sábado, 19 de julio de 2014

CÉSAR CABELLO SALAZAR [12.402]


César Cabello Salazar 

(Santiago, CHILE   1976). Ha publicado Las edades del laberinto y Epew-Fábula. Nuevo imaginario visual de la poesía mapuche contemporánea (ambos libros publicados por Piedra de Sol Ediciones, 2008). Parte de su poesía ha sido incluida en distintas revistas chilenas y extranjeras  y en las antologías Escribir en la muralla. Poesía política mapuche (DLG Ediciones, Argentina, 2011), Memoria Poética. Reescrituras de La Araucana (Cuarto Propio, 2010), Los cantos ocultos. Antología de la poesía indígena latinoamericana (LOM Ediciones, 2009), La memoria iluminada. Poesía mapuche contemporánea (Cedma, España, 2008), Nueva Poesía – Selección 2005 (Editorial Nueva Poesía, Santiago, 2006). Ha obtenido los importantes reconocimientos por su obra poética: Premio Mejores Obras Literarias, Consejo Nacional del Libro y la Lectura (2010), con el libro Industrias CHILE S.A., Premio Eduardo Anguita (2006) y Premio Jorge Teillier (2000), así como la beca de creación del Consejo Nacional del Libro y la Lectura (2007). Dirige la editorial “Piedra de Sol”. Actualmente prepara la publicación de Paisajes nómadas. Nuevo relato poético visual del sur de Chile.






“Hay caballos solos
y hay hembras de caballos desaparecidos
Hay familias negras y feroces
que hablan de sus cartas
                                               y las muertes del ganado
    Y hay el hijo único
    Un pequeño dictador
                                    colgando 
                                                 en mis testículos
Entonces todo se ilumina con una gran res asada
    Y el eunuco llamado “La Ilusión”
    nos muestra las encías
                                     y el castigo de sus dientes
    Porque así le estaba escrito / porque así le fue dispuesto
    el dios entre sus labios.”






En el País Nocturno y Enemigo.

Una vieja farola cuelga de las patas de los animales
            y un negro adivino canta
                                   las huesas que sostienen
                                                           la sangre y el dolor
                                   El misterio yace ahí
                                   perdido en la ceniza
                        En dos águilas que humean
                                               el ánima y los bosques
En el país nocturno y enemigo
la luna que obscurece
                                y
                                  desciende
                                                en mi memoria:





Ruinas de una ciudad inventada IV.

Arrastro como un crío mi cabeza rota
la bolsa de mi padre y el cóndor del resentimiento
            Quién soy / la sombra del botero
            en los mares obscuros
                                   o el negro espantapájaros
                                                           que asoma entre las piedras
Veo el peso de la tierra húmeda en los animales
las horas castigadas
                              y el surco de mis dientes
            Un lugar / un lugar donde reposen
                                                           estos huesos
                              para el fuego de tus noches
                                                                           o de los perros felices.





FRAGMENTOS DE "INDUSTRIAS CHILE" 


DISCURSO DEL PRESIDENTE Y CAPITÁN DE INDUSTRIAS CHILE S.A.


               ANTONIO ROMANO MONTALBÁN
               EN EL ACTO CONMEMORATIVO DEL BAUTIZO Y ZARPE
               DE LA MENTADA EMBARCACIÓN.


Camaradas e Indigentes de Chile:

Saludo a los lienzos y pancartas navales que se encuentran en esta concentración. Saludo a los familiares y amigos de los que hoy parten. Saludo a los sin Patria, a las banderas negras de los partidos y movimientos políticos que participan del bautizo y zarpe de Industrias CHILE S.A. Saludamos a los viejos despostadores y arponeros de los libros de Melville y Salgari, que se han sumado al difícil negocio de levantar un país flotante, en altamar. No somos un barco fantasma ni los restos materiales de un navío extraviado y sin norte. Somos más reales que el hueso y la calavera que –a tiro de cañón y espada- impusieran en nuestras costas la piratería inglesa y otros buques de terror. Somos más modernos, jóvenes y, de verdad, estamos más locos. Créannos.                                                                                 
En el año de La Rata –para los chinos- sentimos la ausencia de alguien que siempre estuvo junto a nosotros: la destacada bibliotecaria y maestra normalista doña Isabel Ramos. Sin su delicada asistencia e intercambio de libros de literatura infantil y adolescente, esta empresa no hubiera sido posible. Su voz ronca y fríos modales permanecerán para siempre en nuestros corazones, como ese poema de Perse titulado “Para conmemorar una infancia” (a veces mal traducido como “Palmeras”), en el que un mozuelo, en edad de merecer, recuerda los endiablados muslos de las sirvientas negras que trabajaban en su colonial casa de padre diplomático. Dos cosas aprendimos de la lectura de ese retrucado poema señorial que Isabel Ramos nos encajara en la memoria: la primera, a configurar una conciencia de clase, marginal y libresca (todos éramos hijos o hermanos de sirvientas o empleadas de aseo recién llegadas a la capital); y, la segunda, a ocupar el resentimiento como un combustible necesario para nuestras lecturas y escritos venideros. Esto se trata de un viaje por la memoria y la alucinación, hasta ese lugar inhabitable en que un día comenzamos a escribir y a ser vistos como literatura.      

