martes, 3 de junio de 2014

RAFAEL MAYA [11.863]

Rafael Maya

Rafael Maya 

Fue poeta, periodista, ensayista, escritor, crítico, abogado y diplomático colombiano. Nació en Popayán, marzo de 1897 y murió en Bogotá, el 22 de julio de 1980. Hijo del matrimonio de Tomás Maya Manzano y doña Laura Ramírez Caicedo,Inició su formación literaria bajo la tutela del padre, pedagogo y hombre de letras, y realizó estudios en el Seminario Menor de Popayán, a cargo de los sacerdotes lazaristas, notable comunidad europea. En 1914 ingresó a la Universidad del Cauca, para finalizar sus estudios secundarios y comenzar la carrera jurídica. Entonces, ya Maya era conocido como poeta. En 1916 se celebró en Popayán un concurso literario para conmemorar el sacrificio de los próceres, y Maya obtuvo el primer premio con siete sonetos titulados "Mártires". En 1917 publicó sus primeros versos en la revista titulada Liras Hermanas. Cumplidos los veinte años, se trasladó a bogota para continuar su carrera de Derecho en la universidad nacional. Allí sus compañeros fueron Rafael Bernal Jiménez, Augusto Ramírez Moreno, Primitivo Crespo y Germán Arciniegas. Alrededor de 1920, Miguel Santiago Valencia fundó en Bogotá la revista cromos . Su sede reunió a los más prestigiosos intelectuales del país. Maya conoció entonces a Miguel Rasch Isla, Roberto Liévano, Eduardo Castillo, Armando Solano, Luis Eduardo Nieto Caballero, Leon Greiff y José Umaña Bernal. Formó parte del grupo de Los Nuevos, fundado en 1925. La importante agrupación de escritores estaba integrada no sólo por poetas sino también por periodistas, entre los cuales figuran Juan Lozano y Lozano, Jorge Zalamea, Luis Tejada, Felipe y Alberto Lleras Camargo, Germán Arciniegas, Luis Vidales, Germán Pardo García y muchos otros. 

Al lado de sus intereses literarios, Maya desempeñó también diferentes cargos públicos. Fue el primer secretario de aviación en el Ministerio de Guerra, bajo la dirección del coronel Guichard, oficial francés, quien en 1922 fundó la aviación militar colombiana. Entre 1924 y 1930 trabajó en la sección de contabilidad de la Tesorería Nacional y en el Ministerio de Comunicaciones. En 1929 ocupó la rectoría de la Escuela Nacional de Bellas Artes en Bogotá. Maya realizó una intensa labor de difusión de la cultura nacional, como director de la crónica literaria de El País, en la cual realizaron sus primeras publicaciones los piedracielistas, a partir de 1936. En 1940 se vinculó como profesor al Colegio Mayor del Rosario, reemplazando en la cátedra de Literatura Colombiana a Antonio Gómez Restrepo. En ese mismo año, Eduardo Santos le impuso la Cruz de Boyacá, en la ciudad de Popayán. El poeta recibirá posteriormente varias condecoraciones.

En 1944 fue representante a la Cámara por el partido conservador. Su desempeño en el citado cargo fue muy breve, por la ausencia evidente de vocación política. En el mismo año la Academia Colombiana de la Lengua lo exaltó como miembro de número. Maya se recibió con un discurso titulado "Los tres mundos de Don Quijote". En 1946 contrajo matrimonio con doña Nelly Gallego Norris, de cuya unión nacieron Clara, Cristina y Ricardo. En 1948 fue rector de la Escuela Normal Superior de Bogotá, hoy Universidad Pedagógica, y decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional en el año de 1953. Ocupó la dirección de la Radiodifusora Nacional de Colombia en 1949, y en 1951; la de la Revista Bolívar, órgano de difusión del Ministerio de Educación Nacional. En 1953, Maya realizó su primer viaje a Europa, comisionado por la Universidad Nacional para asistir a la conmemoración del séptimo centenario de la Universidad de Salamanca. Pronunció en Madrid un discurso titulado "La lección de Salamanca". Recorrió varios países, especialmente Italia y Francia. En París conoció al célebre escritor Ventura García Calderón, amigo personal de Rubén Darío. En 1956 Maya fue nombrado delegado permanente de Colombia ante la Unesco, en París.

