domingo, 22 de junio de 2014

MARÍA MONVEL [11.990]


María Monvel

Ercilia (Tilda) Brito Letelier, conocida en la literatura como María Monvel (Iquique 1899 – Santiago, 25 de septiembre de 1936), fue una poetisa chilena, considerada uno de los talentos literarios de América Latina a comienzos del siglo XX.

Sus primeros poemas aparecieron en revistas y folletines de provincia y en 1917 fue antologada con su nombre real en la famosa recopilación de poesía chilena Selva Lírica.

En Santiago, adonde se mudó después de su adolescencia, dirigió la revista Para Todos, publicada por la Editorial Zig-Zag y contrajo matrimonio con el crítico literario y periodista Armando Donoso,1 con quien tuvo una hija.

Tradujo a Goethe y los sonetos de Shakespeare: 16 de ellos fueron incluidos en Últimos poemas (1937). Sobre este libro póstumo publicado por su esposo, Eduardo Barrios escribiría: "Estaba ya enferma cuando escribió estos versos, seguramente. Hay en todos ellos un mirarse y revisarse […] Luego en todo se confirma el crepúsculo del alma disponiéndose a marchar. En las formas, hay una vuelta a lo clásico, al deseo de perdurar en sencillez, en melodía de significado y vehículo puros. La poetisa se entregó también a los grandes permanentes, a Shakespeare y Goethe: los traduce en la línea eterna, que ahora le interesa por sobre todas las cosas".

Gabriela Mistral, refiriéndose a ella y a su obra, dijo: "La mejor poetisa de Chile, pero más que eso: una de las grandes poetisas de América, próxima a Alfonsina Storni por la riqueza del temperamento, a Juana de Ibarbourou por su espontaneidad".

Viajó por Europa y Amñercia. Falleció a los 37 años de edad después de una larga enfermedad.

Obra

Remansos del ensueño, Imprenta Universitaria, 1918
Fue sí, Nascimento, Santiago, 1922
El marido gringo, Sociedad Boletín Comercial Salas & Cia., Santiago, 1926
Sus mejores poemas, antología preparada por la misma autora, Nascimento, Santiago, 1934;2 descargable desde el portal Memoria Chilena
Últimos poemas, Nascimento, Santiago, 1937



JUEGA COMO LOS PÁJAROS Y EL VIENTO 

Juega como los pájaros y el viento
y yo, como los pájaros y el viento
le traje a mí, cuando me di al amor.
Juega como los pájaros y el viento
porque toda la tierra es su elemento
aunque le cerquen ya muerte y dolor.
¡No podrá defenderlo tu ternura!
Es bello el sol, pero la tierra es dura ....
¡Teme al amor! ¡Huye al amor , mujer!
La nube es clara, pero el hombre es fiera,
y ¡ay! es mejor que en tus entrañas muera
que bello es ser, pero es mejor no ser.





ORGÍA 

Copa de cristal pulido,
bebo, bebo y me embriago,
con sabor a corazón
y sabor divino a labios.
Bacante soy de una orgía
deliciosa y no me exalto.
Ruedan abiertas las rosas
sobre mi corpiño intacto,
y yo bebo y bebo más
el licor que sabe a labios.
Maravilloso licor del que ya bebido tanto,
sin que se alteren mis venas,
sin que en mi mente haga estragos.
Centellea como dos
ojos negros en mi vaso,
prende infinitas antorchas
en mi corazón helado
a arrastra mi pensamiento
hacia caminos fantásticos.
Bebo, y no estoy ebria, no.
Muerdo el cristal de mi vaso
y hago trizas los espejos
que miran y estoy mirando.
Me sumerjo en mi licor
como en olas de cobalto
que aunque bebo, no me estalla
roto el cerebro en pedazos.
Disuelvo mi pensamiento
licor con sabor a labios
y en tus olas de emoción
toda voluntad deshago.
¡Centellar de ojos ardientes,
aunque muero , no me embriago,
y aunque he disuelto mi vida
en la copa de tus labios! 





BERCEUSE 

Me estoy durmiendo poco a poco,
me estoy durmiendo sobre el mar.
Un hierro sólo me separa
de su viscosa inmensidad
y yo me duermo poco a poco
con blando y dulce cabecear.
¿vendrá el naufragio si me duermo?.
¿Me tragará dormida el mar?.
¿Morderé perlas, algas, conchas
en un futuro despertar?.
¿Conversaré con las sirenas?.
¿Algún tritón me abrazará?.
¿Iré a las fiestas de Neptuno
en un carruaje de coral?....
En la litera pequeñita
mi corazón dormido está.
No más que un hierro me separa
de su viscosa inmensidad.



