jueves, 3 de julio de 2014

ATALIVA HERRERA [12.156]


Ataliva Herrera

Ataliva Herrera (Córdoba, 2 de junio de 1888 - 6 de noviembre de 1953) pertenece a los escritores y poetas argentinos que se inspiraron en la naturaleza, el folclore y la cultura nacional. Su obra literaria fue importante por su estudio de lo autóctono.

Ataliva Herrera nació en la ciudad de Córdoba, el 2 de junio de 1888. Era hijo de Severo S. Herrera e Isolina Cáceres Cano. Pasó su infancia en el pueblo de Cruz del Eje, donde cursó sus estudios primarios. Allí vivenció el paisaje y la cultura lugareña que lo marcaron para siempre.

Sus primeros éxitos poéticos los gana en Córdoba en 1904 y 1906, con las obras Mis Noches y Canto al Arte. Rinde libre el bachillerato en el Colegio Nacional de Monserrat en 1907. A los 20 años conocía los clásicos en su idioma original.

Se casó con Eva María Castro Nieva, sanjuanina, y tuvieron dos hijos: Eva Yanatilde, y Luis Fernando.

Siguió cursos de Humanidades en el Seminario de Loreto, de Córdoba. Estudió en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, de la Universidad Nacional de Córdoba, concluyendo sus estudios de abogado en 1913, especializándose en Derecho Penal. Fue profesor en educación secundaria y universitaria. Se desempeñó como magistrado en cargos de importancia.

Actuación profesional

Fue profesor de Letras en Mendoza, Córdoba, Buenos Aires y Adrogué, provincia de Buenos Aires, hasta 1946; profesor de Derecho Penal en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional del Litoral, y Decano de la misma hasta 1944. Durante el mes de septiembre de 1944, fue Rector Interventor de esa universidad.

Inspector Técnico de Enseñanza del Ministerio de Educación de la Nación, desde 1936.

Fue Juez de Primera Instancia en la Provincia de Corrientes (1918); fiscal, Juez de Primera Instancia, Procurador General y miembro de la Suprema Corte de Justicia de la Provincia de San Juan (1915-1917 y 1932-33); Juez del Crimen en la provincia de Mendoza (1919-1926); miembro de la Suprema Corte de Justicia de Mendoza (1926-1927), y su presidente (1927-1928).

Miembro correspondiente de la Academia Nacional de la Historia, y de The Hispanic Society of America, de Nueva York; miembro honorario de las Juntas de Estudios Históricos de Catamarca y Salta; perteneció a la Academia Literaria del Plata y al Círculo de Escritores Argentinos. Fue miembro del Consejo Municipal de Cultura de la ciudad de Santa Fe.

Uno de sus logros fue la colonización del Valle del Zonda, en San Juan.

Obras publicadas

El Poema Nativo (1916) – Premio La Prensa.
Las Vírgenes del Sol (1920) – Premio Nacional de Literatura1 – Sobre libreto de este escrito extractado por Ataliva Herrera, Alfredo L. Schiuma compuso una ópera homónima, estrenada en 1939 en el Teatro Colón. Ataliva Herrera ofreció antes su poema a Enrique Mario Casella (1891-1948) para que fuera musicalizado. Esta primera ópera "Las Vírgenes del Sol" con música de Casella fue terminada en 1927 pero nunca estrenada, salvo algunos fragmentos.
Un precursor del Teatro Nacional (1921).2
Paz provinciana (1922) – Premio La Prensa.
Amor y Virtud, drama en tres actos de Pedro Echagüe.3
Bamba, poema de Córdoba colonial (1933).
La Iluminada (primer auto sacramental argentino) – (1934).4
Fueron sus admiradores Martiniano Leguizamón, Arturo Capdevila, Juana de Ibarbourou, Joaquín V. González y José Ingenieros; también fue admirado en Europa y Estados Unidos por sus dotes literarias.

Fue colaborador de los diarios: La Prensa, La Nación, La Razón y El pueblo, de Buenos Aires; Los Principios y La Voz del Interior, de Córdoba.

