lunes, 14 de julio de 2014

ESTEBAN ECHEVERRÍA [12.308]


Esteban Echeverría

José Esteban Antonio Echeverría Espinosa (Buenos Aires, Virreinato del Río de la Plata, 2 de septiembre de 1805 - Montevideo, Uruguay, 19 de enero de 1851) fue un escritor y poeta argentino, que introdujo el romanticismo en su país. Perteneciente a la denominada Generación del 37, es autor de obras como Dogma Socialista, La cautiva y El matadero, entre otras.

Esteban Echeverría nació en Buenos Aires el 2 de septiembre de 1805. Era hijo de la porteña Martina Espinosa y del español vizcaíno José Domingo Echeverría.

A temprana edad perdió a su padre y fue iniciado en sus primeras letras por su madre, comenzando sus estudios primarios en la escuela de San Telmo. En su adolescencia quedó también huérfano de su madre, quien falleció en 1822. Desamparado, comenzó una azarosa vida adolescente, se enamoró de doña Calegari con quien tuvo un hijo, pero esa relación agravó ciertos problemas cardíacos que lo aquejaban, lo que con el tiempo lo obligaría a cambiar de vida. Ingresó en el recientemente creado Departamento de Estudios Preparatorios de la Universidad de Buenos Aires y en la Escuela de Dibujo San Pedro Fagundo de la misma, a la vez que, en 1823, comenzó a trabajar como dependiente en el comercio de los hermanos Lezica, que ya por entonces tenía representación en países de Europa y América.

Estudios en Francia

A los veinte años, resolvió completar su educación en Europa. Partió desde Buenos Aires el 17 de octubre de 1825 a bordo de «La Joven Matilde» llegando al puerto de El Havre, Francia. Años más tarde, en El ángel caído, un poema donde muestra influencias de Lord Byron y José de Espronceda, Echeverría deja testimonio de esa accidentada travesía.

La ausencia de la patria (1825-1830) le fue provechosa. Entre 1826 y 1830 se radica en París, donde, en el barrio de Saint-Jacques estudia diversas ciencias: Política, Filosofía, Literatura y Economía, interesándose por las tendencias con afán ejemplar y logrando así una sólida educación.

Entre el Río de la Plata y Brasil, escribe Peregrinaje de Gualpo. En el barrio de Saint-Jacques, desde el 6 de marzo de 1827, estudia ciencias en dibujo en una academia.

Regreso a Argentina

En junio de 1830, regresó a Buenos Aires, e introdujo en la zona del Río de la Plata el romanticismo literario. En 1831, publicó sus primeros versos breves en el periódico La Gaceta Mercantil y también los versos de La Profecía de la Plata en el periódico El Diario de la Tarde. Al año siguiente, en 1832, editó en forma de folleto, Elvira o La novia del Plata considerada la primera obra romántica en lengua castellana. En 1834 publicó el primer libro de versos de la literatura argentina (Anteriormente se publicaron poemas sueltos), Los Consuelos.

Por estos años, sus reiterados problemas de salud, lo llevan a pasar un tiempo en la ciudad de Mercedes, actual capital del departamento de Soriano, República Oriental del Uruguay.

Al regresar de Mercedes, participó activamente en el Salón literario que funcionaba en la trastienda de la librería de don Marcos Sastre, inaugurado en junio de 1837. Ese mismo año se estima que escribió el cuadro de costumbres Apología del matambre y publicó Rimas, que incluye su obra poética más reconocida: La Cautiva.

En 1837, Juan Manuel de Rosas ordenó la clausura del Salón Literario de Marcos Sastre, y Echeverría funda y preside la «Asociación de la Joven Generación Argentina», luego «Asociación de Mayo», inspirada en las agrupaciones carbonarias italianas, como La Joven Italia de Giuseppe Mazzini. Fue en esta asociación donde expuso su ideal de recuperar el espíritu de la Revolución de Mayo, redactó y leyó el Credo de esta Asociación, compuesto por quince Palabras Simbólicas, y que servirán de base para la redacción posterior de El Dogma Socialista de 1846. Presumiblemente, entre 1838 y 1840, mientras residía en la estancia "Los Talas", cerca de Luján, Provincia de Buenos Aires, escribe El matadero, que se publicará póstumamente. Este sería el primer cuento argentino, aunque, por carecer de una única unidad temática, una parte de la crítica señala que, no puede considerarse tal, dentro de los cánones tradicionales.

En 1839, Echeverría, a pesar de no estar de acuerdo con la toma del poder por métodos violentos, adhiere al fracasado "Levantamiento de Dolores" o de los Libres del Sur contra el gobierno rosista, por el cual se dicta la "Ley del 9 de noviembre de 1839" la que, entre otras cosas, identifica a los unitarios como autores de la intentona.

Exilio y muerte

Echeverría huyó a Colonia del Sacramento y en junio de 1841 a Montevideo. Allí si bien participó activamente del movimiento cultural de la ciudad sitiada, no se sumó a la actividad periodística ni a la virulenta propaganda antirosista, a cuyos actores principales criticaba abiertamente, ni participó de la defensa militar de la plaza.

En 1846 publicó entre otras la que sería su más destacada obra, el Dogma socialista, Ángel caído, su obra predilecta, así como el Manual de enseñanza republicana por encargo del ministro de Hacienda del gobierno de Montevideo doctor Andrés Lamas, cuyos beneficios donó a los inválidos de la guerra civil. En septiembre de 1847 integró el nuevo Instituto de instrucción pública.

Falleció en Montevideo el 19 de enero de 1851.

Obras

Sus obras completas fueron editadas en 1870 en 5 volúmenes compilados por Juan María Gutiérrez.



La Cautiva
(Fragmentos)


El desierto

Era la tarde, y la hora
en que el sol la cresta dora
de los Andes. El Desierto
inconmensurable, abierto,
y misterioso a sus pies
se extiende; triste el semblante,
solitario y taciturno
como el mar, cuando un instante
al crepúsculo nocturno,
pone rienda a su altivez.

Gira en vano, reconcentra
su inmensidad, y no encuentra
la vista, en su vivo anhelo,
do fijar su fugaz vuelo,
como el pájaro en el mar.
Doquier campos y heredades
del ave y bruto guaridas,
doquier cielo y soledades
de Dios sólo conocidas,
que Él sólo puede sondar.
A veces, la tribu errante,
sobre el potro rozagante,
cuyas crines altaneras
flotan al viento ligeras,
lo cruza cual torbellino,
y pasa; o su toldería
sobre la grama frondosa
asienta, esperando el día
duerme, tranquila reposa,
sigue veloz su camino.

