domingo, 8 de julio de 2012

7228.- NORAH LANGE





Norah Lange (nació el 23 de octubre de 1905 en Buenos Aires; murió el 4 de agosto de 1972 en Buenos Aires) fue una narradora y poetisa argentina de vanguardia, vinculada primero al Grupo Martín Fierro, especialmente con Jorge Luis Borges y luego al Grupo Proa de Leopoldo Marechal. Destacada por haber roto en Argentina el canon de que las mujeres no debían escribir prosa.

Llamativa por su condición de pelirroja, se destacaba por su audacia para irrumpir en ámbitos hasta entonces reservados a los varones.
Se le supone un amor juvenil con Jorge Luis Borges, quien prologó su primer libro La calle de la tarde (1925). Publicó las novelas Voz de vida (1927), 45 días y 30 marineros (1933), Personas en la sala (1950) y Los dos retratos (1956).
En 1937 escribió su libro en prosa Cuadernos de Infancia, que mereció el primer Premio Municipal y segundo Premio Nacional de Literatura, y en 1944 escribió Antes que muera, un libro de memorias, continuación de aquel.
En 1943 se casó con el escritor argentino Oliverio Girondo.
En 1958 recibió el Gran Premio de Honor y Medalla de Oro otorgado por la Sociedad Argentina de Escritores (SADE).
Al momento de morir, en 1972 estaba escribiendo la novela El cuarto de vidrio.
Leonor Silvestri describe del siguiente modo la escritura de Norah Lange:
Su literatura logra reacomodar la realidad en constelaciones personales, ritualizar lo insignificante (“Sólo acudió el salero que conocía desde mi niñez, la canilla reluciente donde mi cara se repetía boca abajo, el vidrio roto de una ventana que, durante las noches de viento, repetía una palabra parecida al comienzo de una frase misteriosa”), casas y recuerdos que dan cuenta de la necesidad de poner orden (“No me dejes sola frente a los ceniceros, a la mesa, a los libros abiertos, al ajedrez en su estuche, porque todo está allí esperando tu ausencia para vigilar mi asombro”), dar vida propia al lenguaje e incorporar sin tabúes o inútiles dramatismos la muerte y apropiársela desde esa dimensión íntima, nunca vista como una conmoción inaceptable sino como un detalle trascendente de la condición humana que permite reflexionar –tanto a sus narradoras como a sus lectores– acerca de la privacidad.2

Obra

Poesía

La calle de la tarde (1925), con prólogo de Jorge Luis Borges
Los días y las noches (1926)
El rumbo de la rosa (1930)

Prosa

Voz de la vida (1927), novela
45 días y 30 marineros (1933), novela
Cuadernos de infancia (1937), memorias.
Discursos (1942)
Antes que mueran (1944), memorias
Personas en la sala (1950), novela
Los dos retratos (1956), novela
Estimados congéneres (1968), discursos
Obras completa, en dos tomos, Rosario (Argentina): Beatriz Viterbo, 2006.






Tarde a solas

Vacía la casa donde tantas veces
las palabras incendiaron los rincones.

La noche se anticipa
en el piano mudo
que nadie toca.

Voy a solas desde un recuerdo a otro
abriendo las ventanas
para que tu nombre pueble
la misera quietud de esta tarde a solas.

Ya nadie inmoviliza las horas largas y cerradas
a toda dicha mía.

Y tu recuerdo es otra casa
              grande y quieta
por donde yo tropiezo sola.

Y mis latidos forman una hilera de pisadas
que van desde su puerta hacia el olvido.





Amanecer

En el corazón de cada árbol
se ha estremecido la medianoche.

La noche se desmenuza
en lenta procesión de niebla.

Todas las tardes terminan su cansancio.

Los letreros luminosos duermen
el asombro de sus colores
y anticipan la contemplación de cada pobre.

En toda esquina vigila el sueño
y es tu recuerdo la única pena
que humilla la altivez1 de las aceras.

Lejos, el primer mendigo,
traiciona el portal donde ha dormido.

Y la ciudad se abre como una carta






El Sol Se Había Caído

El sol se había caído
con las alas rotas
sobre un Poniente.
Tus ojos se llenaron de crepúsculos pálidos.