También colaboró con revistas, como Caras y Caretas, El Hogar, Atlántida, Estudios, de Buenos Aires.

Falleció en la ciudad de Córdoba el 6 de noviembre de 1953. Una dolencia cardíaca lo llevó a la muerte, siendo sepultado en el cementerio San Jerónimo.


Bamba

(Poema de la Córdoba Colonial)

El Suquia penetra en el recinto
de la ciudad por humildosa huella;
y va ciñendo el solariego plinto,
como se enrosca un argentado cinto
por el talle gentil de una doncella.

Bajo el gran quitasol de la sauceda
el agua se asosiega en un descanso;
se enrosca en una vibora de seda;
lame humilde los bordes de la greda
al declinar la tarde,en el remanso.
El corazón del agua transparente
se estremece en reconditos ensueños,
adormecida, cruzan por la frente
del cristal, en desfile mansamente,
las vagarosas nubes de sus sueños.
Llega al bano María Magdalena:
desceñidas las claras vestiduras,
libre cimbra su cuerpo de azucena;
y en la húmeda frescura de la arena
deja su blanco pie las huellas puras.
El agua ondea en trazos de culebra
So el umbroso sauzal tornasolantes.
Y Magdalena entre sus dedos quiebra
la cristalina red, hebra por hebra,
como cortando sartas de brillantes.
Se arroja al agua: en alas palpitantes,
sus brazos rompen vidrios azogados;-
se envuelve en los cristales centelleantes,
y, rotos mil collares de brillantes,
lanza puñados de astros fragmentados.
La hamaca de cristal la balancea
y al goce intenso del frescor sonríe.
Tendida en la corriente,chapotea;
se zambulle; su trenza culebrea
y en la onda confundida se deslíe.
De cara al cielo, por el aura aspira
las sutiles fragancias del poleo,
alegre, a pulmón lleno respira;
es una rozagante fIor de achira,
que trae el agua, del cerril paseo.
Por los canaverales de la orilla ,
que empenachan su airón de pluma blonda,
el ojo de inquietud de Bamba brilla
cuidador de pura maravilla,
suspensa entre los brazos de la onda.
El corro de las negras lavanderas,
chafando con los pies la hierbamota
de la orilla, alza espumas volanderas
de jabón sobre la cabeza mota,
cantan sus lenguas bolas y parleras:
“La Virgen lavaba
Los siete panales;
José los tendia
en los romerales …”
La algarabía cesa de repente.
Una negra le apunta a la doncella:
-Niña, s’está entulbiando la coyente.
-Es porque tú te has asomado a ella.
-¡No, niña! ¡la creciente! ¡la creciente!…
Magdalena jugaba y no advertia
la hojarasca picada que venia,
nunci0 de la crecida de la sierra.
Rodando troncos, lánzase bravía
la punta de agua con gredosa tierra.
Toda la chusma horrorizada grita:
-¡Socorro! ¡Salvación para la amita!…
Nadie se anima al agua furibunda.
La niña nada; la ola se encabrita
y la sumerge en la hoya mas profunda.
De golpe, aún vestido, se echa al río
Bamba en un imprudente desafío
a la creciente, que lo arrolla todo.
Cobra a la amita; tráela al bajío,
fIor de la cumbre entre revuelto lodo.
Comentó la cocina el sucedido,
de noche, mientras el fogón enciende:
-¡Si no es Bamba, ella hubiera perecido!…
-¿Quién Ie enseñó a nadar a ese bandido?…
-¡No en balde dicen que es hijo del duende!…

Extraído de Album poético de Córdoba, Armando Zárate. Editorial Comunicarte. 2007




El Poema
 

Ataliva Herrera (1888-1953)

La leyenda sobre “Bamba“, fue llevada a un extenso poema de doce cantos. El drama se desarrolla en la Córdoba colonial y zonas aledañas, a mediados del siglo XVII.