¡Cuántas, cuántas maravillas,
sublimes y a par sencillas,
sembró la fecunda mano
de Dios allí! ¡Cuánto arcano
que no es dado al vulgo ver!
La humilde yerba, el insecto,
la aura aromática y pura,
el silencio, el triste aspecto
de la grandiosa llanura,
el pálido anochecer.

Las armonías del viento
dicen más al pensamiento
que todo cuanto a porfía
la vana filosofía
pretende altiva enseñar.
¿Qué pincel podrá pintarlas
sin deslucir su belleza?
¿Qué lengua humana alabarlas?
Sólo el genio su grandeza
puede sentir y admirar.

Ya el sol su nítida frente
reclinaba en occidente,
derramando por la esfera
de su rubia cabellera
el desmayado fulgor.
Sereno y diáfano el cielo,
sobre la gala verdosa
de la llanura, azul velo
esparcía, misteriosa
sombra dando a su color.

El aura, moviendo apenas
sus alas de aroma llenas,
entre la yerba bullía
del campo que parecía
como un piélago ondear.
Y la tierra, contemplando
del astro rey la partida,
callaba, manifestando,
como en una despedida,
en su semblante pesar.

Sólo a ratos, altanero
relinchaba un bruto fiero
aquí o allá, en la campaña;
bramaba un toro de saña,
rugía un tigre feroz;
o las nubes contemplando,
como extático y gozoso,
el yajá, de cuando en cuando,
turbaba el mudo reposo
con su fatídica voz.

Se puso el sol; parecía
que el vasto horizonte ardía:
la silenciosa llanura
fue quedando más obscura,
más pardo el cielo, y en él,
con luz trémula brillaba
una que otra estrella, y luego
a los ojos se ocultaba,
como vacilante fuego
en soberbio chapitel.

El crepúsculo, entretanto,
con su claroscuro manto,
veló la tierra; una faja,
negra como una mortaja,
el occidente cubrió;
mientras la noche bajando
lenta venía, la calma,
que contempla suspirando
inquieta a veces el alma,
con el silencio reinó.

Entonces, como el ruido
que suele hacer el tronido
cuando retumba lejano,
se oyó en el tranquilo llano
sordo y confuso clamor;
se perdió... y luego violento,
como baladro espantoso
de turba inmensa, en el viento
se dilató sonoroso,
dando a los brutos pavor.

Bajo la planta sonante
del ágil potro arrogante
el duro suelo temblaba,
y envuelto en polvo cruzaba
como animado tropel,
velozmente cabalgando;
veíanse lanzas agudas,
cabezas, crines ondeando,
y como formas desnudas
de aspecto extraño y cruel.

¿Quién es? ¿Qué insensata turba
con su alarido perturba
las calladas soledades
de Dios, do las tempestades
sólo se oyen resonar?
¿Qué humana planta orgullosa
se atreve a hollar el desierto
cuando todo en él reposa?
¿Quién viene seguro puerto
en sus yermos a buscar?

¡Oíd! Ya se acerca el bando
de salvajes, atronando
todo el campo convecino;
¡mirad! como torbellino
hiende el espacio veloz.
El fiero ímpetu no enfrena
del bruto que arroja espuma;
vaga al viento su melena,
y con ligereza suma
pasa en ademán atroz.

¿Dónde va? ¿De dónde viene?
¿De qué su gozo proviene?
¿Por qué grita, corre, vuela,
clavando al bruto la espuela,
sin mirar alrededor?
¡Ved que las puntas ufanas
de sus lanzas, por despojos,
llevan cabezas humanas,
cuyos inflamados ojos
respiran aún furor!

Así el bárbaro hace ultraje
al indomable coraje
que abatió su alevosía;
y su rencor todavía
mira, con torpe placer,
las cabezas que cortaron
sus inhumanos cuchillos,
exclamando: -"Ya pagaron
del cristiano los caudillos
el feudo a nuestro poder.

Ya los ranchos do vivieron
presa de las llamas fueron,
y muerde el polvo abatida
su pujanza tan erguida.
¿Dónde sus bravos están?
Vengan hoy del vituperio,
sus mujeres, sus infantes,
que gimen en cautiverio,
a libertar, y como antes,
nuestras lanzas probarán."

Tal decía, y bajo el callo
del indómito caballo,
crujiendo el suelo temblaba;
hueco y sordo retumbaba
su grito en la soledad.
Mientras la noche, cubierto
el rostro en manto nubloso,
echó en el vasto desierto,
su silencio pavoroso,
su sombría majestad.





PARTE SEGUNDA

...orríbile favelle,
parole di dolore, accenti d'ira,
voci alte e fioche, e suon di man con elle
facévano un tumulto...
Dante


EL FESTÍN

Noche es el vasto horizonte,
noche el aire, cielo y tierra.
Parece haber apiñado
el genio de las tinieblas,
para algún misterio inmundo,
sobre la llanura inmensa,
la lobreguez del abismo
donde inalterable reina.

Sólo inquietos divagando,
por entre las sombras negras,
los espíritus foletos
con viva luz reverberan,
se disipan, reaparecen,
vienen, van, brillan, se alejan,
mientras el insecto chilla,
y en fachinales o cuevas
los nocturnos animales
con triste aullido se quejan.

La tribu aleve, entretanto,
allá en la pampa desierta,
donde el cristiano atrevido
jamás estampa la huella,
ha reprimido del bruto
la estrepitosa carrera;
y campo tiene fecundo
al pie de una loma extensa,
lugar hermoso, do a veces
sus tolderías asienta.






EL PUÑAL

Yo iba a morir, es verdad,
entre bárbaros crueles,
y allí el pesar me mataba
de morir, mi bien, sin verte.
A darme la vida tú
saliste, hermosa, y valiente
Calderón


Yace en el campo tendida,
cual si estuviera sin vida,
ebria, la salvaje turba,
y ningún ruido perturba
su sueño o sopor mortal.
Varones y hembras mezclados
Paran la oreja bufando
los caballos, que vagando
libres despuntan la grama;
y a la moribunda llama
de las hogueras se ve,
se ve sola y taciturna,
símil a sombra nocturna,
moverse una forma humana,
como quien lucha y se afana,
y oprime algo bajo el pie.

