martes, 20 de mayo de 2014

MARIO FERRERO [11.753]



Mario Ferrero

Mario Ferrero (Santiago, CHILE   1920 – San Bernardo, 1994). Poeta, periodista, crítico literario y ensayista. Autor de obras como “Capitanía de la sangre” (1948), “Jesucristo en el closet” (1972), “Las lenguas del pan” (1955), llegó a publicar más de 25 libros.

Se desempeñó como Jefe de División de Cultura del Ministerio de Educación durante el gobierno de Salvador Allende.






SONETO A CLAUDIA FERRERO 

Claudia Ferrero es ovillo dorado,
cintillo de seda, liviana madeja.
Un gesto de tórtola detrás de la ceja
bajo el aire tibio, casi enamorado.

Con el sol revuelto, la trenza al costado,
parece una llama que apenas se aleja.
Es casi la sombra de un ala de abeja,
la estela celeste de un barco encantado.

Que siga la danza, la loca esperanza.
Que nunca una herida te cruce la vida.
Que seas alero, mi Claudia Ferrero.

Que un rayo de luna te sirva de alianza.
Que sea tu viaje guirnalda florida.
Que nunca te mueras, capullo primero.





La noche agónica
Autor: Mario Ferrero
Santiago de Chile: Marsa, 1951


CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1951-07-22. AUTOR: MISAEL CORREA PASTENE
Con estos versos se inicia al Editorial Marsa, “bajo un ardiente signo de libertad y poesía”, según dice el autor al final del libro, y que nosotros entendemos bajo un signo de avanzada.

Y no obstante, es un poeta. Es un lírico que canta sus sentimientos, algo o mucho confusamente porque ha adoptado el estilo que llamamos modernista algo simbólico y desarrapado. Pero es poeta, a pesar de la oscuridad y rareza de sus pensamientos, de la dislocación de su imaginación, de la extrañeza de sus imágenes. Los poetas modernistas son universalistas. Han hecho una mezcolanza de todas las cosas del universo y hacen las más extravagantes comparaciones, que nadie entiende.

Con el título de “Los Pasos Blancos”, inicia así la composición:

“Entre cuerno y pestaña, golpe a golpe,
voy entrando a una sala de animales azules
tiritando de sueño y levadura”.

Y continúa:

“Carcomido de siglos, cayéndome de bruces como puñales
azotado en la sangre por extrañas voces silenciosas,
azotado en la noche con un gallo podrido,
el pelo lleno de humo
voy mordiendo la llave de los días”.

Esto no se entiende. Como no creo que el poeta esté loco, pienso que en este estilo hay significados ocultos, emblemas misteriosos que los de la escuela entienden. Muchas veces he encontrado en sus poesías perros de corcho, aquí unos “lamen el musgo del poniente”; barcos de papel, leñadores del mar, harina de amor, un libro de espigas, etc.

Algo deben de significar, puesto que los lectores de avanzada los aplauden y los califican de poetas.

Lo que percibo es que Mario Ferrero forma bien los versos; que hay en ellos armonía y música y un sentimiento que trasuda en los versos ilógicos, como visiones de dementado. El maestro-tipo es Neruda, que tiene una rima suelta, potente y amplia, si bien cuanto dice es de una poderosa vulgaridad, a menos que su estilo emblemático tengo oculto y profundo sentido.

Voy a transcribir una composición, cuya intuición creo comprender y que es lo que más tiene de misterioso y oculto.

Se titula “El Gallo Rojo”.

“Venid, dejad los dados
que se caiga la noche al fondo de la noria
como papel quemado.
Salid a ver la historia.
Ya son hombres los hombres, y es el pecho del viento
Un perfil de victoria.

Os digo que no miento,
he visto a los mineros con los ojos inmensos
quedar frente a la mina
como perros hambrientos.

O doblar la esquina
sin saber que la bala de un revólver tirano
les cortaría el clima
de las manos.

Sin embargo, sus lágrimas eran bloques de piedra,
enarcaban las cejas
y a la luz del futuro construían su casa
con manzanos y tejas.

Salían de los muros
sus bocas numerosas,
y en el aire más puro
brillaba el alquitrán
lleno de abejas.

Los he visto en los piques del carbón y del salitre
en las plazas del mar y en la nieve guerrera.
Subían por el cobre cantando sus clarines,
sangraba el corazón una inmensa bandera.

