viernes, 20 de junio de 2014

MARGARITA VÉLEZ VERBEL [11.953]



Margarita Vélez Verbel 

Nació en Corozal (Sucre), Colombia y estudió Derecho en la Universidad de Cartagena. En 1995 publicó el libro de poemas Los ángeles sólo bajan una vez, con el que ganó la convocatoria del Instituto Distrital de Cultura y Deporte de Cartagena, ciudad en la que vive desde muy joven, y en el 2007 su segundo poemario, Del polvo y el olvido, editado por la autora y la Editorial Pluma de Mompox y "El libro de las destrucciones".


Flash

No te muevas
captura en el tiempo este instante
no respires
podrías quebrar algo que se mueve por dentro
No, no digas nada
los ángeles sólo bajan una vez.





DEL LIBRO “DEL POLVO Y EL OLVIDO” (2007)


Palabras

Necesito decir algo:
que el alma se me tuerce,
que me corren ríos,
que muero,
que no soy sólo un montón de huesos
que envejecen con el tiempo.
Necesito algo más que este día
que transcurre y cae al vacío.
Algo más para no desbordarme ansiosamente
entre autos y gente que marcha y se hunde,
para no perderme entre horas de desesperanzas
y de hormigas que luchan contra el hambre.
Necesito sueños grandes que alivien mi vacío
que me llenen mientras caigo.




Universo

Ya que he sido todos los hombres
y he padecido todas las afrentas
en este único cuerpo y en este único tiempo.
Ya que he esperado con una esperanza ciega
bien me merezco algún cielo,
alguna piedra donde posar este cansancio.
Bien merezco un día de reposo,
un pan para mi hambre,
un creador menos duro,
una ansiedad más corta.



Gris

En estos días 
en que sufro,
en que he desnudado mi alma a las tormentas,
en que a veces me siento grande
con la soberbia y la rabia que guarda el que soporta,
quisiera encontrar un culpable
a quien poder colgar de un árbol,
un punto, un dios miserable
al que quejarme,
una ira suprema que me parta.




Atravesándome

Me pierdo entre estas cosas repetidas, entre estos
                                       /vahos pestilentes
Me deprimo
pobre de mí que soy mi verdugo de día y de noche.
Pobre de mí que he bebido de otras aguas
                             /y me consume otra sed.
Mas me valdría, de un salto, atravesarme
                             /como un alfiler
a una mariposa



Un río

En algún momento el alma reposa
y es como una bestia pastando,
como un río.
Es entonces bella con todas sus torceduras,
Dejándose tender las trampas de la nostalgia.
En algún momento el alma es plena y solitaria
y se basta a sí misma
como el cuerpo al placer.
Entonces se siente la vida,
el agua fuera de su cauce
enseñando otros caminos,
seducida por su propio canto.
Toma con igual goce su dulce y su veneno.



Del polvo y el olvido

Cuando me haya marchado
y sólo quede el polvo
alguien por mí quedará en esta rueda
repitiendo cada cosa, cada acto.
Se llamará distinto
y jamás habrá escuchado mi nombre
pero soñará y sufrirá igual.
Librará consigo las mismas batallas
y pretenderá cosas que nunca hallará.
Estará cansado al final
y yo no le conoceré.
Le entregaré parte de mi mortalidad
como una hoja se entrega al viento.
Como la hierba a cada cosa que en ella crece.
Cuando me haya marchado
y todo se repita en otro,
habré resucitado sin gloria
del polvo y el olvido.
Vendré a treparme en otra mortalidad dolorosa
a usurpar otro espacio y otro aliento.





POEMAS DEL LIBRO  "EL LIBRO DE LAS DESTRUCCIONES"


Las sopas

Recuerdo bien a mi madre con su crucifijo de pepitas,
con su rosario en la mano.
la recuerdo repitiendo sus avemarías
y explicándole a sus hijos las bondades del reino venidero
que nos atraería su dios judío.
La recuerdo son la huella de una trompada que le diera mi padre en el ojo
diciéndonos que dios era justo.
La recuerdo con su resignación cristiana, con su urbanidad de Carreño,
con la cartilla del padre Astete mientras hacia las sopas.
la recuerdo con sus ojos escrutadores, investigando lo que ocurría
en el fondo de mi alma, para impedir que juzgara, que cuestionara, que luchara,
que pensara, que viera la mierda hasta el cuello en que estaba untada aquella familia, toda la indignidad que reinaba entre esas cuatro paredes.
La recuerdo con su moral cristiana, con su moral de perros
la recuerdo metiéndome por los ojos su puto cristianismo.



