sábado, 17 de mayo de 2014

FRANCISCO DONOSO GONZÁLEZ [11.715]

Francisco Donoso

Francisco Donoso

Francisco Donoso González (Llay Llay, Chile 1894 - Santiago, 1969). Escritor y sacerdote chileno.



Lyrica
Lyrica
Autor: Francisco Donoso
Santiago de Chile: Impr. La Ilustración, 1918

CRÍTICA APARECIDA EN LA NACIÓN EL DÍA 1918-05-20. AUTOR: LEO PAR
“Chilenos, aún tenemos poesía”, pudiera repetirse parodiando una frase histórica. Y no poesía como se quiera, sino inspirada y profunda en el fondo, noble y bella en su forma. Tal es la que resplandece en este volumen, primicias de un alto poeta. Lentamente, en la soledad y la meditación, ha elaborado él, con la materia de sus anhelos, sentimientos y visiones, la perla preciosa de esta poesía. Ha puesto en ella lo más puro y delicado que halló en su alma, para producir irisadas luces, matices suaves, multicolores reflejos.

El poeta es un observador, un soñador, más que eso, un espíritu religioso. Antes de escribir estos melódicos versos se ha colocado frente a la naturaleza para admirar sus encantos y magnificencias, interesado en todos su detalles, penetrando cada uno de sus misterios. Y en la atenta contemplación, aquel mundo se ha transportado a su espíritu, suscitando en él mil imágenes, infinitas asociaciones de ideas. Ese mundo material se ha embellecido e idealizado al pasar por el prisma de su imaginación. Sus conceptos y sentires han adquirido brillo y ornato, cual salen cubiertos de áureo polvo los objetos sumergidos en ciertas mágicas aguas. En la naturaleza, ya tan estudiada, y conocida, sabe el poeta descubrir novedades, aspectos incógnitos, secretos tesoros de inspiración.

Amplia y lúcida es la visión del señor Donoso; se extiende a todo el mundo sensible, sin especiales preferencias: el mar y el cielo, el río, el paisaje en el exterior, los más íntimos y sutiles movimientos del alma; todo le inspira hermosas líneas, todo lo engalana su fantasía con el velo diáfano de las imágenes, con espléndidas metáforas prendidas en la flotante y graciosa túnica de sus inmensos versos.

Hay serenidad y grandeza en estas poesías. El autor no tiene arrebatos y sobresaltos líricos; su estilo no acusa intermitencias de la inspiración. Sus estrofas se suceden regulares y majestuosas, con soberbia amplitud y plenas de sentido. El desarrollo de los versos sigue la marcha lógica de las ideas.

La factura de sus versos, más que irreprochable es artística, variada con habilidad en líneas de toda extensión, en estrofas de todas las formas pero siempre en consonancia con el concepto o sentimiento que traducen. Solo en un caso ha fallado, a mi juicio, el habitual acierto del poeta; es en la composición titulada “Qué nos contará”, donde la combinación de octosílabos y versos de seis sílabas resulta desapacible. Los versos mismos están trabajados con esmero, tienen siempre sonoridad y una armonía que se prolonga dejando en el ánimo una grata impresión. Suelen también, cuando las circunstancias lo requieren, ser concisos y enérgicos.

Las más bellas alhajas de este joyero son, a mi juicio, las composiciones “El atardecer”; “Las golondrinas”, poético y preciosos comentario de la rima becqueriana; “Las olas”, que es la pieza capital del libro por la feliz concepción del símbolo que muestra en ellas la imagen de nuestros fluctuantes anhelos y alborotadas pasiones; y, por último, “El velero”, valientísima y magnífica imagen de la humana existencia. No resisto a la tentación de copiar estas líneas del más alto lirismo:



“Oh, cómo se retuercen los vórtices gigantes.
Oh, cómo entre las rocas se quiebran atronantes
Las olas turbulentas que vienen de alta mar
¿A dónde irá el velero perdido entre las brumas?
¿Por dónde irá su proa cortando las espumas?
Los vientos que lo impelen, ¿a do lo llevarán?”



Para evidenciar el talento del poeta, sobran los siguientes versos tomados al zar en su libro. En ellos han de aplaudir los lectores el vuelo soberbio de la imaginación, la pintoresca fantasía, el arte de describir en breves y certeras pinceladas. Dice, por ejemplo, el poeta en su primera composición:



“Ya se extingue la luz del claro día
Con el bello fulgor de su agonía
En la ancha inmensidad del horizonte”.
Poco después, en la misma pieza, hallo este espléndido cuadro:
“¡Con qué grandiosa majestad declina
Un sol de fuego en horizonte de oro!”



