martes, 20 de mayo de 2014

VÍCTOR CASTRO [11.748]


Víctor Castro

Víctor Castro (Santiago, CHILE  1920 - 1986). Poeta, autor de los libros "Víspera en llamas" (1941), "Laurel despierto" (1947), "País propio" (1977) y "Otoño provisorio" (1981).





GRISELDA 

Tu verde corazón, tu flor perdida,
tu escalera sutil, tu firmamento,
ese tallo que nace de tus senos,
oh, Griselda, perdida en otra nube.

Disuelto jazmín que en la madera
rompió sus carabelas, que sus ojos
en el límite inconstante sacudieron
esa gota codiciada por la llama.

Y tu enigma de cólera celeste,
y tu mar desbocado en tu mejilla,
y ese leve calor que a tus cabellos
ha subido como a triste Paraíso.

Plumaje de cristal ya tan dormido,
pensativa en el musgo del secreto.
Griselda en el espacio de la luna,
tan insomne, tan amarga, ya temblando.

Respiraba tu dalia, respiraba
el laurel que en tu sangre se disuelve.
¿Lloverá sobre esta luz, tan sin olvido,
donde deja Griselda los otoños?






Víspera en llamas
Autor: Víctor Castro
Santiago de Chile: Nascimento, 1941


CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1941-08-31. AUTOR: CARLOS RENÉ CORREA
Es heroica, en los tiempos que corren, la actitud de muchos poetas; ellos luchan denodadamente en contra de una corriente materialista, a veces demasiado turbulenta, y que, por lo mismo, amenaza destruir hasta los valores esenciales del espíritu. Afortunadamente ese estado de beligerancia continua entre las vanidades del siglo y la poesía verdadera, parece haber afinado la sensibilidad de muchos poetas y ha engendrado en ellos un vigor potente para sortear los peligros de la lucha y vencer en tan noble fusta.

Víctor Castro es un soldado más de este ejército de generosos espíritus que todo lo han puesto al servicio de la belleza. Muchacho bueno, de una humildad acrisolada, sale hoy a desafiar la tormenta, desde las páginas de su primer libro que lleva un sugestivo título: “Víspera en Llamas”.

El poeta Julio Barrenechea, dice con una comprensión verdaderamente fraternal: “Víctor Castro no escribe para asustar a la gente seria, ni se esfuerza por huir de los valores eternos de la poesía. Su palabra entonada, es llena de jugos amorosos, describe un vuelo en un plano en que se conjugan todas las cosas finas de la tierra. Su sensibilidad es una cuerda a prueba de la brisa”.

Nosotros, a través de la lectura de estos poemas hemos sentido la vibración perfecta de esa cuerda de que nos habla el poeta. La brisa de la emoción, de la sugestión, del deseo amoroso, de la ternura y del dolor, llegan hasta la caja de resonancias de esta poesía de Víctor Castro que sabe dar siempre lo suyo con honda emoción y renovado símbolo.

El poeta ha desnudado las cosas de toda materia y vulgar presencia, para decir en su “Vigilia”:



“Nunca hubo tanto eco en tus pupilas
ni tanta guitarra prisionera.
Te miraba la voz en los espejos
de la casa dormida. Y como era
la luna una lámpara copiosa
te morías hecha flor sin que murieras.

Pero el sueño se quebraba cuando el lirio
de tu mano se envolvía entre la lenta
ciudad de girasoles moribundos
como un suave caracol que anocheciera.
Qué celeste vigilia y qué lejana
paloma arrastrando sus esencias
donde el ángel más puro de la noche
se hace fuego. Y una rosa es una estrella”.





Ya en estos primeros versos encontramos los elementos de la poesía de Víctor Castro: guitarras, caracoles, ángeles, lirios, vigilias, espejos, fuego, estrellas. Sería injusto decir que el poema imita a Federico García Lorca, Rafael Alberti y otros modernos españoles. La verdad es que Víctor Castro tiene una raíz propia y una ascendencia clara en materia de poesía. Su verso es siempre alado y puro, aunque a veces pierda la armonía. Como dice el prologuista no huye de lo clásico y se encuentra con lo moderno porque hay en él una fuerza de poesía que se renueva, que brota y florece en una continuada primavera. El amor lo ha embrujado y mantenido despierto; hay en Víctor Castor un afán enaltecido de afinar las palabras, las imágenes; de vestirlo todo de cierta luz y lejanía tenue donde se forma la sombra. Con nostalgia dice en “Metal marino”:



“Yo presiento, celeste como un ángel,
al dorado silencio marinero;
yo presiento a la estrella dulcemente
como un ruido de marimbas en el pecho.
Canto apenas tu voz, oh! tiempo ausente
oh tiempo querido en las violetas
oh desnudo caracol apenas lirio
que me cubre de llorosas madreselvas”.