Herencia familiar

Para Carmen Sofia Verbel , mi madre.
para Sara Duque Bonoli (In memoriam )


Cómo me duelen mi madre y mis abuelas.
Cómo me duelen sus mundos reducidos al fogón y a las salas de parto,
sus vidas envilecidas, sus esclavitudes.
Pobres seres reducidos, pobres mariposas de llanto.
Cuánta violencia les pesa,
cuánta violencia agazapada en los cuartos,
en sus faldas, en sus cópulas de goce exclusivo del macho.
Cuánto silencio se cierne sobre sus hijos procreados y paridos a la fuerza,
como un doloroso hierro clavado al vientre.
Cuánta mierda escondida bajo el techo,
entre la manteca caliente y el café en las mañanas.
cuánta podredumbre.





LORENA BOBBITT

La ecuatoriana, la latina que llegó a Estados Unidos a cumplir el
sueño americano. La que un día se fastidió de recibir golpes, de
tener que cumplir con el “deber conyugal” y de ser tratada como
uno de los trastes que lavaba. La que un buen día le cortó el pene
a su marido, en un acto de grito de libertad, de absoluta rebeldía.
La que decidió anular la hombría de quien la esclavizaba con la
autoridad de la que se creía revestido, privándolo de lo que más
aprecia un hombre, de lo que lo identifica: su miembro viril.
Como una Antígona, como una Medea, surgiste de las mismas
tripas del sufrimiento y la humillación. Lorena Bobbitt, latina
valiente, como un solo grito, como una sola voz levantada arrancaste
la tiranía de siglos de opresión sobre las mujeres.



LA REDENCIÓN

Cristo amonestó a los que lanzaban piedras a la mujer adúltera,
diciéndoles que estaba mal ya que todos éramos pecadores y nadie
podría lanzar la primera piedra. Pero su juicio muy parco no
alcanzó para cuestionar que el acto de apedrear a una mujer era
en sí vil, inmoral e inhumano, independientemente de que sus
verdugos fuesen santos o impíos.
Cristo les dijo que dieran a Dios lo que es de Dios y al Cesar
lo que es del César, pero nunca cuestionó por qué habían tantas
cosas para el César y tantas cosas para Dios y tan pocas cosas
para el resto.
Pablo, el apóstol que divulgó el cristianismo, dijo que las mujeres
debían obedecer a sus maridos como el esclavo a su amo. Les
enseñó a los pobres a permanecer en la pobreza y mirarla como
un signo de bienaventuranza y a los hijos a estar bajo la sujeción
permanente de sus padres. Este cristianismo, decía Pablo, el misógino,
el que luchaba contra toda filosofía, contra toda forma de
racionalidad y ciencia, contra toda posibilidad de libertad, nos
daría la redención.
El cristianismo y su babosería le enseñó a los hombres a obedecer:
los esclavos a sus amos, la mujer a su marido, los hijos
a sus padres. El cristianismo le quitó al ser humano la cosa más
sagrada que tenía: su libertad, su rebeldía innata, su capacidad
para cambiar lo que le subyuga y envilece.



LAS SOPAS

Recuerdo bien a mi madre con su crucifijo de pepitas,
con su rosario en la mano.
La recuerdo repitiendo sus avemarías
y explicándole a sus hijos las bondades del reino venidero
que nos traería su Dios judío.
La recuerdo con la huella de un golpe en el ojo
/que le propinara su marido,
diciéndonos que Dios era justo.
La recuerdo con su resignación cristiana, con su urbanidad
/de Carreño,
con la cartilla del padre Astete mientras hacía las sopas.
La recuerdo con sus ojos escrutadores, investigando
/lo que ocurría
en el fondo de mi alma, para impedir que juzgara, que
cuestionara, que luchara,
que pensara, que viera la mierda hasta el cuello en que estaba
untada aquella familia, toda la indignidad que reinaba
/entre esas cuatro paredes.
La recuerdo con su moral cristiana, su moral de perros
La recuerdo metiéndome por los ojos como las sopas
/su puto cristianismo.



LA CASA 

Cuatro paredes 
y los adultos gravitando en aquel espacio. 

Pequeños que éramos entre manos grandes y violentas 

Cuatro paredes y el cautiverio, 
el miedo de saberse solos y sin un sitio al cual ir. 









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