miércoles, 4 de junio de 2014

CORNELIO HISPANO [11.868]


Cornelio Hispano

(Ismael López; Buga, 1880 - 1962) Poeta colombiano. A los veinte años se dio a conocer por medio de sus colaboraciones aparecidas en la prensa de Bogotá, que le granjearon un relativo prestigio literario. A comienzos de la segunda década del siglo XX tuvo ocasión de viajar a Europa y establecerse durante algún tiempo en París, donde entró en contacto con algunos círculos culturales franceses y consiguió publicar el célebre diario del general francés Louis P. de la Croix, Diario de Bucaramanga o vida íntima del Libertador San Martín (1912). Sus primeras entregas líricas habían visto la luz bajo los títulos de El Jardín de las Hespérides (1910) y Leyenda de oro (1911). Posteriormente, publicó otros títulos como San Jerónimo (1912) y Elegías caucanas (1912), en que recuperaba los modelos formales clásicos de la antigua tradición poética española. En prosa puso de manifiesto su gusto por la recreación de episodios históricos notables. Entre ellos, cabe destacar los titulados Colombia en la Guerra de la Independencia (1913), La cuestión venezolana (1914) y El libro de oro de Bolívar (1925).








LA CASA NATAL

En Buga, cerca al río, cuyas brisas
Serenas deshojaban los rosales
En tibias noches de infantiles risas,
Mi casa está bajo árboles frutales.

Cuán viva la recuerdo! El patio, el huerto,
La palmera más alta del poblado;
Todo ahora estará ya mustio o muerto:
El mamey, los madroños, el granado;

La toma que bajaba de El Molino,
Entre habas, tamarindos y ciruelos,
y a nuestra huerta entraba en cristalino
Arroyo, bifurcado en arroyuelos,

Que regaban la roza y hortalizas,
raudos, al correr bajo los limos
E higueras, aporcadas con cenizas,
Mecían, retozantes, los racimos.

Las tapias del jardín, tapias de piedra
Que daban a la calle, florecidas
De bellísimas antes, hoy de hiedra
Cubiertas estarán y derruidas;

Triste el zaguán, donde ágiles corvetas
Hacía, al ensillarlo, el castañito,
En días de paseo a Zabaletas,
Sonso, Las Playas, Guacarí, El Cerrito.

Y tú, frondoso cidro, cuyas ramas
De todo el pueblo oyeron las lisonjas:
Di, la casa natal hoy embalzamas?
Aún bañas en las aguas las toronjas?

Por recoger las frutas que caían,
Yo madrugaba, a veces, con la aurora,
Un coco, un mango, un caimo, siempre hacían
Ladrar el perro fiel de Ña Isidora.

En otro predio rústico, vecino,
Mataban los domingos un carnero
Cebón, o chamuscaban un cochino,
Y de chuparse el dedo era el puchero;

Empanadas, los sábados, y raros
Jueves, con mucho aliño de las óras;
Cómo me saboreo al recordaros
Tamales, sin rival, de las Riveras!

Ña Pax, prima Prudencia, mi tía Anita,
Nombres que merecieron tántas loas
Del vencindario, humilde capillita
Do invitaban a orar las Figueroas.

Isabel, Margarita, Flora, Elisa,
A todas las recuerda mi cariño,
Con su risueño delantal de frisa,
Y sus faldas de olán y su corpiño.

Nombres de la niñez que no ha podido
Borrar la ausencia, el tiempo, la distancia;
Nombres que siempre tornan del olvido
Con su viejo candor y su fragancia!

Por eso, mientras viva, dulce casa
Que los guardas, a ti irá mi reclamo;
Tu vejez, y hasta el liquen que te arrasa,
Sólo un amo tendrán: tu antiguo amo!

Y cuando ya no exista, tu ruina
Al pasante dirá, con voz secreta:
En otro tiempo aquí se alzó, vecina
De este río, la casa de un poeta.

París, 1912





EL SOL DE LOS VENADOS

Reposa el monte y la campiña, y corre
El río, bajo el puente, balbuciendo;
Tiñe de rosa el sol lejana torre,
y por el campo el buey pasa mugiendo.

Tardos y silenciosos campesinos
Descienden de la sierra, duerme el viento,
y los añosos bosques vespertinos
Parecen exhalar como un lamento.

Las muchachas del pueblo que en la fuente
Hunden sus rojos cántaros, medrosas.
Miran, bajo los árboles del puente,
Temblar la onda en floración de rosas.

Suena en el aire místico tañido ....
Y el poeta, en la playa solitaria,
De cara al sol, escucha enternecido,
Como un sueño de amor, esta plegaria.

Es la hora en que dejan la espesura
Y vienen a pacer a los collados,
Y a triscar, como en tibia onda pura,
En el sol de la tarde, los venados.





El Atleta

Yo vi con estos ojos mis cabellos
Manos patricias coronar de rosas
Y los labios suavisimos en ellos
Posar, bajo los porticos, las diosas
¡cuando, el vivo sola a los destellos,
hacia Delfos tornaban victoriosas
albas cuadritas de enarcados cuellos,
como las de Aurora, esplendorosas!
Yo vi caer en la sangrienta arena
Tras el combate al contenedor vencido,
Dispersa y polvorosa la melena!
¡Más hoy que siento el corazón cobarde,
que marchite mis sienes el Olvido
antes que las tristezas de la tarde!



                                                



ÁNGELUS 

Ángelus, hora dulce que despierta 
Los profundos pesares del amante, 
Cuando en playas exóticas, errante, 
Piensa en su idolatrada virgen muerta. 

Hora en que al triste hogar la vista incierta 
Vuelve por vez postrera el navegante, 
El día que, al partirse sollozaste,
Le dijeron adiós desde la puerta. 

Hora mística: el tardo peregrino 
Se siente herir de amor si oye a lo lejos 
La campana que llora el muerto día. 

Mientras, hacia el poniente purpurino, 
Vuela, tras de los últimos reflejos, 
El alma de la gris melancolía.






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