Remansos del ensueño
Autor: María Monvel
Santiago de Chile: Impr. Universitaria, 1918

CRÍTICA APARECIDA EN LAS ÚLTIMAS NOTICIAS EL DÍA 1918-12-10. AUTOR: ANÓNIMO

Había leído varias veces, en periódicos y revistas, composiciones poéticas de María Monvel, y me habían llamado la atención por haber encontrado siempre en ellas fraternalmente enlazadas la belleza del concepto con la sencillez y naturalidad de la forma, cosas que en estos tiempos de modernismo literario son cualidades exóticas en la mayor parte de los discípulos de Apolo; de manera que al llegar a mis manos, elegantemente impreso, un tomo de poesías de esa firma, para mí ya conocida y apreciada, fue una feliz circunstancia que me hizo gozar con la esperanza de próximas y espirituales deleites.

No me engañaba: he recorrido las páginas del libro y me he encontrado con verdaderas filigranas poéticas de refinado gusto artístico y hondamente sentidas. Es lástima, sin embargo, que el lenguaje deje a veces algo que desear, no porque la autora no conozca sus resortes, sino por la tendencia a buscarle nuevos derroteros, no siempre en armonía con las reglas eternas del buen gusto y de la estética.

Pero advirtamos que María Monvel es modernista y aunque su modernismo no es tan exagerado como el de la mayoría de sus colegas en el arte, tiene que pagar tributo a la enfermedad de la época, so pena de ser tratada de clásica y, por lo tanto, mal mirada en el cenáculo de los dioses. De otra manera, estamos seguros, se habría preocupado más de la forma y habría puesto en ella más dosis del talento que le sobra y que la denuncia como una estrella de primera magnitud en la constelación de nuestro cielo literario. Y no se crea por esto que María Monvel no es sincera en la expresión de sus afectos, ni natural en la manera de exteriorizarlos. No, nada de esto; al contrario creemos que la sinceridad es la primera de sus cualidades; pero sus pocos años, acaso, la falta de lectura de los grandes modelos de la poesía castellana y el ambiente en que se ha desenvuelto su vocación artística, no le ha permitido emanciparse de ciertos procedimientos de dudoso gusto, y de ahí que sus poesías se resientan de ciertos amaneramientos muy en armonía con el gusto predominante de la época y del ambiente.

De este modernismo están exentos, sin embargo, muchas de las poesías de María Monvel y, por supuesto, a mi juicio son de las mejor sentidas y más hermosamente expresadas. “La ciega” es un poema que por primera vez me ha hecho pensar en ese desgraciado ser, privado de lo que a primera vista parece más necesario a la existencia humana. No obstante, en la forma en que la presenta la poetisa, qué de encantos la rodean, de cuántas desgracias se ve libre, cuán honda paz la penetra:


“…Ni un tormento la conturba o la agita
y aunque vive en penumbra, lleva dentro una aurora,
Y conserva del sol, de las flores hermosas.
Del cielo, de los astros, de la luna argentina.
No las ha visto nunca, pero las adivina
Mucho más esplendentes y mucho más gloriosas.”



De tal suerte, nos hace pensar en la felicidad de la desventurada ciega, que llegamos a convenir con el poeta.



“¡Que jamás esos ojos por un prodigio extraño
Se entreabran gozosos, la penumbra vencida
Pues, sería muy grande, muy cruel el desengaño
Porque nunca es más bella que en los sueños la vida!”



“El elogio de la soledad”, “La misa en la aldea”, el poema sentimental de “La niña María” y los tres “Cantos” de “La mañana”, el “Crepúsculo” y la “Noche” con que termina el libro, son otros tantos delicadísimos poemas, frutos de una inspiración robusta y espontánea a la par que original y tierna, en que el espíritu goza con sensaciones de un orden superior, casi místicas, por más que los protagonistas sean de carne y hueso como todos los mortales.

No se puede negar, María Monvel sabe de tal manera idealizar la pasión, espiritualizar las cosas más materiales, que su poesía, aunque voluptuosa, no hace daño al espíritu y penetra por los sentidos como la luz por entre los cristales trasparentes de un templo bizantino, sin empañarlos.