PRIMERO son dos lágrimas que llora
La cumbre virginal de las montañas.
Hilos de luz, la linfa bullidora
Deja un canto sutil de reina-mora
Por entre los símbolos y espadañas...


Así comienza este poema. Cuenta que el Capitán de las fuerzas españolas Tristán de Allende, hermano del regidor Juan de Allende, conoció en una expedición, a una india de nombre Dominga y de un encuentro amoroso a orillas del río Saldán, nació un niño al que llamaron BAMBA .
Fue ocultado el origen del niño mestizo y Juan de Allende, con el correr de los años,  lo adoptó como sirviente. Tristán prosigue sus campañas contra los indios y a causa de un enfrentamiento con el Cacique Playón, muere en Cruz del Eje.  Con los ejes de una carreta hicieron la cruz de su sepultura.


…Yo nací al arrullar de tu Suquía
¡Oh mi clara ciudad de las campanas!
Me obsesionó de azul tu serranía,
 Y luego, tu nativa poesía
Puso en mis ritmos miel de lechiguanas...


María Magdalena era una hermosa doncella, hija del Regidor y Doña Engracia que estuvo al cuidado de Bamba, unos pocos años mayor que ella y que en definitiva era su primo hermano.
La bella joven se enamora de Gaspar de la Quintana que había ido a estudiar al Colegio Monserrat y tenía como tutor a su tío Don Juan de Allende.
Gaspar, se recibe en la Universidad y en medio de los festejos declara su amor a María Magdalena. Bamba que oculto escuchaba, se dolía mucho al saber que el joven mantenía relaciones amorosas con una viuda llamada Ágata Mansilla y pensó que debía defender a su amita de este engaño.
Al terminar la fiesta lo sigue a uno de los barrios de extramuros que frecuentaba  Gaspar, lo provoca y lo mata. Bamba huye raudamente, antes del amanecer, en potro robado, hacia las sierras del sur, en busca de un lugar inaccesible para la justicia, que pronto se pondrá en marcha.
Habrá un pacto  con una bruja en una Salamanca, pero su visión del crimen y el sentimiento de su adorable Magdalena lo persiguen, lo desgarran.
Aprovechando una noche  de tormenta, se dirige a la casa del Regidor y en coincidencia con un atronador rayo, rompe la puerta, se dirige al dormitorio y rapta a Magdalena, quien al ver a Bamba se desmaya.


…Ella, entre sueños lanza un alarido,
Y se contrae de terror su boca.
Es el lirio tronchado, sin sentido.
Su leve cuerpo está desfallecido
En los brazos más duros que la roca…


Se deja llevar hacia la montaña sin oponer ninguna resistencia y comienza de esta manera una nueva vida.
Nacerán cuatro hijos, Magín, Crespín, Delfín y un niño ciego, quien desencadenará, finalmente, el drama de Bamba.
“La flor del Lirio-lay” era buscada por los tres hermanos para la cura del niño ciego. Delfín, el menor, la encontró y sus hermanos enceguecidos por la envidia lo mataron a garrotazos, enterrándolo cerca de una vertiente, la cual, se tiñó de color oro. [hay una población llamada Agua de Oro].
Los dos hermanos siguieron andando, cuidando la flor y deseando íntimamente, cada uno, ser el que tuviera el honor de entregársela a su padre. Exhausto, Magín se duerme y Crespín lo tira a un profundo pozo, respondiendo a los angustiados gritos de su hermano: ¡Sal, si puedes!, ¡sal, si puedes! [hay una población con ese nombre]


…Por eso el Pozo Verde de aguas muertas
Desde el fondo siniestro da un sollozo,
Que sube hasta las márgenes desiertas;
Las pupilas del muerto siempre abiertas
Claman piedad en el sonoro pozo...


Crespín no regresó nunca con la flor. Conoció a Rosa, la hija de un adinerado estanciero. Se casó con ella, pero al descubrir que le era infiel. La subió a la punta de un altísimo árbol, al cual le cortó todas las ramas, para que no pudiera bajar nunca más. Rosa murió de hambre y se transformó en el canto de un pájaro llamando eternamente  a su amado esposo “¡Crespín!,.. ¡Crespín..! [leyenda de Santiago del Estero].


