miércoles, 25 de junio de 2014

MARÍA ROSA GONZÁLEZ [12.039]



María Rosa González

María Rosa González. Poeta chilena. Publicó con el seudónimo de Miss Columbine su primer libro titulado "Éxtasis", además de publicar "Samarita" y "Arcoiris".






AGUA NEGRA

Magnolia en el crepúsculo
me desenvuelvo ante tu rostro.

Me dejé desnudar de alegrías
por vestir tus tristezas de asombro.

Amparó tus amores de niño
la infinita piedad de tus ojos.

Todas vieron mis manos vacías
pero nadie notó tu abandono.

Todos vieron mis brazos caidos
oh, criatura! dejarte tan solo.

Y sintiendo mi ausencia, ninguno,
tendió un trapo de olvido en tus hombros.

Todos vieron mi rotro con lágrimas,
y ninguno lloró por nosotros.


Éxtasis
Autor: María Rosa González
Talcahuano, Chile: Las artes gráficas, 1923

CRÍTICA APARECIDA EN LA NACIÓN EL DÍA 1923-11-04. AUTOR: ALONE
Volumen juvenil, el primero de su autora que no cuenta veinte años, escrito e impreso en Talcahuano, con muchas y bellas ilustraciones de Harrinson Young, dibujante también inédito.

¿Qué dice?

Más o menos la misma canción que se entona siempre a esa bendita edad; presentimientos de amores y dolores, desengaños prematuros, poquísima alegría; la juventud literaria es una de las edades más lúgubres, del hombre y de la mujer.

Miss Colombine se lamenta:

“Reír llevando el corazón
ebrio de penas y dolor,
viendo perdida una ilusión
o agonizante un grande amor,
y luego alegres exclamar:
¡Hay que vivir la vida bien!”

Tienen razón los poetas jóvenes en estar tristes: la vida a los veinte años es mucho peor que después; a los padecimientos de siempre se une ese otro que no tiene igual: la incapacidad de comprender, la insuficiencia de sentir, la inferioridad del espíritu, la falta de posesión de sí mismo, una especie de ahogamiento interior. Los jóvenes muy jóvenes llevan una armadura demasiado pesada, cargan sobre sus hombros el mismo fardo que los viejos y por eso se lamentan más. Es una edad terrible.

Miss Colombine debe sufrir indudablemente; pero como es joven no tiene todavía su lenguaje propio y repite el eco de canciones ajenas. He aquí una con aires de copla popular, semejante a cierta romanza que está en todos los fonógrafos:

“Por este amor, que es caricia
estremecimiento mi ser,
y sufro cuando tú sufres
y ríe oyendo, oyendo tu risa
¡quiéreme!
Por este amor loco y grande
gigantesco en su altivez,
y pide y quiere y desea
¡bésame!”



Otras veces usa los verbos con tiempos verdaderamente poco felices:



“Que no quieres que yo sufra,
que no quieres que yo pene…
¡y sabes que estoy sufriendo
por culpa de tus desdenes!” (pág. 13).



O bien coge la lira de Gabriela Mistral y la tañe a su modo:


“La tierra es mi aliada. Un día iré a buscarla
y le diré: Amiga, vengo enferma y cansada.
Se abrirán sus entrañas y como un niño bueno
me dormiré confiada en su vientre moreno.

Pero si el cuerpo queda entre la tierra dura
el alma no respeta prisión ni ligadura
Ella saldrá a buscarte, ágil y brava y fuerte
sin temerle al cansancio ni temerle a la muerte.

Te buscará sin tregua por valles y por montes,
se extenderá por sobre todos los horizontes
recorrerá caminos, irá donde la aguardes
y el día que te encuentre, bajo una fría tarde

lanzará a los espacios sus gritos delirantes,
rasgará los silencios con aullidos salvajes
y abrazándote loca, en loco desafío,
le gritará a la vida: ¡Ahora es mío! ¡Hora es mío!”



Aquí hay reminiscencias cercanas por lo menos de tres composiciones de “Desolación” y algunos versos parecen tener malicias de parodia.

No: Miss Colombine debió haber guardado más tiempo su libro, su dolor y su amor. Están demasiado verdes todavía, no se diferencian casi nada de la vulgaridad y tememos mucho que Dios no acceda a la súplica de la última página…




Samaritana
Autor: María Rosa González
Santiago de Chile: Nascimento, 1924


CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1924-12-08. AUTOR: OMER EMETH
El filósofo y novelista francés Julián Benda publicó en  1918 una obra crítica general intitulada “Belphégor” en que vienen analizadas y discutidas con extraordinaria agudeza y profundidad las tendencias de la actual estética francesa. Deploro que “Belphégor” no haya merecido la atención de los literatos chilenos. Nunca se lo menciona y, sin embargo, son pocos los libros de análoga índole que lo superan en interés filosófico y literario. Las tendencias que, según Benda, caracterizan la literatura francesa de hoy día, se manifiestan paralelamente en la literatura chilena […] y, sobre todo, en la poesía.