Y esta hermosa imagen:



“Quedó en el lago su cendal luciente
Desde el ancho horizonte a las riberas”.



Aquí tenemos una espiritual idea conceptuosamente expresada:



“Ese néctar divino del que llora,
Del poeta que lleva un alma triste,
Ese gozar en el sufrir angustias,
Ese bello dolor… no me lo quites!”



Todavía un hermoso cuadro, melancólico y grandioso:



“Y al sonido de sus cantos cristalinos y risueños
El crepúsculo mugiente inclinóse entre los Sueños
Y las torres le rezaron un responso funeral…”



Y para notificar al público de que nos ha nacido un gran poeta, transcribiré aquí las primeras estrofas de ese inspirado poema “Las olas”:



“Cual largas guirnaldas de blancas corolas
             Caminan las olas
En blando tumulto rodando ligeras;
Y avanzan cantando sus trovas eternas,
             Y azotan cavernas,
Y saltan peñones y lamen riberas.

---

Van unas tras otras buscando la playa.
             Y luego desmaya
La turba sonante en la móvil arena,
Dejando extendida una sábana blanca,
            Que el mar les arranca.
Y vuelven de nuevo a encrespar su melena”.





Las manos de Jesús
Autor: Francisco Donoso
Santiago de Chile: Impr. San José, 1921


CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1921-10-24. AUTOR: OMER EMETH
Esas ansias,[1] el señor Francisco Donoso González no las conoce puesto que cree y ama lo que cree. Puede, además, decir con San Pablo: “Scio cui credidi”, conozco a Aquel a quien he reído y estoy seguro que él puede cumplir la esperanza que deposité en él.

“Las Manos de Jesús” es un poema en que no se propone el autor “narrar la vida íntegra de Jesús, sino cantar los prodigios obrados por sus manos, mirándolas bajo el aspecto consolador de sus bendiciones, y a la luz de su belleza y de su gracia; en una palabra, se trata de cantar el prestigio de las manos de Jesús”.

Con razón dice el autor de este poema místico que “el misticismo es como la cumbre sin mácula de la poesía lírica”, pero reconozcámoslo, goza, en cuanto materia poética, los privilegios y adolece de los defectos de las cumbres que son luz, pureza, frialdad e inaccesibilidad. Y así explícase la relativa escasez de los poemas místicos dignos a un mismo tiempo de ser llamados poemas y calificados místicos.

Y al decir que esa escasez es relativa, aludo por una parte, al número, verdaderamente corto, de poemas místicos sobresalientes y por otra parte a la inmensa grey de los creyentes comparada con el ínfimo número de semejantes poemas. Esa relatividad se explica, a mi juicio, no por escasa y superficial impresión que las cosas místicas dejarían en el alma de los creyentes, sino por las enormes dificultades de expresión en que ellas vienen envueltas. Reinan, además, en esta clase de literatura, unos clichés tradicionales que son para los poetas lo que los grillos para los presos. Versificar místicamente no es difícil; pero ser místico y a la vez poeta verdadero, espontáneo, intenso, humano, sincero, enternecedor, capaz de hacer vibrar todas las cuerdas de la lira y todas las emociones del corazón, eso es de una dificultad suprema.

Dificultad que el presbítero don Francisco Donoso González ha vencido más de una vez en este poema.

Divídese su obra en cuatro partes: I. “En el Desierto”; II. “El Taumaturgo”; III. “Por las sendas del Amor”; y IV. “Por las sendas del dolor”, donde, en mi opinión, se encuentran los mejores versos (es decir, los más humanos, los que ponen a Jesús más al alcance de nuestra pobre sensibilidad) es en la tercera parte y en especial en “Magdala”, en la “Pecadora arrepentida” y en “Betania”.

“Enué, Mara y Joel” es una maravilla que no copio aquí, porque quiero obligar al lector a buscarla en el libro mismo el cual, para decirlo todo en una palabra, es verdaderamente un libro de poeta y de artista[2].




[1] Omer Emeth se refiere a la crítica anterior donde reseña el libro “Era una sirena”· de Arturo Aldunate Phillips. (N. del Ed.)

[2] Igual alabanza merece el del señor Aldunate Phillips. Ambos vienen adornados de hermosos dibujos. Los de “Las manos de Jesús” son obra del propio poeta. Los de “Era una sirena” son de un artista hermano del autor. La poesía presentada así, con lujo tipográfico, es como un vino generoso en cristal de Bohemia o de Venecia.