Se oye luego triste aúllo,
y horrisonante mormullo,
semejante al del novillo
cuando el filoso cuchillo
lo degüella sin piedad,
y por la herida resuella,
y aliento y vivir por ella,
sangre hirviendo a borbollones,
en horribles convulsiones,
lanza con velocidad.

Silencio; ya el paso leve
por entre la yerba mueve,
como quien busca y no atina,
y temeroso camina
de ser visto o tropezar,
una mujer: en la diestra
un puñal sangriento muestra,
sus largos cabellos flotan
desgreñados, y denotan
de su ánimo el batallar.

Ella va. Toda es oídos;
sobre salvajes dormidos
va pasando, escucha, mira,
se para, apenas respira,
y vuelve de nuevo a andar.
Ella marcha, y sus miradas
vagan en torno, azoradas,
cual si creyesen ilusas
en las tinieblas confusas
mil espectros divisar.

Ella va, y aun de su sombra,
como el criminal, se asombra;
alza, inclina la cabeza;
pero en un cráneo tropieza
y queda al punto mortal.
Un cuerpo gruñe y resuella,
y se revuelve; mas ella
cobra espíritu y coraje,
y en el pecho del salvaje
clava el agudo puñal.

El indio dormido expira,
y ella veloz se retira
de allí, y anda con más tino
arrastrando del destino
la rigorosa crueldad.
Un instinto poderoso,
un afecto generoso
la impele y guía segura,
como luz de estrella pura,
por aquella obscuridad.

Su corazón de alegría
palpita; lo que quería,
lo que buscaba con ansia
su amorosa vigilancia,
encontró gozosa al fin.
Allí, allí está su universo,
de su alma el espejo terso,
su amor, esperanza y vida;
allí contempla embebida
su terrestre serafín.

-Brian -dice-, mi Brian querido
busca durmiendo el olvido;
quizás ni soñando espera
que yo entre esta gente fiera
le venga a favorecer.
Lleno de heridas, cautivo,
no abate su ánimo altivo
la desgracia, y satisfecho
descansa, como en su lecho,
sin esperar, ni temer.

Sus verdugos, sin embargo,
para hacerle más amargo
de la muerte el pensamiento,
deleitarse en su tormento,
y más su rencor cebar
prolongando su agonía,
la vida suya, que es mía,
guardaron, cuando, triunfantes,
hasta los tiernos infantes
osaron despedazar,
arrancándolos del seno
de sus madres -¡día lleno
de execración y amargura,
en que murió mi ventura,
tu memoria me da horror!-.
Así dijo, y ya no siente,
ni llora, porque la fuente
del sentimiento fecunda,
que el femenil pecho inunda,
consumió el voraz dolor.

Y el amor y la venganza
en su corazón alianza
han hecho, y sólo una idea
tiene fija y saborea
su ardiente imaginación.
Absorta el alma, en delirio
lleno de gozo y martirio
queda, hasta que al fin estalla
como volcán, y se explaya
la lava del corazón.

Allí está su amante herido,
mirando al cielo, y ceñido
el cuerpo con duros lazos,
abiertos en cruz los brazos,
ligadas manos y pies.
Cautivo está, pero duerme;
inmoble, sin fuerza, inerme
yace su brazo invencible:
de la pampa el león terrible
presa de los buitres es.

Allí, de la tribu impía,
esperando con el día
horrible muerte, está el hombre
cuya fama, cuyo nombre
era, al bárbaro traidor,
más temible que el zumbido
del hierro o plomo encendido;
más aciago y espantoso
que el valichu rencoroso
a quien ataca su error.

Allí está; silenciosa ella,
como tímida doncella,
besa su entreabierta boca,
cual si dudara le toca
por ver si respira aún.
Entonces las ataduras,
que sus carnes roen duras,
corta, corta velozmente
con su puñal obediente,
teñido en sangre común.

Brian despierta; su alma fuerte,
conforme ya con su suerte,
no se conturba, ni azora;
poco a poco se incorpora,
mira sereno, y cree ver
un asesino: echan fuego
sus ojos de ira; mas luego
se siente libre, y se calma,
y dice: -¿Eres alguna alma
que pueda y deba querer?

¿Eres espíritu errante,
ángel bueno, o vacilante
parto de mi fantasía?
-Mi vulgar nombre es María,
ángel de tu guarda soy;
y mientras cobra pujanza,
ebria la feroz venganza
de los bárbaros, segura,
en aquesta noche obscura,
velando a tu lado estoy:
nada tema tu congoja.-

Y enajenada se arroja
de su querido en los brazos,
la da mil besos y abrazos,
repitiendo: -Brian, Brian.-
La alma heroica del guerrero
siente el gozo lisonjero
por sus miembros doloridos
correr, y que sus sentidos
libres de ilusión están.

Y en labios de su querida
apura aliento de vida,
y la estrecha cariñoso
y en éxtasis amoroso
ambos respiran así;
mas, súbito él la separa,
como si en su alma brotara
horrible idea, y la dice:
-María, soy infelice,
ya no eres digna de mí.

Del salvaje la torpeza
habrá ajado la pureza
de tu honor, y mancillado
tu cuerpo santificado
por mi cariño y tu amor;
ya no me es dado quererte.-
Ella le responde: -Advierte
que en este acero está escrito
mi pureza y mi delito,
mi ternura y mi valor.

Mira este puñal sangriento,
y saltará de contento
tu corazón orgulloso;
diómelo amor poderoso,
diómelo para matar
al salvaje que insolente
ultrajar mi honor intente;
para, a un tiempo, de mi padre,
de mi hijo tierno y mi madre,
la injusta muerte vengar.

Y tu vida, más preciosa
que la luz del sol hermosa,
sacar de las fieras manos
de estos tigres inhumanos,
o contigo perecer.
Loncoy, el cacique altivo
cuya saña al atractivo
se rindió de estos mis ojos,
y quiso entre sus despojos
de Brian la querida ver,
después de haber mutilado
a su hijo tierno; anegado
en su sangre yace impura;
sueño infernal su alma apura:
dióle muerte este puñal.

Levanta, mi Brian, levanta,
sigue, sigue mi ágil planta;
huyamos de esta guarida
donde la turba se anida
más inhumana y fatal.

-¿Pero adónde, adónde iremos?
¿Por fortuna encontraremos
en la pampa algún asilo,
donde nuestro amor tranquilo
logre burlar su furor?
¿Podremos, sin ser sentidos
escapar, y desvalidos
caminar a pie, ijadeando,
con el hambre y sed luchando,
el cansancio y el dolor?