Venid, dejad el vino
que el tiempo está maduro y una chispa candente
ha limpiado el camino.

Venid los decadentes
los que lleváis el grito, la culebra y el humo
en medio de la frente.

Los pobres y los ricos
los del traje amarillo que cruzáis la vida
con paso de abanico.

Salid a ver la hazaña
Oh! niños solitarios que al fondo de los pueblos
recogíais castañas.

Subid a lo profundo
que un gallo colorado amaneció cantando
sobre el techo del mundo.
Aquí ha desaparecido el emblema y el poeta canta claro”.






Las lenguas del pan
Autor: Mario Ferrero
Santiago de Chile: Austral, 1955

CRÍTICA APARECIDA EN EL SIGLO EL DÍA 1955-05-15. AUTOR: JOAQUÍN GUTIÉRREZ
Si un poeta nos dice:

“Salid a ver la historia…
que un gallo colorado amaneció cantando
sobre el techo del mundo”.

debemos prepararnos para seguir el derrotero de una sensibilidad frente a los problemas contemporáneos. El poeta sale de su torre, cierra la puerta con llave y lanza la llave por encima del hombro. Está dispuesto a caminar todos los caminos del hombre, y para el lector, acompañar a Mario Ferrero en este viaje lírico por las esquinas del mundo, representa renovar la pupila, mirar lo que siempre había visto pero con otros ojos: los ojos de la metáfora, de la sensibilidad, del goce, de la imprecación poética.

Frente al problema de la guerra, el poeta pregunta:

“Dígame, usted, caballero,
si puede la guerra un día,
darle trigo al panadero”.

Claro que no, le dará un hijo muerto, una flor de fuego en su molino, un golpe de pólvora, una esperanza rota. Pero el trigo sólo se lo podrá dar la Paz, un mundo nuevo, una realidad distinta que el poeta canta así:

“En la espuma del sol
la juventud danzaba.
Era su pie una cinta de rocío.
un anillo de azúcar la esperanza”.

Ferrero hizo un viaje al socialismo, resorte inicial y decisivo para este libro de poemas. La sacudida que se llevó en esa ocasión la veos convertirse en espiga de propósitos y autocríticas. El recuerdo de Praga lo sustenta cuando el desfallecimiento se insinúa:

“A veces…
vuelvo a buscar mi corazón en Praga”.

Y el recuerdo de Varsovia lo inflama más aún y le arranca una declaración de militante de la paz, cuando le promete a la ciudad mártir y heroína que si algún día vuelven a lanzarse contra ella:

“Vendremos otra vez
desde todos los sitios de la historia
a defender tu rostro numeroso,
tu actitud de bandera,
el viento de tu pecho liberado”.

Después, el regreso a América, en donde reencuentra tanto el dolor del sufrimiento de millones como la fuerza del despertar de los nuevos batallones del porvenir. Es en Lota, en la ciudad minera, en donde esa fuerza adquiere mayor corporeidad:

“Y en esta gran batalla venidera,
de nuevo será Lota la primera
que levante su boca carbonera
hacia el mástil más alto de la historia”.

La historia que inicia este libro lo cierra también. Es un poeta que ha visto la historia haciéndose y que exige que la historia le asigne una posición de lucha. Detrás de esa palabra historia está la humanidad en marcha.

El libro, que alcanza numerosos momentos de la más alta calidad e intensidad poéticas, contiene en alta dosis una virtud: su corazón juvenil. Es un aire azul poblado de volantines en una mañana de domingo. Y si en algunos temas esa actitud pudiera parecer juguetona, en el conjunto revela el optimismo revolucionario, el júbilo de la esperanza, la certeza de la victoria.

Mágico viaje el que nos proporcionan estas elocuentes “lenguas del pan”.




La cuarta dimensión
La cuarta dimensión
Autor: Mario Ferrero
Santiago de Chile: Eds. del Grupo Fuego, 1958


CRÍTICA APARECIDA EN EL SIGLO EL DÍA 1959-02-08. AUTOR: YERKO MORETIC
“La Cuarta Dimensión”, de Mario Ferrero (Ediciones Grupo Fuego, 1958)

No resulta en ningún caso aventurado afirmar que los tres primeros libros de Mario Ferrero constituyen hitos diversos de un desarrollo poético que en lo vital y personal se caracterizaba por una progresiva madurez; en la temática, por un acercamiento cada vez más directo, consciente y optimista a la realidad social y en la forma por una búsqueda de modos expresivos capaces de hacer llegar al lector a través de contagiosa sencillez la honda emotividad de esos temas esenciales.

