viernes, 14 de septiembre de 2012

ERIK MARTÍNEZ RICHARDS [7.828]



Erik Martínez Richards

Poeta chileno que fue miembro del grupo de vanguardia la Escuela de Santiago con quienes hizo una serie de publicaciones. Llegó a Canadá en 1974 exiliado debido al golpe de estado en Chile en 1973. Estudió pedagogía en Castellano en la Universidad de Chile. Obtuvo un título de Magíster en Español de Queen's University en Kingston, Canadá, escribiendo una tesis sobre Altazor de Vicente Huidobro. Ha enseñado literatura y traducción en Queen's University y en las universidades de Western Ontario y Ottawa. En Chile, junto con otros escritores chilenos exiliados en Ottawa, Canadá, fundó Ediciones Cordillera, una editorial que publicó diversos títulos de poetas chilenos. En 1985 se publicó su libro Tequila Sunrise. Eduardo Anguita lo incluyó en su Nueva Antología de poesía castellana (Editorial Universitaria, 1981) y fue incluido también en la Antología de poesía chilena contemporánea (Zig-Zag: Santiago de Chile. Arteche, Scarpa, Massone Eds., 1984) y sus poemas han aparecido en diversas otras antologías y revistas de Chile, Canadá, Alemania y otros países. Ha presentado ponencias de crítica literaria in varios simposios académicos en Canadá y Estados Unidos. Actualmente es traductor para la Oficina de Traducciones del Gobierno Federal de Canadá.





Tequila Sunrise


ESTADO DE COSAS

El poeta mismo se desplaza lentamente por las populosas calles de la ciudad;
ciego como el viejo Edipo al comienzo de la última pieza
de Sófocles, pero sin sentir esa nostalgia por los territorios
enterrados en las oscuras aguas de la memoria;
sin ese paraguas que cubre de las radiaciones cósmicas.
Perdida la estructura interior que le da a la gente la rígida
caparazón externa.
La ciega oscuridad de los ojos quemándose como carbones radioactivos.



NOSOTROS

Ellos, todos ellos, todos esos rostros
se alejaron como atrapados en burbujas de tiempo.
Huyeron cada uno en su propia trampa
cada uno hecho para su trampa
y los vi alejarse muy despacio
contra el cielo muy azul de la mañana
y los vi de pronto en la luz ennegrecida
hundiéndose lentamente
como burbujas en la espuma eterna de las mareas:
Un coro de voces mudas exclama
en el imaginario teatro de nuestras historias desenlazadas.

Para nosotros la extendida red de las rutas internacionales
para nosotros el espeso alquitrán de este mar
que llega agotado a las playas desiertas
para nosotros un destino ciego
que termina cualquier mediodía
en cualquier apartado lugar
para cada cual su destino.



CONSIDERACIONES

Ahora tengo el cuerpo lleno de heridas
a consecuencia de la cantidad de cuchilladas que me ha
dado el destino.
Camino por calles inverosímiles sin creer que soy yo,
pregunto por direcciones y me responden amablemente
como se responde a un extranjero, con una distante
cortesía.
Delante del espejo me insulto a cada rato
pero ya no puedo reconocerme bien.
Esto me ha llevado a un cierto desorden.
Detesto los espejos,
detesto la manera grandilocuente en que me estaba
tratando de impresionar a mí mismo.
Ese apego a las instituciones donde uno se convertía en un
caballero de respeto.
Las transmutaciones que lo hacían a uno crecer hasta
poder casi devorar el mundo;
ese constante deseo de devorarlo todo,
ese temor a ser devorado:
Nada de eso cuenta ya para mí.
Quiero enterrar mi pasado.
Ansío la protección del anonimato total.
Quiero formarme un rostro anodino.



LA APARENTE CALMA DEL HOMBRE ANTES DE IR A LA FIESTA

Me voy mirando en los espejos la caminar hacia el tren
Subterráneo
detrás de una gorda vestida de abrigo y sombrero
mitad lagarto (abajo) mitad pájaro (arriba).
Siento el propio cuerpo como una caja hermética,
como una caja fuerte que hay que arrastrar
afirmado sobre muletas,
sintiendo la necesidad inmediata de tomar algún calmante.
Quisiera conocer los motivos de la gente
pero estoy atrapado en esta transparencia
que se oculta tras el espejo de mi mirada;
me espío, me observo,
me veo caminando y no me escucho.
Alrededor mío los personajes no tienen actitudes coherentes.
Durante la fiesta yo invito a una mujer a bailar
ella me rasguña la cara
¡Saca tus manos de encima imbécil! - dice gritando



ANESTESIA

¡Déjenme primero bostezar!
Ignoro mis motivos, quiero acabar luego:
Mm, no tengo ganas de nada.
Me sueño a veces cayendo en espiral
a bordo de un avión en llamas.
Pero eso no tiene importancia
(no quiero hablar de eso ahora).

El problema es la inmovilidad total.
Reconozco que me repito,
reconozco haber cometido incontables repeticiones.
Es insoportable.
Quiero decir que no puedo salir de un sueño constante.
Voy caminando por calles llenas de gente extraña
(otro poema debería describir toda esa gente,
ese poema debería contar con un anexo de fotos,
mostrar casos concretos...)
Voy entrando en el túnel del metro.
Unos perros hambrientos se lanzan sobre un pedazo de carne.
Mueven el hocico con furia.
Los rieles brillan en la oscuridad. Los rieles.
¡Y las luces! ¡Arriba! ¡Pegadas al techo, giran!