-Sí; el anchuroso desierto
más de un abrigo encubierto
ofrece, y la densa niebla,
que el cielo y la tierra puebla,
nuestra fuga ocultará.
Brian, cuando aparezca el día,
palpitantes de alegría,
lejos de aquí ya estaremos,
y el alimento hallaremos
que el cielo al infeliz da.

-Tú podrás, querida amiga,
hacer rostro a la fatiga,
mas yo, llagado y herido,
débil, exangüe, abatido,
¿cómo podré resistir?
Huye tú, mujer sublime,
y del oprobio redime
tu vivir predestinado;
deja a Brian infortunado,
solo, en tormentos morir.

-No, no, tu vendrás conmigo,
o pereceré contigo.
De la amada patria nuestra
escudo fuerte es tu diestra,
¿y qué vale una mujer?
Huyamos, tú de la muerte,
yo de la oprobiosa suerte
de los esclavos; propicio
el cielo este beneficio
nos ha querido ofrecer;
no insensatos lo perdamos.

Huyamos, mi Brian, huyamos;
que en el áspero camino
mi brazo, y poder divino
te servirán de sostén.
-Tu valor me infunde fuerza,
y de la fortuna adversa,
amor, gloria o agonía
participar con María
yo quiero; huyamos, ven, ven.-

Dice Brian y se levanta;
el dolor traba su planta,
mas devora el sufrimiento;
y ambos caminan a tiento
por aquella obscuridad.
Tristes van, de cuando en cuando
la vista al cielo llevando,
que da esperanza al que gime,
¿qué busca su alma sublime?
la muerte o la libertad.

-Y en esta noche sombría
¿quién nos servirá de guía?
-Brian, ¿no ves allá una estrella
que entre dos nubes centella
cual benigno astro de amor?
Pues ésa es por Dios enviada,
como la nube encarnada
que vio Israel prodigiosa;
sigamos la senda hermosa
que nos muestra su fulgor,

ella del triste desierto
nos llevará a feliz puerto.-
Ellos van; solas, perdidas,
como dos almas queridas,
que amor en la tierra unió,
y en la misma forma de antes,
andan por la noche errantes,
con la memoria hechicera
del bien que en su primavera
la desdicha les robó.

Ellos van. Vasto, profundo
como el páramo del mundo
misterioso es el que pisan;
mil fantasmas se divisan,
mil formas vanas allí,
que la sangre joven hielan:
mas ellos vivir anhelan.
Brian desmaya caminando
y, al cielo otra vez mirando,
dice a su querida así:
-Mira: ¿no ves? la luz bella
de nuestra polar estrella
de nuevo se ha obscurecido,
y el cielo más denegrido
nos anuncia algo fatal.
-Cuando contrario el destino
nos cierre, Brian, el camino,
antes de volver a manos
de esos indios inhumanos.





MARÍA

Fallece esperanza y crece tormento
Anónimo

Morte bella parea nel suo bel viso
Petrarca

"La muerte parecía bella en su rostro bello."

¿Qué hará María? En la tierra
ya no se arraiga su vida.
¿Dónde irá? Su pecho encierra
tan honda y vivaz herida,
tanta congoja y pasión,
que para ella es infecundo
todo consuelo del mundo,
burla horrible su contento,
su compasión un tormento,
su sonrisa una irrisión.

¿Qué le importan sus placeres,
su bullicio y vana gloria,
si ella, entre todos los seres,
como desechada escoria,
lejos, olvidada está?
¿En qué corazón humano,
en qué límite del orbe,
el tesoro soberano,
que sus potencias absorbe,
ya perdido encontrará?

Nace del sol la luz pura,
y una fresca sepultura
encuentra; lecho postrero,
que al cadáver del guerrero
preparó el más fino amor.
Sobre ella hincada, María,
muda como estatua fría,
inclinada la cabeza,
semejaba a la tristeza
embebida en su dolor.

Sus cabellos renegridos
caen por los hombros tendidos,
y sombrean de su frente,
su cuello y rostro inocente,
la nevada palidez.
No suspira allí, ni llora;
pero como ángel que implora,
para miserias del suelo
una mirada del cielo,
hace esta sencilla prez:

-Ya en la tierra no existe
el poderoso brazo
donde hallaba regazo
mi enamorada sien:
Tú ¡oh Dios! no permitiste
que mi amor lo salvase,
quisiste que volase
donde florece el bien.

Abre Señor a su alma
tu seno regalado,
del bienaventurado,
reciba el galardón;
encuentre allí la calma,
encuentre allí la dicha,
que busca en su desdicha,
mi viudo corazón.

Dice. Un punto su sentido
queda como sumergido.
Echa la postrer mirada
sobre la tumba callada
donde toda su alma está;
mirada llena de vida,
pero lánguida, abatida,
como la última vislumbre
de la agonizante lumbre,
falta de alimento ya.

Y alza luego la rodilla;
y tomando por la orilla
del arroyo hacia el ocaso,
con indiferente paso
se encamina al parecer.
Pronto sale de aquel monte
de paja, y mira adelante
ilimitado horizonte,
llanura y cielo brillante,
desierto y campo doquier.

¡Oh noche! ¡Oh fúlgida estrella!
Luna solitaria y bella
sed benignas; el indicio
de vuestro influjo propicio
siquiera una vez mostrad.
Bochornos, cálidos vientos,
inconstantes elementos,
preñados de temporales,
apiadaos; fieras fatales
su desdicha respetad.

Y Tú ¡oh Dios! en cuyas manos
de los míseros humanos
está el oculto destino,
siquiera un rayo divino
haz a su esperanza ver.
Vacilar, de alma sencilla,
que resignada se humilla,
no hagas la fe acrisolada;
susténtala en su jornada,
no la dejes perecer.

Adiós pajonal funesto,
adiós pajonal amigo.
Se va ella sola ¡cuán presto
de su júbilo, testigo,
y su luto fuiste vos!
El sol y la llama impía
marchitaron tu ufanía;
pero hoy tumba de un soldado
eres, y asilo sagrado:
pajonal glorioso, adiós.

Gózate; ya no se anidan
en ti las aves parleras,
ni tu agua y sombra convidan
sólo a los brutos y fieras:
soberbio debes estar.
El valor y la hermosura,
ligados por la ternura,
en ti hallaron refrigerio;
de su infortunio el misterio
tú sólo puedes contar.

