sábado, 21 de junio de 2014

EUSEBIO LILLO [11.972]


Eusebio Lillo

Eusebio Lillo Robles (Santiago, 14 de agosto de 1826 - ibídem, 8 de julio de 1910) fue un poeta, periodista y político chileno. Autor de la letra del himno nacional de Chile.

Hijo de Agustín Lillo y Dolores Robles, quedó huérfano de padre a temprana edad. Estudió como alumno externo en el Instituto Nacional. Se destacó como gran lector desde joven y con los libros que compraba organizaba rifas entre sus compañeros para costear sus gastos de estudio. Se retiró de los estudios por problemas familiares, sin poder recibirse de abogado.

Su primera composición fue A la muerte de don José Miguel Infante, cuando tenía 18 años.

Trabajó como funcionario público en el Ministerio del Interior en 1846 y paralelamente desempeñó el cargo de corresponsal del periódico El Mercurio de Valparaíso en Santiago para ganarse la vida. En 1847 redactó la letra del actual himno nacional de Chile.

Participó en la Sociedad de la Igualdad en 1850 y, por estar presente en el motín del coronel Urriola el 20 de abril de 1851, fue condenado a muerte; sin embargo, atendida su autoría del himno nacional, su sentencia fue conmutada por el exilio. Volvió a Chile en 1875 y a partir de esa fecha realizó una destacada labor pública.

Falleció en Santiago el 8 de julio de 1910.

Obra

Poesía

Dos Almas 1192
La mujer limeña 1122
El Junco 2040
Rosa y Carlos 2010
El Imperial 1892
Una Lágrima 1923
Deseos 1911
Himno nacional 1921






El poeta y el vulgo

Al altanero y encumbrado pino
díjole un día la rastrera grama:
–¿Por qué tan orgulloso alzas tu rama
cuando no alfombras como yo el camino?

Y él respondió: –Yo doy al peregrino
sombra, cuando su luz el sol derrama,
y cobijo las flores cuando brama
el ronco y desatado torbellino.

Así el vulgo al poeta gritó un día:
–¿Por qué miráis indiferente el suelo?
¿Qué hacéis? ¿Quién sois? Y el bardo respondía:

–Soy más que tú porque tal vez recelo
que sólo de mi canto a la armonía
comprendes que hay un Dios y que hay un cielo.






Hay algo en ti...

Hay algo en ti del serafín que mora
en la mansión eterna y esplendente;
en tu serena faz, niña inocente,
y en el azul que tu mirar colora.

Fresco botón que al despertar la Aurora
y al casto beso del fugaz ambiente,
alza su pura y delicada frente,
tal eres tú, Matilde encantadora.

De aquesta vida en el camino estrecho
se abra a tu paso florecida senda
y paz respire y bienestar tu pecho.

Un alma halles que te ame y te comprenda;
y grato abrigo del paterno techo
sé de feliz unión, hermosa prenda.






Consejo

Goza, bien mío, en tanto que en la vida
la fresca lozanía te acompaña,
que es flor la juventud que el tiempo daña
y no vuelve jamás una vez ida.

Mientras gozamos de la edad florida
en mil deleites el amor nos baña;
más tarde, ¡ay tristes! la vejez huraña
nos roba el fuego que en el alma anida.

El amor, como Dios, tiene su cielo;
olvida allí del corazón enojos
pues para gozar viniste al suelo.

Y si presa han de ser aquesos ojos
y el seno aquel de la vejez de hielo,
sean más bien de amor dulces despojos.














Himno nacional de Chile

Coro


Dulce Patria, recibe los votos
con que Chile en tus aras juró
que o la tumba serás de los libres
o el asilo contra la opresión.

I

Ha cesado la lucha sangrienta;
ya es hermano el que ayer invasor;
de tres siglos lavamos la afrenta
combatiendo en el campo de honor.
El que ayer doblegábase esclavo
hoy ya libre y triunfante se ve;
libertad es la herencia del bravo,
la Victoria se humilla a su pie.

