jueves, 30 de agosto de 2012

7640.- MATÍAS MOSCARDI




MATÍAS MOSCARDI
Mar del Plata, ARGENTINA 1983
Es profesor en Letras por la UNMdP y becario del Conicet, con un proyecto doctoral sobre editoriales independientes de poesía argentina en la década de los noventa. Publicó Los círculos del agua (Dársena3, 2006), Pluvia (Vox, 2007), Historia clínica (Municipalidad de General Pueyrredón, 2008), Una, dos comadrejas (Vox, 2010) y Los sapos (Sacate el saquito, 2011). Además, publicó traducciones de William Carlos Williams y T. S. Eliot. Administra el blog de traducciones de poesía metradujounamosca, en blogspot, y organiza anualmente el “Festival de Poesía, de Acá”, en la ciudad de Mar del Plata.


el ansia/

de algo que oh se corta
cuando se desplaza a
y produce el corte se
sin estar de ser habría
que sonido se tornó
que cortarse acaba de
como electro que sonaba
del tamaño una termita
ese algo desplazado
como fuga una de gas
como qué sonaba cómo
que si oh era nada cómo
de cortarse después qué
significa algo preciso:





el ansia/

de una mosquita que yace arriba de la mesa
entre migas de tostadas de cuantioso desayuno
la mosquita está triste ¿qué tendrá la mosquita?
qué triste ni triste la mosquita está muerta
¿y por qué todavía le palpitan las patas?
qué pregunta Rubén, no palpitan un choto
es el ansia el ala que acalambra un reflejo
del olímpico cisne que arranca sus plumas
y le sangran las yemas del que toca la lira
de centauros drogados que flashean misterios
hasta que de una pasada se barren las migas
de la muerta mosquita sepultura es la mano
de migajas la tierra que ahora cubre su tumba
y asomando sus patas se revela triunfante:






el ansia/

del que arregla con oficio las persianas
que ayer vino a desarmar el taparrollo
y contó que hace tiempo recordaba
desarmar y de pronto un taparrollo
encontrar un murciélago durmiente
y del asco antes de que despertara
engraparlo en arrebato abominado
y otra vez el taparrollo a los apuros
coloqué con las manos temblorosas
y una alita de los nervios para afuera
me quedó y yo de nuevo no lo abría
y el señor que arregla las persianas 
su trabajo se cobró con disimulo
y dejó en el decorado de la pieza
negra el ala de la bestia que batía
qué ocurrió después es otra larga historia
pero ésta tiene inquietante moraleja
ya que todo taparrollo es el albergue
del roedor horrendo conocido como:







HISTORIA CLÍNICA

La leche que no hierve ingresa en el sistema de su lengua
y produce la inflamación de las papilas gustativas.
La superficie húmeda y asalmonada queda llena
de pequeñas ampollas rojas que se adensan en la punta,
lo que conduce a pensar que en su lengua,
la leche que no hierve es una técnica precisa
de diseño.






En el momento
de rascarse
la cabeza
con las uñas
confundirá
el sonido
con el aleteo
de esa polilla.






Anexo al silencio:
la quietud
o la parálisis.
Su cuerpo es
el sonido
que produce.






Mucho bla blá.
No pasa naranja.
El sol como iris
bajo el cielo tuerto
de diciembre.






Una radiografía de su muela que pagó la obra social
y que ahora expone debajo y a contraluz,
logrando, en la primera posición, un asémico plástico negro,
y en la segunda, una imagen de dientes alineados,
menos el último que aflora como torcido,
haciendo palanca.






La muela de juicio
lastima  la encía,
juntura la carne,
empuja los dientes.
Busca un lugar
en su boca.


Historia clínica es un libro de poesía que obtuvo el Premio 
Municipal de Literatura Osvaldo Soriano. Mar del Plata 2006.






POEMAS DEL LIBRO “LOS CÍRCULOS DEL AGUA”



El color de la noche power metal en el espacio cóncavo que abre el vidrio. En el espacio cóncavo que abre el vidrio cuando la luz proviene de adentro, no de afuera. Una imagen que llega desde pero sale hacia (defecto visual). Nubes plomizas como las cañerías de un edificio costero. El flujo del agua corriendo por el óxido. Por el óxido hasta el pico de la canilla. De la canilla hasta la boca. Una araña del tamaño de un punto y coma trepa por los números del calendario. Se cae y trepa / Se cae y trepa / Se cae. El clima afecta la percepción del volumen. Subir la tele para dejar de escuchar lo que pasa afuera. Bajar la persiana para estar seguro de estar. De estar adentro.





La programación televisiva marca el movimiento de los astros. En un quiz show, un hámster le lleva las preguntas al conductor del programa en un Porche automático de juguete. Es una forma de decir que es tarde. Las películas basadas en hechos reales no lo dejan dormir. Sigue el camino amarillo, pero no comas la nieve amarilla. Como la tele no tiene control remoto, hace zapping con los párpados. 180 canales con la misma imagen: un roedor manejando un auto fino en miniatura. Sigue el camino amarillo, pero no comas la nieve amarilla. En el programa, un participante explica que la actividad onírica tiene lugar en el hemisferio derecho del cerebro, y la lectura en el izquierdo. Por eso, dice, no podemos soñar con frases. Sigue el camino amarillo, pero no comas la nieve.





