domingo, 3 de agosto de 2014

PEDRO MARDONES BARRIENTOS [12.633]


Pedro Mardones Barrientos

Nació en Ninhué, Chillán, Chile, en 1929 y falleció en el 2007.
Profesor, poeta, cuentista, ensayista y comentarista literario. Cofundador de la Sociedad de Escritores de Valparaíso, Fundador de “Alternativa” y de la “Agrupación Literaria Regional Valparaíso (ALIRE) ; de las tres instituciones ha sido su Presidente. Publicó los siguientes poemarios: “Los días junto al mar”, “Secreto signo”, “Carumbela”, “Campanas de tiza”, “Juglar de los Inviernos”, “Letanías a Nuestra Señora de Puerto Claro”, “Vasallos de la Muerte” (compartido). Por su iniciativa, Villa Alemana, ciudad donde residió, fue declarada Capital de la poesía, por Decreto Municipal. Publicó también “Viejas Postales de Provincia, de Muertes y de lluvias”. 





REGRESO A NINHUÉ

Como antes vine, hoy llego a tu morada,
mas todo ha cambiado, yace todo desierto,
caído el corazón, su sombra derribada
unióse a la sombra del abuelo muerto.
Mi casa allá en Ninhue, abandonada,
solitario patio, desolado huerto,
hay un ángel que guarda con su espada
la entrada al paraíso del recuerdo.
Era el tiempo en que el agua discurría
en los álamos grises del invierno,
y bandadas de tordos y torcazas
oscurecían el cielo de mi pueblo,
por sus calles tristes van los días
y sus carretas cargadas de silencio.






INÉS O LA LLAVE

Entra en mi corazón.  Tú eres la llave.
Hace ya muchos días que nadie barre
ni limpia las telarañas ni ordena el aire.
Como un vidrio, la soledad se estremece en tu llegada.
La primavera viene.  Viene contigo.  Viene y cae
en profundas galerías de silencio.
Mientras tiembla corteza de mis manos
y algo tiende a libertarse.
Por un día quebrado entró tu amor una tarde.
Ahora, Tú eres la llave.
Aquí está cuanto ignoras.  Ahí lo que tú sabes.
En el huerto marchito y olvidado
encontrarás algunos árboles,
ahuyenta con tu mirada las hojas que no caen...
En el cuenco de tus manos, bébeme.  Sáciame...
que algo está naciendo en tus pupilas
cuando el olvido y mi dolor te nombran.

INÉS, Tú eres la llave.

Sobre mi noche de luciérnagas sin rumbo,
sobre mi espejo de rotas imágenes,
sobre todo cuanto inventan mis palabras,
sobre el brocal que se ahoga junto al pozo,
sobre el muro que crece entre dos calles,
deja tu mirar de carbones consumidos.
Tu perfil de mujer.  Deja tu aire.
Ya lo he dicho todo.  Ahora: mírame...

"INÉS, Tú eres la llave..."






INVOCO TU NOMBRE, PADRE, EN LA ÚLTIMA DÉCADA
estremecido el corazón en sus raíces más profundas
por este duro ejercicio de lobos. Dos mil años más
sin descubrir la Palabra que nos lleve a la Luz.
Disputándonos cada siglo Caínes y Abeles enceguecidos
por cualquier causa en distintos lugares del planeta
aceptando que el gusano establezca su imperio entre los hombres.
Duermen en todos los rincones crucificadas palomas
oh Tierra maravillosa que nunca has podido descansar en paz
y el verbo multiplicado del poeta continúa repitiendo:
"Venid a ver la sangre por las calles, venid a ver la sangre..."
en Ruanda, Sudáfrica, Sarajevo, Hebrón, Gorazde...
¿Cuántas otras se agregarán al último noticiario de esta noche?
Mis muertos... todos los muertos claman: ¡déjennos dormir en paz!





ESTOY FRENTE AL TELEVISOR QUE SANGRA Y LA PÁGINA NEGRA DEL DIARIO
y te evoco, padre. Cuando pájaros pequeños nos arrimábamos
a tu recia sombra de árbol sureño el más alto de la aldea
el más bello refugio florido aurorado de estrellas.
Sobre tu cabeza sostenías el andamiaje rural y celeste
de los difíciles primeros tiempos en que plantas y aves
eran el único silabario para deletrear la naturaleza
hecha miel en las abejas del aromado jardín solariego
donde la abuela -oráculo familiar- sembraba ilusiones y esperanzas.