Pero donde la personalidad artística de María Monvel se nos revela en toda su intangible transparencia, en todo su valer, es en aquellas preciosas rimas que debió haber escrito de rodillas, por la unción mística que destilan, por la sinceridad que delatan, por la ingenua sencillez que denuncian, por todo lo bueno que despiden; tal es “Yo te pido, Señor”. Leamos:



“Mi alma está perfumada de una suave alegría
Mi mente es un venero de clara poesía
Mi corazón, nido de amor;
Y anhela mi conciencia bondades infinitas
Verter a manos llenas la paz en las precitas
Almas que encuentre en mi redor”.



No ha podido el artista trasladar al lienzo con colores más fieles y más precisos la personalidad poética de María Monvel. Su alma está allí rebosando ternura de piedad infinita y vaciando en sus versos todo el venero de poesía de que está llena su mente y su corazón.

Saludemos en ella a una de nuestras primeras poetisas y alentémosla con nuestros aplausos a producir todo lo que su estro privilegiado puede dar de sí, para bien de las letras y de la cultura femenina, tan espléndidamente representada en su labor artística.

Firmado como P. R.



Fue así...
Autor: María Monvel
Santiago de Chile: Nascimento, 1922

CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1922-08-28. AUTOR: OMER EMETH

1. Todos, cual más, cual menos, creemos saber qué cosa sea poesía, y por ende, en presencia de un libro de versos, adoptamos sin escrúpulo la actitud judicial. Pero, si nos conociésemos bien y fuésemos francos confesaríamos que, muy a menudo, solo la disposición tipográfica de las líneas iguales o desiguales de un libro, es la que nos permite establecer una diferencia entre la prosa y el verso.

Y en verdad, reinando como reina aún la anarquía de los criterios producida por el simbolismo, es muy difícil dar, de la poesía, una definición que permita distinguirla a ciencia cierta de todo cuanto no sea ella.

Maeterlinck nos ayudará tal vez a salir de este apuro. En el prefacio de su “Teatro”, publicado en 1901, dice aquel maestro: “Mirada de cerca, la alta poesía consta de tres elementos principales. Primero, la belleza verbal; luego, la contemplación y pintura apasionadas de lo que realmente existe en torno de nosotros y en nosotros mismos, es decir, la Naturaleza y nuestros sentimientos, y, por fin, la idea –que envuelve la obra entera y le crea una atmósfera propia- la idea que el poeta se forma acerca de lo desconocido, de ese desconocido en que flotan los seres y las cosas, del misterio que los domina y juzga y que preside a sus destinos. No me parece dudoso –agrega Maeterlinck- que este último elemento sea el más importante. Mirad un hermoso poema por muy breve y rápido que sea. Rara vez su belleza, su grandeza se limitan a las cosas de nuestro mundo. Nueve veces diez nacen de una alusión a los destinos humanos, de algún vínculo de lo visible con lo invisible, de lo temporal con lo eterno”.

En resumen, según la fórmula, por decirlo así, química, que acabamos de enunciar, la poesía consta de belleza verbal, pintura apasionada y conciencia del misterio universal. Naturalmente estos tres elementos abundan más o menos y se combinan en una infinita variedad de modos y así dan origen a las múltiples y variadas formas de la poesía. Pero si interpretamos correctamente a Maeterlinck, debemos admitir que solo hay poesía verdadera cuando los tres elementos entran en combinación y esta es armoniosa, es decir, cuando ningún miembro de esa trinidad predomina sobre los demás hasta reducirlos a poco o a nada.

Sería curioso ejercicio el que consistiera en examinar, clasificar y calificar desde el punto de vista de Maeterlinck los poetas más famosos. Llegaríamos a conclusiones muy discutibles quizás, pero muy instructivas. Así, por ejemplo, en algunos descubriríamos que la belleza verbal es su elemento predominante. Entre estos colocaría yo de muy buenas ganas a los parnasianos y por sobre todos a Leconte de Lisle y a J. M. de Heredia. En otros dominaría la pintura apasionada; pintura del mundo externo: Víctor Hugo en quien el elemento “belleza verbal” está a la misma altura que el elemento pictórico; pintura del mundo interno: Lamartine, Vigny, Baudelaire, en grados diversos. En algunos, cuya belleza verbal es muy escasa (por ejemplo Sully-Prudhomme) dominaría la conciencia del misterio en que flota el mundo. En todos y cada uno de los grandes poetas, presenciaríamos de cuando en cuando el milagro de los tres elementos combinados en una página o en un poema y la magnitud de esos poetas se mediría por la frecuencia de aquel milagro.

