jueves, 13 de diciembre de 2012

JUAN FRANCISCO GONZÁLEZ-DÍAZ [8792]




Juan Francisco González-Díaz. Poeta, narrador e investigador histórico literario. Promotor cultural, comisario y curador de exposiciones. Psicoanalista y antropólogo. 

Tiene publicado los poemarios, Caer del agua (1991), Tocar en la aldaba (1992), Hacer el silencio (1996), "Una mujer es..." (NACE, 2012). 


En narrativa La misma noche, La Habana (1993), Nosotros los de entonces, La Habana (1994) y De Cuba te cuento, Puerto Rico (2002).

En ensayo Poesía y psicoanálisis, Sancti Spíritus, Cuba (2001) y en investigación El Cabildo Congo de Nueva Paz, San Antonio de los Baños, La Habana (2002). Antologado en 9 selecciones de poesía,  en 3 de narrativa y con poemas o cuentos en más de veinte periódicos o revistas. Ex-profesor de Antropología Sociocultural y de Sociología de la Cultura en la Universidad Agraria de La Habana, ha impartido cursos de grado y de postgrados en varias universidades y centros docentes. Fue Vice-Presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, UNEAC, en la Provincia La Habana. 

Pertenece a la Asociación Canaria de Escritores, a la Unión Escritores y Artistas de Cuba, UNEAC y  la Unión de Historiadores de Cuba, UNHIC.  Escribió y dirigió el programa Nuestra América de Canarias Ahora Radio. Preside el Centro Canario Estudios Caribeños –El Atlántico- de Las Palmas de Gran Canaria. Coordinador del Taller de Poesía Espejo de Paciencia y del Festival Atlántico de Poesía “De Canarias al Mundo” desde Gran Canaria. Cubano. Cubano, residente en Las Palmas de Gran Canaria, España.




El caballo de San Jorge

Por las calles andan los inmortales.
El caballo de San Jorge pasta frente a la casa,
mientras comemos las alcachofas del jardín
condimentadas con el verdor de la impaciencia.
Todo es demasiado perfecto,
faltan los encendedores de la luz 
y en el río no revienta
ni un milímetro de agua.




En los rojos del humo.

En el colchón de sus sueños
la inquieta joven
no puede tener de pie
lo que tanto adora.
Del fondo del vetusto caserón
corre una antorcha
hacia la calle.
Atraviesa el redondel
de bolas de cristal.
Irrumpe en las noches
de unos niños que juegan
a la bajada del sol.
Detenida para siempre
en los rojos del humo
la díscola muchacha
se levanta la falta.




Escaramuzas

Con traje de amianto elucubra…
Sabe que los discóbolos
y los encantadores de caballos están prohibidos.
Nada más que los indeseables ejercen las censuras.
Cantos rodados son las ciudades
de fatigas en los aires,
al respirar
por las cicatrices de los descalabros.
Los vecinos,
recelosos,
mesuran los conjuros de los cuerpos
al aderezarse.
Soberbios resplandores atenúan el fastidio
de no tener sosiego.
Todos,
uno a uno,
algo dejan
en las ondulantes escaramuzas.





Nuevo oficio

De otro mundo 
no vienen
panes y peces.
¡Que nunca sepan de esas manos!
Los basureros reciclables
protestan,
rugen,
verdes de iras.
Los tribunos
pavonean de hombreras.
Trasladan los ripios de los trapos
al cándido prójimo: gozoso.
Bajo las troneras de los portales,
mostradores de por medio,
organizan a la bulliciosa plebe.
Luzbel
estrena
nuevo oficio.






Clamor de los recados

En insólitos sitios
Fructifica
el clamor de los recados.
Con más de 100 ojos labora
el “esto va mejor”.
Y, enternecedora,
la risa,
boicotea las dudas.
Las vidrieras
pretextan 
el santo amparo de lo amarillo.
Por abiertos giros
Alumbran
los roces de los brazos.
El futuro
sorprende.







Con mano pródiga

Descalza,
afana los realces,
amplia los misterios.
Puertas y ventanas marca.
¡Ese olor!
Extraviar el cuerpo acostumbra.
A dedos
le dibujan las cúpulas.
Sabia,
diligente,
balbucea.
Por entre. Y a través.
Sonríe, segura.
Un radio anuncia
las autorizaciones de regreso a Shangrilá.
La mirada
niega  incertidumbres.
Les resta importancia.





Regalo de Confesión Nº 2

Ella me dice:
“No niegues
a tus ojos, 
                ni a mí,
el placer de verme
                            y mostrarme,
ante ti,
desnuda.”







Pasos

Ayudada por hilos y aguas, 
Ella 
siempre sabe 
que va a decir
Irrumpe,
rápida,
precisa.
Se  turba, 
mayor enterada desea estar. 
Los cangrejos
salvan distancias
y cierres de puertas.
Cartas
a pulso de mano
escribe a las madrugadas, 
para que le amolden el mundo. 
Da el primer paso, 
el después,
ya no existe. 

DE: “Una mujer es” 



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