II

Alza, Chile, sin mancha la frente;
conquistaste tu nombre en la lid;
siempre noble, constante y valiente
te encontraron los hijos del Cid.
Que tus libres tranquilos coronen
a las artes, la industria y la paz,
y de triunfos cantares entonen
que amedrenten al déspota audaz.

III

Vuestros nombres, valientes soldados,
que habéis sido de Chile el sostén,
nuestros pechos los llevan grabados;
los sabrán nuestros hijos también.
Sean ellos el grito de muerte
que lancemos marchando a lidiar,
y sonando en la boca del fuerte
hagan siempre al tirano temblar.

IV

Si pretende el cañón extranjero
nuestros pueblos, osado, invadir;
desnudemos al punto el acero
y sepamos vencer o morir.
Con su sangre el altivo araucano
nos legó, por herencia, el valor;
y no tiembla la espada en la mano
defendiendo, de Chile, el honor.

V

Puro, Chile, es tu cielo azulado,
puras brisas te cruzan también,
y tu campo de flores bordado
es la copia feliz del Edén.
Majestuosa es la blanca montaña
que te dio por baluarte el Señor,
y ese mar que tranquilo te baña
te promete futuro esplendor.

VI

Esas galas, ¡oh, Patria!, esas flores
que tapizan tu suelo feraz,
no las pisen jamás invasores;
con su sombra las cubra la paz.
Nuestros pechos serán tu baluarte,
con tu nombre sabremos vencer,
o tu noble, glorioso estandarte,
nos verá, combatiendo, caer.





Poesías de Eusebio Lillo
Autor: Eusebio Lillo
Santiago de Chile: Nascimento, 1923


CRÍTICA APARECIDA EN LA NACIÓN EL DÍA 1923-02-11. AUTOR: ALONE

El señor Silva Vildósola visitó a don Eusebio Lillo en 1905, cuando el autor de la Canción Nacional cumplía setenta años, y trazó un retrato en que el ilustre anciano está en su ambiente, rodeado de sus árboles, sus libros y sus cuadros. Es una página escrita con ternura y con malicia y sembrada de gráficos detalles.

“A lo lejos sonó la campanilla como en un convento vacío y ningún eco respondió durante largo rato. Hasta nosotros llegaban apagados por la distancia algunos gorjeos de pájaros, y mirando al través de la mampara con vidrios de colores, se veía el follaje de los viejos naranjos y las secas enredaderas”.

Hasta que aparece Eusebio, llevando en una mano sus anteojos y levantando la otra con amistoso saludo:

“-Supongo que me buscan a mí, en esta casa no vivo sino yo…”

Frase que evoca su numerosa leyenda galante.

En seguida “fuimos introducidos a un amplio salón al cual se colaba por la abierta ventana un rayo de sol, en cuya faja luminosa bailaban su zarabanda las pelusas y el polvo levantado en la alfombra. Un viejo salón de esos que hemos visto visitando a los abuelos los domingos en la tarde”.

La entrevista continúa con la clara firmeza de un cuento de Maupassant; todas las excusas que da el señor Lillo para no dejarse entrevistar, para ocultarse y esfumarse, el señor Silva Vildósola las coge y las dice, naturalmente, como si no se diera cuenta de que está consiguiendo su objeto, y que su presa, mientras más se le escapa, más se le entrega…

Hablan de arte, de literatura, de viejos recuerdos, hasta de política.

“Era una conversación imposible de reproducir, nerviosa, variada, salpicada de chistes, con la voz musical y el gesto amplio, elegante, oratorio del señor Lillo.

Con esa hospitalidad llana y verdaderamente señorial que recuerda otros tiempos, todavía al salir y después de habernos abrumado con sus atenciones, nos pedía excusas y nos hablaba de la soledad de su hogar.