¡Curioso e instructivo ejercicio crítico! Bien podemos practicarlo hoy con María Monvel.

2. En ella predomina el segundo elemento: “pintura apasionada” no tanto del mundo externo como de ese mundo que es ella misma:



“Mi ser entero es una
inaudita esperanza”

“…es tal mi amor
que mi ser entero se hiciera corazón”.



El mundo externo la preocupa poco. Una puesta de sol en el mar, un árbol que el viento de otoño desnuda, el acompasado golpe de un caballo por la playa desierta, una estrella que en lo alto se abre como un jazmín, le dan materia para un par de versos hermosos y luego se desvanece la fugitiva imagen para dar lugar a esa esperanza, a ese corazón, a ese amor que, para ella, es el “unum necessarium”, el todo, el “yo”.

No busca vocablos raros, sonoros, relumbrantes. Bástale el vocabulario más sencillo para traducir esa “inaudita esperanza” que es su vida. Lo demás (derroche de vocablos, meditación del misterio universal) la tiene sin cuidado. Solo el misterio de la muerte se asoma a ratos, pero sin causarle espanto. Dulcemente y con quietud, dice:



“La piedra dura que antes era,
se hará de arcilla en tu camino.
¡Siempre seré lo que tú quieras!
Me moriré cuando te mueras
y habré cumplido mi destino” (pág. 36).



“Su mundo interno” lo constituyen un recuerdo y dos seres. El recuerdo de una cadena y de una injuria, y los dos seres amados son, en este libro, las verdaderas fuentes de la poesía. Nada hay en “Fue así…” que supere las páginas inspiradas en ellos. Véase, por ejemplo, “Me pesaba su nombre” (pág. 63), “Y para amarte así” (pág. 19) y tres poemitas deliciosos, que se intitulan “Miedo”, “Llanto”, “Juguetes” (págs. 81, 85, 89).

En estos últimos aparece la madre con su hijita y el cuadro es encantador. En un parque otoñal, juega la pequeñuela:



“De jugar cansadita
a la madre te acercas,
juntando a mis mejillas
tus mejillas de seda.
Mi inquieto amor te atrae
mi inquieto amor te besa…
¿Eres mi primer hijo
o mi última muñeca?
¿No tienes frío, dime?
El otoño comienza
¡Qué te importa el Otoño
si soy tu primavera!...” (pág. 76).



Este cuadro es delicioso y no lo son menos, en su juvenilidad, (si tal puede decirse) las dos preguntas. Cuántas veces en presencia de una joven madre que juega con su pequeñuela primogénita no hemos pensado: ¿es su primer hijo o su última muñeca?

Eso, todos lo piensan, pero solo lo dice así una joven que es a la vez madre y poeta.

Y ahora, vamos a cuentas. Soy un clasificador desenfrenado, maniático, eterno y lo peor es que a aquellos que no comparten mi manía y la deploran los compadezco cuando son sinceros, y los miro en menos cuando fingen. Porque, en verdad, todos clasificamos y juzgar es, al fin y a la postre, clasificar.

En María Monvel los tres elementos de la poesía: riqueza verbal apropiada, pintura apasionada del mundo externo y cierta conciencia del misterio que todo lo envuelve. ¿Cuál de esos elementos predomina? El segundo. La combinación sería más armoniosa si, el Misterio de que habla Maeterlinck robase a María Monvel algunas de esas horas que ella consagra a su “inaudita esperanza”…

Pero es poeta (¡No! No quiero decir poetisa) y esto basta. Sea sobre todo francés, sincera, sencilla como hasta aquí y no crea que ese misterio haya de buscarse con artificio. Vendrá… Su presencia se revelará poco a poco si, como ella lo dice, “su ser entero se hace corazón”.



Las mejores poesías de María Monve
Autor: María Monvel
Barcelona, España: Cervantes, 1924


CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1926-03-12. AUTOR: RAÚL SILVA CASTRO

De vuelta de su viaje por España, María Monvel nos ofrece un tomito de selección de sus poesías. La Editorial Cervantes lo ha incluido en su colección de los mejores poetas universales y [corona] la edición con algunas líneas sobre nuestra poetisa.