Gózate; votos, ni ardores
de felices amadores
tu esquividad no turbaron,
sino voces que confiaron

a tu silencio su mal.
En la noche tenebrosa,
con los ásperos graznidos
de la legión ominosa,
oirás ayes y gemidos:
adiós triste pajonal.

De ti María se aleja,
y en tus soledades deja
toda su alma; agradecido,
el depósito querido
guarda y conserva; quizá
mano generosa y pía
venga a pedírtelo un día;
quizá la viva palabra
un monumento le labra
que el tiempo respetará.

Día y noche ella camina;
y la estrella matutina,
caminando solitaria,
sin articular plegaria,
sin descansar ni dormir,
la ve. En su planta desnuda
brota la sangre y chorrea;
pero toda ella, sin duda,
va absorta en la única idea
que alimenta su vivir.

En ella encuentra sustento.
Su garganta es viva fragua,
un volcán su pensamiento,
pero mar de hielo y agua
refrigerio inútil es
para el incendio que abriga,
insensible a la fatiga,
a cuanto ve indiferente,
como mísera demente
mueve sus heridos pies,

por el Desierto. Adormida
está su orgánica vida;
pero la vida de su alma
fomenta en sí aquella calma
que sigue a la tempestad,
cuando el ánimo cansado
del afán violento y duro,
al parecer resignado,
se abisma en el fondo obscuro
de su propia soledad.


Tremebundo precipicio,
fiebre lenta y devorante,
último efugio, suplicio
del infierno, semejante
a la postrer convulsión
de la víctima en tormento:
trance que si dura un día
anonada el pensamiento,
encanece, o deja fría
la sangre en el corazón.


Dos soles pasan. ¿Adónde
tu poder ¡oh Dios! se esconde?
¿Está, por ventura, exhausto?
¿Más dolor en holocausto
pide a una flaca mujer?
No; de la quieta llanura
ya se remonta a la altura
gritando el yajá. Camina,
oye la voz peregrina
que te viene a socorrer.

¡Oh ave de la Pampa hermosa,
cómo te meces ufana!
Reina, sí, reina orgullosa
eres, pero no tirana
como el águila fatal;
tuyo es también el espacio
el transparente palacio:
si ella en las rocas se anida,
tú en la esquivez escondida
de algún vasto pajonal.

De la víctima el gemido,
el huracán y el tronido
ella busca, y deleite halla
en los campos de batalla;
pero tú la tempestad,
día y noche vigilante,
anuncias al gaucho errante;
tu grito es de buen presagio
al que asechanza o naufragio
teme de la adversidad.

Oye sonar en la esfera
la voz del ave agorera,
oye María infelice;
alerta, alerta, te dice;
aquí está tu salvación.
¿No la ves cómo en el aire
balancea con donaire
su cuerpo albo-ceniciento?
¿No escuchas su ronco acento?
Corre a calmar tu aflicción.

Pero nada ella divisa,
ni el feliz reclamo escucha;
y caminando va a prisa:
el demonio con que lucha
la turba, impele y amaga.
Turbios, confusos y rojos
se presentan a sus ojos
cielo, espacio, sol, verdura,
quieta, insondable llanura
donde sin brújula vaga.

Mas ¡ah! que en vivos corceles
un grupo de hombres armados
se acerca. ¿Serán infieles,
enemigos? No, soldados
son del desdichado Brian.
Llegan, su vista se pasma;
ya no es la mujer hermosa,
sino pálido fantasma;
mas reconocen la esposa
de su fuerte capitán.

Creíanla cautiva o muerta;
grande fue su regocijo.
Ella los mira, y despierta:
-¿No sabéis qué es de mi hijo?-
con toda el alma exclamó.
Tristes mirando a María
todos el labio sellaron,
mas luego una voz impía:
-Los indios lo degollaron-
roncamente articuló.

Y al oír tan crudo acento,
como quiebra el seco tallo
el menor soplo del viento
o como herida del rayo,
cayó la infeliz allí;
viéronla caer, turbados,
los animosos soldados;
una lágrima la dieron,
y funerales la hicieron
dignos de contarse aquí.

Aquella trama formada
de la hebra más delicada,
cuyo espíritu robusto
lo más acerbo e injusto
de la adversidad probó,
un soplo débil deshizo:
Dios para amar, sin duda, hizo
un corazón tan sensible;
palpitar le fue imposible
cuando a quien amar no halló.

Murió María. ¡Oh voz fiera!
¡Cuál entraña te abortara!
Mover al tigre pudiera
su vista sola; y no hallara
en ti alguna compasión,
tanta miseria y conflito,
ni aquel su materno grito;
y como flecha saliste,
y en lo más profundo heriste
su anhelante corazón.

Embates y oscilaciones
de un mar de tribulaciones
ella arrostró; y la agonía
saboreó su fantasía;
y el punzante frenesí
de la esperanza insaciable
que en pos de un deseo vuela,
no alcanza el blanco inefable;
se irrita en vano y desvela,
vuelve a devorarse a sí.

Una a una, todas bellas,
sus ilusiones volaron,
y sus deseos con ellas;
sola y triste la dejaron
sufrir hasta enloquecer.
Quedaba a su desventura
un amor, una esperanza,
un astro en la noche obscura,
un destello de bonanza,
un corazón que querer,
una voz cuya armonía
adormecerla podría;
a su llorar un testigo,
a su miseria un abrigo,
a sus ojos qué mirar.

Quedaba a su amor desnudo
un hijo, un vástago tierno;
encontrarlo aquí no pudo,
y su alma al regazo eterno
lo fue volando a buscar.
Murió; por siempre cerrados
están sus ojos cansados
de errar por llanura y cielo,
de sufrir tanto desvelo,
de afanar sin conseguir.

El atractivo está yerto
de su mirar; ya el desierto,
su último asilo, los rastros
de tan hechiceros astros
no verá otra vez lucir.

Pero de ella aun hay vestigio.
¿No veis el raro prodigio?
Sobre su cándida frente
aparece nuevamente
un prestigio encantador.
Su boca y tersa mejilla
rosada, entre nieve brilla,
y revive en su semblante
la frescura rozagante
que marchitara el dolor.

La muerte bella la quiso,
y estampó en su rostro hermoso
aquel inefable hechizo,
inalterable reposo,
y sonrisa angelical,
que destellan las facciones
de una virgen en su lecho
cuando las tristes pasiones
no han ajado de su pecho
la pura flor virginal.

Entonces el que la viera,
dormida ¡oh Dios! la creyera;
deleitándose en el sueño
con memorias de su dueño,
llenas de felicidad,
soñando en la alba lucida
del banquete de la vida
que sonríe a su amor puro;
más ¡ay! que en el seno obscuro
duerme de la eternidad.