Es cierto que muchas veces nos aprovechamos del descuido y la desorientación de la Sra. Ramos, robando libros de los estantes de su pública biblioteca, donde ella las emprendía de guardia, prestamista y jefa de local. Es a ella quien agradeceremos las páginas de viento favorable y presas gordas que saquemos de este viaje imaginado, pero también la injuriaremos las noches de calabozo y pesca estéril. Como buenos hijos de la desgracia americana, nuestra gratitud es siempre a la conveniencia.     

También recordamos la conversación con los ancianos del barrio, quienes, a cambio de un  saludo o la entrega de medicamentos, inspiraron muchas de las historias y poemas compilados en este infierno flotante. Les brindamos nuestro apoyo y respaldo, no al modo de las católicas y adineradas familias de Chile, las que siempre han tenido un cuarto reservado para la servidumbre y los parientes molestos, sino que con el mismo respeto y admiración que alguna vez sentimos por las palabras de los mayores: “ustedes deben enseñar a sus niños que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos”, nos decía el Jefe Seattle, en una carta enviada al Presidente de EE.UU., en 1855.  

Hemos dicho que no nos gusta el Chile actual, del que dinamitamos y cortamos un buen pedazo de territorio, donde hemos fundado nuestra patria-industria. El problema de Chile no es su realismo exacerbado ni su curia poética, es la mantención de un discurso unívoco que nos obliga a seguir fabricando libros como estos, más emparentados con el mundo de la metafísica que con el de la política, que es donde debiéramos estar. A falta de una tribuna más amplia solo aspiramos al desmantelamiento de la voz de mando, dejándola incapacitada para fiscalizar y aplicar normas de civilidad en las cloacas y los extramuros de la ciudad.

Invitamos –entonces- a quienes quieran acompañarnos en este viaje sin destino seguro a encaramarse en este buque de sombras, cuidando de mantener el contrapeso y no cargar mucho el navío hacia un solo lado, para que no se hunda su delicada arquitectura, hecha de papel y materiales ligeros.

Ahora es tiempo. Todos juntos. Por Industrias CHILE y el descalabro moral.    



2.

Como una cocinería humeante en medio del Pacífico,
como una gran pira funeraria sobrevolada por buitres
y otros diablos alados de poca monta,

nos despedimos del país que vio
cómo los ojos nos sangraban.

Éramos como un demonio hinchado
con un perro adentro
como una sombra ardiente
a la que le sale un títere de fuego 
por la voz.

Éramos arcanos peleando una palabra.

Celebrábamos los Carnavales de la Muerte,
            acuchillando húngaros o perros que colgaban
vivos en arpones. 
                                              
¿Elegiríamos la luna o al capitán de este navío? 

Ese idiota soy yo y me presento:
           
Antonio Romano Montalbán, me llaman
en los carros alegóricos y en las enfermerías.   
           
Una piedra y una estrella de David                                                                    
me cuelgan de la infancia
                                         como un rayo triturado
                                         o las piernas del Señor molidas
      a palos, 

símbolo que une a los primeros navegantes,
carnaval y remolinos en las aguas de Noé:

SABRÉ CAPITANEAR TU NAVE DE MONTE EN LA CENIZA
SABRÉ LLENAR LAS URNAS CON UN CORAZÓN NUEVO.    





6.     
               
Mi nombre es Derek Walcott, natural de Las Antillas,
un shabine caído en la goleta Trinidad.

