martes, 20 de mayo de 2014

JOSÉ MIGUEL VICUÑA [11.754]



José Miguel Vicuña

José Miguel Vicuña, poeta chileno. (1920 - 11 de agosto de 2007).
El poeta José Miguel Vicuña, hijo del destacado escritor Carlos Vicuña Fuentes y de la escultora Teresa Lagarrigue Cádiz, nació en Santiago el 10 de enero de 1920.

En su infancia, bajo la dictadura de Carlos Ibáñez, padeció junto a su familia la persecución política y posterior deportación a Punta Arenas de su padre, quien logró fugarse hacia la Argentina y establecerse en Mar del Plata, donde escribió La Tiranía en Chile (1928) y se reunireon con él suesposa y sus seis hijos.

Cursó sus estudios secundarios en el liceo Manuel de Salas y en el Instituto Nacional. Posteriormente estudio derecho en la Universidad de Chile, donde fundó la Academia Literaria de la Escuela de Leyes y de la Academia Jurídica de esta universidad. Allí conoció a Eliana Navarro con quien contrajo matrimonio en 1945 y tuvo siete hijos: Ariel Vicuña, poeta y músico; Ana María Vicuña, filósofa y profesora de lenguas clásicas; Miguel Vicuña, poeta y filósofo; Juan Vicuña, químico, víctima de la tortura durante la dictadura; Leonora Vicuña, reconocida fotógrafa; Rodrigo Vicuña, editor; y Pedro Vicuña, poeta y actor.

A lo largo de toda su vida desarrolló una intensa labor literaria, poética y social entre las que destacan su activa participación en la Sociedad de Escritores de Chile (Sech) y la fundación, en 1955, del "Grupo Fuego de la Poesía", junto a Carlos René Correa. Grupo de poetas que se reunió junto a él por más de cincuenta años y que sorprendió al mundo literario nacional en la década del 50. Un grupo abierto a todas las corrientes literarias que acogió a poetas de diversas generaciones y horizontes, de Chile, de América y de Europa.

Junto a Luis Droguett Alfaro, Fernando Onfray y Carmelo Soria crea el Grupo Mandril que se da a conocer a través de la revista del mismo nombre (Mandril, Imprenta Darricarrere, Santiago de Chile, 1951).

La casa familiar de los poetas — José Miguel Vicuña y Eliana Navarro, su mujer — fue durante más de cincuenta años un lugar predilecto de encuentros poéticos y tertulias por el que pasaron innumerables poetas consagrados y otros más jóvenes que hoy destacan no sólo en el ámbito nacional. En 1951 publicó su primer libro de poesía, Edad de Bronce, con el que obtuvo una Mención Honrosa en el concurso de poesía de la Sociedad de Escritores de Chile. En 1962, organizó Los martes de la poesía en el teatro “Petit Rex”. Fue co-fundador del teatro experimental de la Universidad de Chile.

Como bibliotecario jefe de la Biblioteca del Congreso Nacional de Chile, creó la sección de “Libros raros y valiosos”. Siendo director permanente de la Fundación Positivista de Chile Juan Enrique Lagarrigue impulsó diversas acciones y publicaciones en ese ámbito filosófico.

Su poesía ha sido publicada en innumerables antologías y revistas literarias del continente. Algunas de sus obras han sido traducidas al holandés, al inglés y al griego.

En 1977 con su poema Canto a Ícaro obtuvo el Premio de los Juegos Literarios Gabriela Mistral, de la Ilustre Municipalidad de Santiago.

En 1995, fue invitado especial al Dunya festival de poesía de Ámsterdam. Un año después de la muerte de la poeta Eliana Navarro, su mujer, fallece José Miguel Vicuña en su casa de Las Condes, el sábado 11 de agosto de 2007, a los 87 años de edad a consecuencia de un derrame cerebral.