HIMNO AL DOLOR

Nihil in terra sine causa fit, & de humo
non oritur dolor.
Quae prius nolebat tangere anima mea,
nunc prae angustia, cibi mei sunt.
JOB

Nada se hace en la tierra sin motivo, y de
la tierra no nace el dolor.
Las cosas, que antes no quería tocar mi
alma, ahora por la congoja son mi
comida.
JOB

Devora fiera insaciable,
monstruo, o demonio execrable,
que avasallas la creación;
devora como lo has hecho,
si no te hallas satisfecho,
con furor aún más deshecho,
mi robusto corazón.

Cebe, cebe en mis entrañas,
con más rencorosas sañas
tu furia el diente voraz;
y en ellas continuo asida,
como el cáncer a la herida,
lo que me resta de vida
consuma en su afán tenaz.

Roe, roe; -tu constancia
no abatirá mi arrogancia,
ni mi orgullo tu furor.
Nada, nada desconhorta
un corazón que conforta
alma grande, a quien importa
poco, placer, mundo, amor.

Roe, roe, y en mi seno
tu mortífero veneno
derrama: -no he de gemir;
y cual Jacob, sin testigo,
contra el ángel enemigo,
lucharé firme contigo
hasta vencer o morir.

No temas, no, que me espante
tu fuerza y poder gigante,
aunque frágil caña soy.
Mi alma es símil a la roca
cuya frente al cielo toca,
y la tempestad provoca
siendo mañana, lo que hoy.

Hollada la sierpe, vibra
su dardo, hiere y se libra
del villano pie veloz;
o sobre el tigre, enroscando
su flexible cuerpo blando
lucha incansable, burlando
su instinto y saña feroz.

Devora: -tu fiero brío
yo provoco y desafío
armado de mi razón;
yo masa de vil arcilla,
yo flor que un soplo amancilla,
trama débil y sencilla,
despojo de la creación.

Yo miserable gusano,
luz que alienta efluvio vano,
insecto, chispa mortal;
yo, menos que un ente aerio
yo, esclavo vil de tu imperio,
yo polvo, nada, misterio...
Nacido en hora fatal.

Yo te provoco: -descarga
sobre mí con mano larga
tus iras: -yo callaré;
y sellando como el sabio
a toda queja mi labio,
cual firme monte a tu agravio
inmóvil siempre estaré.

Yo te provoco: -Dios eres
Dios terrible que a los seres
impones tu dura ley;
Dios que su furia sedienta
con gemidos alimenta,
como el oso su cruenta
zarpa en indefensa grey.

Dios inexorable y fuerte
que divides con la muerte
el vasto imperio del mal;
desde que el hombre perverso,
en oscuro día adverso,
fue lanzado al universo
del crimen con la señal.

Yo te provoco: -al infierno
pide su penar eterno,
su angustia y noche sin fin;
su exquisito sentimiento,
el vivaz remordimiento,
la congoja y el tormento
del soberbio serafín.

Pídele con sus delirios
sus indecibles martirios,
el hielo y llama voraz;
la sed, la rabia y despechos
de los más précitos pechos,
y aquellos marmóreos lechos
do no hay sueño ni solaz.

Pide también a la tierra
cuantos dolores encierra,
cuanto ha, y debe padecer;
y sobre mí con violencia
lanza toda su inclemencia:
que de mi alma la excelencia
no se dejará vencer.

Yo te provoco: -cuatro años
los tormentos más extraños
probaste iracundo en mí;
agotando de mi vida,
de mi juventud florida
la fuente excelsa, que henchida
los de un mundo de glorias vi.

Yo te provoco: -cuatro años
de mil y mil desengaños
me hiciste apurar la hiel;
y en un Páramo desierto,
do todo era negro y yerto,
me dejaste al descubierto
presa de borrasca cruel.

Yo te provoco: -tu mano
de mis fatigas temprano
la copiosa mies cegó,
dejándome los abrojos,
para doblar mis enojos,
y el recuerdo y los despojos
de un tiempo feliz que huyó.

Yo te provoco: -¿qué males,
qué ansias o penas fatales
me podrán sobrevenir,
que no haya firme sufrido?
¿Qué pasión no habré sentido?
¿Qué idea no habré podido
grande o noble concebir?

Mi espíritu en su carrera
ha recorrido la esfera
de lo terrestre y lo ideal;
visto su forma desnuda,
y sondado sin ayuda
los abismos de la duda,
del bien, la vida y el mal.

Cuando los otros insanos
a pasatiempos livianos
el juvenil brío dan;
y en el labio la sonrisa,
con inquietud indecisa,
flores de la vida a prisa
deshojando torpes van.
Mi corazón de tormentas
desatadas y violentas
sufrido había el rigor;
y laso en un solo día,
muerto al placer y alegría,
dicho, en su congoja, había
adiós eterno al amor.

En la edad en que sin tino
del error por el camino
mueve tropezando el pie
la turba insana, y apura,
sumida en tiniebla oscura,
del placer la copa impura
que vacía siempre ve:

ya mi espíritu ambicioso
para su ardor generoso
buscaba un nuevo manjar;
y en sus vuelos soberanos,
libre de lazos mundanos,
de la creación los arcanos
osaba altivo indagar.

Como en un espejo terso,
reflejaba el universo
sus maravillas en él;
nada, nada se encubría
a la inteligencia mía,
y mi ardiente fantasía
era un mágico pincel.

Gloria, gloria era el acento
que en el cielo, tierra y viento
yo escuchaba resonar;
gloria mi pecho exhalaba,
gloria durmiendo soñaba,
y su fantasma miraba
doquier como astro brillar.

Ella me llevara ufano
a contemplar del Oceano
el tempestuoso furor;
ella entre cultas naciones
a buscar dignas lecciones
de graves meditaciones;
nuevo alimento a mi ardor.

¿Dónde se fue tanto sueño,
porvenir tan halagüeño,
tanta sublime pasión?
¡Dolor impío! -Triunfante
tu brazo asoló pujante,
el edificio gigante,
que labrara mi ambición.

Tú agotando, poco a poco,
has ido el ardiente foco
de luz que mi alma abrigó;
y con tu soplo de muerte
convirtiendo en masa inerte
una edad joven y fuerte,
que mil frutos prometió.