Myrrha
Myrrha
Autor: Francisco Donoso
Santiago de Chile: Impr. San José, 1924

CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1924-06-30. AUTOR: OMER EMETH
Doy a “Myrrha” el sitio de honor en esta crónica, no solo porque la poesía es digna de él en todas partes, sino también porque lo merece el autor de estos poemas. Pero si hubiéramos de proceder con estricto método, convendría leer la crónica después del paréntesis que va en pos de ella. Ahí explico brevemente los seis artículos de la ley a que, desde la revolución simbolista, viene sometida la poesía. Con aquellos artículos a la vista sería fácil juzgar el nuevo libro del señor don Francisco Donoso.

Descubriríamos, desde luego, que es simbolista y sus enemigos (si por ventura o desventura los tiene) podrían llamarlo decadente, porque, en la práctica, simbolista y decadente son sinónimos. Decae y, por consiguiente, es decadente –según los viejos cánones y canonistas literarios- aquel que lee e imita, aunque de lejos, a Rubén Darío, hijo espiritual de Verlaine y apóstol del simbolismo en los dominios de la lengua castellana. Es así que el señor F. Donoso lo ha leído y –como todos los poetas de su generación-, se ha dejado influir por él. (Pruebas de ello hay [en] cada página de su libro). Por consiguiente, es simbolista y “proh pudor!”, es decadente… No lo es en grado máximo ni enfermizo, no. “Ils n’en mouraient pas tous, mais tous étaient frapés…” El autor de “Myrrha” es de estos últimos. Ha sido inoculado, como todos, pero suavemente, con un “quod justum” que cuadra muy bien con su educación clásica y su estado clerical. No es un poeta arcaico ni arcaizante: es un poeta de hoy. No puede decirse de él como de los emigrados franceses a su regreso en 1815, “que nada ha olvidado ni ha aprendido nada”. Ha olvidado los “clichés” clásicos y románticos y, además, al bombo y los platillos, y ha aprendido la música nueva y sutil del simbolismo.

Oigámosla en “Transfiguración”. Una charca cuya agua “como una llaga negra”, “por el lodo envilecida se ha hecho putrefacta sobre el suelo”, cuenta su secreta angustia:

“Enferma, desde el lecho de su lodo
le pide al sol su paternal consuelo
y es tan ferviente su oración, que todo
su espíritu es azul, mirando al cielo.

***

Y él con su tibia lumbre matutina
bajó por fin hasta la charca impura
¡y obró el milagro! Su alma de neblina
como un ensueño retornó a la altura.

***

Llevóla el viento en su voluble giro
al coro blanco de las castas nubes
que en el cielo de diáfano zafiro
fingían caravanas de querubes.

***

Después la vio el ocaso de aquel día
transfigurada en flamas de arrebol:
¡era esa alma que en halos refulgía!
¡era la misma claridad del sol!”




¡Hermoso símbolo! Y qué suave música la que brota de esas estrofas…

Queda cumplida con esto la primera ley verlainiana: “Ante todo, música”. Pero cúmplese igualmente la segunda, la tercera, la quinta y hasta la sexta. No hablo de la cuarta: “Teme la agudeza”, “la pointe, l’esprit”, “la risa” –porque, en verdad, ni risa, ni “esprit”, ni “pointe” cabían en asunto tan íntimamente místico como es “Transfiguración”.

Un autor de ahora treinta o cuarenta años habría violado redondamente las cinco leyes que acabo de mencionar. Su música habría sido una violenta lamentación con gritos de apasionada desesperanza. En esa charca negra habríamos visto navegar verdaderas escuadras de sabandijas encargadas de figurar con toda claridad y precisión los siete pecados capitales y demás microbios que hacen del alma pecadora una charca. No se habría contentado el poeta con pintarla negra sino que, vaciando en ella todos los tubos de un almacén de pinturas, nos habría obligado a ver flotar ahí los varios colores de la podredumbre, unos verdes, unos amarillos, unos azules, repugnantes como el pecado. Pero lo peor sería la elocuencia. Imaginaos un poeta clérigo o un clérigo poeta al estilo antiguo. ¿Perdería la oportunidad de recordar aquí las invectivas de que están llenos los sermonarios? ¡Como si lo oyera! ¡Qué elocuencia! Por dicha, Verlaine dio la orden de torcerle el pescuezo. Este es su quinto mandamiento.

El señor Donoso lo ha cumplido y así, en vez de un sermón retumbante, adocenado, kilométrico, tenemos un poema de siete estrofas que valen por muchos sermones y penetran hasta lo más íntimo del corazón. Quien lea y relea esta “Transfiguración”, se transfigurará… Esto digo para los publicanos, no para los fariseos. Sabido es, en efecto, que mientras el publicano se daba golpes de pecho diciendo: “¡Dios, ten misericordia de mí, pecador!”, el fariseo oraba consigo de esta manera: “¡Dios te doy gracias de que no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni siquiera como este publicano!”