Este segundo viaje le dio oportunidad de establecer importantes relaciones con literatos e intelectuales residentes por ese entonces en la Ciudad Luz. El maestro recordaba con especial entusiasmo su amistad con el hispanista Claudio Couffon, y sus tertulias con el gran novelista argentino Eduardo Mallea, con el historiador venezolano Parra Pérez, con el poeta ecuatoriano Jorge Carrera Andrade y con el escritor Zerega Fombona. Visitó, por otra parte, a Valery Larbaud, a quien tiempo atrás le enviara uno de sus primeros libros de poemas, que el escritor comentó elogiosamente. En el Instituto de Altos Estudios Hispanoamericanos de La Sorbona, dictó un ciclo de conferencias sobre literatura colombiana. En 1958, antes de su regreso a Colombia, permaneció algunos meses en Nueva York, donde ofreció con éxito algunos recitales. Entre los años 1960 y 1980, Maya dedicó su tiempo por entero a la literatura y al ejercicio de la cátedra en: La Universidad Javeriana, La Universidad de los Andes, en el Instituto Caro y Cuervo y en la Escuela Militar de Cadetes. En 1972 obtuvo el Premio Nacional de Poesía, y el año siguiente fue nombrado miembro de la Academia Colombiana de Historia. En 1979, el Banco de la República publicó su obra poética completa. Rafael Maya murió el martes 22 de julio de 1980, en la ciudad de Bogotá.

Obras

La vida en la sombra (1925)
Coros del mediodía (1930)
Después del silencio (1935)
Final de romance y otras canciones (1940)
Alabanzas del hombre y de la tierra (1941)
Consideraciones críticas sobre la literatura colombiana (1944)
Tiempo de luz (1945)
Los tres mundos de Don Quijote y otros ensayos (1952)
La musa romántica en Colombia (1954)
Navegación nocturna (1955)
Estampas de ayer y retratos de hoy (1958)
Los orígenes del modernismo en Colombia (1961)
La tierra poseída (1965)
El retablo del sacrificio y de la gloria (1966)
Escritos literarios (1968)
El rincón de las imágenes (1972)
El tiempo recobrado (1974)
De perfil y de frente (1975)
Letras y letrados (1976)
Poesía completa (1979)
Obra Crítica (Dos volúmenes, póstumo, 1982)
ciudad lejana
todo paso

Premios y distinciones

Gran Cruz de Boyacá en reconocimiento a su obra poética, 1940
Premio nacional de poesía (1972)
Homenaje póstumo a su vida y obra, HJCK, El Mundo en Bogotá, 1980
Homenaje a su memoria, Academia Colombiana de la Lengua, Bogotá, 1981
En Homenaje a su memoria se nombró así una biblioteca de la Caja de Compensación familiar del Cauca (Comfacauca)




La Espina

De todo cuanto he sido: 
del hombre universal que he ambicionado realizar,
vanamente, prolongando hacia los cuatro lados de la vida 
todas las ramas de mi ser, y, a veces, 
dando, en sólo una flor, toda la fuerza, 
y toda la virtud en un perfume. 
De todo cuanto he sido: 
del rey ilusionado 
-corona de papel, cetro de caña- 
que he fingido encarnar, entre las gentes, 
sin otro reino que la dura piedra 
donde he puesto los pies, ni otro ejercicio 
que el callado y constante de las lágrimas; 
del mendigo azaroso 
que otras veces he sido, recatando 
entre guiñapos, la perfecta gloria 
de haber robado mi caudal de estrellas 
en alta noche y en cualquier arroyo; 
De todo cuanto he sido: 
del constructor de nubes, 
del fabricante de palacios de humo 
que en el desierto alzó torres y cúpulas, 
y ha llenado la selva de balcones; 
del que sacó las bestias mitológicas 
de la dorada cárcel de la fábula 
para hacerlas danzar en el tablado; 
del bufón y del príncipe 
que he sabido llevar, bajo mi capa, 
para sorpresa del pesado vulgo; 
De todo cuanto he sido: 
del viajero que lleva los caminos 
y ríos de la tierra, paralelos 
al curso de sus venas, y del manso 
observador de los tizones rojos 
que calientan la cara del invierno, 
y descongelan, en el libro amigo 
la perezosa flor de la metáfora. 
De todo cuanto he sido: 
del ambiguo flautista 
que amenizó los inmortales diálogos 
de otro tiempo, y del músico ruidoso
que restalla sus cobres en la plaza 
para que se encabriten los corceles; 
del cantor gemebundo 
que hace pasar la luna por las cuerdas 
de su instrumento, en el perdido barrio, 
y del loco que grita 
su razón contra el cielo, y se golpea 
imaginariamente con los astros; 
D de todo cuanto he sido 
no conservo ni el hábito ni el cetro, 
ni el anillo, ni el látigo, 
ni la canción siquiera, 
ni ese ligero rastro de ceniza 
que deja todo ser, si arde o si muere, 
ni una letra perdida en una página, 
ni una palabra en el espacio errante, 
ni un grito entre la noche. ¡Nada! ¡Nada! 
De todo cuanto he sido 
me queda únicamente,
larga, inflexible y empapada en sangre, 
esta bárbara espina, 
única realidad que sustentaba 
la apariencia de todos mis disfraces.