Pero eso tampoco tiene importancia.
Ese no es el sueño mm del que quería hablar:
se trata del interés en las cosas
o no sé. No sé explicarlo.
Me quiero pinchar el cuerpo,
quiero convencerme de que nos estoy en un sueño.
Es insoportable.



VOLADO CON YERBA COLOMBIANA

Desde la nube, diremos para empezar,
desde ese blanco dominio
cae el rayo resplandeciente.
Yo he sentido ese rayo
que desciende intensamente acelerado pero inmóvil
acariciando mi piel
(estamos volcados sobre un costado
estamos muy quietos aquí - en este exceso,
las manos apoyadas en el suelo seco)
Yo he sentido que los días del pasado y del futuro no existían
sino en los calendarios.
Sólo había una extensa geografía de montes desérticos -
en el cielo se jugaba según principios regidos por el viento.
Desde la nube detenida en la transparencia del éter,
venciendo con incandescencias nuestro rostro
cae un rayo hasta mi cerebro...
y me siento arrastrado por una ola,
¡Nos llevan!
Caemos hacia el cielo como una laguna de luz líquida
pero eso sucede sólo en mi mente
a mi alrededor la materia inerte permanece sólida
envuelta en su capa gris de siempre.
A mis espaldas alguien relata:
"El fuego surge de la tierra.
Yo te miro niña de fatigas y melancolías,
yo acaricio tu cabello sedoso.
La noche está en lo alto acechante.
Mira, hay a tus espaldas un fuego que devora detrás de los montes.
¿Sientes como nos consumen llamaradas que nacen bajo nuestros cuerpos?
¡Escucha! ¡Caemos! Es el incendio".
A mis espaldas el sol.
El aire frío quema mis pulmones.
Estamos muy quietos aquí - en este exceso.



LA CASA VACÍA

Las sombras de los muebles se proyectaban enormes sobre los muros
en el extendido y monótono silencio
y sin ti aquel espacio
era como un inmenso paraje de hielo
que esparcía la blanca superficie de su espejo
sin reflejar mi figura.
Sin ti vagué desorientado
entre el metálico mecanismo de balcones:
el animal de la noche
se instaló con sus negras pezuñas
en el ámbito de nuestros antiguos juegos
y volvió inabarcables las dimensiones de la casa
y fue durante esa noche interminable
cuando viajé perdido
por aquel lago de hielo,
la madeja helada de las brisas me empujaba
pero adónde adónde
si esos espejos reflejaban sólo
la rota nervadura alucinante
de la luna caída torpemente como en una red
desde su árbol en la noche.