Vamos a verlo con un ejemplo verdaderamente típico.

Pero antes oigamos al filósofo francés.

“Adviértase –dice Benda-, que todos los atributos literarios ensalzados por la estética moderna pertenecen al número de aquellos que las mujeres poseen en el más alto grado y que constituyen un monopolio de su sexo: ausencia de ideas generales, religión de lo concreto, de lo circunstanciado, percepción rápida y totalmente intuitiva, vista exclusiva hacia el sentimiento, interés egoísta que solo se preocupa de lo más hondo del yo, de lo más íntimo, de lo más incomunicable, etc… Toda la estética moderna (Benda es quien subraya) es hecha para las mujeres. Los varones [luchan]. Muchos tratan de imitar la literatura de sus competidoras. Pero ¡ay! Les es forzoso resignarse: hay un grado de ininteligencia [sic] e impudor que ellos no alcanzarán nunca”. (pág. 112-113).

Duras palabras, pero ¿quién no ve que en ellas se refleja la calidad literaria de ahora?



La joven autora de “Samaritana” no es, entre nuestras escritoras, la primera en quien hallamos comprobadas por hechos concretos las inducciones de Julián Benda.

Todas nuestras poetisas viven pendientes de su yo, “de lo más hondo, de lo más íntimo y de los más incomunicable” de aquel yo. Pero ninguna más que la señorita María Rosa González.

“Samaritana” es dedicada “al que vive en mi libro”. Pero ¡hasta dónde llega la ilusión femenina! En este libro alguien vive, pero ese alguien no es él, sino ella. Se vive para él, ciertamente, pero ¿quién lo divisa? Yo, cuando menos, no he logrado recoger ahí rasgo alguno que me permita evocarlo. Sé que existe y que, si no existiera, estos versos no habrían sido escritos o lo habrían sido en forma muy diversa.

La que existe es Ella… y ¡con qué vigor!


“Soy una niña, mi rostro lo dice,
muchacha moderna, frívola aparente.
Mi voluntad es un niño sencillo…
Parece.
Mi voluntad, mientras nada la turba,
duerme,
pero cuando algo se opone a mis ansias,
mi voluntad es un niño rebelde.
Mi voluntad es un buitre en acecho,
¡ay de la vida que logra apresar!
Mi voluntad es un ascua de fuego,
¡ay de la mano que quiera quemar!” (pág. 31).



Pero oigámosla cantar no solamente su fuerza, sino también su alegría:


“No tengo inquietudes, no siento pesares,
en mi boca vibran absurdos cantares.
¿Para qué amargarse, pensar con tristeza
viviendo una vida de tanta belleza?
¡Lejos amarguras, lejos sufrimientos,
dejad que me embriague prendida al momento!
No hay penas que el brillo de mis ojos roben.
Soy ágil y sana, soy fuerte y soy joven” (pág. 51).


Esa alegría de vivir brota de todo el libro. Es comunicativa:


“Vengo fragante y ágil: soy flor recién cortada,
hierbecita aromosa, huelo a albahaca y tomillo
y traigo entre las manos toda la milagrosa
frescura de un poema pastoral y sencillo.
He corrido ligera, he trepado a un árbol,
he mordido unas yerbas y he besado a un chiquillo…” (pág. 56).



No he contado las veces que el pronombre “yo” aparece en estos poemas, ni necesito contarlas puesto que es el eje en torno del cual todo gira.

Nada hay más lírico, más romántico, más moderno, más actual, más femenino.

Pero no se crea que ese yo sea tan aborrecible como lo pretendía Pascal. Los reproches que este filósofo le hacía, no le cuadran al de “Samaritana”: “no es injusto en sí, puesto que no se constituye en centro del universo: no incomoda a nadie, puesto que a nadie pretende esclavizar. Chaque moi est l’ennemi et voudrait etre le tyran de tous les autres”.

Pascal exagera: ese “yo” enemigo del género humano no es el de “Samaritana”, la cual, por cierto, no sería mujer si no quisiera tiranizar. Pero ella no pretende dominar sino a… Él. Lo demás no existe: los demás ni asoman siquiera la punta de la nariz en estos poemas. Todo gira en torno de ese yo, y ese todo es Él.