Obras

Edad de Bronce, 1951, Ediciones Mandril.
En los trabajos de la muerte, 1956, Ediciones del Grupo Fuego de la Poesía.
El Hombre de Cro-Magnon se despereza, 1958, Ediciones del Grupo Fuego de la Poesía.
Poemas augurales, en 1966, Colección El Viento en la llama.
Cantos, 1977, Ediciones Nueva Línea.
Alígera Summa, 1995, Ediciones del Milodón.
Elemento y súplica, 2000, Ediciones del Grupo Fuego de la Poesía.



SER EN EL SER 

Ser en el ser, rocío de alborada,
brisa de luz, pupila centelleante,
quédate, risa pura, en el instante
de florecer, esposa enamorada.

Besa la rosa el sol y, desdichada,
corre a morir, herida del diamante.
¡Quédate así! Mas no, sigue adelante,
de tu lozada forma perfumada.

Cógela el día, quémala en su estrago;
siempre, albor intocado, aroma vago
sonrisa, amor serás, y más gloriosa

el ardor de tu pecho succionado
del hijo amante, sentirás llagado
con un aire de virgen orgullosa









Edad de bronce
Autor: José Miguel Vicuña
Santiago de Chile: Mandril, 1951

CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1951-11-25. AUTOR: ALONE
Esta época vertiginosa, en que nadie “tiene tiempo”, cuando el espacio se fragmenta al minimum y la gente habita casas angostas como tumbas, admite, sin embargo, en su seno el absurdo de escritores que escriben y editores que editan los más considerables mamotretos, monstruos de novecientas toneladas, espanto de la tierra oceánica.

Si uno pregunta por qué, responden:

-El público lo pido; los libros chicos no se venden.

Y es así.

“Edad de Bronce”, moderada, diminuta, prudente, sale a luz con pocas esperanzas. De espaldas al a cantidad, José Miguel Vicuña.

“En l’an de mon trentiesme age…

Ne du tour fol, ne du tout sage…” (1)

muy joven aún; pero ya maduro, principiante y maestro, ofrece a sus contemporáneos una suprema enseñanza de calidad, grabando en bronce medallas y miniaturas, troquelando con sobriedad heroica sentencias duras al corazón, límpidas al oído.

Diríase que una precoz experiencia le ha dictado los versos lapidarios que suelen venirnos de la sabiduría china, ceniza apretada de milenios, fórmulas que contraponen dos figuras ínfimas y reducen a tres líneas el eterno drama:

“Mientras bebe el aroma de la rosa
¿quién conoce
cómo vacila el paso ante la fosa?”

Esa pareja de imágenes vivientes unidas por una interrogación: la que vacila embriagada por la vida, la que, ante la muerte, ebria, titubea, esos dos vagos seres fuera de los cuales todo resulta misterio o vanidad, cabrían perfectamente en una joya y, no obstante, dicen lo único que, al cabo, vale la pena decir.

A eso se limita José Miguel Vicuña.

Su libro contiene síntesis, fabrica esencias. Amor, libertad, dolor, la invencible esperanza, el inmortal deseo, ansias angustiosas de duras y brotes de ternura tenaz, otras corrientes más oscuras aún se mezclan, despojadas de todo elemento accesorio o trivial, en el desamparo desgarrador de las generaciones, paradójicamente encadenadas, fundidas en el mismo metal y que un fatalidad imperiosa aparta; porque la vida así lo exige:

“… me llevas, niño mío,
alga y sombra en el surco
y en el viento presagio,
me llevas como huyéndome,
niño mío que naces”.

Léase “Sin Muerte”, el pequeño poema al pequeño hijo. A través del sueño de la realidad, los eslabones pasan, persiguiéndose: ayer, hoy, mañana. El entrechocarse del pretérito y el futuro en el presente nos parece la ubicación exacta de este poeta, arraigado a citas antiquísimas, más sujeto que la mayoría al drama de nuestro tiempo, la querella de las edades.

Ahí se ha de buscar su sello inconfundible.