MAS NO ESTABAS SOLO EN LA PRODIGIOSA TAREA DE SEMBRAR.
Una mujer frágil izaba el velamen juvenil y fragante
de sus canciones domésticas dialogando con los queltehues
y peumos silvestres en los faldeos del cerro Ninhue
coronado de nubes como un severo dios antiguo.
Cuántas veces el rojo delantal de loica
amaneció tendido en los cordeles húmedos de escarcha
secándose con nuestra ropa entre el carbón y el humo
o en las quebradas la sombra levantaba sus tiendas al caer el sol
y el crepúsculo ennegrecido de tordos con su oleaje oscuro
invitaba a las luciérnagas a encender su diminuta farolería.







ENTONCES, MADRE, RECUERDA ENTONCES...
Boyero guiaba su yunta cósmica entre las Pléyades
por los virginales sembradíos del cielo y Aldebarán
ensayaba su sinfonía de luces junto a la Osa Mayor.
De tanto mirar las estrellas el corazón se nos volvía transparente
contemplando el fulgor vertical de la Cruz del Sur
vivo memorial de aquella Otra pendiente a la cabecera
de nuestro lecho para el calvario de cada día
y la batalla del pan esquivo cual en toda mesa de pobre.





LA ABUELA ERA EL MATE CON CEDRÓN Y AZÚCAR QUEMADA
las flores las aves y el rosario de juncos en invierno
en la novena de la Virgen del Carmen con roscas y mistela
el ancho espacio del cariño la palabra sabia
y la mano siempre dispuesta a la ternura.
Tú, madre, eras el ángel matinal trayendo el café humeante
y las tostadas con miel o mantequilla de campo
sobre la cocina desnuda nos saludaba el pan vahoroso...
Gracias por la comunidad de intenciones en cada mañana
cuando tu imagen entraba en nuestro corazón
aún vestido de blanco con la gozosa presencia
de la luz filtrada en las ventanas de la casa.
Eras puerta de horizontes abiertos hacia el mundo
que aguardaba por nosotros cada tarde al volver del colegio
cántaro de agua fresca y clara para nuestra sed adolescente
buscadora de caminos que ya comenzábamos a vislumbrar
racimo dulce con harina tostada desplegando moradas estandartes.






AHORA PASTOR SOLITARIO APACIENTO REBAÑOS DE NOSTALGIA
en la llanuras del alma evocando a los hermanos que partieron:
ciudadanos del tiempo Vasco y Eduardo habitantes de la estrella
que no nace rumbo a la galaxia desconocida donde duermen
los antepasados en la morada elegida. Aquellos que nos dieron
un nombre y un destino van girando en los círculos de la muerte
hasta que llegue el momento final cuando volvamos a ser familia
otra vez la indivisible tribu buscadora del mañana.
Todos reunidos disfrutando del mismo fuego ancestral
multiplicando el pan y el vino de la felicidad
de quienes amando compartieron todo cuanto tenían:
unos escasos metros de tierra con árboles y cielo
una sencilla casa de adobes y tejas campesinas
un pequeño refugio de paz en días de tormenta
unas manos y un corazón para dar gracias a Dios
sin olvidarnos del prójimo que uno mismo.






CONTEMPLANDO A LA PEQUEÑA JAVIERA DORMIDA ENTRE MIS BRAZOS
oigo decir a mi hijo que mañana irá al colegio
y el largo cansancio del camino largo me sacude los huesos.
Bandadas de palomas incoloras emigran de mis ojos
oscureciendo ese breve momento pleno de felicidad
que la vida me regala. Siento que no ha sido en vano
este peregrinar de jardinero heredado de mi abuela
en esos lejanos días cuando se fue deshojando como Margarita
de un juego infantil casi olvidado: "Me quiere mucho, poquito, nada..."







EL RUMOR DE UTENSILIOS DOMÉSTICOS NOS CONVOCA A LA MESA
e Inés con mi nuera preparan la vajilla del domingo.
Ilumina el mantel un ramo de flores amarillas recién cogidas
mientras las campanas aledañas de San Nicolás de Bari
predican la Buena Nueva en quietud dorada del mediodía.
Un tintinear de copas se une a la bendición del pan
y el vino generoso enciende de ternura las palabras
alegrando el corazón de "mi familia" reunida en otoño.







ENTONCES VIEJOS NOMBRES DE LA INFANCIA ACUDEN A LA CITA:
Francisco y Margarita Pedro y Julia Floridor y María
Carmen Berta Baudilio Leopoldo Romualdo
abuelos padres parientes maestros amigos
todos pusieron algo de su vida en el frágil edificio de mi alma
perfumada de naranjos. Ellos sostenían sobre mi cabeza
el andamiaje rural y celeste de los más bellos tiempos.







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