…Crespín contó su caso en los confines
Cerriles, al calor de los fogones.
Rosa, en cruza con pájaros afines,
Dejó su descendencia de crespines
Por todas las selváticas regiones…


María Magdalena y Bamba, esperaron en vano a sus tres hijos que nunca retornaron, sin saber la causa de lo ocurrido.
Un día salieron en la búsqueda de alimento que consistía en huevos y pichones que anidaban en las barrancas. Bamba  se ataba una soga a la cintura y Magdalena en lo alto, la sujetaba.  El niño ciego que estaba jugando con el perro “jazmín”, se acerca peligrosamente a la barranca. La madre al querer salvarlo, suelta la soga de la que pendía la vida de Bamba, quien cae estrepitosamente al fondo del barranco, empurpurando la amarilla tosca. 
Magdalena llena de pena, regresa a la cueva y en los albores del nuevo día su hijito ciego había muerto. Lo llevó al cerro nevado, lo puso en una canasta, lo colgó de un árbol y la madre naturaleza lo transformó en la “flor del aire “.
Una comisión policial que buscaba a Bamba, creyendo que todavía vivía encontró a María Magdalena y la llevó a la ciudad. Cuando llega a casa de su padre, éste la estrecha “entre sus brazos viejos, temblorosos, herido el corazón de gozo y pena, cayó muerto ante el ruedo de curiosos”.
Magdalena fue perdiendo la razón y fue llevada al Convento de Santa Catalina, al norte de Córdoba,  y en una Semana Santa, mientras Fray Luis de Tejeda oficiaba misa se sintió un aterrador grito. Había expirado María Magdalena. Al día siguiente fue enterrada y en el huerto, una hermana descubrió una avecilla blanca con las puntas de las alas negras. A ese pájaro, que habita en las sierras cordobesas, le  llaman “monjita” o “viudita”. Su blancura representa el alma de María Magdalena y las manchas negras, sus pecados terrenales.


El poema termina con estas estrofas:
…Entonces virginales, argentinas
Las voces de las monjas catalinas
Entonarán mil cánticos de hosanas;
Y tocarán las músicas divinas
A gloria en la ciudad de las campanas.


Los hechos

“El episodio generador de la leyenda existió. No hay ninguna duda. La presunta conmoción social que él produjo, se agrandó con el pasar de los años. Pareció existir un tácito pacto entre quienes escribieron en la época que, se sospecha, aconteció el episodio, para no hablar de él. Es un silencio que ayuda a la deformación del hecho y de quienes en él intervinieron”, dice , con respecto a los acontecimientos que inspiraron al poeta , el eximio historiador Efraín U. Bischoff, producto de una minuciosa investigación.
Que existió el personaje, no hay dudas. Los documentos de 1840 del pleito de los Allende y los Cabanillas, así lo atestiguan. Además seguro era negro y esclavo, como se pudo documentar.
La “Quebrada de las Uvas”, la “Huerta del Negro“, hacían alusión a la morada del Bamba, que la ubican unos trescientos metros al norte de la estación 

Casa Bamba del ferrocarril que unía Córdoba con Cruz del Eje, en la proximidad del río Suquía.
El escribano Alberto Allende Iriarte, en carta al diario “La Nación”, en 1984, decía: “Los personajes fueron seres de carne y hueso que protagonizaron una historia verídica, romántica, que llevó a Ataliva Herrera, a realizar un maravilloso poema de la Córdoba colonial, “Bamba”, y agrega “no tener duda que la niña Allende existió. Yo, a la edad de diez años, en la calle Tucumán 26 (Córdoba) venerable casa de mi tía abuela Flora de Allende, con quien viví un año en Córdoba, oía extasiado a esa viejecita de 90 años, contarme la historia auténtica que había oído de boca de su abuelo, el coronel Faustino Allende, sobre el rapto efectuado por “Bamba”.
Con el fundamento de un minucioso rastreo genealógico, afirma que a su entender, el regidor a que hace alusión el poema fue  “Felipe Santiago de Allende y Loza, y que la hija en cuestión sería “María Tomasa”, y añade: “Si el autor del romance de Bamba, por respeto, no puso el nombre de pila del regidor, es de suponer que por iguales razones haya deformado el nombre de pila de la niña”.





