miércoles, 12 de septiembre de 2012

ALEJANDRO GODOY [7.809]


Alejandro Godoy 

Alejandro Godoy (1993) Juegos Florales Gabriela Mistral I. Municipalidad de Santiago 2011. Premio Arthur Rimbaud, 2012. Becario de la Fundación Pablo Neruda, 2013. Becario del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, 2015. "Cuadro de Viaje" (2016) es su segundo libro.   

“Las sienes del Asno de Oro” 
Premio Arthur Rimbaud 2012


La moral y la lengua están reducidas,
por fin, a su expresión más simple.

Arthur Rimbaud


El garbo seña el lustre del peso en párpado,
vuelve al labio una gota de cieno;
la retina en combustión del gajo se desprende.
Tajado el rostro pido otra boca al cauce de un año.


Me has traído a un país sin ríos donde hambreada estacasta sangró mi encía
de los años que tú querías darme. Sedienta la hierba enrojecida con la sal de tu boca en fiebre;
la contraparte desprendiendo su corteza gangrenada.

Moliendo el pulso se deshoja en mis dedos el musgo afelpando su tajada,
incandescente el espinar de armiño los trigos con los dientes de los santos su pasta bermeja, 
el falerno y la flor de cárdeno que trenza en siete cielos su boca la oleada inerte ondula,
y crujió blanqueando el brazo gota de aceite que tiembla en su ceja cedro lacio, y de néctar 
gitano o moro a comer se me sentaba.

Mi Madre encerrada en su cuerpo, transformada en roble salvaje, la cabeza roída por dentro.


Lealtad y traición se clasifican por el musgo adherido a la mano que escribe.


Ahora, Madre, bájame los párpados; salpica el aljófar de arcilla,
la incertidumbre hunde el rastro en la guardia de mi arrepentimiento,
ya no siento la palabra al someterme a este incauto bondadoso infierno,
los huesos de los pájaros trazan sobre el contorno de un río,
durante siete años las tercianas unieron la abertura depuesta por mi rostro;
de fronteras y ciudades tengo la mirada recluida,
el dígito en degradación me escolta inclinado al suelo,
pasan los testigos rasando los días que me irrumpen,
la mano esboza el fleco proyectado en la nuca,
un jabalí con la carne en gajo se ensambla el lomo contra el sebo de las sierras;
la mano o la aguja o el cráneo enhebrándose a sí mismo,
retardando el sonido esta masa de junco en pira ardida,
el curso del aguaevade la costra del leño que fermenta mi costado,
el orificio grazna entre los huesos el brazo de mi Padre,
sobre él prenso el borde cuyo hijo en su figura ilustra,
elogio de mi estirpe tendida a su rodillo,
trozada la palabra mixtura mi silueta;
doce años recibí el musgo al roce que secciona el fallo,
en el entrenamiento dejé de ser el margen de este cuerpo;
formado más dócil el rasgo envuelve en grasa el contacto con los golpes.



El garzo visto al muérdago
la rémora su almena al verticilo;
la corola en fruto trenza una franja del iris,
cepa de arcilla en llanura orlada,
lamparón masticado en finca;
los bejucos abriendo la boca del légamo.
El cereal de estaño aceita las vasijas
en la loma
de otero la cimera construida
con músculos de alhaja; la usina y el acre
palpitando en los párpados.



Padre, ofrezco esta sien que, desmontada, en espinos arde.
Tú, entre las mujeres, tienes a tu hijo; y en tronco la sangre robaste el musgo, 
de mi pecho en carne resbaló una guedeja,
y en la saya me tendiste al pasmar un niño de bala en casta.
Fueron tuyos los rediles: la sien, la nuca al suelo sacudida,
e impidiendo la redada tu vilano en cerdas espesé
por cargar descubrimiento que me sume: un fardo con la queja, un corsé y una cuchilla.