Los fariseos de la república literaria y de la vida son dignos hermanos de este: para ellos no hay transfiguración ni, en verdad, poesía. Supongo que el señor F. Donoso lo sabe mejor que yo…

Pero ¿y el último mandamiento de Verlaine? ¿No lo ha violado nuestro poeta? Ahí se nos dice que la rima es una joyita de a cobre… y que, por consiguiente, deben los poetas despreciarla.

A esta objeción podría el señor F. Donoso contestar: No ha de ser de tan escaso valor, ni tan hueca y feble la joyita, como lo dice Verlaine, puesto que él mismo la conservó hasta su muerte. ¿Será pecado imitarlo?

A modo de post-scriptum agregaré que, al llamarle simbolista no he querido entregar al poeta de “Myrrha” a las fieras. Adviértase que se puede ser simbolista sin violar en lo esencial ninguna de las grandes leyes tradicionales de la poesía. Basta, además del don innato, poseer su idioma, no declamar y, como decía Boileau, “savoir se borner”.

Esto, el señor Francisco Donoso lo sabe y lo posee. Me complazco en saludar en él al digno émulo y sucesor del insigne poeta Luis Felipe Contardo.



Poemas interiores
Poemas interiores
Autor: Francisco Donoso
París, Francia: Agencia Mundial de librería, 1927


CRÍTICA APARECIDA EN EL MERCURIO EL DÍA 1927-10-16. AUTOR: JUANA QUINDOS
Para los oídos capaces de recoger en la vibratilidad de un vocablo la esencia de sutiles añoranzas, esos dos títulos: “Lyrica” y “Myrrha”, de las obras primigenias del señor Donoso, anticiparon, en su audacia ortográfica, la tendencia a afiliarse en las escuelas poéticas de avanzada y las rebeldías prosódicas, tan perceptibles en estos “Poemas interiores”.

Pero lo más interesante de anotar sería que este es el primer caso en nuestras letras en que la inspiración sacerdotal, que se había inmovilizado –así fuera en actitudes poéticas tan estatuarias como las de Contardo- en los eternos y admirables motivos místicos, aparece galvanizada, dijéramos por la curiosidad de asomarse a ciertos panoramas donde sobre las arenas candentes dejan sus complicadas rúbricas todos los vientos de tormenta.

Apresuremos a repetir que solo es actitud de curiosidad.

Una especie de actitud estética en la que para interviene el sentimiento.

Es comprensible que a nuestra sensibilidad de hoy –que en un “cuerpo a cuerpo” de minuto a minuto, con la vida, palpa como cruje y se desgarra esa voluntad de vencer, reducida, tantas veces, a una piltrafa de impotencia- le parezca declamatorio, fanfarrón, absurdo, el enfatismo [sic] de algunos poetas tradicionales.

“Para y óyeme, Sol, yo te saludo.
Y estático ante ti me atrevo a hablarte”…




Pudo haber sido Espronceda todo lo “genio” que queramos, pero estas bravatas tan inarmónicas con la realidad y la proporción, casi diríamos que hasta dan el sonrojo de la vergüenza ajena.

¿Vamos a intentar convertirnos en Josués cuando no somos dentro de la tierra estremecida, sino unos pobres peleles aterrorizados?

Casi ninguno de esos poetas, solucionadores, en el país de la Utopía, de grandes problemas de mecánica celeste, llegó a solucionar, en nuestro mísero planeta, el más modesto de los problemas: el económico.

Sirva para excusar al señor Donoso de que no haya ido tras los poetas clásicos.

Toda nuestra admiración -¿más por muertos que por clásicos?, como dijo Benavente- está con ellos. Pero…

¿Que en la poesía modernista hay iguales o parecidas audacias; que en punto a bravuconería tiene el campeonato de los siglos, y que en su disparatario [sic] es casi tan nutrido como el que las malas lenguas –aspirantes a una buena- atribuyen al Diccionario de la Academia?

Siempre quedarán, entre los avanzados, gentes de extraordinario talento; y en último caso, esas desarticulaciones de la expresión, esas espectaculares acrobacias mentales, servirán para mantener rígida y tensa la cuerda de la curiosidad, que es obligación de los artistas impedir que se venga al suelo por los bostezos de hastío de las multitudes que la sostienen.

