viernes, 20 de junio de 2014

PÍO E. SERRANO [11.959]


Pío E. Serrano

Poeta, ensayista y editor nacido en San Luis, Oriente, Cuba en 1941. Fue profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana. En Cuba participó de los proyectos culturales de los sesenta «El Puente» y «El Caimán Barbudo». Exiliado en España desde 1974. En 1990 fundó la Editorial Verbum, especializada en sus inicios en textos de español para extranjeros. Con la posterior inclusión de la colección Verbum Ensayo en 1992, se abrió al campo de la filología, la estética, la filosofía y la historia. Por su parte, la colección Verbum Poesía alienta la presencia de voces alejadas del entorno eurocéntrico. Así surgió la Serie Literatura Coreana, que hasta la fecha ha publicado medio centenar de autores cultivadores de diversos géneros. Su obra ensayística aparece en numerosos volúmenes colectivos y en revistas especializadas de Europa y América. Ha dado conferencias y seminarios en universidades de España, Suiza, Francia, Italia, EE UU y Corea. Ha publicado cuatro libros de poesía, fragmentos de la cual ha sido recogida en una veintena de antologías. Ha visitado Corea en numerosas ocasiones, país en el que mantiene un estrecho contacto con su mundo académico y literario. En 1996 fundó, junto al novelista cubano Jesús Díaz, la revista Encuentro de la Cultura Cubana y es miembro del consejo de redacción de la revista de la Fundación Hispano-Cubana.

Ha publicado los libros de poemas:  A propia sombra (1978), Cuaderno de viaje (1981), Segundo cuaderno de viaje (1987) y Poesía reunida (1987).


VIENTO TENAZ

Permanece el viento.
El mismo que acarició al tiranosaurio,
el mismo que secó el sudor del carpintero del caballo de Troya,
el mismo que sopló sobre la frente serena de Alejandro
y levantó la falda de ese puñado de cenizas que duerme en una calle
de Pompeya,
el mismo que, airado, alentó las llamas que lamen el cadáver de Savonarola,
el inesperado viento que llenó las velas que añoraban tierra,
el que volcó la copa de la novia,
el que agitó los pendones de la guerra
y despejó el humo de la pólvora,
el que pasó la distraída página,
el que mece al ajusticiado, triste con su corbata de cáñamo, que no
sonríe más,
el que sostiene la cometa del niño que sonríe siempre,
el que deshace los nombres en la arena,
el que inclina el junco pero no lo vence,
el que dulcemente aloja sus dedos entre tu cabellera,
como si flotara independiente de tu cuerpo.

Permanece el viento,
terco en su andadura,
y levemente nos borra del espejo.



LA GRIETA

Para Santiago Castelo

Apenas la delgada presencia de una línea.
Gesto nervioso en el muro,
sombra de una cicatriz,
huella para la memoria.
Como un río se extiende,
traza un complicado ideograma,
llega a la esquina y penetra indiferente.
Muerde la dignidad de la piedra
y continúa, imperceptible,
el lento desgaste, la confusión, el polvo.


TRIESTE

                 Para Rada y Gaetano

En Trieste he bebido chocolate con Joyce
en el café Tomasseo y me he asomado
al jardín de Duino, donde una sombra ensimismada
no deja de frotar la rosa
y escribir en sus pétalos con la uña
de su índice quebrado un extraño mensaje
sobre no sé qué terrible condición esconde el ángel.
Joyce, en el reposo de la tarde, exiliado de todo,
sueña Dublín (yo sueño La Habana en mi rincón)
y un puñado de oscuras palabras
que guarda en el interior descosido de su abrigo.

Más tarde, cuando llegue el siroco,
jugará una partida interminable de ajedrez,
siempre la misma: el esquinado alfil,
como de costumbre, escéptico; la torre lunar,
empecinada; el lúdico desorden
de los peones y la torva mirada
del Rey de la Reina, huraños en su escondrijo.



POEMAS DEL TEIDE

Para/con Nilo Palenzuela

1

Piedra enamorada
de nada;
de sí misma,
quizás.

2

Abajo, en la orilla del mundo,
el mar desdibujándose,
componiendo de nuevo
y siempre
un ritual interminable,
deshaciéndose de sí mismo,
inconforme tenaz.

Arriba, en la cima del mundo,
la piedra,
hija del fuego
y de secretas entrañas,
mineral de aire ardiente en reposo,
para siempre detenida en su certeza,
apagado grito de la tierra,
tenaz en su fijeza.

3

La humedad transitiva
en fuga;
la madera umbrosa,
resistencia al olvido;
la inhumana piedra y su áspera nieve,
el azul del silencio.

4

Late en el vacío una amenaza
endurecida y fría;
nada personal en el asedio,
visión adelantada
del desnudado hueso.



POEMAS DE CHINA

1.

Corre en el río
la memoria de la ciudad.
Restos de la historia.
Una turbia melancolía pasa a mi lado.


2

Las grises estructuras
-vidrio y acero-
anuncian el futuro.
La gabarra cercana
suspira quejumbrosa.


3

Un hombre en la muchedumbre.
Una isla en la avenida Nanking.


4.

Las grúas rojas
todo lo quieren elevar.
El nuevo coolí
pasa en bicicleta.


5.

El “Xian Jian Zhen”
-diseñado para los cruceros en el Mar del Este-
todo de blanco, y luminoso.
De la barcaza anónima y a oscuras
brota un delgado humo.
Humilde calidez.


6.

para Auror

El largo río
entre las delgadas siluetas de las cumbres.
El largo río
que limpia las ciudades, su memoria.
El largo río
que humedece mis poros, y es sangre.
El largo río,
entre duraznos y cerezos, serpenteante.
El largo río que de tus brazos
fluye y me anega, reposo manso,
que me envuelve y alimenta.