¿Qué esperanza me has dejado,
qué idea no has sofocado
en mi espíritu al nacer?
¿Qué pasión o sentimiento
no me has trocado en tormento?
¿Qué amor o contentamiento
en hastío o desplacer?

¿Qué ilusión o dulce engaño
en funesto desengaño?
¿Qué dicha en triste pesar?
¿De qué angustia no has cercado
mi corazón desolado?
¿Qué lágrima no has helado
en mis ojos al brotar?

Nobles y grandes pasiones,
pensamientos y visiones
sublimes, gran porvenir;
estudio, vigilias largas,
siempre fastidiosas cargas
para débil cuerpo, amargas
horas de oscuro vivir,

y de frío desaliento;-
todo, todo en un momento
¡oh inescrutable Dolor!
para mí estéril ha sido,
grano en el agua esparcido;
y en fuente lo has convertido
de despecho y amargor.

¿Qué aflicción o desventura
podrá parecerme dura?
¿Qué puedes robarme ya?
¿Qué placer del mundo activo
puede tener atractivo
para mi pesar esquivo?
¿Qué llenar mi alma podrá?

Ven, ven ¡oh Dolor terrible!
De tu poder invisible
haz un nuevo ensayo en mí;
verás que una alma arrogante
es como el duro diamante,
que siempre brilla flamante
sin admitir mancha en sí.

Ven ¡oh Dolor! en silencio;
ven, pues ya te reverencio
como a genio bienhechor,
que mueve influjo divino;
no cual numen que previno
inexorable destino
para venganza y terror.

Como animando la tierra
el aire impuro destierra
con su ardiente rayo el sol;
así tú, ¡oh Dolor fecundo!
lacerando el cuerpo inmundo,
que se ase reptil al mundo,
eres del alma el crisol.

Tu intensa llama le aplicas,
la limpias y purificas
de la escoria material;
sublimando la excelencia
de su peregrina esencia,
hasta darle una potencia
divina, excelsa, inmortal.
Tú pruebas su fortaleza,
su constancia y su grandeza
en el yunque del sufrir;
el triunfo glorificando
del que contigo luchando
sufre y calla, sofocando
de sus huesos el gemir.

Sin tu influjo, el hombre henchido
de vanidad, sumergido
yace en el mar del placer;
y cree en su delirio ufano,
cuando se arrastra gusano,
tierra y cielo soberano
sujetar a su poder.

Ven, que tal vez atesora
alguna fibra sonora
mi pecho aun lleno de ardor;
que a tu inhumana porfía
exhalará una armonía
capaz de darme alegría,
y de vencerte ¡oh Dolor!

Ven luego; que una alma noble
firme, incontrastable, inmoble
es contra la adversidad;
como el Oceano sublime
que de ley común se exime,
y en cuya frente no imprime
mancilla el tiempo, ni edad.

(Septiembre, 1834)





AL CORAZÓN

Quis det ut veniat petitio mea; & quod expecto,
tribuat mihi Deus?
JOB

¿Quién diese que se cumpliera mi petición; y que
Dios me concediera lo que espero?
JOB

¿Qué corazón es el mío?
¡Oh Dios que riges los mundos!
con la ley de tu albedrío,
cuyos designios profundos
¡no me es dado penetrar!
¿Qué misterio, arcano, abismo
es éste que ni yo mismo
me atrevo; ¡oh Dios! a sondar?

¿Cuándo su volcán se apaga?
¿Cuándo su hondura se llena?
¿Cuándo la tormenta aciaga
de sus pasiones serena
podré ver y no sufrir?
¿Cómo es que nada le sacia,
si ha perdido la eficacia
para gozar y sentir?

¿Cómo al cúmulo de males
que con porfía violenta
como furias infernales
le acosan, no se revienta
ni exhala un solo clamor?
¿Cómo no vierte siquiera
una lágrima ligera
para amortiguar su ardor?

¿Cómo cabe entre mi pecho,
cuando su vuelo atrevido
halla el universo estrecho,
desprecia lo conseguido,
y sin cesar pide más?
¿Cómo sufre, calla, anhela
se roe a sí mismo, y vela
sin fatigarse jamás?

Vuelvo la vista azorado
como náufrago en el puerto
al borrascoso pasado,
y encuentro todo desierto,
todo triste y funeral;
miro atónito delante,
y ni la luz vacilante
veo de astro divinal.

¿Qué quiere pues, ¡oh Dios mío!
mi corazón insaciable,
en su loco desvarío;
si en la sirte miserable
todo su caudal perdió?
¿Qué quiere si ya la tierra
nada en su extensión encierra
semejante a lo que vio?

¿Acaso en región luciente
guardas ¡oh Dios poderoso!
algo que el alma presiente,
algún tesoro precioso
que deba en vano desear;
y que la mía ambiciona,
como la excelsa corona
de su incansable afanar?

Parece que el hombre errante,
como triste peregrino,
marcha con pie vacilante,
sin saber por qué camino,
en pos de alguna visión;
de paso echa una mirada,
sin arraigar aquí a nada
su voluble corazón.

Pero ¡infeliz! marcha en vano,
tropieza, cae, se fatiga,
maldice su error insano,
y a veces su sed mitiga
con lágrimas de dolor;
hasta que una mano yerta
viene, lo toca, y despierta
despechado del sopor.

Mas yo continuo luchando
con un genio incontrastable,
con mi corazón, sudando,
al destino irrevocable
obedezco a mi pesar;
y no puedo en mi ansia fiera
ni una lágrima siquiera
para alivio derramar.

¿Qué es esto? ¡Oh Dios! ¿Por qué ha sido
para mí tu ley más dura?
¿Por qué hacerme habéis querido
blanco de la desventura
formándome un corazón
tan indómito y sediento,
que batallando violento
siempre está con mi razón?

Pero nada me respondes
Dios clemente y soberano:
¿por qué tu auxilio me escondes
y me dejas en oceano
de dudas siempre fluctuar?
¿Por qué un rayo de luz pura
no me abre senda segura
para poder descansar?

No te pido ¡oh Dios! riqueza,
felicidad, poderío
gloria, deleites, grandeza;-
manjares que dan hastío,
y nunca pueden saciar:
sólo quiero olvido eterno,
y algo que pueda el infierno
de mis pasiones calmar.

(Junio, 1835)





CANCIONES

Melodía sonora, e concertada,
suave a letra, angélica a soada.
(CAMOENS)


I

LA AUSENCIA

Fuese el hechizo
del alma mía,
y mi alegría
se fue también:
en un instante
todo he perdido,
¿dónde te has ido
mi amado bien?