Bostezos nunca, más posibles, por lo demás, que en nuestra hora, en la que el vértigo nos lleva, como en volandas, hacia el aburrimiento.

El índice de los aciertos de este místico poeta casi vanguardista, lo redacta, en un prólogo, más ceñido a la Sobriedad que a la Alabanza, un gran poeta –contemporáneo riguroso de Darío- a quien, acaso la experiencia de que dentro de la Ciudad de la Poesía, el bronce magnífico de hoy es la pobre esquila de mañana, ha comunicado, ante todos los tañidos, una elegante y amable actitud de serenidad.

“Solitudo” y especialmente el soneto “Agonía”, están marcados por un llamado de atención de don Julio Vicuña Cifuentes.

Nosotros, que creemos al alma del sacerdote –y dolorosamente, cuando sacrifica al alma del artista- capaz de subir más alto que todos sus posibles talentos, ejercemos, antipáticamente, de dómine austero, y echamos a volar las páginas de este “Libro de Horas”.



“A veces mi libro de horas
es para mí esta ventana,
llena de luces sonoras
y de penumbra lejana.

Porque sus páginas tienen
colores de paramentos,
y las vuelven y sostienen
los recuerdos y los vientos.

Porque hay páginas violetas,
crepusculares, nocturnas,
las que rezan los poetas
en sus horas taciturnas.

Aquí una viñeta gótica
perfila una torre altiva
con una campana exótica
en el claro de su ojiva.

Golondrinas y campanas preludian la teoría
que en las plegarias cristianas
va volando hacia María.

Y en el azul panorama
notas de alados enjambres
escriben el pentagrama
de los suspensos alambres.

La voz de un Ángelus lento
canta en la ciudad polífona:
¡Y es un salmo el pensamiento
y el corazón una antífona!”



Es muy de suponer que llegará al alta mar de la Poesía, y con su cargamento de conceptos nuevos y decisivas verdades, este místico barco cuyas velas han querido competir con las más flamantes y piratas que surgen en el horizonte.




Espiral
Autor: Francisco Donoso
Santiago de Chile: Nascimento, 1934


CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1934-10-01. AUTOR: MANUEL VEGA
Omer Emeth recordaba últimamente cierta definición de Brunetière sobre la crítica literaria. A juicio del maestro francés, ella consistiría en una doble operación: clasificar, primero, y calificar, después. Siguiendo el consejo, y como simples periodistas, hemos querido clasificar ahora al inspirado poeta Francisco Donoso, fino temperamento de artista y alma inquieta que vive, puede decirse, en constante perfeccionamiento de sus dones espirituales. Es poeta, sin duda, el autor de “Espiral”. Pero, ¿a qué escuela pertenece? La operación clasificadora no resulta, en este caso, tan sencilla. Hace tiempo que Donoso manifiesta muy vivos deseos de evadirse de cierta tradición clásica, visible en sus primeros poemas. Le atraen las nuevas tendencias, el modernismo de buena ley, y no teme entregarse a sus fantásticos juegos de imágenes, sensaciones y colores.

Este afán, impulsado en todo momento con notable buen gusto, se acentúa en su último libro, armoniosa reunión de breves cantos a la vida y al ensueño, al dolor y a la fe.

Dos grandes sentimientos, como dos hadas madrinas, llevan de la mano al poeta en su noble peregrinaje: el sentimiento místico, propio de quien es sacerdote de Dios y hombre de profunda fe, y el sentimiento de la naturaleza y el amor a todo lo bello que hay en este mundo. El cielo y la tierra se unen a través de sus acentos. ¡En qué forma tan especial y tan delicada siente Francisco Donoso el paisaje, nuestro paisaje! En medio de la belleza que le rodea, no busca su espíritu las grandes líneas; pero, en cambio, se detiene en los pequeños detalles, finos, sugerentes; en aquello, en una palabra, que no todos perciben ni pueden percibir. Trabaja entonces su verso con exquisita prolijidad, como un orfebre que fuera cincelando cada estrofa con amor, ¡con mucho amor!

Y el poeta es, además, pintor y dibujante. No solo ilustra, maravillosamente, sus propias composiciones, sino que en ellas se denuncia, a cada instante, el enamorado de la línea y del color, de la luz y de la sombra. En Francisco Donoso, el acuarelista es tan valioso como el dibujante y el grabador. Algunos de sus poemas podrían considerarse como “acuarelas líricas”. Citemos, por ejemplo, “Lectura”:



“Tendida en sus cojines de colores más vivos
la Tarde está leyendo la página del mar.

El ritmo de las olas en versos sugestivos
le evoca algún recuerdo que la hace suspirar.