Para interpretarlo con cabal inteligencia habría que penetrar en su formación, verle en la mejor escuela, a los pies de la cátedra paterna recibir como alimento doméstico la médula de león de los clásicos, no perder el tiempo en la letra muerta, sino asistir a la resurrección de los viejos idiomas y su preciosa sabiduría junto con abrírsele el espectáculo del mundo.

Hijo de un recio luchador que no depone todavía el arma resplandeciente con que hubo de forjar al niño, recibió desde temprano clarividencias de hombre y nunca se le nota blandura de forma, vacío de pensamiento, la vaguedad enfática o la soberbia inflada de lugares comunes que tanto corren por ahí, no sin lucimiento, consecuencias del vacío primario. “Hay tierra firme bajo estas rosas”.

Pisamos esa tierra con pie seguro en ciertas expresiones de una noble fidelidad ancestral:

“Iberoamérica, tu triste suerte
-lenta teoría de dolor maduro-
regida está por viejo nexo impuro,
servil, sin voz, ante el vecino fuerte.
¿Cuándo será la hora que despierte
tu corazón con entusiasmo puro
y vuelva digno su vigor seguro
al que tu savia en opresión convierte?
Honrada, recia estirpe en colpa dura
tus gentes viven desamparo aleve:
vuelve a tu sangre, rompe el marco breve,
bebe, bebe con ansia la cultura
del español linaje que te mueve,
y una serás, y reina y voz futura”.

Señalamos este soneto, no la mejor poesía de “Edad de Bronce”, para advertir la veta subyacente de robusto hispanismo que corre por el fondo: el área exterior y visible pertenece casi toda al viento atormentado de la época, al modo que Neruda no creó, por cierto, pero que encarna, robustece y simboliza con su influyo prodigioso, casi diríamos con su extraño contagio.

Vivamente solicitado por su tiempo, todas las hojas y las ramas tendidas hacia el porvenir, pero retenido enérgicamente por la tradición, sujeto al fuerte pensamiento de la cultura clásica, José Miguel Vicuña, más que ninguno, está en la confluencia de las edades y es un emblema.

Así entendemos su Pórtico:

“Quiero ceñirme al armonioso
celar celeste de las libres aves;
desde los mástiles, airoso,
ver el mar ancho y tormentoso
donde se ocultan las antiguas naves”.

“Celar”, substituto de “volar”, está ahí para evitar un término común e indica el loable propósito de rehuir la senda trillada en busca de caminos nuevos, aunque será azaroso, y respirar atmósfera fresca. No se ajusta, evidentemente, al pensamiento exacto. Por eso mismo está. Obedece al agudo consejo de un sutil preceptista: “Conviene elegir las palabras equivocándose siempre un poco”. Tal el pintor desvía el rasgo fotográfico, coloca el músico oportuna disonancia y el perfumista echa átomos fétidos en la onda pura para hacer perceptible el aroma. ¿Qué significa precisamente “celar”? dice el Diccionario: “Procurar con toda diligencia el cumplimiento de las leyes o de las obligaciones de cada uno”. También envuelve otras acepciones. No importa: lo interesante era romper el movimiento demasiado lógico, desviar la dirección continua e introducir inesperadamente un vacío, un claro desconcertante que aparece no se sabe cómo y se siente apenas, pero desde el cual parte un celeste impulso que hace lanzarse como ballestas las “libres aves”.

Para escribir bien es preciso atreverse a escribir mal.

Es una de las leyes que presiden el vanguardismo, en ese punto de mano con la inocencia primitiva; y acaso ha sugerido también el nombre y la imagen del Mandril, la dañina y repugnante bestia lúbrica, el mono de nariz desmesurada, de mejillas azules, que el poeta y sus amigos buscaron como enseña de una revista y cuya estampa enigmática inquieta la portadilla de “Edad de Bronce”, contrafigura sarcástica de las palomas, las liras y los ruiseñores románticos. O post románticos.

