jueves, 18 de octubre de 2012

FEDERICO PELTZER (8083)




Federico Peltzer: Buenos Aires, ARGENTINA (1924 - 2009).
Nacido en Buenos Aires en 1924, se graduó de abogado en la UBA en 1948. Fue juez en lo civil y camarista hasta 1975. Colaboró con Guillermo Borda en su tratado de Derecho Civil. Fue profesor de literatura en la Universidad del Salvador y en el Instituto Argentino de Cultura Hispánica.

En 1955, su novela Tierra de nadie obtuvo el premio Emecé. En 1958 logró el premio Kraft por su novela Compartida. La sed con que te llevo ( poemas) recibió en 1964 la faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). En 1977 recibió la Pluma de Plata del Pen Club. Y en 1996 lo premió en narrativa el Fondo Nacional de las Artes.

Otras obras fueron La noche , 1966; La razón del topo, 1971; La vuelta de la esquina , 1986; Aquel sagrado suelo, 2000. En poesía, escribió La sed con que te llevo, 1964; Poesía secreta, 1978; Los oficios , 1989; Los poemas del niño, 1991; El silencio y la sed , 1994; C antares en el tiempo , 1994, y Un ancla en el espejo, 1995.

Peltzer admiraba a Borges, a Mallea, a Denevi, a Carmen Gándara. Enriqueció su ficción con elementos históricos, como los de la Guerra del Paraguay. Estimaba que la muerte es lo que da sentido e intensidad a la vida. "Al limitarla, se nos exige que demos el máximo de nosotros mismos", decía. La mi muerte tituló un libro de poesía, de 1969.




Hoy,
cuando todo se va,
cuando no hay fuerza
que oponer a ese vértigo
de tu larga,
interminable caída,
quiero, antes, que sepas,
que aquello que tocaste,
miraste,
lo llamaste con un nombre,
está ya,
para siempre,
tocado, mirado, creado,
por esa gota de amor
que robaste del mar
para darme.
Quiero también que sepas,
mientras llego a decirte
palabras cortadas
por tu infinito caer,
que en ti amé
una alta imagen,
un eterno espejo,
y que amé, sobre todo,
esa, tu humanidad
en carne viva
expuesta al sol y a viento,
vulnerable,
Y que he de amarla,
indestructible,
más allá de tus pasos,
de tu huída,
del vértigo y la noche,
más allá
más allá.







La vida es un camino
de lágrimas redondas
y ruedan y se van.
Y hasta el úlimo gesto de la mano
se pierde en el silencio.,
allá donde el vacío tiene caras
inmutables.
Pero también están tus manos
diciéndome que estoy.
Y está, a veces, tu voz,
y soy entre los muertos,
y sobre todo está
el peso exacto,
suave, peso,
débil peso de tu cabeza
en mi hombro reclinada,
pidiendo
que no sea la muerte,
que no sea el olvido,
que ningún no ser, sea,
y que haya alguien detrás
tomando nota 
de ti, de mí, que fuimos,
que somos,
del amor que seremos
el día aquél, final
en que no seamos como hoy,
sino un todo enamorado,
cantando, no sé qué,
cantando.

de "Poesías"






XXII

Como el desnudo Adán de la Sixtina,
me siento ya flotante y desprendido;
miro en antiguas nubes confundido
al hombre que ayer fue, mientras declina

el sol, por sombra oblicua ensombrecido.
La tarde cae. En el ocaso erguida
se apaga la otra luz que llamé vida,
el fuego que se amansa en el olvido.

Como el Adán desnudo miro el rayo
de aquel Rostro de luz que en mi desmayo
imagino llegar, aunque no viene.

Y ya en la noche del temblor oscura,
creo escuchar al ángel que murmura:
“El dedo que te suelta te sostiene”

(de El silencio y la sed)







La queja

El vuelo de algún pájaro
dejó caer una semilla madre.
Crecí sobre la piedra visitada
por la lluvia que entonces bendecía.
El arroyo alentó mi ascenso iluso,
prometedora el agua inalcanzable.
Cuando cesó la lluvia
en mi país de arenas,
procuré sustentarme en la corriente.
Sequías renovadas
desnudaron miserias en su lecho.

En la piedra más alta
instalé mi vivienda.
El arroyo murmura su disculpa;
lame a veces la piedra,
pero no puede consolar mi sed.
¿Cómo dar fin a este suplicio
de ser para morir
con el agua a mi lado?






Como el perro

El hombre, como el perro,
rebusca algún lugar donde tenderse.
No es que pretenda dormitar al sol
(o a la sombra, según las estaciones).
Busca un espacio amigo
en donde le resulte soportable
la idea de la nada que lo espera
o la luz prometida
de Dios, el Dios que acaso lo perdone
por vagar tantos años
en busca de un lugar donde tenderse.






La fotografía

Queda una sola foto.
Aparece de espaldas,
su fragilidad
tomada por sorpresa.
No toleró nunca
arriesgar su rostro triste,
los pómulos salientes
la boca preservada con empeño.
No soportó el fulgor de ser amada
ni confesó jamás
que albergaba el amor como una perla.

También quedó una carta.
En ella dice lo que nunca dijo,
desnudo el corazón, el pulso trémulo.
La carta llegó tarde
¾¡y ya ha pasado tanto tiempo!¾.
Hoy invita a llorar
lo que no fue, pero sin duda era.

Crueldades del amor que da la espalda,
la vida que se fue sin haber sido.






Mentiras

Estamos ampliamente acostumbrados
a mentir con la boca.
Podríamos decir
que contamos con ello
o con un razonable porcentaje.
Estamos asimismo acostumbrados,
aunque hasta cierto punto,
a mentir con los ojos.
Y cuando la mentira ya desnuda
ensucia la mirada,
es como si un espejo hecho pedazos
dispersara en esquirlas
al consistente mundo o a su sueño.
Tal vez resulte irredimible
La mentira que urgimos a las manos,
porque son mudas, ciegas,
y todos los mensajes de sus dedos
y todas las heridas de sus uñas,
exigen la verdad
con la misma porfía de la tierra
cuando reclama al árbol que dé fruta.


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