Cubrióse todo
de oscuro velo,
el bello cielo,
que me alumbró;
y el astro hermoso
de mi destino,
en su camino
se oscureció.

Perdió su hechizo
la melodía,
que apetecía
mi corazón.
Fúnebre canto
sólo serena
la esquiva pena
de mi pasión.

Doquiera llevo
mis tristes ojos,
hallo despojos
del dulce amor;
doquier vestigios
de fugaz gloria,
cuya memoria
me da dolor.

Vuelve a mis brazos
querido dueño,
sol halagüeño
me alumbrará;
vuelve tu vista,
que todo alegra,
mi noche negra
disipará.


II


LA DIAMELA

Dióme un día una bella porteña,
que en mi senda pusiera el destino,
una flor cuyo aroma divino
llena el alma de dulce embriaguez;
me la dio con sonrisa halagüeña,
matizada de puros sonrojos,
y bajando hechicera los ojos,
incapaces de engaño y doblez.

En silencio y absorto toméla
como don misterioso del cielo,
que algún ángel de amor y consuelo
me viniese, durmiendo, a ofrecer;
en mi seno inflamado guardéla,
con el suyo mezclando mi aliento,
y un hechizo amoroso al momento
yo sentí por mis venas correr.

Desde entonces, do quiera que miro
allí está la diamela olorosa,
y a su lado una imagen hermosa
cuya frente respira candor;
desde entonces por ella suspiro,
rindo el pecho inconstante a su halago,
con su aroma inefable me embriago,
a ella sola consagro mi amor.


III


A UNA LÁGRIMA

Si la magia del arte
cristalizar pudiera,
esa gota ligera
de origen celestial;
en la más noble parte
del pecho la pondría:
ningún tesoro habría
en todo el orbe igual.

Por ella amor se inflama,
por ella amor suspira,
ella a la par inspira
ternura y compasión:
su luz es como llama
del cielo desprendida,
que infunde al mármol vida,
penetra el corazón.

¡Quién mira indiferente
la lágrima preciosa
que vierte generosa
la sensibilidad!
Su brillo, transparente
del alma el fondo deja,
y hasta el matiz refleja
de la felicidad.

Permite que recoja
esa preciosa perla;
los ángeles al verla
mi dicha envidiarán:
amor en su congoja,
para calmar enojos,
en tus divinos ojos
puso ese talismán.


IV


EL DESAMOR

Acongojada mi alma
día y noche delira,
el corazón suspira
por ilusorio bien;
mas las horas fugaces
pasan en raudo vuelo,
sin que ningún consuelo
a mi congoja den.

Entre mis venas corre
sutil, ardiente llama,
que sin cesar me inflama,
y llena de dolor.
Pero una voz secreta
me dice: ¡infortunada!
Vivirás condenada
a eterno desamor.

Como muere la antorcha
escasa de alimento,
así morir me siento
en mi temprano albor:
ningún soplo benigno
da vigor a mi vida,
pues vivo sumergida
en triste desamor.

Como fatuo destello
que brilla y se evapora,
se disipó en su aurora
el astro de mi amor:
fuese con él mi dicha,
fuese con él mi calma;
quedóle sólo a mi alma
perpetuo desamor.


V


EL AROMA

Flor dorada que entre espinas
tienes trono misterioso,
¡cuánto sueño delicioso
tú me inspiras a la vez!
En ti veo yo la imagen
de la hermosa que me hechiza,
y mi afecto tiraniza,
con halago y esquivez.

El espíritu oloroso
con que llenas el ambiente,
me penetra suavemente
como el fuego del amor;
y rendido a los encantos
de amoroso devaneo,
un instante apurar creo,
de sus labios el dulzor.

Si te pone ella en su seno,
que a las flores nunca esquiva,
o te mezcla pensativa
con el cándido azahar;
tu fragancia llega al alma
como bálsamo divino,
y yo entonces me imagino
ser dichoso con amar.


V [I]


SERENATA

Al bien que idolatro busco
desvelado noche y día,
y la esperanza me lleva
tras su imagen fugitiva,
prometiéndome engañosa
felicidades y dichas:
Ángel tutelar que guardas
su feliz sueño, decidla
las amorosas endechas
lo que mi guitarra suspira.

Sobre el universo en calma
reina la noche sombría,
y las estrellas flamantes
en el firmamento brillan:
todo reposa en la tierra
sólo vela el alma mía.
Ángel tutelar que guardas
su feliz sueño, decidla,
las amorosas endechas
que mi guitarra suspira.

Como el ciervo enamorado
busca la cierva querida,
que de sus halagos huye
desapiadada y esquiva;
así yo corro afanoso
en pos del bien de mi vida.
Ángel tutelar que guardas
su feliz sueño, decidla,
las amorosas endechas.

El contento me robaste
con tu encantadora vista,
y sin quererlo te hiciste
de un inocente homicida:
vuélvele la paz al menos
con tu halagüeña sonrisa.
Ángel tutelar que guardas
su feliz sueño, decidla,
las amorosas endechas
que mi guitarra suspira.


VII

LA LÁGRIMA

Enjuga, enjuga esa preciosa perla
que para herir cristalizó el amor:
ella deslumbra el corazón que al verla
hierve de nuevo en criminal ardor.

No venga, no, de tus hermosos ojos
astros de vida el brillo a oscurecer;
no venga infausta a presagiar enojos,
ni amortiguar tu bello rosicler.

Chispa divina del sagrado fuego
que infundió a tu alma celestial piedad
ella es, y deja al desdichado ciego
que vaga envuelto en triste oscuridad.

¿Por qué llorar? De las pasiones fieras
tú no has sentido el devorante ardor;
siempre te halagan auras lisonjeras,
nunca te asalta el frígido escozor.

¿Por qué llorar? Un misterioso velo
te encubre aún arcanos del vivir;
tu alma es más pura que la luz del cielo,
todo a tu anhelo miras sonreír.

¿Por qué llorar? Impresa en la memoria
no llevas, no, la sombra del pesar;
gozas de un ángel la inefable gloria,
tu sueño guarda un ángel tutelar.

Mas ¡ay! que veo tu pupila ardiente
toda anegada en lloro virginal;
mas ¡ay! que asoma en tu lozana frente
del infortunio el precursor fatal.

Dale a mi mano el enjugar tus ojos;
mas ¡ah! que vierten fuego abrasador:
y yo insensato, para más enojos,
ni llorar puedo ni sentir amor.

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