... Y sobre el suelo, junto, muy juntos quedaron los cuerpos de dos valientes, el del Cacique Olayón y el del Capitán español Don Tristán de Allende. La carreta rompió, y allí, se enterró al capitán. Del eje partido, se hizo la ... CRUZ DEL EJE.


Su Leyenda.

Con la punta del ojo el indio otea
Lejanamente el campo que se enciende.
Empuja el sur la quemazón. Bravea
de ira Olayón y a singular pelea
lo reta al capitán Tristán de Allende.

Un lenguaraz conduce al parlamento.
El cacique, de rabia y coraje,
Tritura sus palabras contra el viento,
y al capitán, al torpe atrevimiento,
acepta en todas partes el mensaje.

En la lucha trabada mano a mano,
está echada la suerte de la guerra.
Es el choque en un duelo contra el llano
la ciudad frente a frente de la sierra.

Sobre un clavo del bosque, en una playa,
es el lugar del singular combate.
A los heroicos émulos soslaya
el sol. Cada jinete está en su raya;
se embisten ya los dos con rudo embate.

Estirado el corcel, firme la lanza,
encuentro colosal de dos leones
feroz el uno contra el otro avanza.
Chocan, ebrios de indómita pujanza,
alzados en dos pies los redomones.

Fuerte la lanza en los robustos brazos,
cada cual chuza al corazón, derecho.
Aséstanse dos bárbaros lanzazos:
abriendo roja boca por el pecho,
las puntas salen por los espinazos.

Cocidos por la lanza, en nudo estrecho,
los dos atravesados en el pecho,
ruedan por la embestida desmontados.
De sangre el pastizal mánchase a trecho
como cuero de tigre, ya estaqueados.

En callado estupor, cada mesnada
alza a su jefe. El gran dolor es mudo,
Tristán de Allende lanza una mirada
a los espacios. Palpa a un su espada
y espira sobre su quebrado escudo.

Divino el sol, que trágico desciende
en resplandor de gloria, de soslayo
besa el cadáver de Tristán de Allende;
y como espada ensangrentada tiende
sobre el yierto costado el postrer rayo.

Conduce una carreta al héroe amado.
El silvestre laurel coronas teje.
La carreta se quiebra en el Bañado;
y allí dejan al héroe sepultado
poniéndole una CRUZ hecha DEL EJE. 


Fragmento del Poema ¨ BAMBA¨
De Ataliva Herrera 



“BAMBA”

Poema de Córdoba Colonial
De Ataliva Herrera

CANTO IV

La Leyenda de ¨ LA CRUZ DEL EJE ¨

SUELTA las vacas, bajo el ojo garzo.
De los cerros, pastean por las lomas.
A pleno sol se hace extender el zarzo
Para secar, ya por el mes de Marzo,
Las onzas de oro de maduras pomas.


El arroyo en las guijas canturrea.
El sol se echa a lo largo del alero.
La resolana, instable, parpadea.
Y Magdalena desolada otea
La ascendente culebra del sendero.

Por la lejana cuesta de escarlata
El polvo mancha el lívido paisaje:
¡Es un chasque! En el pie de un árbol ata
El caballo. Misérrima delata
Su faz al nuncio de fatal mensaje.

Loco el chasque, refiérele a María
Magdalena la invicta valentía
De Don Tristán, el capitán que ha muerto.
Y detalla, en sus ojos la insana,
La tragedia del héroe con acierto.