Padre, me besó un hombre desposado con la hambruna,
guardé su pan y sus ojos en los ríos que me han visto
y en las rutas seguí el mástil de las estaciones,
hablé a dioses sin volumen o peso y hurgué esta agua en hierba friolenta,
y en tiempo llamado festividad de reyes vendrá su Dios por diezmo no pagado,
nombre y forma de aire volverá el nardo que guardé en mi casta con la sal de los regresos,
y, como oficio, olvidaré su rostro en obediencia.



Alforja el relieve,
juncia un coágulo el limo
en vertical
criba la gamuza, redoma el yebirgo;
doblega la madeja el ámbar su jácara
ojizarcando el rodillo;
yerbajo su buñuelo, ensortijo la teste,
ludo su ijar y
falsiño el resto al frastear la flava.



Impulsa su fuga hasta el retorno,
faja una espiral de arcilla;
dilata el cristal de cada gramo,
arrequinta el belfo en toma;
torna, irisa, bebe el áspid
su clavija en yeso pulpa el crino.



Mi Madre desnutrida por el lenguaje observa los brazos de su hijo. El candado traza el pie sobre el índice, la grasa devora el cuerpo, aprieto contra mi mano la producción; la mano moldea los objetos, la máquina hunde su ruido, los dientes cortan lo que me antecede.

El cincel se clava en el estómago,
la mano por la que soy guiado aprisiona
la ranura del sonido; seda el alfanje,
la arcilla corona de carne el relieve del signo,
el espejo fermenta, las ramas aguijan.

El agua petrifica el bozal que brota en su raíz; mi mano azora el habla, los pájaros azotan la greda recién nacida; laja y ceiba este lagar a fuego mío se retuerce.



Fui cobarde y a más tardar mi peso descendí de edades y aires sin llamado, y a más entrar en tiempo era mi gozo vivo y cierto el predecir de este mi segundo cuerpo; con recelo estudié rumbos en pies sin forma circundada; al pensamiento que me guía hombre o ángel no merezco la palabra en omisión.



Hilachas de encía al costado del nervio,
en yardas la tierra 
esparce calderillas de carne,
arqueadas las hoces el barro fermenta la fibra muscular.

 http://www.letras.s5.com/lsi040912.html





Cuadro de viaje 
Alejandro Godoy



Los huesos salían de la zanja
como si algunas siluetas se hubiesen detenido
William Faulkner 



Una silueta en los cipreses,

otra lejanía se hace incierta
y un pájaro incinera los recuerdos,

la calidez ramifica la sangre 
y detrás, los anillos de un árbol, 

el lenguaje de las aves.

Es otra significación de la ausencia.

El calor del óleo,
un dejo de nostalgia,

la mano al sostener un aromo
o un cráneo bajo la lluvia.

Tras la iglesia abre su herida,

vemos un paisaje 
y el deseo retorna

posado en el vacío,

palabras que se pudren 
antes de las cosas  

y ocultan ortigas.

En el trazo indefinido la madre, 
los dientes en su mejilla,

el vuelo de las aves 
en la respiración.

Él deja caer su pelo.

Más allá de los graneros los campos.
Más allá cuatro hermanos,

desde el revelado la leña,

la distancia entre quien nombra 
y quien escribe,

un crucifijo en el abrigo.

En la promesa de quien divaga
y las cosas extintas del recuerdo

he venido a ver 
cómo la nieve pudre su carne, 

quisiera tocar tu boca y decir 
el cielo no tendrá quietud 

aunque el ojo sea inservible.

Las ramas partiendo el cráneo.
El corral cerrándose.

Es el invierno,

los gansos yacen sobre el heno
y la lluvia borra
en todo lugar su prevalecer,

apacigua en quien sucumbe 
pero cuántos recuerdos bastarán.

El trigo abre su espiga 
y tras los huertos

un cadáver se arrastra,

[el hombre que deformo 
con la desilusión de antes]

apenas te nombro
los pájaros esparcen sus huesos,

[abaten sin saber de sí]

y las cosas no poseen 
otro refugio que su ser;

se guardan los animales, 
las velas se apagan.

Ves tu imagen y preguntas 
quién separa la voz.