7.

Las montañas de Xian,
frágiles hilos, densidad de niebla.
Un suspiro pudiera quebrarlas.


8.

Los guerreros de terracota
-diez mil repite el guía-
aguardan callados,
hieráticos,
una llamada, un grito.
El leve roce de sus afiladas armas,
inquietante murmullo,
apenas perceptible.
Alertas en su noche perenne,
sueño de barro y metal,
despertarán un día.


9.

El Emperador se aburre.
Los minuciosos eunucos sacuden el aire
de los estrechos corredores
con el presuroso batir de su ropaje.
Las concubinas se recogen en el último pabellón.
Los monjes se refugian en sus mantras
y los mandarines en la soledad
de sus vetustas analectas.
El Hijo del Cielo se aburre
y un hilo de sangre
sonríe en el hacha del verdugo.


10.

La vihuela,
lengua de seda.
Madera de sol
y viento.
Gime y suspira.


11.

El joven monje,
resplandor naranja,
sonríe a nadie,
se pierde entre columnas.
Bermellón y azul.
Pasa entre nosotros,
como si flotara.


12.

La flauta de bambú,
río sereno navegado por la luna.


13.

La cítara ilumina tus manos,
deshojas el silencio.


14.

El monje anciano,
sentado ante la puerta.,
no aguarda nada.
Quieto, sonríe a todos.


15.

En la plaza de Tiannanmen
escucho la sombra sangrante de un grito,
la estéril huella de un carro de combate,
la desolada mirada de un hombre
que detiene el trueno.
En una esquina, la cálida mano de una madre
baja el calzón de un niño,
que riega de futuro la piedra maculada
y sonríe.



EL CORAZÓN DE UN HOMBRE

Para Alfredo, Jacqueline y Alfredito

En su mano llevaba el corazón de un hombre
que negaba la cólera del tigre,
la torpe pasión que desfigura un rostro,
la ceniza que todo lo oscurece.
En la furia retorcida del metal ardiente
palpitaba empecinado el corazón de un hombre.




De Segunda novísima de poesía cubana (1964)

Velero mío 
corta la onda del sueño
y penetra lejos
hondo.
Hay un reflejo de mármoles
y bronces
y las flores secas en el libro
y el paso
junto a la dulce sombra
que absorbe el canto
de la arena y los guijarros.
El humo del cigarro penetra
y la cómoda estrechez de aquella habitación
recoge la congoja del que huye.
Velero mío
yo dejo que se alargue
el sonido del día;
y la noche aprieta los silencios
de todos los niños que duermen.
Soledad.
En el ejercicio del viento,
la marea se asusta
de las manos rotas
y el sol allí
desnudo
y chilla a la ciudad.
De pronto
me descubro, precipitado en el tiempo,
repleto de funciones que todos se obstinan en llamar vitales.

La pregunta,
las mil cuestiones,
que al igual que alfileres abrazan mi piel,
no descubren más que un pedazo de tiempo ciego,
y un espacio torcido ocupado,
que no quieren
que no pueden
responder a la constante inquisición.
A pesar del viscoso silencio
lo adivino,
lo presiento,
y advierto
que solo poniéndole plazo al tiempo
y dándole forma al espacio
se cumplirá la misión
y pagaré el servicio de las funciones
que todos se obstinan en llamar vitales.



Es tarde la canción
y el beso
se quiebran en silencio
las patas del humo
y la sal del llanto
anda por el rostro
porque el tiempo reunió sus pelos
y frotó la piel cansada
Ayer
en el recuerdo
alcé las manos
hasta el pecho caliente del hogar,
semilla perdida
y la tierra renunció al arrullo
y solo el viento rudo
preparó la aurora.
La memoria
se cubre de metales fríos
y los lagartos con sus lenguas verdes
saciaron su ansiedad
en la tormenta.
Sin embargo el pan
y el dulce calor de aquel invierno
y la tendida oreja al susurrar
de los pelos encogidos del abuelo
y la risa maliciosa del tío Basilio.
El pan en la memoria
es la abuela
que frotaba harina
y luego el horno caliente
largas manos suaves
rostros amables
y entonces la familia…
a pesar de todo, madre,
está el gris
y una tremenda lluvia
y los rincones
y aquella maldita sensación
de siempre estar solo.
Madre
¿cómo es el beso
y la luna
y las pestañas del toro
y las mariposas que no lo fueron?
Y ya ves que siempre se regresa
es la memoria del pan
y quizás
si probásemos de nuevo…
hay que largarse al sueño
o tal vez
a una acción más honda.



Digo
que es necesario
que beba
del nuevo sonido.
Digo
que el verso
ha de ser más
que este lento lamer
y el aullido de perro.
Digo
que la furia
debe ser legítima y honda.
Digo
que morder el cigarro
y chupar el humo hasta ahogarnos
no es la mejor vía
para el canto que quiero.
Digo
más
digo que el canto
no es el tímido juego de esconder palabras
ni la esquela vacía, ni la fórmula vieja,
ni esperar.
Necesario, romper,
crecer,
amarillos y gritar hondo y lleno,
y un abrazo fuerte,
y preñar el aire de pequeños rezos,
y beber en los girasoles,
y llorar solo una vez
en el profundo cauce y alzar el tono
sin furia y detenerse y andar,
y la lucha de clases no es una frase
ni un lema
la bahía está llena de manos que se aferran
a la mía,
quiero oír el canto que anda en la calle,
el Quijote de España dolorida y pobre montada en un jamelgo
y Rolland escribió Colas Breugnon para mí y para ti,
y Las brujas de Salem no atacan la inquisición
sino al Maccarthismo.
¿entonces?
No justifiques el silencio
aférrate a la palabra
y canta.





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