Pero, ¡ay de él! si, por un instante, se olvida del papel que el Amor le asignó; planeta de un sol. No se le ocurra vagar por los espacios estelares…



“Se destroza en mis labios la palabra indecisa…
Es perdón, es castigo, es desprecio, es amor?
¡Oh Dios! Para el culpable la amorosa sonrisa,
el desprecio impreciso o el profundo rencor?

Yo no sé, yo no siento, no comprendo, no pienso.
Ha deshecho mi vida y en cambio, ¿qué me dio?
Y sobre mi cabeza como un punto suspenso
gravita una palabra: Dolor, dolor, dolor”.


Faltaba el dolor en estos poemas. Merced a él, el cuadro de ese “yo” queda terminado. Podríamos, es cierto, añadir otros muchos toques que lo individualizarían aun más, pero prefiero omitir ciertos pormenores que pondrían en luz demasiado cruda la verdad del cuadro sintético trazado por Julián Benda. Diré solamente –porque ese es mi deber- que los besos menudean con exceso en estos poemas y que, en todo caso, son demasiado sonoros. Pero esto también es muy de ahora, muy femenino. “C’est de la littérature…” una literatura que ha perdido el sentido y el gusto de la intimidad y del secreto… He ahí “la religión de lo concreto, de lo circunstanciado” de que habla Benda…



¿Hablaré de la ausencia de ideas generales? Si lo hiciera, en nada caracterizaría yo con esto a “Samaritana”. Hace casi medio siglo –digamos treinta y nueve años exactamente- que las ideas generales ahuyentadas por el simbolismo han desertado. En los poemas de Campoamor vimos las últimas: el que quiera divisarlas de nuevo u oírlas, debe acudir al pasado. Hoy los poetas cantan, charlan, gritan, musicalizan, mas no piensan. La razón, que nunca perdió su imperio sobre los grandes poetas de antaño, aun en las horas de más intenso entusiasmo, está hoy destronada: reina en lugar de ella la pasión.

A la pasión no puede pedírsele mesura ni inteligencia. Como lo decía Racine “c’est Vénus tout entiére a sa proie attaché” y cuando Venus anda de casa, se olvida de su divinidad y hasta del decoro. Es una mujer cualquiera.

A ser esto tiende la poesía lírica de hoy día: cuando no es Venus, es Belphégor –con lo cual nada gana.

Recomiendo a la autora de “Samaritana” lea y medite el libro de Julián Benda y, si no temiera perder el tiempo, igual consejo daría a todos aquellos que cultivan la literatura de imaginación. Ahí verían que el abandono en que vamos dejando a la Razón nos lleva a una confusión total y a la ruina de la belleza.

Cuando se es joven como María Rosa González y se ha recibido el don de la poesía, es deber fácil de cumplir el libertarse de la tiranía del yo, el sentimentalismo y el sexualismo y volver a los caminos de la razón y la reflexión que llevaron a todos los grandes poetas de antaño a la cumbre de la gloria.

¡Reflexión! ¡Razón! Vocablos son estos que parecen hoy pertenecer a un idioma prehistórico. En la literatura y aun en la vida hay poco rastro de lo que ellos significan.

Cuenta Julián Benda lo siguiente: “Sé de una joven condesa[1], adorno de nuestros salones, cuyo pensamiento todo no es más que una orgía de sobresaltos discontinuos, cuyo raciocinio es un ciclón de impresiones, cuyo juicio es un “clíquetis” de imágenes. Ha dado la medida de su potencia intelectual cuando ha comparado el perfil de la ilustre mujer de cierto poeta con un cuchillo para pescado, y uno de nuestros hirsutos académicos con una ardilla calzada con zapatos de venda. Las gentes (le monde) no se contentan con amarla y con festejarla como cumple a una niñita, sino que, en cuanto ejemplar humano, la juzgan superior a Newton” (pág. 118).

Prosigue Benda: “Esta joven condesa me recuerda ciertas frases de Proudhon: Tengo una hijita de tres años que buscando vocablos para las cosas que ve, llama el tirabuzón llave de la botella; una pantalla, sombrero de la lámpara; el elefante del “Jardín de Plantes”, pied de nez (palmo de narices); un témpano, piedra de hielo; los dientes de su peine, dedos de peine, etc. Esta niñita posee ya toda la filosofía de que es capaz y que una mujer puede adquirir por su propia fuerza: des á peu prés, analogías falsas semejantes, chuscadas: nada definido, ni análisis, ni síntesis, ninguna idea adecuada ni sombra de un concepto” (pág. 118-119).

He ahí lo que solemos llamar “viveza”, mas no lo que se llama y es juicio. Yo creo que este debe domeñar a aquella. Si alguna vez el juicio recupera el poderío que ejerció en tiempos de Voltaire y en el siglo de Luis XIV, la literatura recuperará el valor que entonces todos le reconocían.

