lunes, 15 de octubre de 2012

IRMA LANZAS (8052)





Irma Lanzas. Poeta, maestra, escritora salvadoreña. Nació en Cojutepeque, departamento de Cuscatlán, El Salvador, el 7 de Agosto de 1933.

Se graduó de maestra en la Normal España y se especializó en Ciencias de la Educación en la Normal Superior. En el año de 1956 partió hacia Europa. En la Universidad de Bolonia, Italia, obtuvo el Doctorado en Filosofía y Letras y años más tarde en la Universidad de Saint John de Nueva York, también se graduó en Teología. Hizo estudios de post-grado en las Universidades de Madrid y La Sorbona de París.

Vivió durante muchos años en Europa: en España, Austria, Alemania, Inglaterra y Francia así como en México y USA. Trabajó como maestra en todos los niveles de Educación. Fue la fundadora y primera directora de la Televisión Educativa del Ministerio de Educación de El Salvador.  Catedrática de Teología en el College de Saint Elizabeth en Nueva Jersey. Catedrática en la Universidad Nacional de El Salvador y Decana de la facultad de Teología de la Universidad Don Bosco, de San Salvador. Ha trabajado por espacio de 22 años como directora de la Oficina Nacional de RENACER en El Salvador, filial de RENEW International, con sede en Nueva Jersey, dedicada a la misión evangelizadora.

Fue miembro del jurado del Premio Japón para programas educativos promovido por la NHK en Tokio. Participó como ponente en las Conferencias de TVE Educativa para América Latina en Río de Janeiro y en Méjico. Fue invitada especial como conferencista en la Universidad de Stanford, California. En 1985 recibió la Medalla Caritas, que le fue otorgada por la Arquidiócesis de Newark, USA.

Es una de las fundadoras del primer grupo de la llamada Generación Comprometida que se inició con la formación del Cenáculo de Iniciación Literaria. En los últimos años su poesía es de carácter místico. Obras: “Hacia el Reino por la fe” reflexiones, publicada en 1984. “Llamados a la conversión”, reflexiones, publicada en 1985. “Canción de Hierba”, poesía, publicada en el año 2000. “La Poética de T.S. Eliot”, ensayo. “Los ojos de la cierva”, poesía, “Cantares”, poesía. “Torres y Cielo”, poesía. “Sobre sus Huellas”, ensayos.







CANTO A LA GESTACIÓN

Era tu seno, Madre...
Sumergida en tu tiempo
la sustancia inicial de mi semilla
iba abriendo un latido,
germinaba en tu pulso
en el musgo tranquilo de tu entraña
dormitaba mi música incipiente,
mi voz de semiluna.
Era la suavidad de un mundo intacto,
de su insondable reino.
En tu esfera frutal brotaba el sueño
de mi primer raíz
y allí sentía el transcurrir silente
de tus ríos internos.
El agitado paso de las horas
que alzaban su marea
el entreabrirse lento y sigiloso
de invioladas corolas.
Allí mi polen claro respiraba
tu clima vegetal,
mientras jugos nutricios recorrían
mis diminutos tallos.
Era todo tranquilo...
blanda prisión, atmósfera serena,
palpitación de albúmina sensible
que recogía en ignorados cielos
su alta conjugación de mar y estrella.
Después...
el desgarrarse de tu barro,
la floración de tu dolor que alzaba
su estalactita sorda, interminable,
mientras tu hoguera triste desbordaba
llantos insospechados.
Era tu inmensidad de campo fértil
te surco amable en conjugación suprema
que iba rasgando su ondulante ritmo
para entregar mi brote
al mundo de la luz...





EL DÍA DE LAS CIUDADES

El día de las ciudades
se inicia cuando se abren las ventanas
cuando ruidos confusos 
empiezan a subir royendo el aire
o una campanada
se viene disgregando
se viene disgregando como una onda
de círculos concéntricos.
Esta es la misma hora en que me digo:
¿Qué debe haber en mí
para saber que ha comenzado el día?
Yo sé que la estación se ha vuelto nueva
y me llega el respiro de los árboles
cuando empujan sus brotes;
algunas hojas han de abrirse, suaves,
y temblarán al viento
pero estancia aún guarda los recuerdos
de las noches pasadas.
Debo empezar el día
aún cuando sólo sepa
de la humedad de mis antiguas cosas:
En la ciudad convulsa
soy un musgo que atisba
el primer resplandor de la mañana.






TIEMPO DE RECORDAR

Tiempo de recordar: Arena ardida
de nuestro tiempo actual en que se siente
el flujo de la onda ya perdida.
Agua de ayer que besa luz presente,
mar que nos va siguiendo en cada paso
y llega al hoy y está a la vez ausente.

Vino que se versó del antiguo vaso,
que en un instante viene a recogerse
y a madurarse bajo un nuevo ocaso.

Ángel de un alba que hoy no puede verse,
que se apagó en infierno o paraíso
y en nuestro tiempo actual vuelve a encenderse.