El pintor reconoce las hojas 
con otro significado,

algo anterior al cuerpo, dice. 

Un cuervo en un estanque,
la escarcha en la boca,

quien descubre un nido 
de serpiente en el trigal

y ríe mostrándolo 
a su amigo muerto.

Todo permanece en una lejanía
que de otro tiempo esperamos,

y no hace más que repetir el daño.

Cuerpos se muerden y regeneran,

el hambre es anterior a ellos,
tiempo de negar lo que se ignora
y envejece;

quien durmió enciende fuego
y su reflejo se inmoviliza.

[renuncia a un nombre como entrega]

Una mujer sosteniendo mi cabeza. 
Eso era la arrogancia originaria,

y de pronto perdura una experiencia.

Un hombre repara su red,
sus hijos regresan de los internados,   

eternizando el tiempo 
caminan hacia atrás, 
sus pupilas vuelven hacia atrás,

los surcos que hacías en mi cuerpo
depositan su ceniza 
en la escarcha que apartabas 
conforme crecíamos,

la silueta emerge 
y un yo más antiguo 
perfora el fuego, 

los muertos son palabras
tras separarse, 

manos que dieron de comer
mordidas por las ratas,

y tal vez no son nada y las cosas
hablan un lenguaje anterior al nuestro;

huellas de herrajes,

aves deshojándose ante el viento
que arrastra tu cabellera.

Ha dejado de importarnos el futuro,

el cuerpo entra en los objetos 
pero ya es suficiente,

dirás un barco se mece 
desgarrando a su paso
las cosas suspendidas,

[algo de mí en la ceniza
evita pronunciar]

por ello el recuerdo escribe 
nombres que relega. 

El invernadero,  

la fiebre da un lenguaje 
a todo por igual,

quienes se han ido
son en verdad siluetas 
que limpian tabaco,

aves cada vez más lejos   
y un laberinto de robles,

establos al invierno, 
las granjas,

breve es el aliento y el pasado 
carga un tiempo anterior.

Entonces la mirada 
reconoce lo que suprime,

el libro de Millet, 
té en un molino, 
nidal de gansos 
bajo una carreta,

la mano que persiste 
y la mano que separa

infectan el decir,

al pie de una capilla
rostros de otra tierra,

lepra nutriendo la sangre, decías, 
hace apreciar tenuemente lo vivo.

El alcance a las imágenes.

Dos manos se tocan 
bajo un lienzo de nieve,

caballos en la zanja,
plantaciones de cañas,

y los que fuimos
sombras convertidas en hojas 

nuestros pensamientos,

en ellos el tiempo respira,

[nada duradero lo une]    

y detrás, la carroña de un ganso
devorada por avispas,

la brisa de los barcos
y un sitio que habitar,

tejido que mantiene una página
y yacemos sobre ella,

pero el pintor sugiere 
algo en el cuadro.

El cigarro en las vías,
el labio inferior, 

El estremecimiento de las hojas
y quien no tiene modo de expresarlas
y son siempre las mismas,

golpean el vacío y el vacío va 
extendiéndose en la página.

Un hombre grita uniré 
mi sangre a quienes caminan,

he tenido un lugar 
en estas aves,

son metáforas del tiempo 

carcomiendo lo vivo
a su estado original.

Un hombre pinta orquídeas,

detrás de la mujer una huella,

desnutrida por el lenguaje
sostiene mi cabeza,

caballos emergen del fuego.

Este año la nieve es hostil,

al sostener la voz
une tu boca con la mía.

Un cadáver respira
en sus piernas,

el tedio que vendrá,
otra significación.

Tras el musgo de las costillas
intento sostenerme 
y en ese vacío
el hambre guía el deseo,

al contrario de mí 
ese cadáver 
sin darse cuenta
de nuestro afecto 
nos dice

el alma divaga 
e incinera lo que acaricia  
y por ello la pérdida existe,

la fiebre 

palpita hacía atrás
convulsiona e intenta,

la espuma en la boca,

quisieras tocarme y decir 
escucha el parásito se aterra.
En él sueles buscar y para qué 
si ignoras cuánto daño.

