miércoles, 25 de junio de 2014

BERTA QUEZADA [12.033]


Berta Quezada

Berta Quezada (Chillán, CHILE  1893 - ¿?). Publicó en 1924 el libro "Motivos" (Imp. Valiente y Cía, 1924). Aparece antologada en "Selva Lírica", donde se caracteriza su estilo como "indefinible: tiene pensamientos de romántica, mezclados con substancias de un modernismo ya fogueado y con girones de anatomía clásica". ("Selva Lírica", pág. 432).




ANUNCIACIÓN 

Siento como el preludio de una orquesta invisible ... 
Veo cómo la vida se agita en derredor, 
cómo sale al mundo la vanidad humana, 
Oigo el salmo a la vida que canta el Universo 
en las flores, el aire, en el agua y el verso... 

Quiero aunar a la orquesta 
una nota vibrante de alegría sonora, 
cómo vence en las luchas el Dolor! 
pero, 
¡siento un olor a muerto 
que mana de mi alma! 




AQUELLA TARDE

Charlábamos los dos aquella tarde. 
Yo tenía a mi espalda la ventana entornada. 
Leíste tus poemas llenos de honda poesía ... 
por ver lo que hacíamos, 
cruzó como un hilo por una rendija 
de aquella ventana, 
y una madreselva que en vano empinaba 
los diez arabescos que teje una rama, 
moviendo sus finas hojas, suspiraba ... 
se escurrió corriendo como lagartija ... 
y como en suspenso penetró la sombra ... 
Conversábamos de arte. 
Afuera el sol, inquieto, 
El sol, aburrido de no mirar nada, 
Seguimos charlando; yo abrí la ventana 
Una fresca rama de la madreselva 
entró curioseando. 
Yo entre mis tristezas sonreía pensando 
que el sol blanquecino y la madreselva 
y también la sombra, 
que acaso creyeron mirar un secreto, 
oyeron tan solo el murmullo suave 
que hacían tu alma y mi alma 
al charlar sobre arte ... 



Motivos
Autor: Berta Quezada
Santiago de Chile: Cosmos, 1924

CRÍTICA APARECIDA EN LAS ÚLTIMAS NOTICIAS EL DÍA 1924-06-11. AUTOR: EMILIO COURBET

Toda juventud es amiga de la mayor libertad para obrar a sus anchas y hacer labor un poco inconsistente, tambaleante al principio, pero iniciada ya y en camino de levantarse firme, irrepetible en un futuro no muy lejano.

“Hacer” al deseo nuestro, a nuestra entera libertad, justifica [una] determinación provechosa y digna de recomendar. Eso de […] con un ambiente pegado, adherido siempre a una sola arma, a un solo medio de expresión, a un sentido único, fácil de comprender, ya que es igual a todos los procedimientos que [detienen] las evoluciones, es una valentía suprema, inaudita y, por lo tanto, digna de aplauso.

Los avances determinan un motivo.

En arte, el motivo constante y eterno es la renovación.

El arte no tiene límites (como lo asentó André Gide), fuera de los que nuestra mezquindad le quiera atribuir. Así se explica el avance continuo de las generaciones.

Pero para conseguir tal acción, la audacia de concebir con espontaneidad es un hecho vivo, la libertad de espíritu una cosa demasiado justificada.

Recién se prende en América el fuego de la renovación. Recién comienzan las generaciones a independizarse, a producir su obra personal, libre del “qué dirán” y de los sustos de las incomprensiones.

En Francia, España e Italia han muerto las tendencias de última hora, o al menos pasan por el período de transición que [avizora] una nueva pléyade más impulsiva y más artista, que dará [al] arte algo de lo que aún le hace falta. ¿Qué?

Conviene recordar las ingeniosas disquisiciones de Gide. El [arte] se limita, indudablemente, a cuanto de restricción pretendamos darle. Por eso cada generación comprende que lo que ellos [atraen] es, en realidad, el último límite, es a donde más puede [alcanzar] el arte. Pero sucede que otra y otra y otra tiene idéntica [pretensión]. ¿Cuándo en realidad deja de evolucionar el arte? ¡Nunca! Al menos que las generaciones sucesivas nazcan subyugadas (fijadas] como productos de fábrica bajo etiqueta, un rótulo del cual jamás se desharán) a disciplinas retardatarias y obstructoras. ¿Obstructoras de qué? De no encastillarse en su mezquindad, no permitir a los que comienzan, dejar hacer como mejor les convenga. Entonces el espíritu inquieto de las generaciones que [se] levantan, plasmaría su obra (como lo hacen con su vida) libremente, a su albedrío, con la mayor intensidad de acción y -¿por qué no imaginarlo siquiera?- con el más vibrante e intenso bagaje de emoción, de humanismo, de idealidad.