Tienen mucho que disculpar. En esta casa no hay mujer y hace mucha falta. Se necesita una mujer para que pase su mano sobre todos los detalles y haga agradable el hogar. Pero ya saben ustedes que esta casa les pertenece. Vuelvan cuando quieran, me darán un verdadero placer. Les repito que a mí no se me quita tiempo. Tengo un gusto muy grande.

Y en el mismo zaguán donde nos había recibido, allí nos despidió, y alejándonos por la calle solitaria, donde la primavera está haciendo crecer la hierba entre las piedras, veíamos todavía la silueta del ilustre escritor, de pie en su puerta conversando con un viejo amigo que en esos momentos lo visitaba, con su espléndida cabeza bañada de sol y en la cual, bajo las canas, hay tanta juventud y tanta bondad”.

El señor Silva Vildósola ha devuelto con esplendidez su hospitalidad a don Eusebio. Después de leer esta que los editores han elegido con acierto como introducción a su volumen de poesías, ¿quién tendrá valor para decir con franqueza la impresión que producen los versos del autor de la Canción Nacional? Se buscarán perífrasis y rodeos, se hablará del gusto de ese tiempo, de la relatividad de todos los valores, de tal cual estrofa llena de frescura y sencillez. Se citarán algunos pensamientos hermosos, porque los hay, algunas imágenes felices y nuevas, porque tampoco faltan; pero el juicio verdadero, sobre todo el contraste que aparece entre su inspiración personal o su falta de inspiración personal o su falta de inspiración personal y el arte refinado y complejo de nuestros poetas de la última generación, ¿quién se atreverá a estamparla sin reticencias?

Tal vez lo más piadoso sea lamentar que nos hayan destruido una ilusión, la de que don Eusebio Lillo valía algo, y decir que acaso estemos equivocados al juzgarlo desprovisto de mérito.

Es un viejo simpático.





Obras poéticas
Autor: Eusebio Lillo
Santiago de Chile: SECH, 1948

CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1948-07-25. AUTOR: ALONE

El joven llegaría, como siempre, a su oficina sin atrasarse mucho, aunque era poeta. Desde don Diego Portales, los empleados públicos observaban la puntualidad. Corre 1847, bajo el benévolo, pero laborioso Bulnes. Llegaría a su modesto escritorio de oficial supernumerario, empleo que un amigo le consiguió el año anterior, y tal vez se pondría a su trabajo y, en papel del Estado, escribiría: “Excelentísimo Señor, tengo el honor de elevar a US…”. O bien, ocupando las mismas recias hojas oficiales, sin variar de pluma ni de tinta, aunque mirando antes en torno por si venía el jefe, copiaría:

“Si yo fuera la brisa pasajera,
Aliento perfumado de las flores,
Enredado en tu suelta cabellera
Murmurara a tu oído mis amores”.

Palabras que no se dirigían ya a ningún señor excelentísimo, sino a una excelentísima señora o señorita que lo traía emocionado.

Poco cuesta imaginar la escena e importa recordarla porque es la hora decisiva, un “momento estelar” en la vida de Lillo.

Cuenta veintiún años de edad. Las humanidades que siguió, desde los quince a los dieciocho, en el Instituto Nacional diéronle fama de escritor precoz, satírico y ligero, hábil para burlarse en verso de sus camaradas y también de algunos profesores. El año 44, a la muerte de don José Miguel Infante, causará sensación en el cementerio al recitar, ante los restos del prócer, su elegía, medio cristiana, medio, involuntariamente, pagana:

“Lejos del mundo, en brazos de ángeles,
tu alma al alcázar del placer subió
y allá en el seno de la virgen pura
será tu vida celestial sopor”.

Endecasílabos solemnes que, alternados con estrofas más rápidas, echan loas a la misión que el grande hombre de las quimeras cumplió en su patria:

“Tú la hiciste feliz, sombra adorada,
haciendo que tronchase sus cadenas.
Antes de ti, mi patria no era nada…
era una esclava de la España apenas”.