En lánguidos desfiles de puntos suspensivos
los pájaros marinos la invitan a soñar.

Y así, serenamente, con ojos pensativos,
la Tarde está leyendo la página del mar”.





Con toda intención, hemos citado este poema, que más de algún espíritu excesivamente clásico ha de leer con cierta desconfianza… En él se revela otra de las características más interesantes de este poeta: su inclinación a “personificar”, digamos así, los elementos más simples del paisaje. “El caserío que enciende su cigarro para espantar la pena, los vientos beodos que regresan cantando a media voz, el espino que permanece tranquilo con su angustia”, no son sencillos elementos naturales o motivos de decoración en los poemas de Francisco Donoso; son como personas humanas, que viven, sufren y esperan. En su infinito amor por la naturaleza –por todas las cosas creadas por su Dios- el poeta llega a conferirles, al río, al monte, al árbol, el alto rango de seres sensibles y llenos de inquietudes y dolores como todos los seres. Ellos le procuran, en cambio, sus más bellas y originales imágenes de artista.

Y este hombre, corazón generoso, que hace soñar a otros hombres, no está satisfecho de su labor. Escuchémosle en “El poema”:



“El poema mejor nunca queda en los libros.
Va viajando en los barcos de los grandes silencios
por las aguas remotas de todos los crepúsculos
cargado de nostalgias igual que un marinero.

El soneto de Arvers no era más que el epílogo
de un poema que siempre fue soñando de lejos
las palabras son garfios que destrozan las túnicas
cuando pasan por ellas los más finos ensueños.

El idioma pretende coger las mariposas:
aprisiona colores, pero nunca misterios;
nuestros ojos verán sus matices brillantes,
pero nunca los ritmos delicados del vuelo.

El poema errabundo que navega en el alma
deja solo sus huellas en la estela del verso;
la música celeste que eleva hacia los éxtasis
no está en las cuerdas finas ni en el dorado plectro.

Dice más que una estrofa la música lejana,
el rumor de las hojas que acarician los vientos,
el silbo de los trenes que nos dicen ausencias
o la vieja canción que nos trae un recuerdo.

Dicen más que un poema viñetado en un libro
las sutiles fragancias que nos vienen de lejos,
el olor de los campos, la tierruca mojada,
o el perfume que retorna en silencio.

El poema ya escrito no es ya más que una esfinge
inmóvil en el bronce o en el mármol egregio:
¡y el poeta no puede repetir con su lengua
el “¡Levántate y anda!”, milagroso del Verbo!”




Todo artista verdadero es noblemente ambicioso, y su mayor tragedia está allí: en sentir que la obra terminada resulta siempre inferior a lo que su mente soñó realizar. Pero, esta misma inseguridad es signo, por otra parte, de grandeza espiritual, de fuerza creadora que se busca a sí misma y suele encontrarse sin que el propio buscador lo advierta. ¡Cuántas veces no le ha sucedido semejante aventura a Francisco Donoso!





El agua
Autor: Francisco Donoso
Santiago de Chile: Zig-Zag, 1941

CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1941-11-09. AUTOR: CARLOS RENÉ CORREA
El nombre del poeta Francisco Donoso ha estado siempre en el grupo de los poetas selectos de Chile; sacerdote y artista, Donoso ha cultivado el campo fértil de su poesía que luce una delicada resonancia mística y abre ante nosotros bellos caminos humanos y divinos.

Desde “Lyrica”, poesías publicadas en 1918, hasta los poemas del Agua, Francisco Donoso ha ido realizando una obra acendrada, pura, de nobles y originales acentos. Él nos ha hablado del poema de las Manos de Jesús; ofreció más tarde la Myrrha de su inspiración; quemó en su interior los poemas que matizara la lejanía, la nostalgia humana y divina; se elevó al cielo la Espiral de su ensueño y ahora, hermano de Francisco de Asís, canta a “Sor Acqua” con sus palabras simbólicas, unas imágenes claras y fecundas de sugerencias. Como Amado Nervo ha buscado Francisco Donoso la compañía del agua, símbolo de la purificación del cuerpo y del espíritu, a ella le canta en poemas que ofrecen unidad notable, lo cual avalora aún más el libro.

La poesía de Francisco Donoso se ha singularizado por un discreto acento bíblico que de ella fluye; en esta última obra el poeta busca la expresión pura del evangelio cristiano, simbolizando en el agua que canta en renovados símbolos e imágenes clarificadas.