Eran objetivos ambiciosos, pero perseguidos no solo con talento artístico innegable, sino también con tenaz y creciente inteligencia de los materiales y procedimientos elaborativos. De esta manera, Ferrero adquirió el justo prestigio de un poeta joven (nacido en 1920; su primera obra data de 1948) que labraba su carrera literaria con lucidez de fines, confianza en sus medios y resuelta voluntad.

Esta trayectoria explica que “La Cuarta Dimensión” provoque un inevitable desconcierto. Pero no porque se trate de un mal libro de poemas, ni mucho menos. Inclusive posee todos los atributos para ser considerado uno de los poemarios más ricos en interés publicados durante 1958.

Tal interés se nutre en una doble característica: por un lado, Ferrero adopta formas, si no enteramente novedosas, trabajadas al menos con ingenio, malicia y sabor y, por otro, en sus temas exhibe una posición vital en crisis, hasta tal punto que, a nuestro juicio, difiere diametralmente de la expresada en “Las Lenguas del Pan” (1955).

En cuanto al primer aspecto, es evidente que Ferrero sigue las huellas de los “Poemas y Antipoemas” creados por Nicanor Parra: sin descuidar la intensidad de sus propias vivencias poéticas, las encauza en una estructura no tanto “antipoemática” como anteclásica, antirretórica, antihispánica, en el sentido de la tradición técnico-formal. En efecto, mediante la utilización de combinaciones ilógicas y hasta absurdas (“Por todo lo cual se infiere que la luna acostada cuenta cuentos extraños a la luz de la almohada y en el fondo de un hombre se pasea un baúl”), Ferrero construye versos intencionadamente antitéticos y paradójicos. En esta especie de surrealismo, en esta sucesión de imágenes disparatadas, “irracionales”, hay un predominio notable del elemento intuitivo, subjetivo, contrastante con la preeminencia de lo consciente y esencial en el libro anterior. Algo de la premeditada despreocupación antiidiomática característica en las producciones de García Lorca, se advierte también en “La Cuarta Dimensión”, captada ya directamente o a través del indiscutible influjo del poeta granadino en Nicanor Parra. Como ocurre con frecuencia en las composiciones de este último escritor, Ferrero se vale igualmente de frases hechas o modos conversacionales para introducir en su poesía elementos “antipoemáticos”.

Las formas elegidas por Ferrero no corresponden ya, en general, a la intención de profundizar y relevar los problemas fundamentales de la realidad social: por el contrario, facilitan el desahogo muy individual de un hombre que no cabe duda, se siente molesto y hostigado por una serie de circunstancias no bien determinables todas en su libro. Pese al carácter heterogéneo de los asuntos que inspiran diversos poemas, hay en casi todos ellos una nota común de profunda desesperanza, de hastío e, inclusive, de angustia. Bajo la risueña ironía, leve muchas veces, asoma un sarcasmo mordiente que, en el fondo, constituye una depreciación del mundo circundante. (Dos poemas, sin embargo, están vertebrados por el ensueño y la risa llanos y saludables: “Un Proyecto al Municipio” y “El Mundo en que Vivimos”).

Mucho de subjetivo hay, es cierto, en esta interpretación, pero tal subjetividad resulta inevitable desde el momento en que la poesía de Ferrero asume frecuentemente rasgos de cerrado hermetismo, hasta tal extremo que pueden prodigarse aquí las estimativas disímiles. Por ejemplo, un verso como el siguiente: “Me orina el corazón un perro hebreo…” (p. 21) reduce a cero la posibilidad de una inteligencia cabal, pues podría resultar estúpido o injusto deducir literalmente de él que su autor ha llegado a incubar ideas fascistoides.

En lo que se refiere a lo fundamental de su temática, Ferrero ha regresado ostensiblemente hacia sí mismo y ha puesto en evidencia una soledad que no por arisca y ridiculizadota deja de ser menos amarga, penosamente amarga. En lo que ella tiene de huraña independencia y de automartirización soberbia, se vincula –sin que sea posible estable exactamente en qué grado- con las notas existencialistas que abundan en la lacerada poesía de Gonzalo Rojas (“La Miseria del hombre”, 1948).

