martes, 17 de junio de 2014

DOMINGO CONTRERAS GÓMEZ [11.937]


Domingo Contreras Gómez 

(Los Ángeles (Chile),  14 de octubre de 1876 - † 1948) ; Abogado, Diputado de la República de Chile, período 1926 - 1930, hijo de José Dolores Contreras y Adelaida Gómez. Se casó con Hortensia Toro Amor, matrimonio del cual nacieron cuatro hijos.

Estudió en el Liceo de Concepción y luego ingresó al curso de Leyes en la misma ciudad; juró como abogado el 4 de noviembre de 1900; su tesis se tituló “De las minas y de la propiedad minera.”

Sus actividades fueron profesionales, agrícolas y periodísticas. Ejerció su profesión en la ciudad de Los Ángeles.

Como agricultor, explotó los fundos “Santa Amalia”, "Los Robles" y "Los Cuartos", en el departamento de Laja; “La Esperanza”, “Pan de zúcar”, “Santa María”, “El Espino”, “Las Vigilias”, en Los Angeles. Fue director de la Cooperativa Lechera Bío Bío.

Como escritor, escribió tres libros de poesía y un estudio histórico de la ciudad de Santa María de Los Ángeles.

Durante su permanencia en Concepción fundó la revista "Bohemia", en 1897, y fundó el diario "El Siglo" de Los Ángeles.

Militó en el Partido Radical; presidente de la Asamblea Radical de Los Ángeles.

Fue secretario de la Intendencia de Bío Bío, y luego intendente de la misma localidad, desde el 20 de julio de 1932 hasta el 4 de noviembre del mismo año, fecha en que renunció.

En 1938 se desempeñó como regidor de la Municipalidad de Los Ángeles. Consejero de la Corporación de Reconstrucción y Auxilio.

Fue elegido diputado por la Décimonovena Circunscripción Departamental de "Laja, Nacimiento y Mulchén", período 1926 a 1930; integró la Comisión Permanente de Legislación y Justicia y la de Hacienda.

Miembro y presidente del Club de La Unión de Los Angeles; miembro del Centro Español; director honorario del Ateneo Camilo Henríquez. Director de la Asociación de Canalistas de El Laja.

Obras del Autor

Anfora. 1928. (libro de versos).
La carabela. 1945. (romance histórico).
La ciudad de Santa María de Los Angeles. 1942. (estudio histórico, dos Tomos).
Efímera. 1918. (poesía).





Efímeras
Autor: Domingo Contreras Gómez
Santiago de Chile: Impr. Universitaria, 1918



CRÍTICA APARECIDA EN LA NACIÓN EL DÍA 1918-08-05. AUTOR: LEO PAR
Estas “Efímeras”, burlando el pronóstico de su nombre, están destinadas a perdurar. Tienen todas las cualidades de arte natural y sincero, de levantado pensamiento y viva sensibilidad que pueden asegurar vida larga a un volumen de versos.

El señor Contreras se inicia loablemente en la vida del arte con su hermosa colección de poesías. Ellas descubren a un poeta experimentado, seguro de su mano y de su arte. No hay en estas páginas titubeos ni disparidades; todo está igualmente bien, reina por doquiera un cierto nivel uniforme de belleza.

Las sensaciones que describe el poeta, los afectos que canta, son delicados y nobles. En su alma, como en amplio y límpido espejo, vienen serenamente a reflejarse el mundo de los anhelos e ideales y la naturaleza exterior con su pompa, grandeza y hermosuras.

No es que los sentimientos y el paisaje cantados por el poeta posean especial novedad, sino que lo sincero y efusivo de sus versos, la corrección de su forma, les comunica particular encanto. Algunos de los poemitas, en su sobriedad plena de sentido y sentimiento, recuerdan las rimas becquerianas. Es análogo modo de ver, de sentir y expresarse. En tal sentido, los versos más interesantes son, a no dudarlo, esos que el autor tituló “Sonatas”. Son versos de amor, y en ellos palpita casta y ardorosamente la eterna pasión en sus múltiples faces [sic], en sus horas sublimes de triunfo y en sus momentos de agonía. Pero en todo tiempo sabe le poeta mantenerse en los límites de la correcta belleza. Entre las varias composiciones que pudieran citarse, básteme transcribir la siguiente:



“Yo adoro tus labios, tus labios crueles,
tus labios hermosos que saben a mieles,
tus labios que son como hermosos claveles
de célico olor:
me siento en tus redes divinas opreso
y quiero en un beso
morirme de amor

Mi amada, no temo a tus fieros enojos,
yo temo a tus ojos,
yo temo a tus labios ardientes y rojos,
de dulce sabor;
me siento en tus redes divinas opreso
y temo en un beso
morirme de amor.

