domingo, 18 de mayo de 2014

JUAN NEGRO [11.730]



Juan Negro 

(1906-1979), Poeta, cuentista y novelista chileno. Pseudónimo de Luis Aguirre Hinojosa. Fue miembro de la Alianza de intelectuales de Chile para la defensa de la cultura. Autor de: “Mester de Juglaria, briznas, algunos poemas viejos”, Imprenta La unión, Santiago de Chile, 1934, “Mensaje de Poesía”, Imprenta Artes y Letras, Santiago de Chile, 1936, Goces y Muertes, Ed Crucero, Buenos Aires, Argentina, 1940, “Vasto Ser” Imprenta Artes y Letras, Santiago de Chile, 1945, “Botella en el mar”, novela, Ediciones de la Sociedad de Escritores de Chile, 1947, “El paso de la noche”, Imprenta Artes y Letras, Santiago de Chile, 1952, “Niño de la costa”, novela, Editorial Nascimento, Santiago de Chile, 1956.



ABEJA

Capullo de cristal , oh fiel amiga
de ámbares en flor. Vernal mensaje
que en cándidos jazmines se prodiga
y que deja, al jazmín, en vasallaje.

Tú bien podrías ser liviana espiga
en el fino trigal, o en el paisaje
esa gota de sol que nos obliga
a crecer en la luz de tu linaje.

Si te miro posar -gentil saeta-
sobre el estambre leve y peregrino
tu luciente joyel de oro viejo,

comprendo lo que dices al bermejo
oído de la rosa e imagino
lo que ella te responde, dulce y quieta.







POEMAS DE JUAN NEGRO. Del libro: VASTO SER. Selección: Rodrigo Verdugo.




MANO CORTADA

Aquí la salamandra y la celeste almendra,
Las aves del zafiro cuyos ojos me pertenecen,
Los muslos del amor y el nácar de una sonrisa.

Allí la granada que incuba una serpiente de plomo
Y las cuchillas que vuelan cortando en dos la primavera,
La primavera que ha caído de las astas de un ciervo joven
Y que se sumerge en el estanque para ahogar sus visiones.

Aquí la tierra satisfecha de sustentar un país
Y el vuelo de ese trino que abre su surtidor
Y se desmaya sobre los hombres que nacen a la orilla del prado.

Pero del otro lado está la máscara maldita
Husmeando un animal terrible que se agazapa en el aire,
Alegre como alacrán que acecha mariposas
Y cabelleras de niña.

Y el nácar de la sonrisa se hunde en un aljibe de estiércol
Y el muslo del amor se destroza en un torbellino de mar sin espuma
Y de los ojos que me pertenecen cae la estrella que llora,
Cae con precisión
Y me corta la mano que guardaba una caliente rosa.





VÍBORA DE ESPUMAS

Silencio que persigue a una víbora de espumas
Allí donde la mañana despierta prisionera de tus cabellos,
Allí donde la raíz hunde su pie en las entrañas de la sombra
Como otra víbora nacida de un ídolo de llanto.
Hilos de llanto atraviesan el sueño que nos enlaza
Y caen a la orilla de nuestros párpados y se alejan
Como buscando un océano de vida estacionada y dulce.
Oh, la enredadera del corazón ya no puede subir más alto
Unida estrechamente a los amplios ramajes del sol,
Unida estrechamente a las bocas de besos heridos
Y a las rodillas donde la muerte apoya su ágil cabeza.
En cada una de mis manos alguien ha clavado un sollozo
Y tienes el pecho perforado por una pequeña ventana de amor azul.
Ay, si pudiéramos decir qué cosas nos persiguen.
Comprendo que una queja nos puede degollar
Y que un anillo de simple y débil aire nos puede entrelazar con el misterio






MANO MARINA

Comprendo que este mar suele dar brincos en mis sueños,
Comprendo que me rodea como si yo fuera un ahogado
Que retiene su lecho definitivo entre las ondas.

Comprendo que se pasea en mí por una calla propia
En la que estallan vislumbres de ágil fosforescencia
Y en la que asoman unas pupilas ramificadas
Como las estalactitas de ese invierno tan antiguo,
De ese invierno que no recordamos sino desde el fondo del océano

Comprendo que soy el que baja hasta los subterráneos
Donde se juntan los cabellos de una familia que es mía,
Allí donde se conserva una mano que tiene un papel entre los dedos,
Que todavía mantiene su prestigio de mano marina
Y que estaría bien muerta de no estar entre merluzas y gusanos de mar.

Comprendo que este mar me hace lívido el rostro
Lo mismo que si regresara del cementerio donde viven mis novias,
Como si subiera algunos peldaños y me cayera en un cielo
Del que estuvieran ausentes las mejillas de mis novias
Y los fantasmas que ellas alimentaron con besos del corazón

Y comprendo que un caracol podría representar mi sueño
Y que mi sueño suele ser voraz como un pez herido,
Lo mismo que esos delgados y firmes peces que perforan
El paisaje de las luces profundas, la tibia intimidad de as almejas
Y los labios donde la vida ha puesto un bosque de raíces salobres.





Poesía de Juan Negro:    “Goces y Muertes”




CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1944-10-23. AUTOR: CARLOS RENÉ CORREA
“Goces y Muertes”, es el título de un libro de Juan Negro, el cual envuelve un exacto sentido de su contenido espiritual y humano. No utilizamos estas palabras por un mero convencionalismo, ya que, ¿en qué labor más que en la del poeta se hayan esos elementos fundamentales? Lo espiritual y lo humano se confunden, se entremezclan y son como dos ríos que apresuran la marcha de sus aguas para rebasar el límite. Bien sabemos y lo comprendemos que más allá del límite está Dios. Quieran o no los hombres, el misterio del infinito los atormenta. Y de ahí “goces y muertes”. Alegría de vivir, pena de morir.