Para terminar, no está demás decir que sorprende e inquieta la transformación que muestra el poeta. Inquieta, especialmente, por lo que puede haber en ella de consciente o inconsciente adhesión a moldes que el mismo Ferrero estigmatizara a menudo como enteramente repudiables.





Tatuaje marino
Tatuaje marino
Autor: Mario Ferrero
Santiago de Chile: Alerce, 1961


CRÍTICA APARECIDA EN EL SIGLO EL DÍA 1961-04-23. AUTOR: POLEMÓN ROJAS
Mario Ferrero, permaneciendo siempre fiel a su contradictorio estilo y a su imprecisa orientación, ha logrado en “Tatuaje marino” su mejor obra. Consta de 10 poemas, nueve “Cantos” y un “Mar Final”. El mar le sirve de fondo para tratar todos los temas, incluso los grandes y permanentes como el tiempo y la muerte engastados en la carnadura de las cosas cotidianas, que atrapa con fina sensibilidad. El mejor de los diez poemas es el canto “Cuarto”, que comienza:

“Ancud es un lágrima en el rostro de un niño,
una lágrima fina y temblorosa…”


Y más adelante:


“…y navegan tus dulces tejedoras
remando sin cesar hacia el olvido.
Ancud, hilo de plata,
campanilla celeste sobre el viento”.

Hermoso es también el canto sexto que termina afirmando:

“Y dejar que el vino crezca
como una torre escarlata,
mientras pasa el tiempo inmenso
velando en torno a las lámparas”.

“Tatuaje marino”, es sin duda un alzarse por sobre su anterior libro “La cuarta dimensión”, haciéndose más asequible, más sensible y menos cerebral. Pero todo esto siguiendo en su misma línea, estilo y posición, que contiene un trasfondo de las resonancias americana de Neruda y Vallejo y también un regusto a Vicente Huidobro y Pablo de Rokha del poema de las comidas y bebidas de Chile, especialmente en trozos del “Canto Sexto”:

“Aprendí a trenzar lazos en Ancud,
de topeadura, mientras corre el vino blanco
por la garganta reseca
y el olor de los curantos va coronando la tierra
con caldo de mar ardiente
y limones navegados al corazón de la lluvia”.

Reafirma también “Tatuaje marino”, la legítima lucha de Ferrero por depurarse de estas influencias y afincar un estilo propio y original, que se traduce no tanto en el tono travieso y juguetón que adopta en algunos versos, pues eso no es nuevo en la poesía chilena, sino en lo inesperado y repentista de las imágenes e ideas que acuña. Actitud que tampoco es nueva, ya que posee largos antecedentes, como lo señalaba Guillermo de Torre el año 25 en “Literaturas Europeas de Vanguardia”, encontrando antecedentes en la poesía castellana de varios siglos anteriores, en “Las Soledades”, de Góngora. Pero lo propio del estilo de Ferrero es el tono, los matices, el significado de estas imágenes inesperadas, adobadas a veces con la gracia y el humor que señalábamos. En este terreno el poeta ha logrado resultados propios y sus figuras sorpresivas, son generalmente de muy buena factura.

“Navegar siempre hacia el sur,
coronado de musgo y de gaviotas
cruzar los cementerio madereros,
y amanecer cantando en las bodegas
una copla que nadie aprendería”.


O bien este verso:


“Como un golpe en el pómulo del alma
duele el dolor ajeno en la carne propia”.

Pero a menudo también no tienen la gracia ni la belleza necesaria y se nota el forcejeo del poeta para lograr de todas maneras la chipa:

“Iluminado, el aire del poniente
con las ocho naranjas de sus cascos”.

O este verso:

“El mar y sus carbones titulares,
con su saco de sombras a la espalda
y el limonar cargado de rectángulos”.

Sin duda utiliza Ferrero la novedad, lo repentino, a través de la lucha contra la atmósfera irradiante de los grandes creadores de la poesía castellana actual para establecer su propio sello, su originalidad.

Olvidándose de muchos otros recursos para llegar a lo propio y original.

Pero dejemos en esta oportunidad de lado tales aspectos, veamos si la búsqueda de la originalidad es el valor central y el primer bastión que debe tomar el creador.