Al regidor intensamente apena
La muerte heroica de Tristán de Allende.
Se inunda en largo llanto Magdalena.
Y sin saber por que, su tez morena
En lágrimas bañó el hijo del duende .

¡ CONDOR, que has presenciado en la espesura
Desde tu solio eterno sobre el viento,
La guazabara en su feroz bravura:
Di lo que tu ojo vió desde la altura!
¡Tono en rojo mayor presta a mi acento!

Bravo, adalid de los comechingones,
Olayón levantó en armas la tierra;
Y al brazo de Olayón bramó la sierra
Con fragor de torrente y aquilones
En alarido trágico de guerra.

Cortas milicias a la lid arroja
Luis de Tejada, entonces gobernante,
Para auxiliar de súbito a La Rioja,
Que clama contra el calchaquí tonante,
Nube que truena la norte, amenazante.

Y envía al capitán Tristán de Allende,
Bien apodado el rayo de la guerra,
Porque si el brazo belicoso extiende,
Tiembla a su paso la espantada tierra,
Y ha de morir o domeñiar las sierras.
Bagaje de carretas y ganados,
El pelotón de los arcabuceros
Se apresta por incógnitos senderos
A descubrir sus pechos denodados
A las mil flechas de salvajes fieros.

La caravana en marcha ya se embosca
Por la intrincada ruta, en son de guerra:
Una ampalagua arrolladora, fosca,
Sus resbalosas vértebras enrosca
Por las sinuosidades de las sierras.

En ocasiones, por la noche oscura
La punta lacerante de un silbido
Agujerea la hórrida espesura:
Es áspid de dañina mordedura
Es un indio en los troncos escondidos

El jefe, torre en hierro resonante,
En la desigual lucha los inflama,
Desnudada la espada rutilante,
A sus bravos soldados:-¡Adelante
Por Dios, por nuestro Rey, por nuestra dama!-

¡Olayón! ¡Olayón!- brama la sierra
erizada de plumas y de lanzas
¡Olayón! ¡Olayón!- grito de guerra
por quebradas y cúspides aterra
en un eco estridente de venganzas.

Bajo los toldos de la azul techumbre
Del cielo, apíñase la muchedumbre
Por los tajos de ríspidas pizarras,
Y sus flechas aguzan en la cumbre
Como afilan los cóndores sus garras.

Hierofante, adalid de la montaña,
Olayón mira silencioso el orto.
El sol, en cataratas de luz, baña
Las cimas y hondonadas. Rojo en saña,
Ruega a sus dioses Olayón absorto:

¡Dioses del monte, alzaos iracundos
en torvo terremoto, que el cristiano
en nuestra sierra pone pies inmundos!
Flecha con su ojo la extensión profunda,
Levanta el puño y amenaza al llano.

Fue la lucha: entreveros, alaridos,
Lanzazos, sangre, encrucijada. Suerte
Dudosa: flechas, vértigos, quejidos,
Atronaciones, polvareda, heridos,
Boqueadas, ayes, estertor y muerte.

Tregua: cansancio y pérdidas. Resbala
Por la noche un murciélago. Se escucha
Un ¡ ay ¡ en el descanso, contra un rala,
Bajo el poncho un soldado pita en chala.
Hay trágica zozobra. Otra vez, lucha.

Con la punta del ojo el indio otea
Lejanamente el campo que se enciende.
Empuja el sur la quemazón. Bravea
De ira Olayón. A singular pelea
Lo reta el capitán Tristán de Allende.

Un lenguaraz conduce al parlamento.
El cacique, de rabia y coraje,
Tritura sus palabras contra el viento,
y al capitán, al torpe atrevimiento,
acepta en todas partes el mensaje.

En la lucha trabada mano a mano,
está echada la suerte de la guerra.
Es el choque en un duelo contra el llano
la ciudad frente a frente de la sierra.

Sobre un clavo del bosque, en una playa,
es el lugar del singular combate.
A los heroicos émulos soslaya
el sol. Cada jinete está en su raya;
se embisten ya los dos con rudo embate.

