miércoles, 14 de mayo de 2014

CONSTANZA MARCHANT [11.675]


Constanza Marchant 

Nació en Santiago de Chile el 09 de Enero de 1988. Es estudiante de Trabajo Social con mención en Socio - jurídico en la Universidad Alberto Hurtado.  Asistió a los talleres Poesía Cero (2009) con Carlos Cociña, Poesía Chilena (2009) con Paz Molina y Poesía Femenina (2010) con Gabriela Gateño. También ha asistido a diversos conciertos poéticos, dentro de los cuales destaca “CONRIMEL; Encuentro Latinoamericano de Mujeres Poetas” (Santiago – Valparaíso) y “Arte y Poesía Erótica” (La Florida, Santiago). Ha publicado en las revistas virtuales “Rio Negro”, “Cinosargo” y “Absenta”, y en las antologías “Memorias de un Pájaro Asustado” y “Neo Pobreza”. Actualmente es uno de los miembros becados por la Fundación Pablo Neruda, del Colectivo de Poesía Operaciones Secretas y del Taller Moda y Pueblo con Diego Ramírez.





EL CORAZÓN DE SIEMPRE LA MUGRE DE SIEMPRE

Sujetamos el margen de su frente cruzando los brazos para atrapar la pena y esquivar el cosquilleo de un sosiego retenido en la ira. La furia de su pulso, sostuvo el sesgo de mis plegarias arrancando el recelo de nuestros rencores (…) el tambaleo de su fatiga encorvó el chirrido de mis vertebras.





PARA NO CRIAR

El nido está rojo, se queja, dice que no es posible concebir la inutilidad de su vientre sin saturar el agujero quejoso de sus ojales. La vejez le pertenece pero no la quiere para toda la vida. Sus guiños se tuercen en la sombra de una falla que rebota sobre sí misma y oxida la carne del cuerpo que le grita entre las rodillas, sucio de sus propios adentros. Un mapa sin dolencia ni botones de pena. No hay coraje que lo sostenga ni socorro que lo inquiete, le quitaron el perdón, lo sé.  Lleva décadas de misericordia opacando esa angustia, lleva décadas de misericordia no cesa no se detiene, lleva décadas de misericordia esperando que una mano bostece sobre su tono, un tono ausente. Yo lo detesto sin permiso, le obligo a resistir el titubeo de mi nula descendencia y el rencor que se agota. Me resigno, él conmigo (…) en mis grietas su agobio no existe.





EL DOLOR NO

Busco su torpeza en el pasillo de mi espalda pero se vuelca y yace vacía, entonces comprendo que él no está y procuro revertir el ciclo (...) el origen ya no es el inicio y su semejanza me es indiferente. Palpé lo que obtuve, di saltos sobre su amparo burlando la seguridad de sus convicciones e intuí que el daño se situaba en la frustración de los huesos. Su espera no me fue suficiente, le opacaron la voluntad y de entre las entrañas lo boté de mi cuerpo. El consuelo de su reparo derramó hebras de orgullo herido para zurcir el agobio de sus faltas y vertir el interior de una súplica poco juiciosa. Me detuve frente a la insensatez habitual de su deterioro, lo vi arrastrarse sobre sus propias cenizas cargando con otra similar a mí (...) un pozo ceñido al coraje de sus recuerdos.





NOS DEBEMOS LA VIDA

Soy el vértigo que arrebató de él cada trozo de perdón. La desdicha de su entorno calcó el eje de mis absurdos y los sometió al discernimiento de una vía que no perece. Temimos tanto quedarnos solos, incapaces de percibir la negación del otro sin el otro, lanzarnos de sí (…) reducir la corporalidad de nuestras angustias y mantener su alcance en la nuca de un hogar carente de hijos; disipar el calibre de su crueldad y reconocer que la dolencia se perdió en los huesos; abandonar los recuerdos en un patíbulo incómodo y sazonar su carácter huraño con la agonía de una caída; abatir cada secuencia de ésta separación y tender el malestar crónico que acoge la estampa de su apatía. Nos debemos la vida sabiendo que es justamente lo que nos duele.





LA SOBERBIA ES UNA CRIATURA QUE SE PUJA LENTO

Estoy enferma desde el vientre, retenida en un recelo que llora el deceso de sus cavidades y se arquea sobre mi espalda. El centro de su memoria se enrosca en una precariedad mal criada y niega el sollozo de las crías que no existen. No les alcanzó la prudencia para reconocer que el tacto es la ratificación de sus errores, el desconsuelo de un barranco sin furia, la ruina de un espasmo que carece de franqueza (…) somos lo ajeno aferrado al sentido de una cautela irreverente. Sujetamos la insolencia al cauce que separaba el asombro de sus bocas, para entorpecer el pulso del impacto y quitarles la duda con el talón de sus temores. Hemos ido y venido tantas veces, el paso es idéntico al anterior (…) debí comenzar con sus gestos empuñados en el pescuezo.





ESCASA

Te alejas de los nombres
que hilan el silencio de las cosas.
Alejandra Pizarnik


I

Voy a tatuarme un puñado de pájaros por todo el cuerpo, para trenzar las cavidades de su recuerdo y morder de vez en cuando lo que nos resta de miedo.




II

Cedo la cotidianidad, su periferia, mis piernas y voces, dejo que piense que le creo, lo contrario me asusta. La costumbre de sus calles ya no me pertenece, sueño con insectos gigantes, aferrados como costras sobre su espalda, lo muerden, se queja, parece que lo araño pero olvidé como hacerlo. De vez en cuando viro la vista para no mirarlo, poco me seducen las fronteras inestables de ésta casa. Me clavo nuevamente en el drama pasajero de su cuerpo, entonces corro tras la humedad que deja después de arrastrarse por mis pasillos y me transformo en ceniza para ensuciar su rastro.




III

A veces lo quiero tanto que me molesta.




IV

Dejo que me trence el pelo para curvar lo que me sobra, esa desdicha que como llanura plena se duerme entre los dedos de sus pies, dejando que se arrastre perdido, mudo, perdido y mudo. Me falta comprenderlo en su cuerpo escaso, mirar mientras agoniza por la puntada de otra ausencia, una que no es la mía porque suelo estancarme en su puerta como aserrín añejo y cubrir sus agujeros de sucias palabras.




V

Recorro las estampillas con los dedos para sentir el puntazo de sus esquinas, sucias y oscuras, similares al recorrido roto de su reflejo. Soy la “niña ciervo”, madre de objetos muertos.





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