A nuestro entender no es esa la puerta ancha para penetrar en la gran poesía y lograr la obra trascendente. Hay otros valores más fundamentales. Por ejemplo la temática, el contenido del canto, a los cuales un estilo original, sin duda, puede contribuir a dar realce, siempre y cuando ese estilo no caiga en ángulos extremosos. Es decir, la originalidad es en sí misma, un factor secundario ante el tema, sin olvidarnos, de que también el contenido puede contribuir a otorgar originalidad en el estilo, como una interacción. Es decir, Ferrero ha tomado lo secundario por lo principal. Está gastando denodados esfuerzos, que no lo conducirán a los grandes resultados a que puede aspirar dada sus condiciones.

Esta es una actitud mental que el poeta de “Capitanía de la Sangre” debe cambiar. Esta búsqueda que racionalmente se ha impuesto, se refleja muchas veces en sus poemas, dando la sensación de ser confeccionados inteligentemente en desmedro de la espontaneidad, frescura y lozanía del “ángel” como gustaba decir García Lorca, que el poema debe transparentar, del primer al último verso. No es que estemos en contra de la inteligencia poética y prediquemos la absoluta espontaneidad. Lo que recalcamos es la falta de integración en un todo armónico de su sensibilidad y su inteligencia.

También quisiéramos señalar la condición humana, la vida concreta de las gentes de nuestro pueblo, que a veces pareciera asomarse en sus cantos con todos sus palpitantes problemas, pero se queda a medio camino, para dar paso de nuevo a los versos funambulescos:

“Todo es igual que ayer,
de siglo en siglo:
la catedral debajo de la cúpula
y a la orilla del mar el rancherío,
lloran de amor los pobres
y se pudren los bolsillos de los ricos.
Todo es igual que ayer.
Siempre el señor Obispo
con el cuchillo en el refajo angélico,
siempre el mercado con olor a pena
y el mismo fuego triste en el brasero”.

El poema sigue desarrollándose desolado y al final dos versos levantan una confusa bandera de rebeldía:

“Y un gran viento de sangre
hace temblar el ventanal del mundo”.

Pareciera como si la indecisión lo atormentara continuamente. Como si por instantes sintiera que el hombre y la vida lo son todo, que son en sí mismos más que el arte, y por consiguiente, constituyen el gran tema del arte. Y otros en que los juegos formales, la imagen perseguida tenazmente, construida, brillante e ingeniosa, se justifican como la esencia del poema, olvidando que debe estar en función del canto.

Todo lo que señalamos es reflejo de una inestabilidad conceptual, y una falta de profundización ideológica.

De lo cual también derivan la soledad y el desamparo que asoman a muchos de sus versos:

“Si no hubiera una gota de sangre
en que sentarse
un ladrido lejano en donde echarse a llorar,
solo, infinitamente solo y derrumbado
como los castillos del amanecer.
Si no hubiera una sombra donde colgar la muerte
un hueso calcinado
donde poner el alma a secar.
Si no hubiera una orilla en qué apoyarse
ni una calle olvidad donde tenderse a caminar
si todo fuera incendio y trizadura
siempre estaría el mar”.

Olvida que contra la soledad está la fraternidad del hombre y contra el desamparoo y la desolación, la solidaridad humana.







Sonetos temporales
Autor: Mario Ferrero
Santiago de Chile: Nascimento, 1963


CRÍTICA APARECIDA EN EL SIGLO EL DÍA 1964-01-19. AUTOR: HERNÁN LOYOLA
El soneto no ha escapado a las controversias, derrumbes y revisiones que caracterizan agudamente el desarrollo de la lírica moderna. Por una parte, se lo sigue considerando como la más acabada demostración del dominio que un poeta tenga sobre su medio expresivo, o como esas joyas que en los naufragios se logran salvar por su valor y por el poco espacio que ocupan. Para otros, en cambio, el soneto no es sino un anticuado moldecito de budín, ya intolerable por sus “estrafalarios rigores numéricos” (J. L. Borges). No obstante, y por encima de toda polémica, parece indudable que el soneto mantiene y seguirá manteniendo su vigencia, su condición de “piedra de toque” para todo poeta que se precie de tal.

Así lo muestran entre nosotros estos “Sonetos Temporales” de Mario Ferrero, uno de los más importantes libros de poemas publicados en Chile en 1963.