Vino el vacío eterno de tu presencia
y todas mis horas se llenaron
de distancias.

Tus lágrimas se deslizan
por la pendiente de un recuerdo.
El rosario de tus besos
de tus huellas
aguarda tus pasos.
Vuelve.
Acaso en tu ventana
un verso mío se desangra.






En El Camino

En el camino hay un silencio de palabra imposible
La tarde reza en ermita de fuego
Sobre el despoblado
hacen penitencia las sombras
Las estrellas columpian la escalera
por donde bajarán los ángeles a la tierra
Mi vida se desangra gota a gota.

La tarde es una sola lágrima clara
Cada sombra es un latido que nos besa
Cerca, más cerca
el corazón de la noche.

El silencio doblega los instantes
Cada hoja es una palabra más
que dice la primavera este año
Para perpetuar la emoción
cerró la noche la palabra que nacía.






En Nuestros Labios 

En nuestros labios quisieron enarbolarse
como ponientes los gritos.
Luego, los horizontes se romperán como
cuerdas y mi corazón vendrá a mí de nuevo.
Mi corazón ¡tantas veces ido!






La Emoción

La emoción tira de nuestras almas.
El corazón se nos abre
para amar mejor.
Sentimos todo el cielo
latiendo en nuestras manos.
Una llovizna de recuerdo
humedece mi alma.
¡Es tan dulce
sentirse morir por dentro
poco a poco!





ANTES QUE MUERAN 

De noche podría contarte muchas cosas, muchas cosas que sólo es posible contar durante la noche.
Podría decirte, por ejemplo, que cierta vez cerré la ventana y sentí que algo permaneció encerrado dentro del cuarto. Abrí la ventana, pero no quiso salir; tal vez no pudo salir. La cerré; volví a abrirla de par en par. Fue inútil. Todo seguía igual. No quería salir. Se quedaba adentro, sin moverse.
Entonces -había transcurrido mucho tiempo- cerré la ventana, impacientemente, sin ninguna benevolencia, con esa crueldad transitoria e incomprensible, pero muy verdadera, que suele sobrevenir cuando nada nos vigila.
Y eso que encerré adentro se pasó toda la noche mirándome.




La Calle de la Tarde 

Una nañanita azul
                      el sol cayó en mis manos.
Los rayos se pasearon por los caminos de
                                          mis brazos.
El beso de oro
               hizo sangrar mis dedos.
todo el cristal se rompió de llanto
y el camino
             largo como un siglo
                               formó otro horizonte.

         





Tus pupilas como pájaros sin alas
  abarcan la  mañana.
La ciudad hunde su grito
            tras un sufrimiento de luz. 
Medio día de sol y de organitos.
El dolor se adhiere a las rejas
   con un vago temblor de enredadera.
Una ausencia de limosna
                                  sobre la mano fría.
La calle se acoge a los árboles.
El umbral de mi casa
            traduce sus penas
                         con un rosario de pasos.
Mi corazón se abre a la tarde.
La tarde se oculta tras las rejas.
                     como una mano hospitalaria.






Ciudad

La vía se extiende
  inmóvil como un recuerdo
sobre la tristeza muda de las calles.
La ciudad deletrea su vida
                        con un grito de acero.
El bullicio se da
               a las ventanas abiertas
                                como un éxtasis.
El poniente no mira a las ciudades.
La calle está sembrada
                     de horizontes metálicos.
La obscuridad
           anida en los hilos
                  y todo el atardecer
                            hunde su pena
                                          en el vacío.






Los Días y Las Noches 

Tango

Tango con la hondura trágica
que enlutece a las esquinas solitarias.

En las horas que engarza el silencio
tu rezo de arrabal es como una tarde
enaltecida con fiereza de puñales.

Te escuchamos bajo el agobio de una pena
que quiere ser esperanza.

Pero la congoja abre sus recuerdos
y la noche es la tristeza del mendigo,
   y es el abrazo que ciñe a las calles sin cielo.

Lentamente, se aniquila la espera,
y prefieres callar, atardeciendo, así,
las caricias que procuran unas manos.

Tango que  vienes como un sosiego,
Desde su corazón al mío!



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