miércoles, 26 de marzo de 2014

LUCAS COSTA [11.360]



Lucas Costa

Lucas Costa (Santiago, CHILE 1988). Ha sido parte de varios talleres. El 2010 recibió la beca de la Fundación Neruda. Con Encomienda (Editorial Cuneta 2013), ganó el primer lugar del Premio Roberto Bolaño (2012). Con su segunda obra, todavía inédita, obtuvo la Beca de Creación Literaria del Fondo del Libro (2013) y una Mención Honrosa en el Premio Stella Corvalán. Actualmente imparte el taller Al pulso de la letra junto a Cristian Foerster.



ENCOMIENDA


En la cárcel el poema es suplemento alimenticio.
Enfermos terminales lo tomaban.
Venía un tiraje deficiente.
A ellos hasta una brisa los fulmina.
Tumbas cubren este verso.
Mi padre no lo supo hasta muy tarde.
El suplir no puede alimentar.
Cristo viene por los que violamos la ley.
Para eso está: para quebrantarla.
Todos somos los culpables.
Yo el primero por escribir esto que ves.
Ya nos encomendamos.
Un paquete cruza las aduanas, llega a tus manos.
Las palabras dichas, intactas en esta oración.
Entonces, no al poema dondes terminas
la sinceridad nunca empezada para quienes
no saben qué se nombra. No te pases de listo.
Impregna la hoja de tu biografía.
Cuenta porqué tu papá cayó en la cárcel.
Pero hazlo con distancia, con finta mordaz, por mera simpatía.
Dispara contra lo que se mueva.
Y por favor, no nos digas más de la cuenta
(que esos borrones no salen nunca).
No el poema donde se concilian las razones
de porqué permanecer escribiendo.
Hay algo que falta, que no se resuelve
por lo escueto, lo duro, lo postizo, lo local.
Pon de todo esto y procura zafarte.
Rinde cuentas, no pleitesía.
Hazte cargo de los baches, cabos sueltos.
Ellos zumban tanto en tu casa como arriba del murallón.
Pon ahora: "un ave trata de posarse".
El cableado la electrocuta.
"Tanto cable dando vueltas".
Ponlo para hacer cortocircuito con el lector.
No al poema doblado, metido en las rendijas.
Los cabos lo revisan.
Un paquete dentro.
El corazón cerrado.
La encomienda llega a puerto.

(de Encomienda)








HORMIGÓN

Esta especie de piedra caliza (parecida levemente al mármol que recuerda al camposanto) puesta para delimitar la vida o recordarnos la reja –rayón de canchas– igual que el epitafio en el que insinuamos un recordatorio hecho a la rápida: un papel del estante. Eso no es ni la muerte ni la cárcel porque el mármol te lo impone. Su estructura misma, el espesor. La vida con que son hechas las viviendas sociales es de hormigón. Barato. Duro. Infranqueable como la ley pero aún más cálido, menos bullicioso, más lapidante. Cartola de imposiciones o las loicas al filo de los párpados en su estructura, volón de verano entre cuerpos que se apretujan. Susurros y risas entrecortadas entre los fierros y las persianas que no se mueven bajo el sueño donde todas esas voces convergen. Las loicas (petirrojo clásico chileno) es adjetivado con los sonsonetes del claroscuro, la prensa: todo lo que dé sangre, mejor (un paño enrojecido al toser).

El hormigón se fragua en cuatro esquinas y está: imposible treparlo de lo liso al modo de un lapislázuli a magnitudes –cortina de humo, error de colores–. Se escurre por los dedos que lo rozan como carpetas (expedientes le llaman los de corbata) y es suave, piénsese en una lágrima que se escapa por el pómulo, simple gota de garúa a las afueras del recinto, que suda pero no llora. No hay flores (lirios, rosas: coronas) que lo adornen ni quién lo profane como su color que sí es lápida en el cemento y se recuerda, su olor al polvo seco que simboliza, su sonar a la suma de conversaciones cuando las ampolletas parpadean en signo del recorte diario, en enjambre gris (en la más fome abstracción de la muerte o sus analogías con lo que se escribe). Si se debiera decir con todas sus letras: la cana, donde palomas y tórtolas no se salvan –ni del gris– excepto veces contadas, como cada uno de los pelos del reo cuando parecen más tornasol y no les llega la sombra de muralla –esa otra abstracción– que da siempre y cuando el sol no esté a medio camino (entre la boca y la reja) o si se prefiere: un mall, una universidad o el juzgado, el de San Bernardo por ejemplo. Esta vez, en el contorno de esta rendija que parece ocaso pero que es alba.

“Si ellos están vivos, existen y de hecho viven y pueden así, en ese enroscado sentido que advierte tintes de museo futuro, de campo con púas, de mausoleo”. Mejor dicho: zoológico a mal traer. El San Cristóbal en los noventa o antes. Porque para empezar a pensar en el cautiverio tenemos que mirar a las aves. Loicas, chincoles, tordos, gorriones desde una toma recortada y pensar en la utilidad del metro cuadrado, en la palabra “celda”, en las rayas del block, en el espacio curtido entre una mano y esa puerta que se abre cada tanto, una persiana guiñando para dar con esa puerta, la mano que todo lo abre y cierra para dar con las manchas de rigor: retoques de la obsesión en las cisternas. La muralla que esa mano toca o el oído sobre ella, para sentir, no el oleaje (zoom de conchas) sino el canto, el trinar de estos, único animal aparte del hombre (a excepción de las ratas) que reincide por voluntad propia pero se vira.