Los anteriores volúmenes líricos de Mario Ferrero, en especial “La Cuarta Dimensión” (1956) y “Tatuaje Marino” (1961) señalaron claramente su versatilidad, la extraordinaria riqueza de su mundo poético. Lo cual, por cierto, no corresponde a un mero virtuosismo técnico, sino al sentido realista de la poesía de Ferrero. Porque la variedad de técnicas y de motivaciones que exhiben sus tres últimos poemarios no significan un hueco alarde de recursos, sino un intento de abarcar la realidad objetiva en toda su compleja y multiforme presencia.

La ordenación misma de estos “Sonetos Temporales”, vendría en cierto modo a confirmar nuestra apreciación. Los veintisiete sonetos se agrupan en cinco “instancias” o zonas de inspiración, que corresponden a otros tantos aspectos del mundo experiencial del poeta.

Los cinco sonetos de la “Instancia Primera” aparecen dedicados a las sustancias matrices de la vida: al agua, al fuego, al sol, al tiempo, al vino. Son, como diría Neruda, los sonetos elementales del libro. Destaca entre ellos el “Soneto al Fuego”, cuya calidad y belleza se encarga de subrayar con toda razón, el prologuista del libro Sergio Latorre V.

En la “Instancia Segunda” la mirada del poeta se vuelve hacia la atmósfera histórica que respiramos, hacia los valores de tradición, de heroísmo y de horizonte que tienen vigencia en el camino de hoy. No valores neutros o académicos, ciertamente, sino valores fecundos, combatientes, populares, comprometidos hasta el tuétano con el futuro progresista de la humanidad. En los sonetos de este grupo, tales valores aparecen objetivados en ciertos personajes o pueblos. “España cruda”, “A Miguel Hernández”. “A Manuel Rodríguez”, “A César Vallejo”, “Si Digo Cuba”. El soneto dedicado al pastor-poeta de Orihuela, Miguel Hernández, asesinado por el franquismo en 1942, es nuestro predilecto entre todos los del volumen:

“Nadie llama Miguel al aire frío
ni amapola al sudor, en Orihuela.
Nadie le da tu retrato a la canela,
ni cuelga tu retrato sobre un río.

Nadie le llama España al colmerío
de la boca con sangre que te vela,
ni nombran manzanar a tu vihuela,
ni te lleva en el frente el mocerío.

Cuándo olvido, Miguel, sobre el olvido.
Te pastoreaba el sol dentro del pecho
y era un balido tu palabra pura.

Ahora es el otoño y ha llovido.
Una lágrima sucia y en barbecho
se arrodilla a besar tu sepultura”.

La “Instancia Tercera” es la zona del amor y la ternura. Los sonetos dedicados por el poeta a su esposa Ariadna y su hija Claudia desarrollan, limpia y cálidamente, un venero de emoción personal. Lo que no es tarea fácil con un instrumento poético que, como el soneto, parece más propicio para encerrar una idea que un sentimiento.

Las preocupaciones, los sueños y las esperanzas del poeta, sus angustias y sus afirmaciones, cobran forma de sonetos en las zonas cuarta y quinta del libro. En el soneto alejandrino “La Rosa del Mar”, y en los admirables “Soneto Casi Humano” y “Soneto Pascual”, muestra Ferrero un gran dominio de recursos, con audaces aciertos en la elección de vocablos, en las sonoridades y en el acabado de los versos (“tan orégano y fiel al aguacero”).

Dentro de la frondosa, pero opaca producción lírica de 1963, estos “Sonetos Temporales” de Mario Ferrero, junto con “La Pieza Oscura”, de Lihn, y con la antología “Cuba Sí”, destacan con nítidos relieves de calidad y de perdurable importancia.





Clima tórrido
Autor: Mario Ferrero
Santiago de Chile: Neupert, 1967


CRÍTICA APARECIDA EN LA NACIÓN EL DÍA 1967-06-18. AUTOR: LUIS SÁNCHEZ LATORRE
Acaso haya solo una labor más delicada que hablar de poesía: escribirla. Qué de riesgos (hoy) en lo que alguna vez debió de constituir obra simple, espontánea.

Pero, ¿cuándo?

Las tareas del poeta se rigen por leyes estrictísimas. Una de estas, no derogada que sepamos, prohíbe la repetición por sobre todas las cosas.