CIUDAD LEJANA

Ciudad, ciudad lejana, perdida en la aventura
De algún ensueño heroico. Te adoro a la distancia,
Y busco en el celoso confín, con vana instancia,
Tus torres que se yerguen venciendo la llanura.

¡Si penetrar pudiera de nuevo en la frescura
de tus herbosas calles henchidas de fragancia
colonial! ¡si pudiera los sueños de la infancia
juntar en tu regazo cual flores de ternura!

¡Vieja ciudad que olvidas al hijo desterrado!
Tú guardas unos ojos de cuyo fondo viste
Borrarse la leyenda de oro de mi pasado.

Rescátame un recuerdo no más, Canán lejana
Que huyes del horizonte cuando te busca el triste
Y surges más remota y azul cada mañana.





Volver a Verte

Volver a verte no era sólo
un ligero y constante empeño,
sino anudar, dentro del alma.
el hielo roto del ensueño.

Volver a verte era un oscuro
presentimiento que tenía
de hallarte ajena, y sin embargo
seguir creyendo que eras mía.

Volver a verte era el milagro
de una dulce convalecencia
cuando todo,el alma desnuda
vuelve más bello de la ausencia.

Volver a verte tras la noche
impenetrable del abismo,
era hallar en tus ojos una
imagen vieja de mi mismo.

Y encontrar, en el hondo pasado,
días más bellos y mejores
como esta carta en cuyos pliegues
se conservan algunas flores.

Volver a verte era mostrarme
la pena que está congelada,
como bruma de tarde hermosa,
en el azul de tu mirada.

Y ya lo ves, del largo viaje
regrese más puro y más fuerte

Porque dormi toda una noche
en las rodillas de la muerte.

Porque yo miraba en tus ojos
un cielo de cosas pasadas,
como en el alma de las grutas
se ven ciudades encantadas.

Y porque ví tu clara imagen
entre el nimbo de luz serena
como jamás a ojos mortales
se apareció visión terrena.

Volver a verte era un oscuro
presentimiento que tenía
de hallarte ajena,y sin embargo
seguir creyendo que eras mía.






SEREMOS TRISTES

Oye, seremos tristes, dulce señora mía;
nadie sabrá el secreto de esta suave tristeza.
Tristes como ese valle que a oscurecer empieza,
tristes como el crepúsculo de una estación tardía.

Tendrá nuestra tristeza un poco de ufanía
no más, como ese leve carmín de tu belleza,
y juntos lloraremos, sin lágrimas, la alteza
de sueños que matamos estérilmente un día.

Oye, seremos tristes, con la tristeza vaga
de los parques lejanos, de las muertas ciudades,
de los puertos nocturnos cuyo faro se apaga.

Y así, bajo el otoño, tranquilamente unidos,
tú vivirás de nuevo tus viejas vanidades
y yo la gloria póstuma de mis triunfos perdidos.







Eres una canción. Aire ligero
cernido entre las flores y los nidos.
Duermen bajo tus pies campos floridos,
y es tu melena un río verdadero.

Comienza en ti mi vida. Eres mi enero
que asoma en horizontes presentidos;
mi comarca de ríos conocidos,
mi alta constelación de marinero.

Por mis manos te vas como una brisa;
envuelves un jardín en un suspiro,
y se abren mariposas en tu risa.

Eres la sombra toda, eres la lumbre,
y yo, elevado el corazón, te aspiro
como el viento que viene de una cumbre.






TIERRA

ESTÁ sembrado el grano.
Una gran paz desciende de la altura
sobre la tierra. Todo
calla porque en el surco
palpita el gran milagro de la vida.
El universo asiste
a las transformaciones silenciosas
de la materia, al lento
germinar de la nueva primavera.
Las fuerzas subterráneas
cuidan de la simiente. Las raíces
dejan filtrar una humedad fecunda,
y el tallo de las flores
hunde un rayo de luz bajo la tierra.

El sembrador anónimo,
de brazos varoniles,
de máscula esperanza,
de dolor altanero
y de rostro curtido por la lluvia,
se aleja. Todo calla.
Ha elavado su fe, tal como un dardo,
en el riñón oscuro de la gleba.
Ha dicho su oración, bajo la cúpula
que estremecen las aves de los valles,
al dogma universal de la sagrada
fecundación. Ya dio su anillo de oro,
símbolo de las nupcias triptolémicas,
a la virgen morena que se curva
ofreciendo la gracia de su vientre.

Y el sembrador, nutrido
de las bellas y fuertes realidades,
que ha bebido su agua
en los inmensos ríos de la tierra,
y estampado la planta
en el rojo aluvión o en los guijarros,
se marcha. Lejos arde
la lucecilla familiar que aguarda
sobre el códice antiguo donde duerme,
como la estatua en la cantera muerta,
el invencible espíritu del hombre.