Con acierto escribe Braulio Sánchez-Sáez: “Francisco Donoso reconcentra su espíritu en una aspiración clara y mansa, sin desdeñar, en muchas oportunidades, las más expresivas imágenes en su modernismo avanzadísimo, como interiorizado en lo común, para situarse en su época y no escaparse de ella, como otros rimadores de oficio fingen ignorar las estéticas imperiosamente impuestas como una necesidad del tiempo, que también evolucionarán las corrientes y las formas poéticas como acontece con todo lo que es humano.

La fe de Francisco Donoso es clara como el agua de un manantial: corre sin violencia, y en ella vemos la mejor expresión de su espíritu profundamente grave, que sabe dónde se encuentran su esperanza y sus ilusiones”.

Los conceptos de Braulio Sánchez sobre la poesía de Donoso nos revelan la verdadera hondura de esta obra que ha florecido más allá de los límites puramente estéticos, porque Donoso se reconcentra “en una aspiración clara y mansa”.

Un hermano de jornada, mística voz que se ha alzado como un árbol en la poesía chilena, Jorge Hübner Bezanilla, ha escrito un poema para realzar la belleza de este breviario de agua. Le dice a Francisco Donoso en una de sus estrofas:



“Poeta que ha cerrado sus ojos a la fragua
de todas las pasiones, y atento peregrino,
en todo lo que existe no ha visto sino el agua,
lágrima eterna que habla de su origen divino,
tú tienes poder de arrancar del costado
sangre que es luz en el marfil del Crucifijo,
no hagas para mí nada, porque yo ya he pasado:
¡y mírame vivir en el alma de mi hijo!”




La poesía ha hermanado a dos espíritus en la bíblica plegaria que purifica el agua de Dios. El “Loado seas, m i Señor, por la Hermana Agua”, de San Francisco de Asís, cobra moderno acento en estos poemas que nos ponen en contacto con la altura espiritual de un poeta que sabe comprender la castidad del agua, la incomparable belleza de las cosas.

En “Momento místico”, dice Donoso:

“Para la cuaresma del campo
llanos segados de afanes
sufren con ansias iguales.
Besen la tierra sufrida
todas las maternidades.
Se va a una esquila guiando
cien corderillos unánimes,
y sigue a la grey un canto
que los senderos ya sabe.
Vierten las aguas su égloga
llenas de dulces saudades”.




El poeta agudiza la expresión y se desnuda de humanas imperfecciones para acercarse al dulce misterio del agua que la ve multiplicada en los ríos, las nubes, la nieve, el mar. Donoso ha elegido preferentemente para su obra la forma del soneto y del romance; uno de los sonetos más acertados que hemos leído es el que titula “Fuente Serrana”, notable por su vigor y colorido y más que eso, por la síntesis tan hermosa que encierra. Dice:



“En la quebrada hostil en que arbolece
la quila dura, fresca y escondida,
mana la humilde fuente clara vida
bajo un verde dosel que se estremece.
La arteria rota que en raudal se acrece
cava la piedra en musgo revestida,
y acaricia a la fucsia agradecida
y al fino helecho que ilusión parece.

Una mujer para beber se afana
en los bordes del cuenco en que borbota:
¡y quiere amor… más que agua de la fontana!

Mas, luego en el dosel que se salpica,
un picaflor se cuelga de una gota
y el dulce encanto en síntesis explica…”





El autor inicia su poemario del Agua con palabras fraternales a San Francisco de Asís; escribe después sus poemas del rocío, la neblina, la llovizna, la lluvia y la nieve; realiza en seguida sus peregrinaciones para encontrar “las huellas vivas” en donde sabemos de “la siesta del arroyo”, del “rumor del río” y del “agua de tinaja”. Uno de los poemas más originales y logrados del libro es, sin duda, el que se titula “Pantano” que comienza así:

“Es un hijo del invierno
abandonado a su suerte
este pantano leproso
que en podre de fango muere”.

Después de llorar el poeta la lepra del pantano, le ruega suplicante:

“¡Leproso que un alma encierras
bajo tus harapos verdes,
enséñame tú el milagro
que el mal en tu bien convierte!”

Como una síntesis de todo el libro, de este blanco peregrinar por los caminos del agua, Francisco Donoso deja flotando su “Isla de pensamiento”, la cual es una “exultación” del Agua. Asoma en estos versos la misma frescura, la ponderación y el exquisito gusto que adorna todo el libro; es la oración del poeta que se entrega agradecido a la dulce tarea de cantar y decir sus alabanzas a la casta hermana de Francisco de Asís:

“Agua del sacrificio que yo he visto
en el cáliz; tú, agua
del costado de Cristo,
lávame… y sálvame en la muerte. Amén”.

