domingo, 18 de mayo de 2014

GERARDO SEGUEL [11.729]

Gerardo Seguel

Gerardo Seguel

Gerardo Seguel (Colchol, Cautín, Chile  1902 - Santiago, 1950). Profesor y poeta. Escribió varios libros de poesía: “Sintonía de la fiesta” (1923), “Hombre de otoño” (1924), “Dos campanarios a la orilla del cielo” (1927), “Horizonte despierto” (1936) y “Continuación del horizonte” (1944), entre otros. Francisco Santana en su ensayo “Evolución de la poesía chilena” caracteriza su actividad política durante el gobierno de Carlos Ibáñez del Campo: “Por participar en la vida política a favor de la clase obrera y ser uno de los dirigentes de la Asociación de Profesores, es exonerado y perseguido por la dictadura del año 30”.





DESCUBRIMIENTO DE LOS MINERALES

Fui hasta esa noche apretada y tenaz
-sin cielo alguno en que ella disminuya-
hacia la grandiosa opulencia de la tierra,
a la historia de los minerales chilenos,
formada en profundas hazañas de piedra y sueño,
y penetré, con mis manos sumergidas,
esperando.

Densos habitantes se acumulan, aumentando
el furor escondido de las sombras,
siglos endurecidos, en sosiego, viven hablando
de las bien templadas profundidades,
donde Chile ha criado sus espesos metales
amamantándolos con estruendos ya apaciguados.

Allí, unos y otros, conversamos plenamente,
antes de ser cadenas ufanas, olas inmóviles
o duros rebaños detenidos cuerpo a cuerpo,
crecieron presurosas las arcillas,
aumentaba la delgada presencia del oro,
y el cobre, como un sol refugiado en el abismo;
maduraron, en miles de años de peligros,
los yacimientos de colores ardientes y felices,
y unieron su soberanía, ya endurecida
-metal tras metal, en sueños azotado-
el oro con la plata, el cobre y el silencio.

Allí está en pie la edad de cada uno,
y he podido palpar su recio comportamiento.
Hay aguas murmurando como en su infancia
y rumores salvajes, pero ciegos, sin saber
cómo fugarse hacia el aire reunido afuera;
hay árboles, también amortajados,
junto a un camino sepultado, creyendo
en su amplitud para todavía trabajar;
hubo inviernos que allí quedaron prisioneros;
incluso alguna parte del mar, con la más insistente
de sus sales, de sus algas y espumas
ya casi en forma de peces para siempre,
se quedó mirando sus rocas cotidianas;
ruidos petrificados hay, como marchando,
pero sin contacto alguno con el cielo,
quedaron allí practicando, heroicamente;
una fertilidad distinta,
más dura,
más constante
y más indivisible,
pero no con menos actitudes que afuera.

Sólo las nieves escaparon, sin querer sacrificar
su blanco privilegio,
su mirar intachable.

Allí, como dos encarcelados por distintas sentencias
conversamos plenamente,
fuera de toda fecha,
lejos del día.








Continuación del horizonte
Autor: Gerardo Seguel
Santiago de Chile: Panorama, 1944

CRÍTICA APARECIDA EN EL SIGLO EL DÍA 1945-01-21. AUTOR: VOLODIA TEITELBOIM
Dentro de la batalla por la poesía, la clave triunfal reside en que el poeta siendo él mismo, profundizando y enriqueciendo su persona, sea a la vez el mundo en que vive, como la conciencia cantante o el instinto lírico de la historia que pasa y permanece.

¿Es la comunión de ambos elementos un difícil equilibrio. Cuando, como Luzbel, el poeta cree en la autarquía espiritual de su “eterna verdad íntima” y cierra puertas y ventanas para que no entre el sol de la humanidad, se entierra, presa de extraño gozo, como un condenado a muerte en la oscuridad de cuarto clausurado. El aire se torna de más en más asfixiante y concluye por matar literaria y socialmente al terrible orgulloso que creyó alcanzar la inmortalidad negando la realidad profunda de la vida. A veces resucita con impulso gregario para agruparse en fugaces escuelas de estetas, con curiosas cátedras de alabanza del uno para el otro, dedicadas a descifrar, como Champolión, los jeroglíficos legados por estos nuevos egipcios. Cuesta mucho entender lo que quieren decir sus escrituras secretas porque generalmente nada o muy poco significan, salvo un síntoma de impotencia para comprender el mundo e interpretarlo, o sea, para vivir su existencia como hombres de carne, sangre y hueso y no como fantasmas o comerciantes en versos muertos.