Antes del tiempo abate

la infección en su tranquilidad,

dibuja en la mente
siluetas que se devoran.

El cuerpo las nombró y obedecieron.

Más allá mece la carroña.
Una mujer espera,

y da lo mismo derramar el recuerdo
ahora que circunda el viento norte.

Un hombre captura la distancia,
un pueblo del siglo veinte,

las micros del mercado, 
el sol en las costillas,
bueyes a pasos de una taberna. 

Todo es.

Las siluetas sin piel gritan 
aquellos que se opusieron dormirán 
cuando la balanza se incline en la pluma
y la lengua de fuego se repliegue,

a ellas responderé vigilan a quien busca refugio 
mas nadie comprenderá quién retorna a la carne,

y cada noción de viaje será posible.
Una brisa apenas perciben,

él sostiene las hojas,

ella corta ciruelos
y su mano se descascara,

el pensamiento cede,

imágenes cálidas,                 

un ave cubierta de musgo,
la ceniza que emerge,

ratas que atacan el ganado.

Un cuerpo se disipa
antesde fotografiarlo,

el paisaje carcomido,

siendo inservible 
la vida emana

y basta para hacer 
pedazos la lluvia, 

quien cree protegerme cuando en verdad 
me ciega quedó indefenso en ese cuerpo

y dice 

La lluvia volcó un árbol. 
En la capilla hablaban 
del bastardo en la cruz. 
Evadiendo el latido 
tapé mis ojos y escuché. 

El dolor es parcial cuando la infección se desplaza. 

El hermano mayor de espalda, 
los surcos de las hojas se asemejan
a los surcos de sus manos,

[desde el negativo cuencas vacías]

Alguien despierta
y busca

el caballo que otro robó. 

Un hombre jadea
y en los rieles

un caballo se mutila. 

Duermo para ver 
el sombrero en el predio, 

el maizal que pudre
me entrega ante ti.

Una silueta a la lejanía. 

Es él recibiendo a quien he sido 
y por tanto otros sucumben 
conforme avanza lo descompuesto. 

El dolor es parcial cuando la infección se desplaza,

y estas fotos entregan 
un nombre al fracaso,

siguen su curso 
y no podré reescribir tu mirada. 

La mano vuelve a un polvo extranjero,
la nieve en quien se deja sostener, 

[unidas reproducen su peste]

una navaja que busca las aves
y pescadores encendiendo fogatas.
Entonces muestra lo vivo
su arrogancia original, 

sombras que se orientan por el fuego 

y no vienen de la unión de dos cuerpos, 
a costa de sí permanecen 

y sabemos que son de otro tiempo 
porque algo en nosotros sucumbe,

algo anterior a su enfermiza quietud,

briznas quemándose.

Miro la lluvia y ahorca el decir,

tu rostro agitado.

[si al menos el cuerpo agitara la voz]

Un cuervo rompe su reflejo,
sombras deshojándose.

El paisaje se resquebraja 
y no es algo que deba cambiar;

mientras duermes en mi recuerdo  
la escarcha retorna a las cosas

y dice 

el odio para sí prevalece
qué es esto que arrastra ante él   
un cuerpo a medio respirar 
tras la promesa que fue cedida
y mientras los hombres hablaban 
del bastardo que murió en la cruz 
quien pedía cubrir la carroña 
no era el cadáver era yo

afiebrado por el miedo. 



En el pensamiento de este libro,

A Lidia [quien tuvo que soportar tantos duelos y traiciones], Carolina Pezoa [conducir hacia lo estrecho] Gonzalo Muñoz [las palabras], Álvaro Gutiérrez, Sebastián Herrera, Gastón Biotti, Fedra Cuestas [las palabras de viaje], Francisca Muñoz y Valentina Sáez [los viajes que vendrán], Andrés Azúa y Cristobal Gómez [los primeros en leer], y Leyla Ramírez [la atención-confianza que me permite vivir esta herida de forma distinta].











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