En el volumen, cuyo contenido es bastante desigual, encontramos algunos versos nuevos de la señora Monvel. Nos referimos a las “Canciones de cuna”, cuya primera parte, “Cántigas del niño sano”, más sobria, más intensa que la segunda, merece ciertamente una mención entusiasta. Más adelante leemos poemas que suponemos escritos en España: “Por la calle de Alcalá”, “Visita” y “Hotel”, y que representan una orientación nueva en el arte de María Monvel.

Ya no siente nuestra poetisa la esclavitud de la rima y del ritmo preciso, contra la cual ella prácticamente se rebelara en más de una ocasión. Sus nuevos poemas, en especial “Por la calle de Alcalá”, tienen el corte de una conversación, sembrada de metáforas nobles y gratas y de expresiones singulares:



“Una mujer del pueblo
vende calorcillo en castañas
y el periódico vende noticias
despampanantes y variadas.
Las niñeras parecen magnolias
o crinolinas todas blancas,
y toda la plata de las Indias
la llevan al cuello colgada.
Hace frío, frío; mejor se está en casa
donde el verano artificial se trepa
por las tuberías llenas de agua
y arroja el frío fuera,
como cosa sin importancia”.



Tales son los nuevos versos de María Monvel, una de las cinco más grandes poetisas americanas, según dice en el prólogo del volumen que nos ocupa, la Editorial Cervantes. Quedamos esperando el libro que defina este rumbo inédito de nuestra poetisa, de cuyo talento siempre esperaremos buenos frutos.




Monvel. Sus mejores poemas
Autor: María Monvel
Santiago de Chile: Nascimento, 1934


CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1934-04-08. AUTOR: ABEL VALDÉS

Nada tan difícil, acaso, como destacar de un libro de versos la personalidad del poeta. Y la dificultad es mayor, si, como en el caso presente, el libro es una selección de los “mejores versos” del poeta. No interesa saber si los que se incluyen en la selección, son efectivamente los mejores versos, o su en la obra hay otros versos mejores. En último término, todo se reducirá a una diferencia de apreciaciones personales, lo que viene a ser la esencia de todos los diferendos que existen, sobre todos los problemas, divinos y humanos.

María Monvel ha sabido escoger sus versos. Los ha sabido escoger con tal seguridad, con tal conciencia de su propia labor, que para el que examina el libro, es punto menos que imposible preferir una composición a otra; anteponer esta a aquella; gustar la hermosura de una, sin recordar inmediatamente la belleza de la anterior y de la siguiente.

Todos los poemas del libro son igualmente hermosos, y parece que en todos ellos está vibrando entero el espíritu, la delicada sensibilidad del poeta. No se advierten en la poesía de María Monvel, los recursos de técnica literaria que afean la obra de otros escritores. Los versos fluyen límpidos, naturales, envueltos en una armonía permanente que subyuga, que encanta y que no fatiga jamás. En cada estrofa el poeta renueva su sentir; no hay una caída, un desfallecimiento en todo su canto. El arte de repetirse, sin que la repetición parezca tal, lo domina María Monvel como pocos artistas. Y en algunas composiciones ha sabido encontrar en su cuerda poética, un acento de vieja canción que constituye todo un acierto. “La quiero, porque la quiero” canta el poeta en un poema de amor, y todo el poema no es más que el desarrollo de la afirmación eterna. Canta la canción en el espíritu del lector, vuelve la melodía, se repite el motivo único, y queda cantando en el oído del lector que ya no la olvida.

Los poemas de María Monvel, por fortuna, no tienen época. No pertenecen a esta escuela ni a la otra. No se deben a una cultura literaria aprendida con el propósito de escribir versos; son pura y simplemente la expresión simple y pura de un temperamento poético. Es claro que en sus estrofas hay reminiscencias -¿en qué obra no las hay?- pero por sobre ellas, acentúa sus relieves la magnífica personalidad del poeta. Podrán citarse algunos versos: “No pases junto a mí, como quien pasa – frente al que nada espera”. “Y encontró gloria el que te pidió gloria – y encontró amor aquel que amor pedía”; en que vienen a la memoria muchos recuerdos: Rubén Darío, González Martínez, un poco los románticos franceses, un poco aun, aunque parezca extraño, don Guillermo Blest Gana, pero en lo esencial del canto siempre aparece María Monvel inconfundible.