En el otro partido, figuran los que, lejos de recurrir a la evasión ante el océano del combate, se lanzan desnudos a las aguas más hondas del drama y articulan en un canto vibrante la historia de su corazón que es parte del gran corazón humano, con un sentido de lo universal dentro de lo individual. Aman en la naturaleza del ser más lo que es raíz colectiva y fundamental que las sombras chinescas, espejismos de una vida desierta, apariencias de apariencias, aunque se envuelvan bajo el rótulo de “El maravilloso e inaccesible planeta íntimo del poeta que desprecia el mundo de los demás”.

Gerardo Seguel, un hombre con veinte años de poesía a cuestas del alma, pertenece, entre los primeros, al partido de los que profesan el poema como función vivaz, como garganta coral, como la expresión clara de uno por muchos y para muchos. Quiere cantar por su época. Su voz no es tan melódica como la del ruiseñor. Tiene más dolor, más angustia, más pasión, más inquietud adentro, menos simetría afuera.

El poeta de “Hombre de Otoño”, “Dos Campanarios a la orilla del Cielo”, “Horizonte Despierto”, el ensayista de “Alonso de Ercilla”, “Pedro de Oña” y “Francisco Núñez de Pineda y Vacunan”, revela en esta “Continuación del Horizonte” una reiteración notoriamente superada de su producción poética precedente.

Hay aquí un colorido íntimo más denso. Un halo de ternura plena, un sabor de biografía panteísta, cursos de agua amarrados a la vida de un niño pensativo, la presencia de un luchador social enternecido por la mujer. La revolución no implica secar el manantial del sentimiento, sino prestar a su caudal una luz lunar emocionante, un tesoro preciado que siempre se adorará en el santuario humano. Aquí el combate no excluye los sueños, el embrujamiento de las fuerzas naturales, la música de la geografía lluviosa, “aquella eterna lluvia de mi vida”.

Su prólogo “Amor para Luzbel” significa su arte poético, la confluencia de los ríos “persona y mundo”. Donde el rostro de la amada, “que es tu verdadero nombre para siempre”, “penetra hasta los más obscuros subsuelos del idioma”. La llama del combate brota en su poesía como una columna de fuego vivo. Canta la “Elegía de Madrid” y luego tala de nuevo en los bosques sureños, en la tierra húmeda y natal, y cuenta, como quien trazará su destino sobre las aguas, el historial de los ríos de Chile:

“He visitado de nuevo a los ríos con su cuerpo en viaje eterno (me parezco más a ellos ahora en su manera de correr y de pensar). Y los sigue hasta “que penetran en alba profunda de los mares”.

“Todos ellos beben su sabor, su ruidoso sueño y su larga música del blanco y delgado milagro de las nieves andinas”.

El “Llamado a las plantas” palpita de dulzura fina, embebida de agilidad tierna y graciosa, de suave paternalismo hacia las cosas:

“Buenos días, hijas de cada color,
de cada rasgo del amor,
de cada trozo del viento,
de cada verso del agua.
Buenos días, amigas del alma
en cada vertiente del cielo”.

La unidad entre fondo y forma se ha hecho más nítida. Se pronuncia progresivamente, con un sentido rico, y caluroso de la última, pero sin llegar al logro de la ecuación exacta, muy improbable en ese campo de alucinadas aproximaciones que se llama poesía.

“Continuación del Horizonte” tiene un viento que sopla en la dirección de la historia y responde a la pasión poética y a la vida militante que Gerardo Seguel lleva en la sangre. Bulle en estas páginas la imagen del hombre consubstanciado con su patria física y espiritual, con su destino político, confiado en que el cantar de sus hijos la impulsa también a avanzar a trancos atrevidos por el gran camino.



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