martes, 29 de julio de 2014

SANTIAGO VENTURINI [12.536]


SANTIAGO VENTURINI 

Nació en Esperanza (Santa Fe), Argentina   en abril de 1981. Es doctor en letras, profesor universitario y traductor eventual. Publicó El exceso (Torremozas, 2008: malo) y El espectador (Gog y Magog, 2012). Si todo sale bien, este año publicará Vida de un gemelo.




De Vida de un gemelo (inédito)


5

Harto de la vida sedentaria
quiso que nos volviéramos nadadores.

En la pileta de un club,
con un gorro de goma
comprimiéndonos el cráneo
y unas antiparras empañadas
perfeccionamos nuestro crawl.

Una mañana,
en el fondo azulejado de esa pileta
en la que se lavaban pubis y escrotos
de todas las edades,
      vio
                                    dijo
un par de zapatos marrones
idénticos a los que usaba alguien
que él conoció muy bien.

Me obligó a sumergirme en ese lugar:
parado en el fondo como un buzo,
con tres metros de agua sobre mi cerebro,
no vi nada más
que brazos y piernas de señoras anfibias
agitando el cloro.

No quiso volver:
nuestra vida acuática duró menos
de un mes.
En eso pienso
mientras lo veo usar sus antiparras
en tareas domésticas
potencialmente peligrosas para
la vista,
como la poda de ese arbusto inofensivo.


14

A veces
acerca la cabeza a la pantalla
para mirar la cara
de los actores porno:
depilados bajo los reflectores,
sobre un fondo de imperio romano
o de oficina,
se excitan metiendo sus dedos
en una boca o un ano,
y él sabe que solamente piensan
en la técnica:
una vez 
un piloto que violaba a un pasajero
miró por un segundo a la cámara,
él lo vio.

La pornografía no lo estimula,
menos las películas viejas
que lo hacen pensar en la vida actual
de esos tipos:
uno pisa los sesenta
y  sigue tragando anabólicos
para metamorfosearse en los gimnasios,
otro se volvió un pastor protestante,
otro se murió de sida,
otro decidió formar una familia convencional
porque necesitaba hijos
para sobrevivir.
Es raro,
me dice,
pienso mucho en ellos:
los imagino prendiendo el auto
en playas gigantes de estacionamiento,
los escucho moverse
entre las sábanas de piezas
a las que no voy a entrar,
los veo abrir las heladeras de sus casas
llenas de comida extranjera,
y aunque estemos en los polos opuestos
del planeta
hay algo que me une a ellos:
yo los vi eyacular.


24

Después de un tiempo considerable
volvimos a nuestra casa natal:
con una mano atajándonos el sol
nos paramos en la calle para ver
la construcción alzada
con maderas viejas y cemento.

Ahí adentro tuviste tu primer orgasmo, dijo.
Ahí adentro, dije,
acariciaste la cabeza de tu perro
y la de un muerto.
Ahí, dijo una voz anónima
–y los dos miramos a los costados–
se transformaron en esto.

Cuando cumplimos ocho o nueve
años,
alguien puso velas
y soldaditos de plástico
en una torta.
Mientras cantaban alrededor
unas voces que se volvieron adultas
y tuvieron hijos para hacer funcionar
la máquina de la humanidad,
nuestros pulmones infantiles
soplaron:
el aire atravesó
los ambientes de la casa y los muebles
que fueron cambiando de lugar,
los modelos de autos usados
que tuvimos como familia,
el olor del spray para el pelo de mamá,
la pileta de lona en el medio del patio
los vecinos las navidades los huesos de las manos
alargándose en cinco mil días distintos,
y algo en el futuro se apagó.



Dos inéditos (2013-2014)


Estabas tan quemado en esos días
que una vez
pusiste dentífrico en tu maquinita
de afeitar
y te cepillaste los dientes:

sentiste menta mezclada
con sangre de encías
pero no dejaste de cepillar.