Otra condición de María Monvel, aparte de su sentido intuitivo de la belleza, es su encantadora feminidad. Es una mujer que escribe versos, como una mujer; no como un profeta de la Biblia, ni como un ensayista inglés, sencillamente con la gracia y delicadeza de una mujer inteligente y fina. El amor, el deseo, el desengaño, la tristeza incurable de los espíritus que poseen una sensibilidad aguda, pasan por los versos de María Monvel envueltos siempre en el mismo manto de belleza. La delicadeza de su espíritu le ha permitido cantar sus deseos más íntimos, sus más personales rebeliones sin que el volumen poético de su canto se amengüe un instante. No hay una nota, salvo uno que otro verso perdido en que la autora haya descendido de la expresión de belleza a la expresión vulgar. Mantiene su acento permanente, en la más alta elevación de su espíritu.

Puestos a citar, nos veríamos obligados a transcribir casi todo el libro, y esta crónica no terminaría. Sin embargo, creemos que el poema “No entendió”, de los primeros de María Monvel, marca un punto de expresión poética, igualado después pero acaso no superado.



“No entendió mi cariño
que era un amor de madre
y era un amor de niño.
No entendió mi ambición,
que si le hurtaba el cuerpo
le daba el corazón.
No entendió mi locura
que le abrazó las manos
sedienta de ternura.
No entendió mi martirio:
buscar, buscar un alma
con singular delirio.
No comprendió mi amor:
diamante bien pulido
con llamas de dolor.
¡No me comprendió nunca
y así fue como entonces
quedó mi vida trunca!...
Cuando busqué sus labios
me mordieron sus dientes
infiriéndome agravios.
Cuando busqué sus ojos
me hirieron sus miradas
como dos dardos rojos.
Cuando busqué su pecho
me asaltó su deseo
como huracán deshecho…
No me entendió… Partimos
por sendas diferentes
y… ¡ni adiós nos dijimos!...”



Cuando pase el ruido de todas las escuelas literarias; cuando para apreciar la calidad poética de un artista solo se exija el sentimiento de la belleza, los versos de María Monvel ocuparán el sitio de honor que les corresponde, por propio derecho en nuestra literatura.



Últimos poemas de María Monvel
Autor: María Monvel
Santiago de Chile: Nascimento, 1937


CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1937-10-31. AUTOR: ESTELA MIRANDA

En primorosa edición que delata cuidadosos desvelos y homenaje al recuerdo, se nos entrega la obra póstuma de María Monvel, aquel espíritu entre tensos de fibra lírica elegido, para la efectiva comunión del arte y la sabiduría poética.

En alguna ocasión he procurado realizar un estudio del caudal literario de esta mujer preferida por la poesía, y en mi libro reciente, “Algunas Poetisas de Chile y Uruguay”, he entrado a analizar los siguientes aspectos creadores:

María Monvel y su Expresión Artística. La Naturaleza a Través de sus Versos. Su amor al Viaje. El Sentido Maternal. Glorificación del Amor. La Nota Melancólica en María Monvel.

Para el estudio de todos estos tópicos que he creído encontrar como fundamentales en su inspiración, he presentado la contribución modesta de mi fervor literario, renovado hoy frente a estos versos, “Últimos Poemas”, que nos llegan como un lejano mensaje de belleza.

Distínguense dos aspectos en este libro. La obra original, la más interesante, y luego, fieles traducciones de Shakespeare y Paul Géraldy.

En los poemas propiamente suyos no aparecen ya, en esta su obra postrera, las visiones de la naturaleza ni las expansiones viajeras a que me he referido. María Monvel se recoge en sí misma y busca dentro de su espíritu, desinteresándose del mundo objetivo. La mirada afanosa y anhelante que la amarra a la belleza de los mares y de las distancias, se ha apagado aquí, para buscar con desesperada insistencia, en el abrupto ambiente panorama de los sentimientos y la emoción personal, y su acento pierde en ligera y liviana melodía, en multicolor riqueza descriptiva y pictórica, para tornarse en grave y estremecido clamor.

En cuanto a ese aspecto que hasta antes de aparecer “Últimos Poemas”, pudo considerarse como mera nota melancólica, sombra leve a través de su anterior inspiración, va creciendo como un río, de nivel desapacible, y llega a constituir el dolor auténtico y profundo, el dolor desesperado y sin tregua que había de madurar, en definitiva sazón, la obra de la artista. El dolor llega hasta su espíritu en el gesto trágico de las eternas despedidas:



“No sé por qué no muero cuando beso su frente,
junto al mutismo trágico de su boca cerrada.
No sé por qué no muero si su cara adorada
no es ya más que la cáscara de su espíritu ausente”.