Con una delicadeza notable y la fuerza poética de un hombre que sabe de soledad y que mira las cosas humanas con fraternal afecto, el poeta busca sus propios caminos y apaga la sed de su nostalgia en oculta fuente de belleza. Víctor Castro es un poeta que nace premunido de una perfecta conciencia de la poesía; solo le falta depurar su expresión y evitar repeticiones de palabras y de imágenes que pudieran denotar, en obras futuras, una pobreza de recursos.

Uno de los poemas más hermosos de esta “Víspera en Llamas”, es, sin duda, el titulado “Epitafio Celeste” que comienza así:




“Todavía tu amor es el silencio,
todavía tu lágrima es la música,
y tu lento corazón entre mis manos
es un fino caracol en la ternura.
Y tú sabes apenas de las arpas,
del olvido, de la rosa y de la angustia
y del antiguo velero y de esta herida
y de mi voz que solloza en la penumbra.
Qué dolida campana, qué dolida
linterna arrastrarías por la lluvia
si una cálida paloma te rompiera
sobre el pecho sonámbulo una fucsia…
Bien sabes de aquel tiempo como el lirio
y del lirio que pulía tu blancura…
donde había una nocturna mariposa
y era un nardo de aluminio el de la fuga.
Tú sabías mi pasado. Tú sabías
mis pupilas junto al alba más desnuda;
tú sabías que mi muerte fue en antaño
y que ahora solo vengo tras tu espuma.
Nunca hubo tanto amor para mis ojos
que tu amor de fino trébol y de música…
y es un suave epitafio el de tus manos
sobre el tibio silencio de la luna…”





Para una comprensión más perfecta de esta poesía de Víctor Castro es necesario desprenderse de muchas túnicas humanas que nos entorpecen el corazón y la mirada. Los hombres, poseídos por el siglo, no fijarán los ojos en el canto de los poetas que dicen la belleza, trazan rumbos infinitos y no hacen otra cosa que traer a venturosa sombra de Dios hasta la tierra. Junto a la poesía de Víctor Castro hemos gozado como si habitáramos un huerto en plena floración y brote; hasta la brizna y las yerbas tienen aquí un lugar de predilección; la puerta de la casa para nadie se cierra y está abierta siempre con un abrazo fraternal.

Para él las heridas son claveles, las voces guitarras y hay violetas en el silencio; vuelan las palomas hacia los témpanos de la luna y hay un océano de lirios. Viaja en los “andenes de la soledad” y tiene palabras enlutadas para llorar la muerte del amigo. En muchos de sus poemas encontramos una cercanía grande de otros poetas, la cual hace daño a Víctor Castro.

Hablándonos del mar, dice:



“Hebra pura del latido que no muere,
nocturno capitán para la escama,
cuando el viento y el violín tengan su musgo
ya no habrá tras el relámpago lo amargo.
Canta solo el corazón o la esmeralda,
busca solo la brizna su aposento;
y cabalga la tormenta entre los labios,
y se agitan remotos azafranes,
¡ya no cabe en su día la magnolia,
también la quimera es sumergida…”




La poesía no es otra cosa sino quimera y por eso gozamos de su presencia. El poeta la ha dejado ahora sepultada en el océano que levanta sus montañas y ofrece rutas a los navíos. Hemos salido a su encuentro y ella nos ha dicho su canción de sirena, oculta en un pequeño caracol. Víctor Castro es un de los poetas más ricos porque posee estas pequeñas formas de la belleza que dejó Dios, como un sortilegio, para gozo de los hombres que saben amarlas y comprenderlas.





Laurel despierto
Autor: Víctor Castro
Santiago de Chile: Eds. Acanto, 1946


CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1947-07-20. AUTOR: GUSTAVO LABARCA GARAT
Con este laurel, Víctor Castro se conquistó otro que le fue concedido por el Jurado Municipal, quebrándolo en dos mitades para matizar; con una de ellas, las “Dalias Morenas” de Silvia Moore, poetisa que acaba de revelarse, promoviendo el interés de lectores y de la crítica, y haciéndose acreedora a esa recompensa que, para un primer libro, equivale a toda una consagración.