Una revista de crucigramas en la heladera con la cara de Arnaldo André. Sobre la revista, la manzana verde con lamparones amarillos (manchas de nacimiento) no llega a tapar el rostro del galán. Girar el cabito de la manzana repitiendo el ABC (Cada giro completo equivale a una letra). Cuando el cabito cede a la presión concéntrica y es extirpado de la manzana madre, entonces significa la inicial de una persona que piensa en vos. Pero como el viejo Eddie arranca los cabitos de un saque, la letra es siempre la A de Arnaldo, que mira el acontecer del mordisco desde la heladera beige. Así, con la manzana en la mano y la heladera todavía abierta, el viejo Eddie mueve la perilla del Philco para lograr la nitidez de un canal codificado.





El Surfer Rosa espera la tanda para entrar al agua. Es la mañana y las cosas están heladas (no es necesario tocarlas para saberlo). El sol brilla y los pájaros heavy metal cantan. En los videos de surf, los chicos rubios entran en los tubos, salen de los tubos, giran, cortan las olas para abajo, cortan las olas para arriba, y saltan por el aire, para caer del otro lado y esperar la siguiente serie. En La Flecha las cosas son distintas. Los bodyboarders no pueden deslizarse a través de las olas conquistadas por los jóvenes surfers. Los jóvenes surfers no pueden interferir en el camino fluvial de los surfers viejos. Los surfers viejos no pueden, pero igual te cortan con la quilla si no te metés bien abajo del agua, lo más abajo que puedas. Y de vez en cuando aparece algún lobo marino. No hacen nada, pero dan miedo. La piel del Surfer Rosa parece mexicana. Helada su mente, que nada y filtra a contrapelo la espuma verdosa, y su madera se pierde sola entre las olas pequeñas.





Pensaba que las manchas que vemos sobre el mar los días de sol eran focos de contaminación, alteraciones de la pureza verdosa de la arena, el agua y la sal. Alguien le explicó que esas manchas son la sombra de las nubes y eso cambió todo. Ahora tiene más playas para visitar y dentro de las playas, más espacio en el agua para esperar una ola. Pero si flota sobre los círculos negros, mira hacia arriba y ve que ninguna nube está tapando el sol, entonces apura su madera hasta alguna parte turquesa y clara como en las películas tropicales; después se incorpora y respira tranquilo: es una tortuga de mar. 





Oh, el Baterista Grunge sería un santo entre el cromo, pero se le ven las manos. El círculo dorado de luz sobre su cabeza no es la aureola iconográfica, sino el crash de 16 pulgadas que siempre apalea en el segundo verso, cuando se ejecuta el mismo compás, pero con distorsión. Todos esos platillos y el laqueado negro hacen de la batería un objeto marcial, y del Baterista Grunge un luchador de aikido, o un murciélago blanco encorvado sobre parches blancos de aros plateados. Sus movimientos lentos y fuertísimos demuestran que toda violencia tiene un orden. Después del ensayo, el Baterista Grunge necesita dos duchas, porque si el grunge está muerto, los pibes de la banda también, y los muertos no huelen bien. Le habían explicado, hace tiempo, que los músculos de las muñecas y de los dedos tienen una resistencia invariable, pero el Baterista Grunge toca con los hombros mientras sacude el cuello; y eso, eso produce inflamación. 





La perturbación pasada de comer la comida de su madre y acordarse de su abuela muerta. Por eso, después del ensayo, el Baterista Grunge es un sauce perfumado con el sudor de un chaparrón de verano. Siente cada uno de los cuerpos de la batería (tacho / ton / bombo / chancha) como lunas transparentes de gel. Sus baquetas son relámpagos que impactan hincando cráteres sobre los parches, que ahora son tortillas pegadas en el fondo de una sartén con bordes plateados.





Mueve los labios pero no dice nada. Quadrophenia mea el pasto en una pose 
de hip-hop. En la plaza, un chico juega a ser el hijo de un desconocido. Tiene un reloj de Mickey. Mickey viste unos guantes blancos, como de ladrón, y sonríe. Sus brazos son las agujas que marcan la hora. (Padre voló a través del océano y esto fue lo único que trajo). (Madre: ¿debo construir una pared?). Todos hablamos con los perros. Quadrophenia se incorpora y raspa el pasto con las cuatro patas: parece Michael Jackson cuando hace que camina, deslizándose hacia atrás. 






Un botón rojo diagnóstico. El ascensor que nunca estuvo no tiene por qué estar. Las escaleras en forma de caracol o espiral sí. Aprieta el botón. (El color rojo desaparece y queda el plástico, como una pupila dilatada por la luz amarilla de bajo consumo que promete apagarse en medio minuto). El edificio costero queda cerca del asilo Unzué, un lugar que sólo entienden los fotógrafos. Abajo: La flecha, una playa comida por el mar. Todo lo que tenga forma de círculo es curativo: apretar el botón rojo; entrar antes de que se apague la luz; sacar las cosas de la bolsa; lavar las frutas en la ducha. 