Estirado el corcel, firme la lanza,
encuentro colosal de dos leones
feroz el uno contra el otro avanza.
Chocan, ebrios de indómita pujanza,
alzados en dos pies los redomones.

Fuerte la lanza en los robustos brazos,
cada cual chuza al corazón, derecho.
Aséstanse dos bárbaros lanzazos:
abriendo roja boca por el pecho,
las puntas salen por los espinazos.

Cocidos por la lanza, en nudo estrecho,
los dos atravesados en el pecho,
ruedan por la embestida desmontados.
De sangre el pastizal mánchase a trecho
como cuero de tigre, ya estaqueados.

En callado estupor, cada mesnada
alza a su jefe. El gran dolor es mudo,
Tristán de Allende lanza una mirada
a los espacios. Palpa a un su espada
y espira sobre su quebrado escudo.

Divino el sol, que trágico desciende
en resplandor de gloria, de soslayo
besa el cadáver de Tristán de Allende;
y como espada ensangrentada tiende
sobre el yiento costado el postrer rayo.

Conduce una carreta al héroe amado.
El silvestre laurel coronas teje.
La carreta se quiebra en el Bañado;
y allí dejan al héroe sepultado
poniéndole una CRUZ hecha DEL EJE. 


Cuentan aún la hazaña sus soldados
En el aura doliente de la sierra;
La canta el payador, de tierra en tierra;
Y los niños en corro, alborozados
Juegan al capitán que fue a la guerra:

Juguemos a la guerra,
Rataplán, rataplán, rataplán
Que pronto va a empezar.
Rataplan, rataplan, rataplan, plan, plan!
El rayo de la guerra
Fue a la sierra a pelear,
Va para los dos años:
¡ No vuelve el capitán!
Desde el alcor más alto
Lo van a divisar.
De lejos viene un chasque,
Sangre y sudor la faz.
La dama al chasque dice:
¿Qué nuevas traerás ?
el chasque le responde,
que apenas puedes hablar:
a las nuevas que traigo,
tus ojos llorarán.
Con el crespón más negro
Tus ojos cubrirás.
¡ El capitán ha muerto ¡ 
Lo fueron a enterrar.
Siguiendo la carreta
Sus oficiales van.
Uno lleva su lanza,
El otro su alazán.
Subiendo por la sierra
El carro se quebró;
Y allí lo sepultaron
Sin darle bendición.
La Cruz, hecha del Eje,
Al frente se plantó.
Cantaba una calandria
Encima de un mistol.
Volar vieron su alma
Entre un cardón en flor.
Todos besan la tierra
Transidos de dolor.
Del suelo se levantan
Al doble del tambor,
Cantando las victorias
Que el capitán ganó.

¡ CRUZ del Eje: recuerdos de la infancia!
¡ Soñar entre tu clara serranía !
¡ Sobre mi alma, aclarecida estancia,
tu flor del aire derramó fragancia
y se llenó de azul mi fantasía !

Perfumada en retama y en jarilla,
Recostada la verdor de suaves lomas,
Tu abriste a la celeste maravilla
Mi visión: ¡ eras límpida, sencilla,
Ojos garzos de rústicas palomas !

Muchas tardes, sentado en una peña,
Oía el son lejano de clarines,
Que gime el viento en la nativa breña;
Y una nube cubría, arriada enseña,
Las sombras de los muertos paladines.

Brindabas luz de embriagadores vasos:
Mi inspiración hendía el horizonte,
Ceñida, en tus románticos ocasos,
De alas y nubes de impalpables rasos,
En busca de otros cielo y otro monte.

Entonces, libre el corazón de pena,
Me solazaba en el silente encanto
De los campos olientes a verbena:
¡ quería ser pastor de Nochebuena
y apacentar estrellas con mi canto !

En la siesta dorada, abrir la puerta,
Por el mandato paternal cerrada;
Y el pecho al aire en la camisa abierta,
A hurtadillas huía a la enramada
De pámpanos sonoros de la huerta.







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