Van los niños descalzos

Bajo las golondrinas van los niños descalzos:
Son un presagio breve en medio de la tarde.
Alto camino de olas se pierde en el espacio,
Hay un rastro de sombra…
Despedazando el viento van los niños descalzos,
(Cómo pesa la tarde,
Y cómo pesa el frío
De esos pies).
Posiblemente cerca esté ardiendo un crepúsculo,
Pero no puede verse,
Porque sobre los párpados
Se agolpan las miradas oscuras de los niños,
Con su carga de sales,
Con su cristal quebrado,
Y el contacto ardoroso de su llanto encendido.
Arriba crece el canto de todas las bandadas,
Pero no puede asirse,
Porque sobre las manos
Se sienten muchas manos que van hacia la tierra.
Son dedos de los niños con afán de raíces,
Es el barro sombrío,
Lo gris, lo silencioso,
Lo que aprisiona el miedo,
Caracolas alzando mareas de tristeza.
Bajo las golondrinas corre un tropel de voces,
Y de manos heridas, y de pies sobre el lodo.
Van los niños descalzos…
¡Ah, tambor por qué suenas!
Van los niños descalzos…
¡Ah, clarín por qué cantas!
Por qué pregonan gloria, por qué hablan de futuro?
Por los niños descalzos,
Por los niños desnudos,
No veo la mañana ni puedo oír la aurora.
Cuando no hay esperanza se ha perdido el camino,
Cuando un pueblo desangra las bocas de los niños
Mancha sus propias huellas
Y mata su destino.
Van los niños descalzos
¡Cómo tiembla el sendero!
Van regando la sombra con su alquimia de juegos.

Arriba pasan siempre las mismas golondrinas,
No hay un pájaro nuevo que nos anuncie el alba,
Y allí sobre la tierra donde pasan los niños
Sólo queda,
Tendida,
La cicatriz del día.





A veces en la noche

A veces, en la noche,
Soy un pequeño escombro
Pegado a la placenta
De la tierra.
A veces,
Soy también una caña,
Un bambú que se yergue
Y guarda los rumores
De las cosas que pasan.
Cuando la luz que viene
De girar en los ámbitos vacíos
Llega hasta mi letargo,
Apenas halla un vástago de arena,
Un mineral que duerme,
Un guijarro perdido
Junto a otras cosas tristes.
Si entonces no llegara a ser un caracol,
No podría caberme
Toda la resonancia
Del latido del mundo
Que me sube…y me crece
Como una gran marea.
Cuando me quedo extática
Soy una sombra espesa,
Y quizás cuando vibro
Soy una nota grave
En la gran sinfonía…
A veces, en la noche
No soy más que un pedazo de vida
Que se levanta solo
Y mira las estrellas.
  





Deja que crezca el fuego

Toda carne es hierba,
Y toda su gloria como flor del campo.
Isaías 40.6

Deja que crezca el fuego aquí en la frente
Y que sobre este polvo del camino
Siga su andar la planta penitente.

Aquí estuvo y pasó lo peregrino.
En todas estas cosas puede verse
Que unas son levadura y otras vino.

Si ahora mi mosto empieza a removerse
Deja que vibre mi canción de hierba
Y arda un instante lo que va a perderse.

Mientras lo grande su quietud conserva
Que alce la brizna su temblor creciente
Y acoja a la belleza que la enerva.

Mientras la pulsación esté latente
Que abra la flor su gloria pasajera
Y no se vuelva muda la simiente.

Deja que el tiempo se deslice y pase,
Aunque con su guijarro abra una herida,
Que nos espere todo lo que yace
Y que siga quemándonos la vida.





Canción del despertar de la maestra

Hoy me siento nacer
Extensa como sombra bienhechora…
Hay entre mis pupilas
Algo de campo verde y de mañana,
Mis manos crecen, mi sonrisa vuela,
Y el afán de entregar se me levanta.
¿Enseño? No.
Me doy en la palabra,
Riego y fecundo la semilla nueva;
Mi garganta es el surco
Por donde se desborda diariamente
El ritmo vibrador que está en mis venas,
(Cada frase despierta de un latido
Y es un eco de sangre la palabra).
Por eso cuando llego a mis cultivos
Siento que al derramar mi voz sobre ellos
Me estoy dando en torrentes,
Hasta impregnar la fuerza de mi vida
En la planta naciente.
Este continuo andar entre inocencias
Me hace llevar el alma dilatada
Y un niño subterráneo de ternuras
Florece en emociones.
Ahora en este darme cotidiano
Me siento gigantesca y misteriosa,
Porque voy caminando de la mano
Con el alma del niño.
Y no hay nada más dulce y más hermoso
Que sentir que me quedo
En el brillo infantil de sus pupilas
Que con la limpidez de dos espejos
Saben copiar mi gesto.
En ellos amanece mi caricia
Más luminosa y suave.
Y siento el corazón como campana
Cuando el intenso ardor de mi alegría
Enciende cascabeles en sus risas.
Es entonces que se alza mi ramaje
Y se expanden mis mares
Y río cuando llega a mis umbrales
El salario mezquino,
Limosna que se acerca arrodillada
Porque tiene vergüenza.
Más allá está el elogio
Que pasa siempre humilde
Con traje de sonidos y colores,
Diciendo cosas que jamás comprende.
Y aquí, en la plenitud de mi esperanza
Que tiene luz de niños,
Palidecen las pobres vanidades,
Y vuelve mi visión a hacerse clara
Y vuelvo yo a sentirme
Extensa como sombra bienhechora…



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