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(1) Villon, citado por el autor y puesto como epígrafe de su obra




En los trabajos de la muerte
En los trabajos de la muerte
Autor: José Miguel Vicuña
Santiago de Chile: Eds. del Grupo Fuego, 1956


CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1957-07-07. AUTOR: CARLOS RENÉ CORREA
Pocos poetas chilenos contemporáneos como José Miguel Vicuña, que iniciara su faena con profundo testimonio de su libro “Edad de bronce”, tienen una mayor inquietud frente a la esencia de la poesía en la vida del hombre. Fundamentalmente le preocupan a Vicuña los aspectos trascendentales del hombre frente a Dios, el tiempo y la eternidad.

La lectura de su último libro, “Los trabajos de la muerte”, que editara el “Grupo Fuego”, del cual él es su vicepresidente, nos pone en contacto con una teología y filosofía poéticas donde nada se escurre por cauces de vanas palabras o rimas pasajeras. Vicuña ha depurado su canto y lo entrega desnudo de todo formalismo que pueda restarle expresión subjetiva, si bien es cierto, a veces, un intelectualismo casi no deseado por el poeta mejora la forma pero le resta calor humano a su poesía.

En una de sus “Décimas” apunta un verso que dice: “Atardece en el mundo, donde yo estoy muriendo”. En ese mundo contemporáneo el poeta vive, crea, sueña, ama y sufre. Su vida es la del artista íntegro sin concesiones. Unido en la vida al amor y la poesía de Eliana Navarro, viven ambos la trascendente poesía del hogar donde ya siete hijos, siete poemas, les anudan a estos “trabajos” que tan noble expresión han encontrado en la obra que comentamos.

En tres jornadas ha parcelado Vicuña su canto: “En los trabajos de la muerte”, “Tierra adentro” y “Décimas”. Para él la muerte no es un tétrico fantasma; le canta como un hijo y desea superarla. No hay fatalismo en la poesía de Vicuña y si es verdad que su idea de la muerte no lo conduce a una exacta y viva perspectiva católica, sin embargo, la intuye como tal en este camino de luces y sombras que lo angustian.

Así en su “Canto a la muerte” escribe:

“Juventud intocada, pradera siempre viva,
ideal nacimiento, la muerte es forma pura”.

El poeta nos propone de ese modo la plena verdad: la muerte nos desprende de la materia y, en último término, es la purificación del hombre que se desliga de lazos perecederos.

Esta poesía de Vicuña muestra hallazgos de luminosa música que se anuda a profundas sugerencias. Su poema “Eres de tiempo y eres de llama”, sin duda uno de los más logrados del libro, revela toda la potencia creadora del poeta que canta como enajenado:

“Eres de tiempo y eres de llama.
Cuando te mueres, ya no te mueres,
y cuando llamas, ya no me llamas”.

Qué lograda forma y honda filosofía de muerte cumplida que se convierte en vida plena permanente. Vicuña es un enamorado de la forma, le subyuga el soneto y en ese arte difícil logra éxito rotundo. Alcanza expresiones nutridas en la vida misma, frente a Dios y el tiempo.

A veces es turbulento, se debate en una filosofía que lucha por resolver los problemas del hombre. En su “Poema del ser” habla a Dios y expresa convulso:

“¿Por qué pongo tu nombre extraño orgullo
en este cruel recinto de palabras,
de ideas, de pasiones?”

Cierra el libro con unas “Décimas”, a la manera antigua y moderna, en los que acaso obtenga una más alta ternura y depuración. El verso se ciñe a normas de poesía que tiene nítido lenguaje para comunicarse solo con espíritus de rara selección; nada es superfluo y la veta lírica se ahonda y ennoblece, a tal punto que, contrariamente a lo que alguien afirmara con propósitos que no comprendemos, la poesía de José Miguel Vicuña tiene un novísimo significado en la poesía chilena actual. Para apreciarlo, basta leer sus poemas con ojo limpio, entendimiento alerta y ánimo fraterno.








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