Se querella de la indiferencia tremenda de la vida junto a su propia desolación:



“Y el sol alumbra como no pasara nada
y sigue el corazón marchitando indiferente”.
(In Memoriam, pág. 21)



Pero su consideración rechaza, al mismo tiempo, todo lenitivo y no quiere ni aun imaginar una posible reunión con el ser amado, ya que toda celeste esperanza resulta descolorida y helada para su atributo de vital pasión:



“Entrégamelo, ¡oh, Dios! más distinto, cambiado,
con otros pensamientos y otro amor diferente
sin que quedara en él nada del ser amado
¡y amado [...]!
¡Ah, no! que todo muerta con ella. Lo prefiero”.
(Palabras de un Amante, pág. 112)



Como puede apreciarse, el amor está hecho de angustia y desgarramiento, confundiéndose, bajo un rubro común, el cálido sentir y las amargas expresiones.

La sensibilidad vibradora hasta el sufrimiento, de María Monvel, la hace conocer, junto al dolor de amor, todos los dolores, y tiende entonces sus miradas delirantes hacia el supremo aniquilamiento, hacia el reposo definitivo, sin astros ni amanecer:



“Quiero morir aunque se muerta
junto conmigo tu recuerdo.
Se morirán sobre la hierba
tus ojos verdes, tus cabellos.
Ya no más tengo la centella
maravillosa de tu ingenio.
Quiero morir aunque me lleve
la luz del mundo, si me muero”.

(Si me muero, pág. 57)



En otros momentos la […] el huracán de las dudas y el escepticismo, pero, frente a la promesa consoladora de una existencia supra-terrena, afirma rotunda negativa como postrera apelación:



“Y no saldrá nada. Ni una chispa siquiera
que se huya a esa mansión romántica imposible…
Polvo no más, y acaso una piedra ligera
con la muerte impasible”.

(Palabras de un amante. Pág. 110)



“No quiero, ¡oh, Dios! que loca quimera por mí teja
tu absurda eternidad”.

(El mismo poema, pág. 113)



Como matices nuevos dentro de su poética y que dominan en el tono general de estos versos póstumos, se anota la agudización y acabada estructura del estudio del sufrimiento, y la incubación de la duda metafísica. Tal vez queda por considerar un marcado aire rebelde, y la áspera ironía, implacable y honda, frente a la divinidad y a sus inescrutables designios:



“¡Gloria a ti! La desdicha al […] me ha elegido.
Como un juguete vivo tu diestra me ha cogido”.

(pág. 123).

A la ironía se une, más adelante, la reconvención:



“¡Gloria a ti! Pues grité y no me has [respondido]
Lancé sobre la tierra mi mirar confundido”.



Todavía se une a esta amargura sin límites, cierta manifestación de obediencia y sometimiento que en el fondo es más aparente que verdadero, a la vez que la misma rebeldía ya apuntada apareciendo bajo nuevo matiz:



“Adoro en mis destinos la […] de tu juicio.
Amo tu voluntad en mitad del suplicio.
¡Gloria a ti! ¡Gloria a ti! ¿No queda un poco en mí?
Pues, hiere aún que siempre clamaré: ¡Gloria a ti!”

(El mismo poema, pág. 126).



Unas breves palabras en cuanto a sus traducciones de Shakespeare y Paul Geraldy; son de tan lograda belleza, que todo comentario ha de resultar inexpresivo. En aquel ofrecimiento de distinguida calidad merece especial mención el segundo soneto de Shakespeare, y en cuanto a Geraldy, la traducción de “Expansiones”. María Monvel constituye, tal vez, el único caso, dentro de nuestra literatura, en que se suman el artista y el erudito, sin que el uno dañe al otro. Su dominio de lenguas extranjeras le ha permitido verter al castellano los poemas mencionados, con fidelidad, elegancia y emoción.

Y si hablamos de emoción, digamos a su respecto el comentario último de este artículo que ya está resultando demasiado largo. Son, justamente, emoción y sinceridad, las dos características que siempre fueron suyas en esta poetisa, las que más generosamente fluyen en sus páginas póstumas. Sin dejarse llevar por modas literarias, reafirma su propio concepto de arte, el que ella identifica con la expresión estremecida y vibradora de los sentimientos, dichos con plena belleza, don que le pertenece en privilegiada manera.


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