Nuestra generación supone un avance. Los límites que ayer creíamos posibles, vánse destruyendo. ¿Cómo? Dejando “hacer”, ni más ni menos.

Nuestra generación busca una libertad. Las restricciones de los reaccionarios se van quebrando. ¿Cómo? Dejando manifestarse, [llevados] por su propio gusto y por su propia finalidad a los […].

Solo en el fondo de todo lo que contemplamos y analizamos hay arte. Eso es todo. A quien le falte este requisito esencial no es artista. Esto, lo demás.

¿Hay arte, entonces, en un libro como el de Berta Quezada?

Sí. Rotundamente, sí.

Desde luego sustenta una libertad de acción. Ya es algo.

Su verso es libre, zafado de todas las formas, compuesto a su gusto, pero en el fondo abiertamente artístico, sensible, humano.

Es cierto que el arte se expresa de por sí a la menor contemplación; sin embargo, es también muy cierto el hecho de que ahondar para gustarle en toda su amplitud. A veces lo que a primera vista se observa como una expresión más de belleza, se deshace frente al análisis, a la penetración menos sagaz. ¿Eso es arte?

Los más hondos sufrimientos se esconden a veces a las miradas indiscretas del vulgo que intenta comprender a la primer hurgada. Lo mismo el amor.

El arte, desde luego, es humano. No habiendo humanidad el arte deja de ser arte. Esto en cuanto al arte que se palpa, se siente e interpretamos. Porque el arte etéreo, el que imaginamos, es una cosa muy fuera de nosotros mismos, superior a nosotros mismos: Arte supremo, en fin. Y, por consiguiente, el arte supremo no es ni puede ser humano.

El sentimiento, lo más piadoso y grande de la vida, hace comunicarnos, entendernos, amarnos. Y el arte es para mí esto: amarme, entenderme, comunicarme con todo lo que me rodea, ofrecer a mi alma ese algo inexplicable por el cual todos somos uno y vibramos todos por lo mismo. ¿Qué, en fin?

Mi pensamiento queda entonces desconcertado, enormemente desconcertado.

Reflexiones, reflexiones, nada más que reflexiones sin finalidad, dirán algunos.

¡Disparates!, agregarán otros.

Y ambos estarán en lo cierto, toda vez que el arte es también, ni más ni menos que un medio para engañar la vida rastrera que cargamos. Palabras, palabras, palabras.

Yo veo, pues, en este libro lo que no he visto en otros.

El sentimiento comunica las almas. Entonces, ¿cómo suponer sin razonamiento comprensivo, que carece de belleza este poema, por ejemplo?


“Voy a pasear al parque
con dos chiquillas.
A la entrada, un muchacho tendido,
finge con sus harapos,
un montón de basura.
Sus ojos me miraron y en los míos
ha quedado su imagen.
Pobre chiquillo triste,
que no tendrá ni madre,
ni nadie que lo quiera
en un mundo tan grande”.


Naturalmente, en arte pretendo distinguir dos clases de belleza: la interna y a externa. Prefiero la primera, porque en el ahondamiento jamás se me ha desvanecido la credulidad que, gracias a la belleza externa de las cosas, ya me había formado un concepto sobre tal o cual obra. Pero, algunas veces, como en el verso citado, ha faltado la segunda y, no obstante, lo he entendido tan bien como si en realidad no existiese tal carencia. ¿Por qué? Porque lo imprescindible no ha dejado de expresarse nunca. Porque así y todo me ha manifestado una angustia, un sufrimiento muy puro y muy intenso. ¿Acaso no vibramos en torno de la vida? ¿Por qué pretender ignorar el intento de este verso de Berta Quezada?


“un muchacho tendido
finge, con sus harapos,
un montón de basura.
Sus ojos me miraron y en los míos
ha quedado su imagen”.


¿No es, por ventura, un medio de comunicación efectuado a través de dos espíritus bien distintos, pero sumamente iguales en lo que se refiere al dolor que pesa angustiosamente sobre ese infeliz


“que no tendrá madre,
ni nadie que lo quiera
en un mundo tan grande”?


Es justo distinguir, eso sí, cuando una poesía es poesía y cuando no lo es. Pero negar, cerradamente, lo que en un poeta constituye el don más precioso de sensibilidad, significa una amenaza para la juventud que aún no ha dado a su verso toda la transparencia, todo el encanto para sugerir que él requiere imprescindiblemente.