Mi amada, la vida es un cándido sueño.
Suaviza tu ceño
y muestra de nuevo tu rostro risueño
bañado en rubor:
me siento en tus redes divinas opreso
y quiero en un beso
morirme de amor!...” (pág. 119).




No abundan en estas poesías las imágenes propiamente dichas. Lo que predomina es el movimiento de la elocuencia, el ordenado y arrastrador [sic] impulso de las ideas y sensaciones. No hay aquí líneas que se destaquen y capten la atención del lector, versos que formen cuadro: todo va fundido y concurre a un efecto general.

Poseen estos versos la primera cualidad que necesitan para agradar: son, de ordinario, técnicamente correctos. El poeta parece haber vivido aparte de nuestro mundo tumultuoso de Santiago. Hay candor y serenidad en su inspiración. La Musa no lo atormenta y hostiga, no le crea enfermizos estados de ánimo. La suya es una poesía sana y que brota del fondo de un espíritu optimista.

Su alejamiento de nuestros centros literarios lo ha conservado inmune de todo resabio o enfermedad poética. En tal sentido es propiamente clásico; y su arte, un arte ponderado, sin demasías de expresión o de concepto. El poeta conoce y utiliza con acierto sus recursos artísticos. No haya temor con él, de trepidar ante algún verso o de que nos sugiera dudas algún metro. Precisamente porque emplea bien las cláusulas rítmicas y corta sus hemistiquios donde Dios manda, porque acentúa debidamente, pero sin insistencia, resultan los versos suyos fluidos, melódicos y tan gratos al oído como a la inteligencia. Por ellos debemos al autor un vivo y cordial aplauso.




Ánfora
Autor: Domingo Contreras Gómez
Santiago de Chile: Impr. Universitaria, 1928


CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1929-03-14. AUTOR: OMER EMETH
Todo no ha de ser moderno…En el banquete poético, no solo la cruda chicha del modernismo ha de correr a raudales, sino también, el vino añejo de la poesía tradicional. Este, al final de la comida, trae consigo esa simpatía, esa indulgencia que, derramándose sobre todas las cosas y las gentes, las vuelve amables o, al menos, tolerables. La poesía tradicional es una música como de “berceuse”. En el peor de los casos, aun cuando le falta lo más esencial –quiero decir, el meollo- posee, merced al ritmo y a la rima, la virtud de calmar, mecer y adormecer.

Otra de sus ventajas –y no es la menor- consiste en que, si, por ventura, tiene algo que decir, el poeta puede decirlo y lo dice, cosa que a los modernistas oscuristas no les es lícito pretender. Cuando la casualidad quiere que en su mente surja una idea original, ¡ay de ella! No logra tomar cuerpo: dilúyese o se disuelve en esa palabrería sin sentido, a que se reduce fatalmente el modernismo de 1928-1929.

Estas reflexiones han brotado sobre la “Ánfora”, de don Domingo Contreras Gómez, llena de un falerno de Horacio, en sus horas de indulgencia, no habría despreciado.

Allí el poeta chileno canta al amor, como solía cantarlo el poeta romano: sin grandes arranques de pasión y casi siempre con una sonrisa en la comisura de los labios. Dice:


“De mis grandes penas
hago cantos chicos…” (p. 143)



El hacer cantos grandes con grandes penas, es propio de grandes poetas: un Musset, por ejemplo, o un Leopardo…

Al señor Contreras Gómez, ¿quién le creerá cuando dice a cierta mujer:



“Vierten veneno mis cantos:
¿Cómo no lo han de verter
si la flor de mi vida
envenenaste, mi bien?”



Este es un testimonio que el poeta levanta…Y si no, léase el soneto de la “Lavandera”:



“Junto al arroyo claro, la rústica lavaba
y la pieza de ropa que su mano batía,
con cada nuevo golpe que la moza le daba
sobre la tosca piedra, más blanca se ponía.

Los golpes de la pala la moza acompañaba
con una canción triste como una letanía
y, pensando en el hombre que a diario la zurraba,
junto al arroyo claro, de amor languidecía.

La pasión que sentía la ruda lavandera
por el fuerte muchacho que la zurraba, era
lo mismo que la ropa que su mano batía.

Hembra humilde, admiraba la fiereza del macho
y, de cada paliza que le daba el muchacho,
más albo que la ropa, su cariño salía!...”




Tal vez este soneto no sea popular en los círculos feministas. Sabe Dios si allí no se le calificará de venenoso…En cambio, lo alabarán aquellos hombres que hayan leído en Moliere la exclamación de la mujer de Sganarelle: “Et s’il me plait d’etre battue…”

Esta gota de ironía que se rezuma de la “Ánfora”, basta para quitarle al amor que rebosa de ella el gusto a licor venteado…



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