En la poesía español se arraiga cada más este problema de filosofía, de amor, de arte, de religión. El poeta lo ha vivido con toda la fuerza de su espíritu para plantearle primeramente a la soledad y después a los hombres que encuentra en su camino. A veces guardará silencio para no herir e inquietar, otras veces hablará y cantará; acaso con el canto se diluya un poco la fuerza del dolor o la violencia de la elegía…

Juan Negro es poeta de parca obra; poeta que ha trabajado con amor y dedicación sus versos; sin apresuramiento ha sembrado en su campo y acaso muy de tarde en tarde se haya asomado a la ventana de su cuarto para mirar la flor ya lograda.

“Mester de Juglaría”, publicado en 1943; “Mensaje de Poesía”, aparecido en 1936 y “Goces y Muertes” en 1940, reúnen la labor de este gran poeta chileno. Cada uno de estos libros es, ante todo, la confesión de un espíritu que vibra en medio de las cosas y que trata de apagar, discretamente, la resonancia demasiado exterior que ellas pudieran ocasionar. Prefiere ser sintético, ahondar en su personalidad, revelar nuevas imágenes no por mero malabarismo, sino que para expresar con mayor precisión y fuerza la belleza que ha descubierto en el mirar y pensar cotidianos.

Tiene el poeta su “Rueda del Año”, verdadero acierto de su intuición, de su facilidad para alcanzar la adivinación de diversos estados de alma a través de la rueda del tiempo:



“Con una espiga en el ojal, Enero.
Febrero. ¡Frutas! Badajos
de luz plena.
Marzo da la partida
a la maratón de las golondrinas.
De un brinco, Abril
se escapa de los lagares.
Amarillo, Mayo desciende
en el paracaídas de las hojas.
Junio sastre
da las primeras puntadas
entre la tierra y el cielo.
San Sebastián del año,
a Julio lo asaetean
todas las lluvias.
Agosto siempre patina
sobre la escarcha.
Con cintas de colores
los árboles reciben a Septiembre.
Octubre ordena
pintarrajeo general de azul
para los cielos.
De la colmena de Noviembre
salen abejas de calor.
Y durante todo Diciembre
se escucha el trote de un burrito
que va en camino hacia Belén”.






Juan Negro ha sabido con acierto tomar la imagen y darle vida mediante una fina sugerencia; a pesar de lo pictórico, de lo puramente exterior, hay un profundo sentido de tristeza, de alegría, de esperanza que gira en esa rosa del tiempo…

Juan Negro es un poeta de imaginación dúctil, de emoción recóndita; vive amparado tras de una cortina de llovizna. Su poesía se torna a menudo tan delicada que parece fuera débil; recibe mensajes desde todos los horizontes y no teme lanzar las flechas que oculta sabiamente su carcaj. Ha encontrado la más justa expresión de la belleza que capta a través de la imagen novedosa y plena de colorido, de un colorido discreto que se alimenta en los ramajes de sus árboles. El poeta se ubica en su mundo y nos dice:



“Allí estoy, en lo alto de la brisa
con rumbo a los molinos del Oeste,
hermano de ese pez de los arroyos,
hermano del pinar de dulces brillos.
Mirando la paloma y su silencio,
mirando el pie que busca sus caminos.
Centinela incansable y sosegado.
Y en el alma sin puertas todo el cielo”.





El poeta es triste; oculta una desolación profunda, lo que, ciertamente, lo ha llevado a la imaginería para no revelar siempre su angustia. Pero no ha podido ocultar sus elegías y lo encontramos –marinero en su barco- en medio del “Nocturno en el Océano”:




“Estancia para llorar, estancia
hasta donde llega un océano delgado
que vive como un ojo, que se abre
con la visita de un estruendo, de un naufragio.
No quiero repetir estos sollozos
que reptan por las escaleras del agua,
que caen y sostienen el insomnio
por donde cruza un dios ataviado y cruel,
un dios ataviado con la presencia de la actinia,
tatuado con el cuchillo de la almeja.
Puedo decir que vamos hacia su encuentro
donde ya nada tiene forma,
puedo decir que mi pie se disuelve en un abismo
donde la escama combate a la sal, donde
el laberinto de la aurora dispersa sus luces
y donde la noche instala su lecho permanente.
Que no le importe al corazón perder su camino,
sentirse fuera de su cielo, de su mano segura.
Porque aquí está la sombra de un sargazo o de un pez,
porque aquí la vida revienta en un vagido de mar
y la palabra amor es un llamado de la muerte.
Y entonces, oh amigo olvidado,
esperaréis con las manos juntas al mensajero del agua,
esperaréis durante mil años la violenta luz de la ola;
esperaréis, mientras se cierran vuestros ojos y la lengua
os sangran de tanto lamer el continente
donde todos vuestros insomnios reposan”.




El poeta nos dice que la palabra amor “es un llamado a la muerte”; en el mar en que reposa su vida está la razón de su tristeza. Es él el amigo olvidado a quien los caminos del mar son ya conocidos. Juan Negro ha destrozado el navío, pero no ha perdido la ruta.

Una poesía sutil, diáfana y atormentada al mismo tiempo, corre por estos ríos; no ha podido atajar con su mano el torrente del agua y ve que su corazón se le aleja violentamente envuelto en corriente impetuosa. Entonces canta y busca la hermandad de la tierra, de las cosas. No alcanza la purificación de un espiritualismo cristiano, pero llega a superiores recintos interiores que no desconocemos. Sabe que su misión es cantar siempre porque lleva la armonía a flor de labios, porque el corazón sufre bajo el sol que calcina sus amapolas.



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