No soy un ángel que posa sus mulatas manos en cubierta,
el albatros dócil al que los marinos espantan como a un pájaro
demasiado lírico y de sueños extravagantes.

Estoy aquí para ofrecerte la cartografía del triunfo, Montalbán,
la alambrada justa, que va desde tu respiración de indio
hasta el oscuro cementerio que has creado
en las hojas de este barco.
                                     
Estas son tus sangres. Eres impenetrable como un río
de dragones muertos, un señor feudal que vigila
la única abadía entregada a los demonios.

Toma posesión del cuerpo que reclamas esta noche,
endereza la espina dorsal hasta levantar a un carnero
por encima de las ciudades más altas.

Cuida la ortopedia de tu pierna izquierda,
para que no echen raíces los álamos o el notro infectado
de fatales insectos.

Ya estás hecho un hombre, puedes hablar por ti mismo.
El mar es la historia, el resto del viaje
tu voz o la muerte.




Entrada al NOMETULAFKÉN
Crónica del Centauro


8.

Antes de que fueran símbolo del animal mestizo o Hércules los cazara en las montañas de Tesalia, sus sangres anunciaban las de Romano Montalbán. De pequeño había aprendido a erguir el cuerpo, abrirse paso entre las sombras como un bruto desbocado y de infernal destino. Por eso no extrañó la noticia de su muerte:
una mariposa negra, hecha de papel y arcanas sepulturas, a veces no resiste la furia de los vientos.



9.

Contemplamos las heridas del caballo de las aguas,
su respiración entrecortada, allá abajo, en las profundidades,
no la oímos, pero sabemos de su danza y del corto apareamiento.

Macho y hembra se unen en un ritmo sigiloso, atan sus colas
como si de ello dependiera la idea de la música.

“Agréguese la zarpa, con su crueldad envainada en la caricia”,
los ojos del centauro que vigila para asestar el golpe.

Ellos danzan y el amor renueva el mar entre estas sombras.
No lo oímos, pero sábalos y tiburones se precipitan
atraídos por la sangre. 
                                                       
       =
¿Quién habla? ¿Quién molesta al cuervo
                                                           en su trono de difunto? ¿Qué remero burla
                                                           la noche de mis aguas?                                                                        
                                              

10.

¿Adónde van sus barcas arrastrando el lecho
de olivo de mi padre? ¿A dónde va su cuerpo untado
de aceites que conservan las rodillas intactas
para la oración de la mañana?

¿Quién lo carga como si fuera una estatua de carbón?

¿Un perro negro al que le han cortado las orejas
para que vigile el mar y la caída
de un signo transparente?
      No son sus naves entrando
      al mundo de los vivos.

La roca del abuelo Huenteao
que imita la postura del joven llamado Cuervo.

Murió tu padre, me avisan en la madrugada.

Y yo invoco las esquinas de un país de sombras,
el puerto donde los parientes zarpan
cortando sus genitales.

Desde ahí llegan sus almas en retiro,
             la respiración del monte, ese innombrable de mil años.




Isabel Ramos


Se te fue la noche contra las puertas de la casa,
el animal que elegiste decidió morir sobre tus huesos.

            Ahora comes el arroz blanco de las hechicerías,
            la presa muerta que destripan dioses infantiles.

            Si fueses hombre hablarías en mi entierro, Isabel.
            Andarías, por ahí, clavando cruces y robando el oro                                         
a las avispas.

                                               Y no hay libros, un solo barco parte
                                               con tus pocas pertenencias.

            Si fueses hombre, Isabel,
            no velaría este cajón mudo o echaría al mar
            tus candelabros,
                                      vendría a recoger
                                      los peces muertos del estanque.

            Hoy ocupas el lugar de las esposas maldecidas,
            esas que se obran o esculpen en su cara                                                            
la angustia de las piedras.

Vete ya, Isabel:          los cuervos han pasado
                                   sin sonajas ni plegarias. 




Tiresias

15.

Si una crisálida irrumpiera en medio de esta página
y de ella escapara la ceniza que gobierna
un reino de sombras
¿podrías encastrar al insecto
que consigue sus formas en la luz?

¿Trazar el mapa de su navegación sin hacerlo chocar
contra los árboles o las paredes que edificas
para tu vasta oscuridad de sonámbulo?

