que es justo..., y que María en lo alto
      Ya eterna vive...




A la Señorita E. J. el día de su cumpleaños

Las perlas todas del lejano Oriente
Y el oro todo que la Arabia cría,
Rendido a vuestras plantas depondría
Si dueño fuera de tan gran presente.

Del Imperio más regio en vuestra frente
Gozoso la Corona os ceñiría
Y Señora del Orbe os clamaría
Si fuera en el poder Omnipotente.

Mas si ni el oro ni el poder es mío,
Si ni mi vida pues en ti respira
La puedo enajenar a mi albedrío

¿Qué ofreceros podré...? Mi pobre lira?
De ser gratos sus tonos desconfío,
Pero brindando amor van a Edelmira.




Al pasar la Retreta por las inmediaciones de mi Prisión

Cese, Cese por Dios, la melodía
Metal sonoro que mezcláis al viento,
Si era ella en otro tiempo grato aliento,
Hoy despedaza cruel el alma mía.

Era mi dicha cuando ver solía
Dulce a mi Julia en virginal contento,
Seguir sus tonos con el dulce acento,
Que al mismo amor absorto suspendía.

Mas hoy me despedaza recordando
Tan dulces horas de pesar ajenas,
Horas que huyeron para mí volando.

Cese pues y el sonar con que enajenas,
No aparezca ya más entrelazando
Sus tonos y el crugir de mis Cadenas.




Brindis

Así cual se deslizan en le Prado
Las aguas del arroyo blandamente
Y halagadas del aire dulcemente
Embellecen su curso sosegado:
Así pasen tus días tierna amiga
Y cual mi afecto la for tuna os siga.

Obsequio a la Señorita D.ª Casimira de Irigoyen





Suspiros a Sofía

Cual astro, ayer hermosa
Brillaba mi Sofía,
La tumba eterna y fría
Hoy guarda su fulgor.
      Apenas latir siento
      Mi corazón sin vida,
      De fibra en fibra anida
      La angustia y el dolor.

Se fue cuando lozana
La vida en sus albores
Se embriaga en los dulzores
De un grato porvenir.
      Se fue cuando velada
      Del cielo parecía,
      Del cielo que se vía
      Brillar en su vivir.

Qué afecto, o pensamiento,
Ni en sueño ¡oh Dios eterno!
De ese ángel puro y tierno
Os pudo provocar?
      Mas no, tú la miraste
      Cual digna de tu Coro,
      Y al cielo en nube de oro
      La alzaste a engalanar.

Su vida fue en el mundo,
Cristal do reflejaban
Virtudes que volaban
En torno a conmover.
      Su aliento era en el alma
      Cual gota de ambrosía,
      Su acento era armonía
      De encantos y placer.

De Vírgenes los himnos
Entona ya con ellas,
Sirviendo las estrellas
De alfombras a su pie.
      ¡Mas ay! Se fue con ella
      La antorcha de otra vida,
      Que en luto sumergida
      Y en lágrimas se ve.

Sofía, cuando extienda
La noche sus señales
Y entregue a los mortales
A vida más feliz
      Tu espíritu celeste
      Desciende hasta mi alma
      Y algún instante calma
      La pena a esta infeliz.

Si miras en mi rostro
Vagar una sonrisa,
Recréate... te avisa
Que en sueño oigo tu voz...
      Empero si percibes
      Algún leve suspiro,
      Conduélete... te miro
      Volar en pos de Dios...

Así veré mi vida,
Muriente... desolada...
En vela acongojada,
Y en sueño delirar...
      Verela... mas Sofía,
      Del alma de tu hermana
      Jamás, jamás lejana,
      Tu imagen se hallará.




Alcira

No cuando asoma engalanado Apolo
Por las doradas puertas del Oriente,
Ni cuando en el cenit, más refulgente,
Luce sus rayos de uno al otro polo:
Es tan hermoso, tan luciente y bello,
Cual es de Alcira el brillador cabello.

Ni de las flores la que el aire alienta,
Más cándida, más pura que la nieve
Cuando en los Andes fugitiva y leve,
Se desliza veloz y ufana ostenta
Su brillantez lozana y cristalina,
Puede igualar su tez alabastrina.

Ni más de admiración se extasia el alma,
Cuando al nacer, del Plata adormecido,
El astro de la noche, el vasto fluído
Surca con majestad y noble calma:
Como al mirar en la hija del Oriente
La dignidad altiva de su frente.

Ni aquel lucero que en el norte fijo,
De guía sirve al triste caminante;
Ni el otro que en el sur siempre brillante
Tiene su trono de oro más prefijo:
Podrán lucir si la inocente Alcira
Con sus divinos ojos tierna mira.

Dos labios que cual rosa purpurina,
Ni envidia tienen al carmín más rojo,
Ni a los corales, que del mar despojo,
Lleva en su seno la onda cristalina:
Guardan risueños, puros e inocentes
Los más hermosos nacarados dientes.

Su garganta los Dioses Celestiales
Con sus divinas manos la tornearon:
Su pecho los amores lo formaron
Para turbar la calma a los mortales;
Pues si se agita en inocente juego,
Dos globos de marfil palpitan luego.