Sudan las prendas que rehúyen del color (somos nosotros). El calor en días de juicio. Ojalá estuviésemos lejos, aunque todos cerca del martirio, de la resurrección.

(de Encomienda)








la viviente comunión: tiempo, eternidad
que te pase algo que no puedas enfrentar
un camarógrafo choca con los vestigios
graniza, escampa, ladra un perro, sale la luna, nada se estremece
palabra bonitas pero no sirven
intuición pero de a poco
un supermercado al hombro
cuadras desenfocadas como el horizonte
interrupciones del flujo
prendes la tele
un poco nerviosa pero muy tranquila
conjunto de desechos o una obra
cuerpos sobrepuestos
broza, escoria, zafra, residuo
apretujada la gente
ruinas: una costa que se arma
marasmo, no había caso
pasé las últimas noches del verano en cama
la dispersión de la masa
fagocitar, el mar es un recuerdo.
tierra firme
instrucciones al pie de balazos
la supervivencia, un exaltado desorden
el vértigo deja de estar en lo profundo
en falso
todo lo que ha de ser perdura aún






Cfr. Ítalo Calvino

Ve asomar una ola a lo lejos, la ve crecer, acercarse, cambiar de forma, de color, de peso. Se envuelve a sí misma, se desploma, se devanea, refluye. Segmenta velocidad, forma, fuerza, dirección. Como si en él estuviera eso o acaso fuera capaz, a estas alturas, de analizar. “Una ola siempre es diferente a la otra, que no quepa duda. Contigua, secuencial, obsesiva, lo que quieras”. Regresa entonces a aspectos que no ha visto y no podrá dejar. La cresta avanza (rumor opaco) y de ahí se va diluyendo, en supuesto blanco. Se traba, despunta, invade. Cuando se fija en qué invade, ya no está: el centelleo, la expansión retrocesiva, su frontera ondulada. Su punto de partida lo hace detenerse en cierta franja (esa que no existe). “Superponerla, alternándola” se dice. El nudo lo deja estático. Igual que las rocas circundan este paisaje, ahora, cada vez más adentro. Para entender cómo es, tiene que tener en cuenta esos empujones en direcciones contrarias. Los asentamientos del hombre son ese contrapeso a la playa. Ahora, ¿qué puede hacer con la ruptura general de ese empuje? Hace un inventario y lo repite con frecuencia. “La orientación se mide por patrones”. Así, le embriaga una leve sensación de mareo, dispersando sus frases a algo concreto y visible. La paciencia de nervios crispados lo deja inseguro de todo. Ya incapaz de asignarle una dimensión o tamaño a aquello que ve, grita.







Soichi Noguchi

Ese día noté algo raro en su eje.
Una capa de líquido globular colmó una parte
luego que alzara la vista por la ventanilla de la nave.
Y vi cómo la Tierra se terció de una mueca:
la corteza caudal de las aguas en pleno espasmo.
Desde arriba todo se ve con exagerada quietud. Excepto esto.
A esas alturas del día el rigor no importa.
La masa de blancura avanzaba con ímpetu.
Lo noto ahora que me lavo las manos y aparece cierta espuma.
Ustedes: las bacterias de esa imagen.
Sabemos que el lúpulo se rebalsa en pompas y queda de bigote ya en la base,
en la comisura cuando el movimiento es inviable. Pues bien: yo sé que escuché
a la Tierra en un claxon momentáneo que bien podrían ser todas las bocinas
de Tokio, NY, el DF, Bombay o etc. pero al unísono, fuera de órbita.
Un trombón amplificado del Apocalipsis, un Miles extraterreno.
Yo, que según mi afición propongo tomas eficaces desde el ojo
de la estratósfera (que viene a ser el lomo del planeta)
he observado con detención el contaminar cenital que conforma
el voladero de luces y carteles y rayos de Las Vegas.
Como si algo quisieran decirle a la galaxia.
Desde acá se ven las pirámides y un seguro trazo imperfecto.
Pero no podría olvidar ese movimiento ni aunque la nave
me retornase al vientre. De esto lo noto en mis grabaciones
donde la perspectiva se me nubló a raudales.
“Oramos por ustedes” atiné a decir, su eje de rotación.









Vuelvo a la geografía de él como quien mira por vez primera
un mapa y dice: “el mundo no puede ser tan grande
para ponerlo tan chico”. Llegaste a clase ese día, te lo confirman
con una sola frase: “terremoto en Japón”. Del mapa
se pueden formar arrugas, con el atlas de la clase de geografía.
Ocuparlo de avión, cómo no. Bajo tu puesto tienes una trinchera
Necesaria en caso de que se ponga a temblar.
Al otro lado del papel  estaba todo bajo el agua y no supiste.
Piensas: “¿Porqué no lo sentí?  ¿Cuándo fue y porqué a ellos ahora?”.
Tal vez no te lo responda  tu profesora. Ni lo intentes.
El globo terráqueo cabe casi en tu mano, la pantalla por donde miras
es más chica que tu palma. Nuestra dificultad para calcarlos
en el papel mantequilla era por el innegable tembloreo,
la dificultad de ver todos sus pliegues. Lazos sanguíneos:
placas tectónicas del porte que plazca (cuánto mide la catástrofe).
No se puede medir, aunque digan que existen instrumentos
y hayan grabaciones en mano para corroborar. No se puede medir
ni la esperanza ni la fe a ratos, en onzas o caballos de fuerza.
En vivo y en directo vuelves al lugar que estabas
pero no está.

(De Playa de escombros)








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