Como tantos y tantos, abandonó Lillo sus estudios para trabajar y ahora le vemos, en el umbral de la vida, ensayando a regañadientes la prosa ministerial y versos románticos que servirán sus conquistas amatorias. Y que acaso no estaban destinados a mayores destinos, si puede haber destino mayor para un verso.

Pero en esos momentos, otro Destino, con mayúscula ese y encarnado en cuerpo y alma, deja sentir sus pasos, se le acerca. Es el jefe. Un jefe condescendiente y bonachón que empezó dándole a revisar sus borradores, porque: “Como Ud. es medio literato…”; que después lo había ascendido de grado en las letras, aunque no tanto como él pensaba, al decirle: “Ud., que es más literato que yo…”; y que en ese instante iba, sonriendo, sin saberlo él ni sospecharlo el otro, a tomarlo de la mano para conducirlo a la inmortalidad.

Tal como suena.

Prudentemente escribe Silva Castro, autor acucioso de esta recopilación, en su excelente y bien informado prólogo:

“Ser autor de la Canción Nacional de Chile es lo que caracteriza a don Eusebio Lillo”.

Gran verdad, Don Eusebio sin la Canción, dejaría de ser don Eusebio. Agrega el prologuista:

“Hace cien años, en agosto de 1847, se le encargó que diera nuevo texto al himno patrio, en algunos de cuyos versos quedaban resabios de la lucha ingrata que desgajó a Chile del seno de la España progenitora. El poeta, según propia declaración, cumplió la orden de su jefe jerárquico, el Ministro del Interior más como funcionario que como vate. Y he aquí que su creación quedó echando raíces que han tenido fuerza suficiente para resistir nada menos que toda una centuria. Esta edición, que recoge las obras poéticas de Lillo en la hora del Centenario de la Canción Nacional, acredita, entre otros testimonios, el vigor de aquella poesía”.

Más como funcionario que como vate: no, ni él ni su jefe sabían, de seguro, que ya, tan temprano, había cortado el poeta los laureles definitivos.

Desde entonces hasta su muerte, la vida de don Eusebio Lillo, evoca, en otro color, de tono sonriente, la carrera variada y asaz melancólica de Rouget de Lisle, que no fue sino “el hombre que había compuesto La Marsellesa”. Un hombre, apresurémonos a decirlo, tan perseguido por la pobreza y la desgracia, hasta lindar en la miseria, como a este otro le siguieron la dicha, la fortuna, los amores y, por añadidura, una maravillosa libertad.

Silva Castro lo cuenta muy bien.

De su biografía sintética, toda hechos, fechas, datos, surge un don Eusebio, como debió de ser, epicúreo gustador y amador, simpático, dichoso, listo y múltiple.

Interrumpió los iniciados estudios de leyes para abrazar el periodismo y fue un luchador liberal en prosa y verso. A los veinticuatro años tuvo “hoja propia”, “El amigo del pueblo”, órgano de un liberalismo extremo. Lo desterraron, lo condenaron a muerte. Inútil. De las desgracias aparentes arrancaba su dicha indudable. Con el millonario Arcos, Zapiola y Bilbao, fundó la Sociedad de la Igualdad, primer partido proletario de Chile y punta de lanza de la avanzada izquierdista, como hoy diríamos.

Ese periodo de su vida concluye a los veinticinco años.

En adelante, hasta los ochenta y cuatro, hará fortuna y se dedicará a gozarla, viajando, comprando cuadros, rehuyendo la malhadada política por más gratas ocupaciones que conocían sus amigos íntimos y la poblada soledad de su quinta de la calle Chacabuco, donde el que sería cantor de las flores dedicase a plantarlas y pasó, por transición natural, de poeta a jardinero.

“Tal vez en un lenguaje misterioso
En el jardín donde yacéis unidas,
Os mandáis con el viento voluptuoso
Pensamientos de amor, flores queridas”.

Se preparaban sus admiradores a rendirle un homenaje público el 18 de Septiembre de 1910, cuando, pocos días antes, perezoso y esquivo, amigo siempre de la soledad, murió.





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