LEDA OCULTA

Tú estabas allí, se veía desde la distancia. Bajo el árbol de luminosas hojas verdes y frutos hermosos de color dorado. Era la hora del atardecer, tú estabas allí sentada sobre un taburete inmóvil en la penumbra detenida bajo el fresco naranjo. Recuerdo. Un vestido amarillo como esos que sueles usar, dibujos en verde, celeste y amarillo. Se veía la cabellera sobre tus hombros, abundante cabellera que se deslizaba en un gesto tranquilo hasta posarse sin estridencias sobre tus hombros. La piel tostada, bañada por la luz solar era la piel de mujeres isleñas que habitan regiones del trópico, se podía afirmar el suave calor de tu piel, tibie, tu piel, en que aguas transparentes, en que aguas apenas corrientes, se habían alguna vez en que tiempo tu piel... Se adivinaba tu mirada sonriente mirando desde el centro mientras se escuchaba el zumbido de las abejas, y se sentía contra el rostro la presión cadenciosa de los vientos que corrían por el valle. Si uno miraba hacia el valle descubría los distintos rumores con que el cielo se llenaba de multitudes, el sol boqueaba suspendido por un instante sobre los montes oscurecidos ya, por las laderas la sombra segura avanzaba por la tierra, sus pasos no se escuchaban, pero atrapaba sin resistencia regiones todavía iluminadas. La maquinaria celeste hacia llegar un fino chillido como lejano lamento de murciélagos agónico, nuestro sol era sólo una mancha rosada entre gruesas nubes grises que mordías sus costados, se deslizaban por sus rieles. El viento golpeaba el rostro (bajo la atmósfera bajo el naranjo zumbaban las abejas). Allí estabas tú todavía sonriente. No. Allí la atmósfera que se podía decir plena de partículas furiosas que giraban, en el calor de la tarde cuando nos sofocábamos allí y nos golpeaban el rostro las alas mugrientas de los mosquitos que giraban por mi cabeza, alas transparentes de bichos minúsculos, multitudes, repletando la atmósfera. No, tú no estabas allí. Bajo esa apenas penumbra iluminada zumbaban las abejas con un ruido monótono, en cualquier momento se abalanzaban sobre mí. Mirando hacia la derecha se veía a lo lejos un grupo de muchachos jóvenes moviéndose uno frente a otro según ritmos pausados. No se escuchaba la música. Movían piernas y brazos según ritmos pausados, más allá todavía estaba la ciudad, se pudo escuchar muy nítido cómo un tren hacía escuchar un bramido ronco después de una prolongada travesía, los barcos al entrar en la bahía hacía ese mismo ronco llamado. Una impresión de que esos trenes negros venían del sol. Las estaciones podían estar desiertas, no se escuchaba un sólo ruido, nadie descendió de los trenes inmóviles en sus andenes, no se divisaban guardias ni empleados de ferrocarriles. Ciegas ventanillas oscuras. Los terraplenes de arena se dirigían hacia una escalera. No. Zumbaban las abejas. Tú ya no estabas allí. Sólo rastros de tu presencia. La carretilla. Un objeto hecho de fierro y madera junto al tronco café. Yo lo miraba fijo como preguntando. Miré detrás del tronco. El vestido de seda a colores se pegaba a tu cuerpo, como otra piel sobre el calor tenue de tu piel. Yo miraba sólo tus ojos, todo desaparecía cuando miraba el centro luminoso de tus ojos sonrientes. Tus manos juntas se posaban entre tus muslos tus manos morenas, tus muslos morenos de isleña que habitaba una región de los trópicos entre inmensas hojas que cubrían el cielo y que parecían tener como tus ojos una luz propia, un calor propio, un ritmo adecuado. Las inmensas hojas se movían apenas con el viento. Zumbaban las abejas, zumbaban intensamente en mi oído. Yo miré entre las ramas en lo alto por donde descendía la sombra. Miré el suelo por donde se deslizaban los reptiles, múltiples reptiles que daban ese color verde a las dimensiones. Pequeños gusanos verdes. De pronto, pájaros pequeños de fino pico largo volaban sosteniendo el hocico lleno de movientes gusanos. Yo miraba con atención el suelo y distinguía entre las raíces oscuras un lagarto de duras escamas allí echado con el lomo encrespado. Una salamandra lamía mi bota. En ese momento descendió de un caballo un tipo que sostenía en su mano derecha un chicote de acero muy flexible forrado en cuero negro. Llevaba una mueca en su boca. Mostraba sus dientes parejos, sucios, grises, húmedos, una mueca hecha así, permanente. Vestía unas botas brillantes, también su mirada intensa brillaba, era una sombra brillosa. Con una mano tocaba el lomo negro del caballo. Sonreía. Suspensores y además un grueso cinturón de cuero. Me fijé claramente como el caballo tenía las patas mordidas, las pezuñas se juntaban a un hueso blanquizco. Los camaleones saltaban junto a las patas que no sangraban. Un zumbido de abejas bajo la penumbra del árbol. Pensé en el limpio método del buitre. Lamía y picoteaba poco a poco el cadáver que yacía sobre la calurosa tierra seca empezando por los pies, de modo que a la altura de la cadera podía uno ver el torso desnudo del tipo que enterraba su hocico en la tierra, y abajo los huesos limpios, sin un nervio, sin una gota de sangre, blancos como el marfil. El buitre iba despacio triturando centímetro a centímetro, serio, vistiendo con honorabilidad su traje oscuro, su brillante traje de plumas negras, con método. Más allá veía una espada, lejos de la mano del hombre. Yo boté la carretilla de un recio puntapié. Después se hizo la noche, nada se veía de pronto, nada entre la oscuridad alrededor, quizá los muchachos ya no bailaban. Había que regresar a casa, había que buscar un camino, cualquiera dirección era igual, ya nada importaba, había que lanzarse hacia la noche.



PELÍCULA O PESADILLA

Sucedió tal como en una película de horror.
Bajé por las escaleras hasta el fondo donde estaba el pozo,
sólo se escuchaba el profundo silencio de las aguas
interrumpido de vez en cuando por el monótono ruido de 
............ una gota que caía
el cuerpo de la joven flotaba como dormido en las aguas tranquilas
los ojos abiertos, desmesurados, brillando oscuros,
estaban fijos en la altura.
Una voz me dijo mientras yo miraba:
"Anda, acércate y mírala en los ojos, anda".
Allá abajo se puso como si estuviéramos en el fondo de un acuario;
me pareció que todo se volvía verde.
Cuando toqué a la mujer ella volvió la mirada hacia mí
y pude leer en sus ojos:
"Por un momento, ¡oh Cisne! juntaré mis anhelos
de tus dos alas que abrazaron a Leda".
El cadáver era como de goma.
Yo empecé a reírme algo convulsivo
y no pude dejar de reírme hasta que me dolió el pecho.
Una voz me dijo que yo estaba en el medio de un sueño
Pero entonces miré a ala mujer que se reía a carcajadas
"¡Esto ha sido todo un engaño!" -grité como un loco.
"¡Un miserable engaño!"
El pecho se me abrió
y unas corrientes negras de vientos contrarios parecían acuchillarme
el corazón y los costados.
Luego el pecho se me cerró
y un peso enorme no me dejaba respirar.
Una voz empezó nuevamente a hablar
pero yo volví a mirar en dirección a las aguas
y allí estaba siempre la mujer inmóvil,
una mariposa negra le besaba ahora los labios morados.
Una sola gota caía monótona sobre las aguas
y se escuchaba como si algo gigantesco
quisiera apagar e profundo silencio alrededor.