El poeta busca, explora, ilumina. Su palabra ha de ser siempre descubrimiento; jamás moneda pública. T.S. Elliot ha borrado con su experiencia, ¡ay! el deseo de hacer de la poesía expresión no expuesta a los devaneos de la originalidad.

El mismo Elliot ha escrito: “El progreso en un artista es un autosacrificio constante, una constante extinción de la personalidad”.

Ello significa: inventar los utensilios del poema. Ello significa; desdeñar los utensilios del poema.

Variar dentro de una permanencia; ser uno y distinto: he aquí lo menos que se le pide al poeta.

He aquí lo que cabía esperar de Mario Ferrero y de su reciente libro “Clima Tórrido” (1)(1)”Clima Tórrido”, Mario Ferrero (Colección El Viento en la Llama), 1967.. Lo que cabía esperar, es cierto si Ferrero se hubiese hecho con anticipación algunas interrogaciones críticas. ¿Por qué? ¿Para qué tal libro? Grave cosa ésta de que un hombre como Ferrero, seriamente consagrado a los menesteres de la literatura, prescinda del esfuerzo y del rigor que permiten ilustrar la situación del autor delante de su obra.

“Clima Tórrido” no aumenta a Ferrero.

A la inversa: ejerce sobre él una disminución inmerecida.

Por muchos conceptos, y quizás, principalmente, por su indisputable honestidad intelectual, Ferrero no era acreedor de este destino.

Mas, como subraya Arnold Hauser, “la obra literaria está hecha con palabras, y no con sentimientos; pertenece a la lógica del idioma y no a las sensaciones”.

Cuánto olvido, cuánta premura en Ferrero. “Clima Tórrido”, expresa las sensaciones “desde” las sensaciones. Su autor no consideró las normas, las leyes, las exigencias incuestionables del poema. Su obra, su experiencia, se comunica al lector mediante un lenguaje visto, oído, sentido en otros poetas:

“Dan ganas de llorar sobre tu cuerpo,
dan ganas de llorar, de cortar naranjas,
encumbrar volantines en la punta del mundo.
Dan ganas de estar solo bebiéndote la luna
mojada de tu cuerpo”.

(“Azogues”)

Mal paso, sin duda. En 1951, con oportunidad de “La Noche Agónica”, habíamos quedado en que Ferrero no volvería a incursionar por la atmósfera del autor de “Residencia en la Tierra”. Empero, la mente de Ferrero recuerda la sensibilidad de la placa fotográfica. Las lecturas, reforzadas por su inextinguible amor a la poesía, dejan en él huellas excesivas. No hay allí asimilación, destrucción, sumisión a una realidad propia, más poderosa y envolvente. La conciencia poética de Ferrero rehúsa todo acto de verdadero enriquecimiento.

Porque nuestro autor opera con el fragmento botín de sus lecturas:

“Si pudiera escribirte con un halo encendido
desde un arpón secreto.
Si pudiera mirar a través de tu pelo
las batallas perdidas,
como quien besa el oro de las últimas viñas.
Si pudiera en la noche conducir tu sandalia
como un ala de arena,
esconderte del aire tras un pájaro ciego,
encerrarte en un cobre de polillas azules
con alcohol de madera”.

(“Plegaria”)

Y sus desgarrones de lecturas suelen ir más allá de Neruda:

“Esta tarde de inverno,
quemando mi café en la llama fría,
siento en el hueso capital
la furia
de dos gotas de neblina”.

(“Invierno”)

En su permanencia, todo poeta organiza “su” universo. Al poeta se le distingue por el orden de sus frases, por la peculiaridad de sus vocablos, por el espesor y la duración de éstos, de aquéllos. De este modo no resulta difícil practicar el reconocimiento; nuestro autor ha ingresado de pronto en el territorio de Miguel Arteche. El segundo verso –endecasílabo- es muestra específica del estilo forjado entre “destierros y tinieblas”.

Todavía más. “Clima Tórrido” no es solo pobre en originalidad formal, en construcción poética. También lo es, y ello representa otro problema grave, en calidad de motivos. Mundo arruinado por su servidumbre ante un materialismo sin vuelo, carente del brillo y la variedad que otorga la presencia del espíritu, “Clima Tórrido” no hace sino ahogar la subjetividad de Ferrero.


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