miércoles, 26 de septiembre de 2012

7935.- JUAN SECAIRA VELÁSTEGUI




Juan Secaira Velástegui
(Quito, Ecuador, 1971). Licenciado en Comunicación y Literatura, Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Ha publicado el libro Obsesiones urbanas, ensayo crítico acerca de la narrativa de Humberto Salvador, editorial El Tábano, 2007. El poemario Construcción del vacío, editorial Sarasvati, Nueva York, 2009. Un cuento suyo fue uno de los triunfadores del Primer Concurso de Cuento y Relato 2008, organizado por el Taller Cultural Retorno, y se publicó en el libro El premio. Forma parte del libro Trayecto cero, por ser uno de los ganadores del I Concurso Nacional de Poesía, 2009. Parte de su obra se encuentra en la antología de poetas de Ecuador y Argentina, Ruptura y desafíos de la nueva poesía argentina y ecuatoriana, Embajada de la República Argentina, Flacso-Ecuador, junio 2010. Uno de sus cuentos forma parte del libro Los engendros de la luna, septiembre 2010. Sus poemas se incluyen en el libro Paréntesis abierto, 2011. Además de en la antología bilingüe de poesía ecuatoriana Apartar lo blanco de la luz. Está presente en el libro El desafío de lo imaginario, antología ecuatoriano-peruana de cuento, 2011. Sus textos constan en publicaciones nacionales y extranjeras.



Deseo


Qué destello de sol tu cuerpo 
evocado
flámula oteando en mi deseo.




Naturalmente preso

Yo, como un refugiado en mi propio hogar,
voy dando mordidas a todo lo que se mueve;
caníbal refulgente en el hervidero de la desesperación.

Preso del apellido, del nombre
del currículo y de la tradición.
Nada me sostiene,
asirse se asemeja a caer al abismo.
No soy ni existo
desde que mi voz fue desechada
y mi cuerpo obligado a “progresar”.

Solo reconozco mis dientes, los molares;
los colmillos filudos, sangrientos.
Lo demás es de papá, de mamá,
diques de un buque maldito.

El puñal metálico se hunde tibiamente;
sigo mordiendo, devorando historias,
sentándome sobre mis antepasados.

El eco destruye mis oídos,
un bocado más.
Luego las alas fraternales,
vuelven a cobijar mis vaivenes:
rectas, perfectas, incrédulas.

Seguiré buscando mi voz
cuando el abrazo seco haya concluido;
mientras tanto
 la cabeza
 me sirve de colchón.






Alimento

Me quemaré
con el filo de la noche
impropia.

Allí
el reposo ni siquiera se acercará
despojado de los cilicios de Dios.

El alimento lastima la garganta
suplicio siempre adherido
a alcoholes enflautados.

Mis manos crecen en el aire
hacen figuritas comestibles.
Dibujan entre la lluvia
universos enteros
con uñas falsas.

Y corta
lacera
muerde
la noche.






Saltan la cuerda

Los malditos saltan la cuerda
desde lejos, sin mirarme siquiera
como si fuese un guijarro más, una viruta, una línea sin forma.

Ya he hecho todo por ellos
mi locura la he brindado en bandeja de cal por ellos
y nada, absolutamente nada he conseguido
orificios en el patio rectangular
escombros se pegan a mi espalda como alimañas.

Salto así, solo
imaginando una cuerda, un sonido entre mis pies, el roce en mis pantalones
y me enredo y caigo ensangrentado en negativas,
en noes que ahorcan mi sudor.


Los malditos saltan la cuerda

saltan
la
cuerda
los
malditos.







Casa

Frío en la noche capital
el calor se desliza por la nuca de elefante
en esa casa de pianos jolgorios.

Aquí hay tres voces pequeñas pero potentes
corretean 
ordenan el mundo
rascan la dicha
desde su imposibilidad.

Tres niños: el universo les cabe en las manos sin esfuerzo.
También, dos gatitos recién estrenados
cuarenta y cinco pañales
ocho biberones
ropa para un ejército
botiquín de emergencia
una botella de vino sin descorchar.

Cuadros, sillones, tablas que crujen
polvo que habla mientras se incrusta en las orejas
en las bocas sin dientes, en las caminatas de cuatro pies
en los aullidos de enojo o de satisfacción
el ying y el yan en un suspiro de acordeón.

Risas y llantos, melodías acompasadas e interminables.
Frío, calor con cinco segundos de distancia
manos diminutas, miradas felinas
corazones musicales a medio hacer.

En la orilla, yo. Sentado en la última grada de la escalera
con la boca atormentada
y las manos vacías.







Íes

Camino por calles reconocidas
en noches y días de fatiga
con algo entre las manos
y nada en el aire.

Es siempre igual
una presencia que se destruye apenas la toco
apenas intento hacerme una idea de su belleza.

La función jamás comienza
camino por veredas desiguales
que presagian una luz de hierro
un manto de vileza.

Fijo mi atención en el botón de una blusa anónima
en los ojos que miran a alguien más
en las bocas saladas
en varios cuerpos de agua.

Los acentos no importan
las íes del camino pedregoso, sí
esas íes enormes y desvergonzadas
sin nada en el aire
lo no visto es palpable con los golpes.

Entonces caminar se convierte
en un destino. 




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