PASEO NOCTURNO

Estimados lectores: alguna vez hubo una versión primera de este poema que omito, así como se omiten también algunas versiones recientes que he escrito. Parece que una vez que se rechaza la versión original no hubiera manera de llenar el vacío que se produce. Los motivos que me llevaron a reprimir la publicación de este poema tienen que ver con la existencia de límites que no conviene, por el momento, transgredir. No es que yo sea cobarde, sino que la auto-censura, el temor a herir susceptibilidades, me han obligado a destruir esa primera versión.



PASEO NOCTURNO
(Versión 2)

El pecho se me llenó de terror
como si una corriente extraña me hubiera invadido 
............ con un líquido negro
y el cuerpo hubiera crecido desproporcionadamente.
Caminando por la calle habitual
vi las ventanas desde la altura de un edificio desprendiéndose,
los vidrios se despedazaron al estrellarse.
Escuché unas láminas de metal que el viento hacía rodar
en dirección al muelle;
un muro crujió a punto de desmoronarse.
Unas tenazas me apretaban la garganta.
Contra el indeterminado espacio donde se juntaban la noche y el mar
pude ver nítidamente el cuerpo de una mujer
recostada sobre la invisible línea del horizonte
ocupando con su cuerpo una vasta región.
Miré su boca abierta, su boca muy abierta
y sus ojos animales;
su cuerpo ondulando en el viento.
Le miré el sexo:
Escuché el mismo murmullo que el mar hace
El mismo eco de las aguas entrando el hueco helado de unas rocas
sentí que ese hueco palpitante se abría misterioso
como una boca invitándome
a sumergirme en la matriz fría y oscura
no sé si honda como el fondo del mar
o vacía como un límite del cosmos
o quizá ambas cosas a la vez.



PASEO NOCTURNO
(Versión 3)

El pecho se me llenó de terror
Como si una corriente extraña - ni líquida ni eléctrica - lo hubiera invadido
Apretándolo con su peso sórdido.
Era como si las vísceras hubieran crecido desproporcionadamente 
durante la noche
y el computador que conecta las partes del cuerpo se hubiera roto
y el cuerpo desmembrado yaciera en mera yuxtaposición
con vísceras intentando morosamente recomponerse.
Pero pasemos inmediatamente al centro de este poema.
Tal vez sea necesario comenzar mencionando
Los vientos huracanados del invierno que hacían gemir los goznes
y ese gemido que recorría las calles ululando
como un perro herido
como un perro con un cuchillo enterrado en el cerebro.
Las ventanas de un edificio alto se desprendieron
Despedazándose estrepitosamente al caer
Unas latas llevadas por el viento iban sonando una música sorda
sobre los adoquines del puerto.
Yo sentía una garra apretándome el cerebro,
vagamente sabía que algo irremediable se iba a desmoronar.
El cielo nocturno quizás iba a caer envuelto en un remolino
hacia el centro de la tierra.
Luego, vi el cuerpo ondulante de una mujer acostada sobre el horizonte
miré su boca abierta y sus ojos sonámbulos.
Le miré entonces la rosa magnética de su sexo,
Escuché el mismo murmullo que el mar hace...



DRAGONES

Tratando de mantener débiles imágenes de un dragón chino de 50 cm., aproximadamente y que se podría emparentar con el dilema del sol... hablándole a los interlocutores... mujeres hermosas... imaginando interlocutores para los teoremas que intentan explicar la luz del sol - los dragones pequeños, los grandes dragones de boca inmensa - las mujeres delicadas.

Después, intensificando las imágenes hasta hacer que las mujeres sean de plata - transparentes - ojos de brillo diamantino. La mano apoyada en el brazo de un sofá invadido por la penumbra. Repeticiones siempre tratando de imaginar interlocutores para poder de algún modo continuar las conversaciones en mi interior.

El interlocutor es una bella mujer. Me ha invitado a su casa a beber una copa de coñac. Je, je. Ella está enfrente mío... muy pálida... como si fuera nada más que un cuadro... sin moverse... estática - los interlocutores no suelen hablar - se quedan silenciosos para que yo demuestre mi labia. Entonces adelanto una vaga conexión entre los pequeños dragones y la luz del sol... es difícil decir más... se trata de cincuenta dragones cuyo fuego es lo que vemos como el sol. Entonces trato de continuar... ¡pero no! Ha estallado el fuego en el decorado... los telones de fondo se incendian y yo miro a la interlocutora que permanece estática: sus vestimentas en perfecto orden... la mirada con ese brillo de diamantes fija en mí... el anillo en su dedo meñique... sin hacer caso del fuego... sin inmutarse ante los gritos horrorizados del público que trata de hacer que nos detengamos ya - que huyamos también nosotros.

Yo intento convencer a los interlocutores acerca de las razones que me han llevado a esta situación - algo ha andado mal - parece - y mientras adelanto algunos movimientos observo una grieta en el suelo. Yo hablo de esto también con los interlocutores. Ellos a veces me hacen entrevistas sobre problemas de arte.



DAMAS EN GRABADO

Damas decimonónicas, caminan parsimoniosas, pálidas,
mirando un punto fijo en la distancia,
hieráticas,
de vestidos largos,
de arquitectura esbelta.