De sus hombros por Venus redondeados,
Y del frescor de rosas revestidos,
Se deslizan simétricos, pulidos,
Sus brazos de alabastro matizado:
Que para embelesar al ojo humano
Suspenden la más linda y breve mano.

A su esférico talle deleitoso
Las gracias y el Amor han dibujado,
Y las gracias y amor han retra(ta)do
de Venus, en Alcira, el talle airoso:
Que prestándose blando al movimiento
Embriaga de deleite el pensamiento.


II

¡Peregrina beldad! ¡Oh, si pudiera
Mi leve acento conmoverte un día!
¡Si un día grata mi fortuna impía
Tu virgen pecho palpitar hiciera,
      Ah, como soplo vano
Huyera entonce mi destino insano...!

Bajo formas tan bellas, no es posible
Que el perfume de un ángel no te aliente...
Como en un cristal leve y transparente
Juega en tus ojos el pudor sensible...
      Un no se qué de cielo
Derramas sin saberlo por el suelo...

Consérvate beldad. Deja al humano
Que te comtemple cual a flor extraña;
Que él ¡ay! jamás en su ambición tamaña
Osará marchitarte con su mano...
      Consérvate, y en calma
Cual astro del amor alumbra al alma.





Canto de Elvira

¡Oh! Cuan dulce y amena es la vida
Con amor y amistad a su lado!
¡Oh! Cuan triste y adversa si vaga
Solitaria y en mundo ignorado!

Huyó un tiempo que amor en mi alma
Cual rocío en las flores vivió:
Huyó un tiempo que tierna a mi lado
Fiel amiga mi vida endulzó!

Por la tierra vagando extranjera
Ni un suspiro se lanza por mí:
Vendrá la hora postrer de mi vida
Y ni un pecho dirá, «la perdí!»

Cuando encuentres, mortal, una losa
Da un suspiro si miras en ella
«Yace aquí del amor un misterio:
Del dolor, una fúnebre huella».




A la Señora Da.

Con que ya el seno de la tumba fría
En polvo guarda la que ayer lucía
      Como naciente rosa?
Y nada, nada, nos reserva el cielo
De la que vino a embellecer el suelo
      Pura y hermosa?

Con que tu pecho por la vez postrera
El suyo apenas palpitar sintiera,
      Y tus ojos en llanto
Vieron los suyos apagarse luego,
Transparentando el virginal sosiego
      El pudor santo?

Y el nombre ¡hija! que de seno en seno
Sale del alma delicioso y lleno
      De expresión y de amor,
A ningún pecho le dará un abrigo?
Y triste, errante, llevará consigo
      Infortunio y dolor...?

Mas ay! perdona si mi voz aumenta
Tu acervo duelo, cuando sólo intenta
      Calmar tu pena:
Pero es mi voz de la amistad nacida,
Y encuentra alivio al lamentar la vida
Que huyóse amena!

Que no pudiera mi sensible pecho
Hoy tus gemidos recoger deshecho
      Fiel a tu lado?
Y junto al tuyo palpitar sintieras
Mi corazón y suspirar lo oyeras
      Acongojado?

No es cierto amiga que tu llanto fuera
Menos acervo si mirar pudiera
      Mi llanto triste?
¡Ay, si...! las penas en el pecho humano
Son menos crueles si doliente mano
      Tierna lo asiste...

Mas si al destino separarnos plugo
Vuele mi acento a suavizar el yugo
      Que oprime a tu alma.
Y ojala, ojala, que benigno el cielo
Premiara, amiga, mi oficioso celo
      Dándoos la calma!

Piensa que el que hizo de la nada el Orbe
Todo lo puede, y de la tierra absorbe
      Cuanto él merece:
Que de ello forma su celeste coro,
Y que allí tu hija como chispa de oro
      Ya resplandece.

Piénsalo amiga, y del fatal letargo
Vuelve y mitiga el sinsabor amargo
      De tu alma herida;
Vuelve, y espera que benigno el hado
Reemplace el ángel que se ve halagado
      De Eterna vida.




Palabras de una madre

Cual la esencia suave y fina
Huye al alba de la rosa,
Se voló pura y hermosa
Quien mi vida embelleció.
      En mis brazos cariñosos
      Tiernamente miró al Cielo,
      Y un eterno y negro velo
      Para siempre la cubrió.

Con el alma acongojada
¡Hija! clamo por doquiera,
Y una sombra pasajera
Me presenta mi aflicción.
      Absorbida, creo verla
      Que me brinda dulce beso...
      Mas ¡ay! luego hasta el exceso
      Siento herido el corazón.

Viene el sueño y confundidas
Vida y muerte entre mi mente,
Al dolor que el alma siente
Nuevas ansias le destina.
      Delirando -En débil soplo
      ¡Edelmira! exhala el alma...
      Y en el Mundo de la Calma
      La trasbusco peregrina.

Como el ave herida y triste
Vuela en pos de errante sino,
Vagare con mi destino
Suspirando a quien perdí:
      Que ya nada, nada el mundo
      Hoy me balaga con sus bienes,
      Y sus premios o desdenes
      Serán sombras para mí.

Mas ¡ay triste! Cada aliento
De mi pecho marchitado,
Lleve el nombre idolatrado
Del hechizo de mi amor;
      Y cual bálsamo de vida,
      Cada idea de mi mente
      Me lo muestre transparente
      En el mundo de dulzor.





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