Piensa en la caverna y en un dios que accede a liberarte.

Tú estás hecho de la misma materia de los sueños
eres un injerto de las profanaciones y la noche.

Por eso temes despertar     prefieres la vigilia
del hombre entregado a las Tinieblas.

Estás cómodo y la luz te roza como un agua impura.

Aún así caminas y sobrevives a los golpes
las caídas se suceden con cada caserío rama o imperio
que se levanta sobre el mundo.

Entonces vuelves al mismo cajón a ocultarte
a fingir tu muerte como si nunca hubieras nacido.

Las cosas que rodean tu cuerpo te reconocen
pero la fantasía de ser una de ellas te ciega
para siempre.      




Para una comunidad imposible:
sobre Industrias CHILE S.A. de César Cabello S. 
Por Manuel Illanes

  

“La creencia popular del Uno: la patria, Dios y la poesía”
Espíritu de trabajo, Cesar Cabello

El arribo de la modernidad a América Latina ha conllevado una serie de desafíos que, desde el mismo momento de la llegada de los conquistadores al continente, se han ampliado hasta convertirse en piedras de tope para la construcción de una identidad propia. Uno de los conflictos todavía irresolutos para la formación de este pensamiento latinoamericano es el desarrollo de un discurso que sea capaz de aunar la tensión existente entre los elementos impuestos a la fuerza por los colonizadores europeos y aquellos rasgos que serían parte de una raíz autóctona: la búsqueda de este lenguaje se hace patente a partir del trabajo de las vanguardias en las primeras décadas del siglo XX, encontrando en J.L. Borges a uno de sus representantes más destacados en su obsesión por establecer el diálogo de ambos márgenes, y desde ese momento halla eco en las obras de los principales autores del continente.

Industrias CHILE S.A. se sumerge dentro de este esfuerzo por aprehender las raíces últimas del ser latinoamericano de una manera subversiva: Cabello toma como base el discurso que idealiza el pasado indígena e introduce la ironía y el sarcasmo dentro de este contexto de “mundo intocado”: “A veces pienso, hermano, que los poetas mapuches somos como esos pequeños difuntos de los que nadie se quiere hacer cargo: a un lado, la raíz, la memoria  y el hospicio; al otro, la fuente ajena de la que bebemos para transformarnos en hombres en busca de una piedad dudosa ¿Has visto la miseria a la que llaman algunos de nuestros versos? ¿El llanto que precede, incluso, a la poesía? (…) Yo no creo que haya que morir tres veces o vestir de fiesta en la desgracia: aquí no hay inteligencia, sino una compasiva vocación de hablar por otro y lamer sus heridas como si fueran las nuestras” (Epístola, pag. 56). El escepticismo que presenta el hablante con respecto a la posibilidad que tiene la poesía (y en este caso, un género específico de poesía, la poesía mapuche) para exhibir los conflictos y vaivenes de la comunidad completa es parte de una estrategia mayor que adopta el texto para romper con el binarismo del tipo “blanco/negro” que este mismo discurso propone: “Esto puedes observarlo en las marcas que punzan nuestras escrituras, como opuestos o soluciones fáciles de dos mundos que no terminan nunca de encontrarse (…) me pregunto, hermano, si habrá un mundo más allá de estas dos opciones? Escribimos usando las armas de los victimarios, reflejándonos en ellos para negociar un cuerpo o una identidad falsa” (Epístola, pág. 57). En ese sentido, Cabello utiliza la fábula de una aldea indígena que vive de la venta de los huesos de sus antepasados como epítome de esta identidad falsa o postal (en tanto reduce sólo a dos polos) que se vislumbra en mucho de este discurso indígena y apunta a su impostura a través de una serie de reflexiones metapoéticas: “Yo escribo con esta pulsión, no creo en la herida ni en el idealismo mapuche que, hasta antes de la llegada de los colonizadores miraba desnudas bañarse a las hermanas / con manojos de quillay en el arroyo, sin sentir deseo o impulso de la carne. O la dignidad amorosa y compasiva con que se tapa la miseria y el despojo de los campos. Lo suyo es el adorno y la celada, la palabra india vaciada de sentido.” (La vida en tierra, pág. 67).