A LOS MUERTOS

MUERTOS que habitáis el palacio subterráneo
de bóvedas sordas,
y que hundís vuestras plantas en la tierra
alimentada por las fuentes ocultas.
Yo os amo,
yo os admiro
con vuestras cabelleras copiosas
que os cubren los hombros,
libres del fino acero que las cortaba
como a la hierba excesiva
de los jardines terrestres.
Yo os amo,
yo os admiro,
con vuestros ojos grandes
que recogieron la unidad suprema
de la vida,
y penetraron en el misterio
con la confianza de una sombra
que vuelve a la cámara mortuoria
atravesando crespones
y colgaduras taciturnas.
Amados eternamente,
y sIempre VIVOS.
Qué raros coros entonáis
a la orilla del río del tiempo?
Qué señales hacéis
en el aire vacío?
Qué palabras
caen de vuestra boca
como esas flores mudas
que deshoja sobre nuestra frente
la primavera de un sueño matinal?
Yo os amo,
oh muertos.
Vuestro espíritu vivifica
mis potencias humanas.
La barca dorada
de mi juventud loca de flores
se siente atraída
por el encanto de vuestra isla de hierro.
Vuestras profundas cornamusas
hallan eco en mi corazón.
Vuestros pasos se dilatan
a través de toda mi vida
como las voces de los hombres
en la claridad del campo.
Yo os escucho
cuando venís a posaras
en la primer rama del día
muy cerca de mi lecho.
y os presiento
en torno de mi mesa nocturna,
como un coro bondadoso de abuelos,
inspirándome cosas bellas
y palabras santas
para cantar vuestra memoria,
para iluminar vuestros rastros,
para bendecir vuestros sepulcros
y para amar a vuestros hijos
sobre la tierra.
Muertos,
estad conmigo.
Cuando el hermano venga a matarme,
interponed vuestras manos.
Cuando la mujer me dé un beso,
purificadme con vuestro llanto.
y cuando duerma,
finalmente,
llevadme con vosotros
a la comarca extraña,
al subterráneo palacio
donde imperáis en el tiempo
con vuestras diademas de luceros.






ORACIÓN DEL JOVEN ARCADE

ANTES de que te abras
ancha puerta de bronce,
incrustada de piedras eternales
y ornada de caronas
fúnebres, déja, déja,
que divague al azar por los collados
donde crecen las hierbas ofreciendo
la gracia inesperada de sus flores
al seráfico azul de la mañana.
Déja que en la ribera
fértil de los arroyos
vaya cortando la menuda cana
para ensayar, con labio melodioso,
ingenuas armonías matinales.
Déja que me corone
de hierbas enlazadas
como se usa en mi fragante Arcadia,
y que grabe en la piedra
rústica de la fuente
un verso fácil ilustrando el rudo
'Combate de dos CIervos bramadores.
Déjame que termine
el ánfora labrada tenazmente
en el pino aromático
que acendra en su corteza
más olor de embriaguez que la melena
suelta de las divinas cortesanas.
Déjame que coseche
las frutas del cercado
abiertas por el sol, y cuya carne
se condensa en el borde de la herida
como un labio sexual lleno de mieles.
Déjame que repita
sobre el césped jugoso
y húmedo cual la piel de los corderos
que el nocturno pastor deja en el campo,
las danzas pastoriles
donde alternan ligeras actitudes
y lascivias ingenuas
en frescos grupos cuya gracia triunfa
sobre la suave ondulación del monte
vecino. Déja, oh puerta,
que se cubran de oro
los viñedos agrestes,
y que caigan los diáfanos racimos
sobre la faz morena del parrado
como crencha s rebeldes
por las sienes de un dios adolescente.
Déjame que termine
el ara familiar hecha de piedra
cuyos flancos soportan, en relieve,
fuertes escudos y aceradas lanzas
y una núbil cabeza de guerrero
segada en flor y cuyos ojos vela
la dócil hoja del laurel votivo.
Pero déjame, oh puerta
fatal, déjame pronto,
sea en la dulce placidez del campo
o en la cabaña de un pastor, e sobre
las gavillas de oro que amontonan
los hombres en la trilla, déja, oh puerta,
que posea por fin a la pequeña
Flora, de cuyos ajas virginales
fluye un ardor nostálgico de fiera
joven, y en cuyo seno
se posaron anoche las palomas
de Afrodita.

Su flanco palpita ya bajo la audaz caricia
de mi mano y en cada
movimiento se entrega como el agua
en el vientre convulso de la onda.
Después ciérrate, oh puerta,
sobre mi sombra estéril,
sobre el fantasma de mi amor terreno.








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