A la hora de comer
sosteniendo un tenedor
pesado como yunque,
tenías intermezzos líricos:
volviste a los montes de tu barrio
volviste al living de una casa
que desapareció
bajo la arquitectura moderna,
volviste a la tarde en que tu papá
te metió en un aeroplano
y te hizo ver la ciudad entera
en miniatura:
vacas de pini pon 
autitos de playmobil moviéndose
despacio
en esa maqueta chistosa.

Pasó el tiempo
te domesticaron como a un perro
te enseñaron tareas elementales
y un día
alguien te empujó a la civilización
con un peinado nuevo.

De vez en cuando
arañás las paredes caminás
en cuatro patas
pero aprendiste a cerrar la puerta
para que nadie te vea



*


A las dos de la mañana
en un programa de televisión
mujeres trasnochadas llaman
a una tarotista
para conocer su destino.
En el estudio vacío de algún canal
ella tira las cartas
mientras titilan atrás las estrellas
de un fondo digital:
Sandra de sagitario
entró Júpiter en cáncer
veo un varón   dice
y todas las mujeres y yo
nos acostamos creyendo que el
universo
tiene reservado algo especial
para nosotros.






Odisea en el espacio de un domingo

en fila ascendemos
a la cápsula de un colectivo.
la nave espacial
de una película vieja:
tableros de plástico botones
que no sirven para nada,
pantallas de un futuro
que ya pasó.
los torsos se acomodan
en asientos numerados.
somos todos lo mismo:
cuerpos en reposo
esperando el despegue
después de la comida el sexo
o la televisión.
y cuando nos impulsan las turbinas
ya no importan las luces de esas casas
que esconden familias anestesiadas,
ni esa iglesia improvisada en un galpón
lleno de fieles levantando los brazos
bajo unos fluorescentes implacables.
a toda velocidad
cruzamos la galaxia de los campos
en la que las estrellas frías se mezclan
con los asteroides de los autos
y supermercados cerrados.
hasta que en el espacio negro
aparece
la superficie decepcionante de un planeta:
una masa eléctrica de postes
carteles y basura.
el piloto grita nombres de calles
y en ese momento
dejamos de ser astronautas
para volvernos los terrícolas comunes
que ven de vez en cuando la luna
desde una ventana.






vacaciones

durante dos semanas
en el verano de una ciudad marítima
convivimos con un perro moribundo.
sosteniendo la taza en el desayuno
lo mirábamos tambalearse
o girar perdido en círculos
sobre el césped.
algunas noches nos despertaban
sus aullidos,
y a la mañana siguiente
todos veíamos
las manchas diminutas de su sangre
en las baldosas.
algunos huéspedes incluso
lo acariciaban:
seguían con la mano el esqueleto
que parecía traspasar
el cuero manchado.
ese verano
en esa ciudad marítima
las casas lujosas se multiplicaron,
los autos tocaron bocina
en filas interminables,
miles de espectadores tosieron
en las salas de teatro,
y nosotros
caminamos por calles muy iluminadas
mezclados con la multitud de turistas:
miramos vidrieras caras,
hablamos sin parar
entre el ruido de bocas, cubiertos
y platitos de café,
compramos nafta, gaseosas
toneladas de comida,
nos hundimos en el mar helado,
y cada vez que volvíamos
un poco más bronceados
ese perro estaba ahí
como la prueba de algo
capaz de amenazar nuestra tranquilidad
y la de todos los desconocidos
que se acostaban en las camas
de esa ciudad.
la última mañana,
cuando bajamos con valijas,
daba vueltas en la cocina,
ni siquiera nos vio irnos,
ni vio tampoco
el alivio con el que cerramos
las puertas de los autos
bajo el sol potente de ese día.






a León

entre los dos
tendimos la cama de una plaza
y nos acostamos boca arriba
en esa pieza:
una lámpara sobre nuestras cabezas,
paredes pintadas alrededor,
muebles que eligieron padres muertos
siguiendo el impulso del gusto.
dos cuerpos iguales
no pueden perpetuar la especie,
la corrigen.





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