domingo, 26 de agosto de 2012

7574.- CECILIA MOSCOVICH



CECILIA MOSCOVICH
Nació en 1978 en Santa Fe, ARGENTINA donde vive.
Estudió Historia y actualmente es profesora en la escuela secundaria; además trabaja en promoción de la lectura en proyectos del estado y de organizaciones no gubernamentales.

Coordinó talleres de lectura y escritura en el Pabellón Juvenil de la cárcel de Santa Fe. Publicó una serie de poemas on line en la revista Plebella (2009) y un libro, La manguera (Editorial Diatriba, 2010). También escribe para chicos.



En el río con mi padre

Este instante
este frágil instante
como la huella de un pie mojado en la piedra caliente
resplandece tenue y firme
entre todos los demás.

El río fluye lento
los perros brillan contra el pasto
al atardecer.
El aire es un globo caliente
que se llena de sonidos.

Yo me siento a la orilla
y estoy en calma
y casi casi puedo tocar el tiempo
este instante
tibio y tenue
resplandeciendo para siempre entre todos los demás. 




La manguera

Me compré una manguera
con que regar mis plantas.
Sucede que ahora
tengo un patio inmenso.
Un patio inmenso, sí
para mí sola.
Hay un níspero, un naranjo,
malvones, jazmín del Paraguay
taco de reina.
Hay muchísimas palomas y colibríes,
un sol redondo que cuelga del cielo,
justo arriba de mi patio.
Hay una santa rita
que enciende llamaradas
los días de sol
y los días de lluvia
me susurra que estoy sola.
No hay ningún perro
y ningún novio entra tampoco por aquí.
Entran los amigos
y sobre todo mis libros
y mis pensamientos.

En el patio para el cual compré la manguera
corren sombras de otros tiempos.
Son sombras ajenas
(puesto que esta casa antes no era mía)
que se escabullen un poco
cuando llego
(como un gato blanco que resbala
hacia el fondo
cada vez que abro la puerta).

En mi inmenso patio
inmenso como el mundo
o al menos como mi cráneo
canta siempre un benteveo
Bicho Feo me llama
y a lo mejor tiene razón.

En el fondo crecen
aloes,
burrito,
menta,
tomates.
Siempre surge una ignota planta
que sembró el viento
y por la cual yo acudo a consultarle
a algún amigo
más sabio en jardines.

En el fondo crece
también
extrañamente
mi infancia.
Porque los fondos frescos han sido hechos
para los niños
y su asombro.
Y los bichos bolita,
qué duda cabe,
para levantar una piedra
y descubrirlos,
prehistóricos y con olor a humus.

Mi manguera es larga.
Quería una transparente
para espiar a las burbujas
pero sólo conseguí una opaca,
común,
de esas a rayas que existen iguales
desde que empecé a ser niña
hace 30 años.
Es larga porque el patio es profundo.
Tengo que cambiarla de canilla
para que llegue.
Con una canilla riego la parte de adelante
y cuando termino,
cuando acabo ese momento de humedades
y olores antiguos
(olores a madre,
a Santa Fe,
olores a sonidos perdidos hace rato)
cuando termino esa parte,
digo,
paso a la otra
y sigo
con la voluptuosa,
sencilla,
espléndida tarea
de regar las plantas;
maravilla olvidada luego de tantos años
de patio de cemento
y plantas escuálidas en macetas descascaradas.






La pileta

La casa está sola en medio del campo
-una luz inmóvil en la negrura- 
Nosotros juntábamos luciérnagas para hacer una lámpara
hoy junto recuerdos
con los que atravieso una tarde
en la que soy una herida.

La casa está alta sobre una loma
y tiene una respiración vieja y cansada
apenas si puedo acordarme de sus habitaciones
¡es que pasó tanto tiempo!
la vida recién empezaba
y mi memoria aún no sabía
cómo guardar las cosas.

Los espejos estaban nublados
y los grifos chirriaban.
de ellos salía un agua
que venía del pasado
(fresca, oscura, con olor a pozo).
En las canillas venían naufragando
pequeñas ranitas
que yo adhería a las paredes
pálidas de la ducha.

Los techos eran altos e inalcanzables
como el futuro
la cocina era triste y mal iluminada
las camas tenían barrotes de hierro
y colchones con resortes
de esos que se destripan
y juntan insectos.

Había además, 
sobre todo,
una pileta, 
cavada justo en el corazón de la pampa
y un día esa pileta estuvo vacía
y una niña se cayó en ella
y se desvaneció.

Despertó adentro de la casa vieja
junto a su madre que la esperaba en cuclillas
en la penumbra de la siesta.
Yo no sé adónde se fue esa niña cuando se desvaneció
pero siento ahora
que en el fondo de esa pileta
se quedó durmiendo el tiempo
que  esa pileta es el pasado
en esa pileta
aún tiembla mi infancia
y nadie, pero nadie,
se ha muerto.






Blanco

Suave ventana al atardecer
agua de arroz
sal, ceniza, calma.
Patio blanco, 
la tarde es tan hermosa, 
me acompaña
y no lo sabe.
Escribo en su luz enigmática
su luz distinta.
Todo, todo, tiene otra alma.                      
Mi corazón es grande, 
en él cabe el mundo.




Los elegidos

Yo los veo pasar
van como si nada
como si el amor no fuera
un objeto raro.

Tomados de la mano
acomodándose acaso
el pelo
como si se tratara de
comer, despertarse,
haber nacido.





Mi ciudad desde el río

Mi ciudad desde el río es otra
se llega a ella lentamente
y uno la sorprende
jugando a las sombras chinas
con la luz declinante de la tarde.

Mi ciudad desde el río
me habla de mí
me dice que soy dichosa
y que el mundo es grande
y de agua.


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