“El Agua” es un libro que guarda en su misma unidad la renovación de la belleza soñada y encontrada; el poeta ha sabido interpretar el hondo sentido de la más pura y fresca creatura de Dios y darnos, al  mismo tiempo, la gracia de su presencia transparente.




Transparencia
Autor: Francisco Donoso

[s.n.], 1950

CRÍTICA APARECIDA EN EL DIARIO ILUSTRADO EL DÍA 1950-07-30. AUTOR: MISAEL CORREA PASTENE
Desde 1918, en que Donoso dio a luz sus poemas “Lyrica”, ha seguido produciendo versos y prosa en pequeños volúmenes de intenso contenido. Su poesía es, especialmente, religiosa, y siguiendo la obra divina y pensando en Dios, ha encontrado un venero rico y abundante. Han salido de su estro “Lyrica” (1918), “Las manos de Jesús” (1921, agotado), “Myrrha” (1924, segunda edición, agotada), “Poemas interiores” (París, 1927, agotada), “Espiral” (1934, agotada), “El agua” (1941) y ahora “Transparencia” (1950).

Ha escrito varios estudios en prosa: Al margen de la poesía (1927), Génesis y Metamorfosis del castellano (1935), Letras italianas (1937), Luis Felipe Contardo (1941), Desde lejos (1930), Verbum Christi, Hortus Conciussus, sobre la vida religiosa (1947), Bernarda Morín (biografía, tomo I, 1949).

Es, como se ve, una hermosa y nutrida labor literaria, tanto más de notar, cuanto Donoso es joven y el tiempo revuelto y duro que vivimos da materia para elucubraciones para quienes tienen tiempo y paz para meditar y escribir.

Intertanto, Donoso eleva su pensamiento sobre la naturaleza y procura extraerle y coger lo que tiene de bello, expresado en imágenes, que es lenguaje de poesía. Él expresa su ambición de poeta diciendo en “Transparencia”:

“Quiero en mis versos un candor de infancia
que haga ver el ensueño en transparencia,
latina luz y helénica elegancia
que logren en las almas permanencia”.

Y, precisamente, eso a que aspira, lo obtiene: latina luz y helénica elegancia, suprema aspiración del escritor.

En “Instantánea” transcribe una visión callejera: una dama, como una estrella de cine, que lleva un perro pomerano de largo y sedoso pelo, atenta y obsequiosa a las vagancias del animal que, ora se detiene, ora se aparta del camino, y ella espera con paciencia. Un muchacho zarrapastroso se le acerca y tiende la mano. – Vete, le grita ella; no tengo; mejor, lávate esa cara. Y, en tanto, el perro olfatea al muchacho, y éste saca del bolsillo un pedazo de pan y se lo da.

Y, la dama, enhiesta y ostentosa, sigue tirando al perro de su cadena.

En un soneto llama a los quiscos cordilleranos las “Flores penitentes”. Porque ellos, entre riscos, se yerguen y dan flores de vívidos colores.

“Siempre hacia ti se vuelven pensativos
sin aromas, en yermos inclementes;
sin hojas y en cilicios primitivos.
Son flores que no caen: mueren quietas
con la paz de los santos primitivos
y la oblación de los anacoretas”.

En Navidad habla del nacimiento de Jesús. En mísera gruta vecina a Belén, se postró una rosa y nació un clavel, el milagro ha sido para nuestro bien.

En “Cuando la Anunciación”, el arcángel Gabriel llega cuando María leía las Profecías; cuatro milenios de alegorías esperaban el sí de la Azucena; y al darlo, Gabriel

“Bendijo el triunfo del pudor sin mengua,
de dulce gozo enmudeció su lengua
y se alejó volando de rodillas”.

La segunda parte de este ramillete de poesías se llama “Épocas ausentes” y en ella recuerda cosas pasadas. Recuerda la Vieja Encina que, entre Providencia y Condell, contempla a la gente que pasa

“con tu sosegada fronda
de bíblica majestad”.

Hoy los hombres y la ciudad la van cercando y es “la isla muda de una pretérita paz”. Canta a Quillota, la ciudad recoleta que disfruta del hogareño amor de las familias, entre sus bellas flores y sus frutas. Y canta el “Regreso”, la vuelta a la vida tras un accidente en el mar en que “ya vacío de todo, sin pena, sin espanto, sentía solo paz entre el ser y el no ser”.

Tal es el tomo de poesías “Transparencias” de don Francisco Donoso, en que a la luz latina de su verba pura, correcta y sintética, va unida, como una túnica al cuerpo, la elegancia helénica, sencilla, decorosa y dominante.












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