Inusitadamente aparece un personaje
con una máscara de actor dramático:
toma a una de ellas por la cintura,
le sube los vestidos
buscando la esquina cálida del gran triángulo que forman las piernas
pero allí se descubre lo siguiente:
Las damas decimonónicas no son nada más que unos maniquíes.
La mujer cae al suelo calladamente
exhalando un chirrido.
De alguna manera se ha roto el mecanismo del muñeco.
En forma tétrica el actor intenta arrastrar el cuerpo incalculable.
Saca un sable que cuelga de la muralla
y ataca las cortinas
(quizás tratando de imitar a Hamlet un poco)
pero abandona la empresa agotado, sudoroso.
De alguna manera se le llena el traje de espeso líquido viscoso.
Afirmándose contra el muro
el personaje camina exhausto
hacia el cuarto de baño
y encuentra que el suelo está lleno de serpientes retorciéndose.



LA DESPEDIDA

Finalmente ella me gritó que yo era un hijo de perra
y que me fuera a la chucha.
Tenía el rostro congestionado,
las palabras le brotaban de la boca como un chorro.
Mis nervios se estremecieron como atacados
por una onda sub-sónica.
A veces ella estaba calmada y se recostaba sobre la cama.
A veces yo la pillaba con la guardia baja.
Entonces le entreabría las piernas,
le tocaba el sexo rosado
y ella no resistía,
dejaba que yo la poseyera, fría e inmóvil.
Una vez, al retirarme, vi sus manos contraídas,
la extraña disposición del cuerpo
como una muñeca intacta
donde se ha quebrado un delicado mecanismo interno.

Era un día precioso cuando nos despedimos.
El lago se adornó de veleros;
en el cielo un avión parecía volar a la deriva.
Más allá una nube con forma de flor giraba inmóvil.
Ella se tapó los ojos del sol para mirarme:
"Déjame que te dé una última mirada" - dijo.



EN LOS ACANTILADOS

Nos llevaba el viento sin que nos diéramos cuenta,
las cosas sucedieron con rapidez
y no percibíamos más que algunos detalles sin importancia:
el modo de acercarse determinada persona,
su sonrisa oblicua...

Llegué al borde de los acantilados. El grito de las gaviotas resonó en las cavernas de roca. Qué fatiga se apoderó de mía al ver la altura y las distancias alrededor en la luz excesiva. Imaginé una caída. Abajo, el estruendo del mar contra el muro, abajo, el lomo de las aguas deslizándose en retirada (el bulto de una sombra que cae). Oí el chillido de una gaviota blanca. Arriba, el sol entre los vientos.



SUEÑOS DE LA TARDE SOBRE LA TIERRA HÚMEDA

Sueños de la tarde que fueron otros sueños olvidados
no: no vinimos caminando por los senderos de la tarde
no bebimos la hoja que humedecía el sol moribundo
pero sí detenidos y acezantes entre el follaje que palpitaba agitado
oh! Si toda la sangre del calor
si todos los humores vegetales
se detuvieran en la tarde que oscurece
si todos los cantos de las aves de frondoso plumaje.

Yo iré golpeando una redondela
yo subiré desnudo para bañarme de la atmósfera en la altura
(habrá un árbol lento
quejándose débilmente)
yo atravesaré una pradera inmensa
cuando sea el tiempo del calor.

La lechuza de ala verde
La lechuza que miró su parentela y orinó como pudo el hueco
de un cierto papel
la nocturna lechuza señora pestilente de los árboles redondos
dibujó su vuelo como una línea perdida
una espiral y se enterró bajo tierra en castigo
(oh sufriente cabeza de la tristeza, seca tus lágrimas
y yo enterraré el negro cuchillo en mi vientre).

Toda cosa viviente manifestó su exuberancia
el árbol meció su copa
su hoja se hinchó verde en la luminosidad verde de la noche
y hubo una profusión de especies vegetales
el árbol creció en el aroma de sus ramas
y todo aroma viviente palpitó en la fiebre de la noche.
El espíritu del bosque hizo mecerse este profuso mar
Hizo crecer esta marea hasta el acalorado rostro de los cielos
Y toda cosa viviente manifestó su exuberancia.
Pero el habitante soñó sobre la tierra húmeda
que su cuerpo se perdía entre el follaje
que sus ojos (último resto brillante de su cuerpo)
se hundía en una sombra más fuerte que la noche
soñó que el calor de la hoja verde se apoderaba de las palpitaciones
de su corazón (hecho de un material débil, 
hecho de una roja tela de tejidos).
Y los brazos de la selva se extendían para abrazarlo
y todo sucedía lejos, en la sombra
entre la magnífica exuberancia viviente del bosque
entre esos magníficos aromas de la noche.

La nocturna lechuza señora pestilente de los árboles redondos
dibujó su vuelo como una línea perdida
una espiral y se enterró bajo tierra en castigo.



TEQUILA SUNRISE

Hubo un tiempo en que mi cuerpo
estaba hecho de una cierta especie de barro.
Yo movía mis piernas con parsimonia.
Había una atmósfera extraordinariamente húmeda.
Yo escuchaba voces distantes de gente desconocida que no podía ver.
Era un tiempo cuando yo vivía en una oscura caverna
y escuchaba tristes lamentos de gentes lejanas
hundiéndose en el barro, muriendo lentamente;
sus gritos y lamentos venían como una voz ronca
que llegaba hasta mí a través del aire espeso y húmedo.