¿Hay arte, entonces, en un libro como el de Berta Quezada? Sostengo que sí.



***

La manera de Berta Quezada es demasiado personal. Es su verso y su sensibilidad. Como es su vida y su amor. Incompatibilidades esclarecidas en el fondo del ser.

Indudablemente que recién comienza a desenvolverse. Por lo mismo que habrá de tener sus peros, sus yerros, sus desaciertos. Mas por sobre todas estas faltas indispensables a un temperamento como el suyo, tiene su obra un valor provechoso.

Con ella viene la alborada de un verso más rítmico, un verso quebrado, sensorial y plástico:



“Largo
sufrir amargo,
no poder
en un haz de palabras
florecer,
locura divina
de eterno crear,
enredar un fino pensamiento
y darse
toda en un cantar.
Dolor de pensar.
Dolor de cantar,
eres de mi carne
místico sayal,
noble dolor mío, cuando ya no sea,
tú has de perdurar”.


Yo he imaginado siempre estas maneras de expresiones, como una sinfonía nacida sobre un mar de hondas sensibilidades que dan al tormento o a la dicha una forma más precisa, más completa.


“Frío intenso.
Luna llena.
Sobre la tierra angustiosa
hiela.
Sobre mi carne morena
está despierta la pena.

Un trasnochador reloj
da las dos.
Después, silencio.
Después, fuera,
siempre hiela;
dentro canta en mi carne
la pena”.



No existe para esta poetisa casi ninguna regla caduca, ningún canon anticuado que determine límites y restrinja la libertad soberana de darle al verso todo el intento requerido para su completa interpretación.

Con sobrado derecho decía Paul Fort (que no obstante gustar de la mayor libertad la ha adaptado en la consumación de su obra, por la cual es consagrado como el príncipe de los poetas): “El arte no tiene nada que hacer con las barreras, las cadenas y las mordazas: os dice marchad y os suelta en el jardín de la poesía, en el cual ningún fruto es prohibido. El poeta es libre. Yo quiero todo el espejo y no uno solo de sus reflejos. Pensar en rebaño es indigno del poeta. Permanecer libre, he ahí la mayor nobleza”.



CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1924-06-09. AUTOR: OMER EMETH

La anónima autora de “Huellas en la nieve” canta manos ajenas: la autora de “Motivos” canta las propias:


“Manos mías desnudas
de sortijas y joyas,
tristes manos desnudas
que no supe apreciar,
manos consoladoras
y sufridoras
y sentidoras,
cruzaos a pensar.
Tu gesto es noble: un día
me ha de llamar la eternidad
y así, manos cruzadas,
tendréis que reposar.

Nobles manos desnudas
de sortijas y joyas,
frente a frente a la vida
cómo duele pensar!”



Ya se ve: el tema es fecundo. Lo señalo a alguno de nuestros jóvenes estudiantes dotado de curiosidad. Con recorrer los libros de versos publicados desde 1904, se haría una abundante cosecha de poemas “manuales”. De un estudio comparativo de ellos se sacarían tal vez preciosas enseñanzas.

La señorita Berta Quezada, así como la anónima autora de “Huellas”, canta al dolor:



“Siento rompérseme la vida
fibra a fibra
en un desgarramiento
superior al dolor,
esta vida vulgar que pasa y muere
me deja cada día
una desilusión
y este guiñapo de mi carne
ya no parece un corazón”.



Y no es solo el propio dolor el que atrae su mirada, sino el de los demás, el dolor de los humildes:



“Viejecita que caminas
con paso menudito
apoyada en tu bastón,
tu carita arrugadita
es poema de dolor.

En los lagos soñadores
de tus ojos que se enturbian
vaga un signo de pesar
y tus dedos retorcidos y nudosos
hablan claro de las luchas
que tuviste que afrontar.

Y en las tardes cuando suenan
las campanadas a oración
aún juntas las manos
para rogar a Dios…

Porque pasaste por el mundo,
libre de toda duda,
blanca de corazón,
te bendigo, viejecita,
que caminas con pasito menudito
apoyada en tu bastón”.



Este hermoso poemita es, a juicio mío, la joya de estos “Motivos” y, perdóneseme el juego de palabras, me da motivos para felicitar a su autora.

Según Cicerón, es el corazón el que hace los oradores. No es menos cierto que hace los poetas. ¿Quién podrá negarlo después de leer los versos de la señorita Berta Quezada?













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