Este desligamiento respecto al discurso indígena tiene su réplica a un nivel más amplio en la distancia que adopta el hablante de Industrias… respecto de la noción de “patria” (“Mejor retírate y deja tus huevos en los libros de ciencia, / así comprenderemos que la literatura es injusta, / que no existe una patria ni seres maravillosos”, Mito elegía del cóndor, pág. 15). Desde un primer momento, el texto presenta la geografía fracturada de un país que está constituido por retazos en ruinas como escenario central de las historias y relatos, un lugar donde no existe autoridad o punto de referencia: “Entonces capitán, ha visto  a mi país flotando entre sus ruinas? Festejan las palabras: el amuleto de los locos. La ciudad es nuestra, reclaman los ancianos que han venido al norte a morir en sus alcobas. Un solo jabalí nos basta para alimentarlos. Pero ya es tarde, los viejos presidiarios acabaron con todo.” (Las tierras imaginarias, pág. 116). En uno de los mejores poemas del conjunto, “Un lugar de sangre”, se define esta “patria” (y el territorio que ella tendría que ocupar) como el cruce entre la ficción y los fragmentos de una nación indígena ya desgarrada y caduca: “Hasta ahora hemos creado / un lugar de sangre, / es decir, un pueblo / lleno de fantasmas / y de historiadores lúgubres que trafican / con las almas de los indios” (Pág. 48). Este topos que se funde y separa del Chile real sería, de acuerdo a esta perspectiva, una construcción imaginaria en cuya elección el discurso poético tiene gran importancia: de ahí los poemas dedicados a Alonso de Ercilla y La Araucana, que constituirían una primera manifestación de este “Chile heroico”, el doble ilusorio del territorio devastado que se dibuja en el texto: “A ti te di un país, un teatro de sombras / un lugar donde pasear tus críos carcomidos / por las aguas (…) Yo te di un país, tú la letra virgen /  de tus cantos de extranjera” (Alonso de Ercilla, pág. 87). Es contra este mito de Chile, fundado ya desde La Araucana misma, contra el que Industrias… se alza: “Hemos dicho que no nos gusta el Chile actual, del que dinamitamos y cortamos un buen pedazo de territorio, donde hemos fundado nuestra “patria-industria”. (…) A falta de una tribuna más amplia sólo aspiramos al desmantelamiento de la voz de mando, dejándola incapacitada para fiscalizar y aplicar normas de civilidad en las cloacas y extramuros de la ciudad” (Discurso del presidente y capitán de Industrias Chile S.A, pág. 9). La propuesta de sería entonces la de presentarnos la verdadera cara de este territorio, a todas luces, fantasmal, “país ahogado y fronterizo” en que habitan sólo muertos y sombras: en dicho sentido nos encontramos con un texto como Nometulafken (palabra mapuche que alude al lugar al que viajan las almas de los mapuches fallecidos) que da cuenta de la calidad de “descenso a los infiernos” que tiene gran parte del texto: “Otra tierra , otros reinos lúgubres que atraen a los peces. Hasta allá los siguen los marinos mercantes, la industria de los frigoríficos que ha echado su raíz en las Tinieblas (…) Son vastas llanuras, seres de carbón esculpidos en la niebla” (pág. 120).

Los puntos antes enumerados, si bien filian o emparentan a Industrias con una problemática acorde a nuestras latitudes, no limitan las distintas modulaciones que el texto propone: se podría afirmar que Industrias… escenifica todos los conflictos que surgen en cada una de las zonas en que el Capital se manifiesta, en su intento de suprimir la multiplicidad y reducir la tierra a despojos (como muy bien se refleja en “Colección” donde se nos muestra la rutina de un prostíbulo regentado por el padre de Antonio Romano Montalbán, protagonista de la obra de Cabello: las prostitutas que trabajan en dicho prostíbulo-barco, viven también en él, hecho que da cuenta de la pretensión del capitalismo de identificar de manera absoluta vida con ganancia); en tal sentido, la invocación a Derek Walcott no es casual en tanto revela el esfuerzo realizado en el texto por ampliar sus rangos de significación y buscar ecos de esta denuncia contra el Capital más allá de los límites de nuestra lengua; es apelando a este gesto –que en última instancia podemos denominar político-, a esta escritura del desastre, si seguimos a Maurice Blanchot, donde Industrias… alcanza una fuerza extraordinaria: en su afán de construir desde las carencias y las mutilaciones esa comunidad imposible que la modernidad sigue negándonos.







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