De repente hubo una gran explosión.
Un relámpago incandescente iluminó el cielo.
Las estrellas comenzaron a girar y fulguraron
más brillantes que el cielo ardiendo.
La tierra se abrió y yo pude ver sus dimensiones interiores
¡Había llamas por todas partes!
Agitadas y turbulentas como un océano atormentado.
El espacio entero parecía girar.
Creo que yo era lo único que permanecía estático.
Sobre un pequeño cerro vi una mujer desnuda
haciendo el amor con un caballo.
Primero pensé que era mi madre
Pero cuando me acerqué descubrí que era una mujer 
.............. extremadamente rubia
mientras que mi madre se parece a la Gioconda.
Sus movimientos eran calmos, precisos y llenos de energía.
Ella gemía con una voz ronca llena de placer.
Algunas mujeres detrás de mí empezaron a darme
Información sobre la mujer enamorada.
Me dijeron que ella era una magnífica bailarina
me dijeron que ella bailaba como una llama divina
me dijeron que el público se volvía ebrio ante su pura presencia
y su entusiasmo los contaminaba a todos y empezaban a bailar frenéticos
inflamados con el fuego de su cuerpo perfecto.
Yo me acerqué a ella mientras unas estrellas caían del cielo.
Grandes discos redondos de cobre derretido rodaban desde el cielo.
Ella ya había alcanzado el orgasmo y descansaba sobre la tierra caliente,
Pálida, silenciosa, como si estuviera completamente muerta.
Lágrimas habían empapado su rostro
y yo las probé con la punta de la lengua.
De su boca no salía aliento,
y yo besé esos rojos labios desesperadamente.



II

Amplias carreteras de cristal parecían dirigirse en todas direcciones del cielo
pero fundamentalmente se trataba de un escenario.
Allí una mujer desnuda hacía contorsiones que imitaban un orgasmo.
Sus miembros parecían salidos de sus goznes
y la cara se volvía con violencia hacia los espectadores
exhibiendo la dentadura nítida de su sonrisa ambigua
y más allá estaban tres esqueletos femeninos
yo tuve que acercarme a uno de ellos
y los efectos del vino me hacían entregarme totalmente
a una música secreta que parecía estar organizando todos
los movimientos de los actores
ella, impasible, se aferró a mí con fuerza
y nos deslizamos por el escenario,
nuestras piernas entrelazadas,
siguiendo el apasionado ritmo de un tango quejumbroso
cuando de improviso sentí una explosión en mi cerebro
me llevaron en una limousine a gran velocidad por las carreteras
me hablaron de una nueva peste que atacaba la matriz de las mujeres
me hablaron de los incendios en el lado oeste de la ciudad
y yo pensaba en la forma en que todo parece repetirse
y yo también pensaba en los colores barrocos de una mariposa
fue una vez hace muchos años cuando recién había
hecho mi primera comunión
cacé una hermosa mariposa cerca de un manzano
después me empujaron a una ciénaga
y me dejaron abandonado
yo los vi alejarse inmutables como muñecos pseudo-humanos
más allá pude distinguir una gran pila de automóviles viejos
los bulldozers estaban amontonando todo tipo de máquinas ya inservibles
un viento cargado de extrañas radiaciones parecía venir 
de un lugar secreto de la noche.



III

Ahí fue cuando el cielo comenzó a caer a pedazos
por un momento pude ver todo el espacio ultra-galáctico
y yo iba sentado en un peñasco que caía
a una velocidad más rápida que el pensamiento
yo tenía dolor de estómago, náuseas,
por otra parte me aferraba como podía.
Después estaba en la tierra de nuevo.
El cielo se incendiaba,
bolas incandescentes caían de vez en cuando, sin estrépitos.
Yo me sentí muy mal, muy débil.
Las piernas ya no me sostenían
cuando aparecieron unos fulanos vestidos de enfermeros.
Ellos me ayudaron a caminar.
"Venga por aquí", uno de ellos me dijo.
Yo no podía distinguir su cara
pero escuché a mi izquierda el graznido de una especie de cuervo
y enseguida un pajarraco negro, un gran pájaro lento,
de una gran envergadura (casi como un avión viejo),
se desplazó sobre nosotros como haciendo un esfuerzo
para mover su enorme peso.
Uno de los enfermeros gritó algo incomprensible.
"¡Vamos!, "¡Vamos pronto!", gritó el otro, "tenemos algo que mostrarle todavía".
Un hermoso caballo blanco corrió en lo alto del cerro,
Levantó sus patas en el aire y pegó un grave relincho.
Para mi sorpresa, los enfermeros no demoraron en atraparlo.
El más alto levantó un hacha y le cortó la cabeza al caballo
de un solo golpe, un golpe seco y certero.
La sangre cayó a chorros por el cuello.
El otro le abrió las entrañas y le arrancó el corazón
todavía palpitando. "¡Ya!" gritó el rucio que lo había decapitado.
Y el que parecía un simple ayudante lanzó el corazón
que fue a caer a una laguna como de alquitrán, espeso y blando.