La nota distintiva de Castro, es la sencillez y el cuidado para modelar sus estrofas. Sin alardes de originalidad, resulta más sincero que otros poetas afamados en llamar la atención; en sus imágenes bien observadas, expuestas con propiedad, busca un: “eco de la infancia, secreto tuyo, lejos de mí”. La riqueza de vocales, íes y úes, da a su verso un acento suave, melodioso, penetrante. Las ées son más opacas y, al prodigarlas, ensombrecen, ligeramente, varias estrofas.

Atributo apreciable de Castro es la brevedad. Se ve que no olvida aquella justa afirmación de que la poesía no consiste en decirlo todo, sino en hacer soñar en todo.




La sangre viva
La sangre viva
Autor: Víctor Castro
Santiago de Chile: Morales Ramos, Editor, 1950


CRÍTICA APARECIDA EN LA NACIÓN EL DÍA 1950-04-23. AUTOR: RICARDO LATCHAM
Seguimos en plena floración poética y las muestras son amplias durante lo que va corrido de 1950. El escritor Víctor Castro, autor de “Víspera en Llamas” (1941) y de “Laurel Despierto” (1946), entra con “La Sangre Viva” por un camino de seguridad expresiva que no es el simple hallazgo de frases y metáforas ingeniosas sino una superación abierta de lo anterior. Con razón dice un comentador de Jorge Guillén, que la expresión vacía, sin contenido emocional, nos deja también extramuros de la poesía en los arrabales de la retórica.

Ha sido frecuente, en el último tiempo, denostar a la crítica en nombre de una mal entendida defensa de nuestra lírica joven. Se le atribuye al ángel malo, al luciferino comentarista, un desconocimiento de los temas y asuntos de la poesía cotidiana que no corresponde siempre a la realidad. Es verdad que existen incomprensiones y cerrazones de los que esconden la insensibilidad dentro del caparazón de un retoricismo anticuado, pero no es lo frecuente.

Las nuevas escuelas líricas esconden mucha vaciedad en el juego desenfrenado de las imágenes y en oscuridades deliberadas, que tienen poco que ver con la calidad del verso. Los aficionados barajan fórmulas desmonetizadas y usan y abusan del material  considerable de nuestros grandes consagrados: Neruda, Huidobro y Cruchaga. El oficio crítico, ingrato y a veces desapacible, consiste también en descubrir los contrabandos, en determinar lo que se ha extraído de aquí y de allá, para vestir la inopia mental de ciertos principiantes presuntuosos y megalómanos. El abuso de la emoción en poesía no puede ni debe confundirse con la cristalización en que adivinamos el acierto. El agudo crítico que es Pedro Salinas, dice que la poesía “es una aventura hacia lo absoluto”, una tentativa que, cuando no se frustra, se resuelve, en los ejemplos egregios, con una simple aproximación, nunca con un dominio integral.

Víctor Castro ha limpiado su canto de la efusión sensiblera, de la escoria de los grandes cementerios habitados por los lugares comunes. Es algo puro y doloroso, que cuesta obtener en duras jornadas. La “Elegía de la Muerte de Mi Madre”, sin evitar ciertas dificultades de un tema ya conquistado por Mondaca y Díaz Casanueva, se desenvuelve en una limpia atmósfera de seguridad. El pulso poético se percibe regular, rítmico en su decantada sugestión. Luego en “Breve Canción para Griselda” y “Canción a un Poeta Muerto”, poema ofrecido a la memoria de Heriberto Rocuant, lo amoroso y lo elegíaco expresan sensaciones y estado de conciencia de adecuada virtualidad. Castro no es oscuro, aunque para el gusto corriente puede resultar difícil. En ocasiones, la expresión tórnase abstracta por la necesidad de encubrir lo sentimental que anida en la psiquis del escritor, pero esto es lo excepcional. Más adelante, Castro vuelve a destacar su gracia, su recatado lirismo en “Tú, Isla”, el más esbelto de forma en el conjunto de poemas.

En “Levedad”, la composición final, asistimos a un momento de plenitud en que de nuevo se superan las indecisiones, y las sensaciones del poeta se afinan en un deslumbrado despertar. Sin mostrarse en “La Sangre Viva” que Víctor Castro es un discípulo de los españoles más señeros del momento (Aleixandre, Guillén, Cernuda, Salinas, Vivanco), su canto exhibe raíces raciales y esa actitud concisa e inteligente de semejantes maestros. Pero estos elogios no significan que Castro ha logrado una técnica perfecta y que deba descansar en su oficio. Puede percibirse la limitación de su registro, la redundancia alusiva, la reiteración de asuntos, la huída de todo realismo hasta extremos angélicos, pero tales tachas no desmedran su luminosidad jovial y su rigor promisorio perfilado a cabalidad en “La Sangre Viva”.



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