El gusto a pileta de la fruta. El agua girando por el círculo negro de la cañería. (Nunca desaparece por completo). “Agua dulce, agua salada, por agua viene, por agua se va” es una forma de decir que Julio Iglesias no conoce Mar del Plata, y si la conoce nunca visitó Obras Sanitarias. Restos de agua en forma de círculos irregulares y transparentes sobre la cerámica del baño. La transparencia se vuelve pornográfica si miramos a trasluz: diminutas partículas como caspa flotando en el vacío. Comer lo que se mueve de la fruta. Tomar lo que flota en el agua. 






2000 gusanos viviendo 14 años debajo de la piel pueden hacer que los pies fashion 
de Cenicienta se vean como las patas de un elefante asiático. En el canal en donde estaba el Discovery Channel sintoniza un programa de cocina. Alguien prepara un postre en blanco y negro mientras explica que todo lo que comemos forma parte de nosotros.






Las olas vencen como un yogurt y en el mutismo de la caída puede escuchar la perseverancia. Entonces recuerda, por un segundo, esa película de surf en donde el frío y la voluntad eran suficientes para erguirse como un conejo azul, como un zorro de piedra sobre el agua. Oh, Shigeru: ¿Qué dirías de la foto pegada a la tabla que flota para siempre en un desierto líquido? ¿Podés escucharme ahora? ¿En qué escena del mar se encuentra tu cuerpo? ¿O es el mar?






El agua lacrimógena del mar. Una mirada sumergida a la fuerza por falta de equilibrio no puede percibir otra cosa que manchas color acelga (cruda). La razón en una escala cromática. Donde el verde coagula sólo respiran los peces. Donde el verde aclara: el cuadro de la orilla enmarcado por las piedras de la escollera, visto desde lo hondo. El Surfer Rosa y su tabla, juntos, flotan al ritmo de una ondulación.






Para ejecutar un ritmo, primero deberás cantarlo con la boca. Luego recordarás.
(Memoria sincopada). El tiempo perfecto se conjuga a los golpes. Podrás hacer lo que desees, pero deberás saber dónde está Tierra (un batero nunca mata a su Padre). Tres leyes respetarás, menos la cuarta: marcar el tiempo / llevar el tiempo / caer a tiempo / perder el ritmo.






El Baterista Grunge machaca el círculo negro. La química no se aplica al ritmo: 
en el momento del groove la madera es un cuerpo conductor. Ganar fuerza es perder precisión, volverse inestable: es la definición de la música, según el Baterista Grunge. (Sólo lo directo es poderoso). Ahora los buenos discos no existen porque todo está exactamente mal. Entonces: ¿cómo hizo el hombre para llegar a la luna, a su lado oscuro? Las multinacionales advierten a los padres sobre las líricas explícitas, pero en ninguna tapa dice “Frágil”. “En nuestro disco –comenta el Baterista Grunge a su banda– vamos a imprimir esa palabra con mayúsculas”.






Si es verano en la tele, entonces es verano. Apoyar un dedo sobre el vidrio para medir la temperatura. Nunca es necesario levantar del todo la persiana. Lo necesario es encorvar la mirada con la espalda, hacia la terraza. Un caracol encima de una paloma (diapositiva fija). Caminar en silencio. Cuando todo sonido se vuelve delictivo. Encontrar en los puntos de un pullover, como enhebrado, un pelo de hace tres años. Dormir con la cabeza en la heladera. 






El cráneo es lo primero que se hunde en la espuma. El dolor en la cabeza depende de la temperatura del agua. A eso se le llama “filtrar” una ola. Hoy el mar está planchado como una camisa hawaiana. No hay surfers en la costa. Es una manera de decir. Porque el Surfer Rosa prepara su madera y se desliza por la superficie. Parece una tijera cortando cartón corrugado. No corre las olas: esquiva lentamente las líneas de los pescadores. Así, mientras navega, imagina que el mar se vuelve, por un segundo, transparente. Entonces, puede ver la distancia que existe entre su tabla y el fondo.






Un policía con un pollo en una bolsa de plástico semitransparente sube al colectivo sin pagar boleto. Es gordo, y el chaleco antibalas lo hace más gordo. “Tan gordo como el gordo Gastón Leandro”, piensa el Baterista Grunge. Durante diez cuadras sube gente. Durante diez cuadras baja gente. Durante diez cuadras ni sube ni baja nadie. El colectivero compra 1/2 kilo de pelones en un semáforo. “¿Cuándo decidió el policía ser policía? / Si el policía supiera que tengo una remera con la A de Anarquía abajo del buzo ¿me pegaría con el pollo?”. El camino hasta la periferia Unzué es largo. Dentro del colectivo toda acción es un hobby nervioso. “¿Por qué un policía y un baterista bajan en la misma parada?”. Podría ser un buen problema de matemáticas. 






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