Tequila Sunrise

Erik Martínez Richards

Prólogo

Hace treinta y siete años, en 1968, irrumpió en Chile un nuevo y pequeño grupo de poetas (cuatro para ser exactos), expresamente en una antología de la revista Orfeo, bajo el título 33 nombres claves de la actual poesía chilena. Este grupo impetuosamente pretendía, ni más ni menos,  reemplazar y desmitificar la poesía vigente en ese entonces, a la que ellos veían como un ejercicio despojado de audacia y entregado a un letargo literario que era necesario reemplazar por una poesía nueva. Me refiero a la Escuela de Santiago. Formada por Naín Nómez, Julio Piñones, Jorge Etcheverry y Erik Martínez, este grupo de vanguardia buscaba una re-fundación de América a través de la imaginación y la revolución. Querían, con una poesía insumisa y subversiva que crecía a la "sombra de las ciudades" hacer del hombre, un ente con una capacidad mental de observar el destino que se abría al futuro, de la mano de sus propias convicciones.

Estos cuatro poetas, que hicieron de seleccionadores para esa antología de Orfeo, aparecieron en la revista mencionada con personajes ilustres de la poesía vanguardista de Chile como Rosamel del Valle, Humberto Díaz Casanueva, Teófilo Cid, Braulio Arenas y otros grandes de las letras nacionales como Enrique Lihn, Gonzalo Rojas, Jorge Teillier y otros. También aparece en aquella antología un poeta con el cual ellos no tenían afinidad alguna en aquel momento y a quien posteriormente respetarían grandemente, Nicanor Parra. La antología no incluyó a Neruda ni Huidobro, ni Mistral ni de Rockha lo que les trajo una serie de problemas con la crítica de entonces.

Estos jóvenes poetas se centraron en preceptos de la vanguardia intentando que una sociedad cerrada se abriera a perspectivas amplias dentro de la literatura y que fueran capaces de ver las distintas realidades, forzando al status quo a cuestionar su moral y sus creencias, tratando así cambiar, como dijimos, el panorama literario imperante.

Toda esta fuerza creativa en ciernes de estos jóvenes poetas, fue expugnada en septiembre de 1973 y la Escuela de Santiago tuvo que continuar en otra latitud (Canadá) sus quehaceres creativos. Así, Chile fue privado de conocer y sacar ventajas, por así decir, de este movimiento literario. Tengo completa certeza de que si estos poetas hubieran podido quedarse en Chile después del golpe de estado, dada sus proposiciones y actitudes de ruptura, se hubieran convertido en los referentes de las generaciones de poetas jóvenes que aparecieron hacia fines de los 70 y durante los 80 a lo largo del país. Por lo menos creo que el panorama de la poesía chilena actual sería bastante distinto. En todo caso, tuvimos suerte quienes de cerca pudimos conocer estos poetas y quizá de algún modo reconocer cierta influencia de ellos en nuestros trabajos. Quizá ese sea el mejor homenaje que se les pueda hacer, eso está por verse.

Uno de los poetas de ese grupo, como ya mencionamos, es Erik Martínez, quien publicó en 1985, Tequila Sunrise que presentamos aquí y que es uno de los libros claves de la poesía chilena producida en Canadá (bueno sería también que lo fuera en Chile) junto al libro de Jorge Etcheverry, El evasionista y otro libro producido por otro poeta chileno en Ottawa.

En las páginas de Tequila Sunrise hay una serie de imágenes de horror, de pesadillas, de abandono, que en sus primeros poemas quizá se puede evidenciar una relación con el golpe de estado en Chile. Luego el libro adquiere un carácter más personal, más onírico, con elementos claramente surrealistas. Hay un desgajamiento profundo de una entidad matriz que llevan al hablante a realidades donde la geografía, al igual que la poesía, está totalmente fragmentada y al límite existencial. A diferencia de otros libros publicados en el exilio canadiense y en otras latitudes, el poemario no vislumbra el tema de la nostalgia como uno de sus ejes centrales, tampoco pretende ser un compendio de prédicas mesiánicas donde el poeta adquiere más protagonismo que la poesía. Los poemas en general tienden a una estructura de versos libres y en prosa, muy a tono (y como tal) con la poesía vanguardista.

El libro abre con el poema Estado de cosas, donde el poeta se sitúa frente a la ciudad a vista del espacio que aparentemente se ha perdido. Dice en el poema: "El poeta mismo se desplaza lentamente por las populosas calles de la ciudad /ciego como el viejo Edipo al comienzo de la última pieza de Sófocles /pero sin sentir esa nostalgia por los territorio enterrados en las oscuras aguas de la memoria". Vemos desde ya que no hay nostalgia por el entorno desde donde se produce la separación, el desgajamiento. Vertiginosamente comienzan a sucederse imágenes dislocadas que hacen del mundo un ente casi apocalíptico. Aún dentro de este caos, sin embargo, podemos percibir quizá en forma muy efímera, que el hablante trata de describir la separación o dispersión de los destinos de sus semejantes, probablemente debido a los acontecimientos ocurridos en septiembre de 1973. En el poema Nosotros leemos: "Ellos, todos ellos, todos esos rostros se alejaron como atrapados en burbujas de tiempo//Un coro de voces mudas exclama /en el imaginario teatro de nuestras historias desenlazadas//Para nosotros la extendida red de las rutas internacionales /para nosotros el espeso alquitrán de este mar".