La señorita María Rosa González es digna de oír estas verdades y capaz de ponerlas por obra. Si las oyere, sus versos llegarán a ser el don de que ella nos habla tan hermosamente en “Dulzura de dar”. Ella misma será entonces “la Samaritana”: en sus poemas estará el pozo de Jacob en Sicar. Jesús le dirá: “¡Dame de beber!”


[1] ¿La condesa de Noailles? Probablemente.





Arcoiris
Autor: María Rosa González
Santiago de Chile: Nascimento, 1925

CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1925-10-26. AUTOR: OMER EMETH
Antes de opinar sobre estos poemas conviene transcribir uno de ellos para que sirva de tipo; pero es menester escogerlo entre los más característicos, como es, por ejemplo, el siguiente:



BOLSHEVIQUE

El anarquismo ha estallado en mis nervios.
Soviet de mi espíritu.
Epilepsia.
Fuerza desvastadora[1]
de la belleza en ángulos.
En mi cerebro las verdades aúllan
como perros apaleados.
Embutida en mi abrigo modernísimo
voy por calles contrahechas.
Laberintos de niebla.
Al final de la noche, las playas desoladas
y arriba, luna.
Llevo ardidas las sienes de ideas contradictorias
y estoy feliz de sentirme desconcertante.
Orgullosa de que nadie sospeche que un espíritu dionisiaco
se oculta en dos ojos claros de muchacha del siglo XX,
con melena a la garçonne
y sombrero revolucionario. (pág. 47-48).



Primer problema: ¿es este un poema? Para resolverlo hay dos caminos: el de la historia literaria y el del diccionario.

El más expedito es el segundo puesto que “poema”, según la Real Academia, se define: “Obra en verso o perteneciente por su género, aunque esté escrita en prosa, a la esfera de la poesía. Regularmente no se da este nombre sino a las que son de alguna extensión”.[2]

Prescindamos de esta y digamos que la solución del problema depende de si “Bolshevique” pertenece por su género “a la esfera de la poesía”.

A mi humilde juicio, pertenece a aquella esfera del mismo modo o en el mismo grado en que un esbozo o croquis de paisaje pertenece a la esfera de la pintura. Si un croquis no puede llamarse cuadro, tampoco podrá llamarse poema esta composición. Y que ella sea un mero croquis, ¿quién puede ponerlo en duda? Lo elíptico de las frases le confiere el carácter de simple apunte… Así escriben sus discursos ciertos improvisadores. Cualquiera de estos se atrevería a desarrollar línea tras línea de este poema y haría con “Bolshevique” un “justo” discurso que podría durar de un cuarto de hora a una hora y cuarto y más, al gusto del consumidor.

Lo mismo, con mayor razón, haría la autora de este poema… el cual ganaría mucho con el desarrollo… “Anarquía”, “soviet”, “epilepsia”, “fuerza devastadora”… dicen mucho; pero dirían más si la autora pusiese en acción a nuestra vista esa fuerza, esa epilepsia, ese soviet, esa anarquía.[3]

Deploro tanta elipsis. Es cierto que los poetas de la época romántica padecían de la enfermedad contraria o logorrea aguda. Así, por ejemplo, en poemas como la “Oración por todos” y en otros mejores, adviértese, a ratos, un flujo verbal excesivo; pero nada se gana con irse al polo opuesto, es decir, a la elipsis y al monosilabismo universal, perpetuo y obligatorio.

María Rosa González ha extremado, esta vez, su modernismo: los cubistas de ahora tres o cuatro años hubieran aplaudido su “Bolshevique”…

Yo celebraré que busque colocarse a igual distancia del modernismo (o más exactamente, del “hodiernismo”) y del tradicionalismo. Sus dotes poéticas florecerán en aquella región, igualmente distante de todas las tiranías, de las de antaño y de las de ogaño.


[1] “Desvastadora” no es vocablo castellano. En el Pequeño Larousse “desvastador” es voz guatemalteca que significa “gastador, soldado”. Aquí debió ponerse “devastadora”.

[2] ¿Qué extensión? El diccionario de la R. A. E. debió dar algún ejemplo. ¿Merece llamarse “poema” “La Oración por todos”? ¿Es insuficiente su extensión? En la incertidumbre en que nos deja la R. A. E. no hay cómo resolver el problema que nos ocupa.

[3] Los sovietistas que hay entre nosotros se quejarán (y con justa razón) de ver aquí puestos en ecuación el anarquismo, el soviet, la epilepsia. Muy lejos de ser “anarquista”, el soviet es “arquista” en extremo. Lo es tanto como un ejército disciplinado o un convento de trapenses o jesuitas.




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