A medida que avanzamos y nos adentramos en una geografía caótica, da la impresión que el poeta estuviera despojado de una identidad propia, el descenso hacia espacios indefinidos donde el hablante casi no encuentra un lugar donde pueda sentirse en casa, le dan al hablante en la mayoría de los poemas, un estado de paroxismo que no logran aplacar su aparente desventura. Por otro lado llama la atención, la recurrencia y yuxtaposición de la figura femenina a través del libro. Con ella el hablante espera encontrar un muy necesitado apoyo o afecto, esta sin embargo generalmente se desdibuja y se desvanece como algo hecho de materiales altamente frágiles o despojados de los sentidos comunes al ser humano.

Hay cierta semejanza en el ritmo o sentido del libro a la manera de escribir de Friedrich Hölderlin, quien dentro de sus elementos más notorios contaba con cierto movimiento pendular en su poesía, es decir, saltaba desde figuras idealizadas de la mitología griega, o especie de utopía, a Alemania y luego, a la idealización de una figura femenina. En el caso de Erik Martínez en Tequila Sunrise, estos dos elementos son usados opuestamente. Las figuras mitológicas paradójicamente podrían ser más bien cosas reales, imágenes y seres que el hombre puede ver: caballos, aviones, trenes, abejas, etc. Sin embargo hay también repetidas alusiones al sol, el agua, el viento, el cosmos, todo esto en lugar de utopía, en este caso, representa el caos. Luego la mujer en el libro de Martínez, no es como en Hölderlin una idealización de ésta, sino que más bien una imposibilidad, algo inalcanzable. Alguien que en lugar de ofrecer tranquilidad, por el contrario, exacerbará el sentido de desesperanza. Podríamos decir en verdad, una ausencia de Diótima. En el poema Damas en grabado podemos ver un ejemplo de esto: "Damas decimonónicas, caminan parsimoniosas, pálidas /mirando un punto fijo en la distancia//Inusitadamente aparece un personaje / con una máscara de actor dramático: /Toma una de ellas por la cintura /le sube los vestidos buscando el gran triángulo que forman las piernas /pero allí descubre lo siguiente: /Las damas decimonónicas son nada más que unos maniquíes". Podemos agregar que Martínez, igual como es indicativo en algunos poemas de Hölderlin, usa su imaginación como elemento mnemónico en donde se suceden las imágenes metafóricas que va dando al libro un carácter de movimiento continuo, nutrido por un frondoso alcance de la memoria. (Hölderlin incluso tiene un poema dedicado a Mnemosyne, la diosa de la memoria)

El libro de Martínez es riquísimo en una gran variedad de imágenes y podría causar espanto a más de algún psicoanalista, como fue el caso del cineasta de vanguardia Luis Buñuel. Casi en todos los casos, cuando es necesario, el poeta nos advierte cuando está soñando, pero esto no despeja ninguna incógnita en el lector porque pareciera que el libro entero es un gigantesco sueño donde aparecen desde lagartos hasta personajes como la Leda de W.B. Yeats. También en alguna instancia el poeta nos informa que él está "volado" con yerba colombiana.

Hay algunos poemas que me parecen simplemente memorables como el poema Paseo nocturno, éste cuenta con tres versiones diferentes de las cuales se omite la primera versión, luego en las otras dos versiones, da la impresión de estar en una sala donde se editan películas en donde a esta se le corta o se le agregan escenas. En el poema Un día cualquiera, donde se sucede una serie de visiones y deseos íntimos del hablante de sumergirse en algo placentero y agradable para él y nos encontramos con esta escena: "pero nada de esto ocurrió /en la pantalla del televisor me vi a mi mismo de espaldas /mirando una pantalla de televisor /donde estaba yo mismo de espaldas /mirando una pantalla de televisor /donde estaba yo mismo de espaldas...".

Podríamos mencionar mucho más acerca de las imágenes y los espacios oníricos de este libro y quizá establecer parangones con otros grandes poetas, ya habrá tiempo para eso en otra oportunidad. Debemos mencionar, sin embargo, que Erik Martínez, como sus coetáneos de la Escuela de Santiago, se alineaba (y creo que aún es así) con poetas europeos, norteamericanos y chilenos entre los cuales se encontraban: Rimbaud (como no), Pound, Lautréamont, Ginsberg, Keruoac, Huidobro, Del Valle, Díaz Casanueva, y el mencionado poeta romántico Hölderlin. En suma, podemos ver en Tequila Sunrise, un magnífico ejercicio de poesía, un poeta que posee una imaginación que llega a límites insospechados y que sin duda se inscribe dentro del amplio panteón de las letras nacionales.

Mirando solamente desde la aparición de la mencionada antología de Orfeo en 1968 hacia delante, creo que las entidades culturales chilenas ligadas a la literatura deberían sentirse orgullosas por la enorme cantidad de trabajos producidos por los poetas y narradores chilenos en el siglo pasado. Debemos agregar que gran parte de esa producción ha sido mirada someramente de soslayo, especialmente aquella producida en el exilio. En este nuevo siglo que avanza rápidamente, es menester rescatar de entonces, poetas y textos que merecen más que otra mirada, puesto que siguen tan vigentes como lo mejor que se produce hoy día y deben ser conocidos por las generaciones literarias emergentes y por los amantes de la literatura en general. Este es el caso de Erik Martínez y Tequila Sunrise.

Luciano P. Díaz
Ottawa, enero de 2005


http://www.letras.s5.com/em130105.htm


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