viernes, 22 de junio de 2012

7122.- EDGARDO INGINIO RODRÍGUEZ FONSECA

EDGARDO INGINIO RODRÍGUEZ FONSECA

San Ramón, Cuba, el 24 de abril de 1969. Poeta y narrador, Ha recibido premios, menciones y reconocimientos en varios concursos. Ha publicado en Tabloides, Revistas de Cuba y el extranjero. En el año 2007 publicó “El Hombre Obscuro” por Ediciones Bayamo. Actualmente labora como Director de la revista cultural Ventana Sur. 

I

atardecía
el polvo era un perro callejero
dueño de cada curva del camino
mis pasos –madre-
que habían vuelto de una lejanía 
-algunos meses,  años quizás-
no eran huecos
ni huidizos
solo alegres
visitadores
inconformes

atardece madre
el viento como serpiente pacífica
bate sobre las cruces y las lápidas 
halla banderas en el mangle
el macío
los pinos
en mis pensamientos
que escurren los años
las tristezas
las alegrías

porque el tiempo ha pasado madre
no son los lejanos 1942 ó 1969
no es ni siquiera el 16 de enero
hace dos años y unos meses
ahora el tiempo es una melodía inescuchable
que adormece vanamente
una condena que se cumple a ciegas
y sin saber

el pueblo- san ramón-
se hunde entre las piedras y el mar
sus casas pierden pies y huellas
sus antiguos esqueletos no poseen luz
devoran a sus moradores
los conducen a los pocos rincones que quedan
con vida inmaculada
con el trinar de los dedos
apenas despierto

atardece
rezo padres nuestros
ave marías
enciendo una vela que despide
una añosa complacencia
y me asalta la ingenuidad
tus ojos pequeños ante la visión
de los hombres y la existencia en sí
tus ideas sobre sus ideas
sus ideas sobre tus ideas

atardece madre
el viento es una paz continua desde la playa
la muerte una presencia
que halla forma en los contornos
leo nombres
fechas
un escozor simultáneo irrumpe
al lado izquierdo
al derecho
en realidad apenas existe el movimiento en mi interior
estallo

atardecía
la vela cada vez más se agigantaba
flameaba el arco   la flecha  la lanza
las siluetas y las sombras
se desnudaban en vibraciones
que captaban todos mis sentidos

atardece madre
por el camino los hombres se llenan de perros
fluyen de una habitación a otra
de un rincón pasado unos años
a otro pasado unos segundos
yo sentado
con pies blancos
sobre mis abuelos-todo el árbol-
frente a ti

es noche oscura y el tiempo es denso
la luz es una enorme danza
un universo visible y diminuto
relampagueante en la lejanía
mis pasos  -madre-
entonan el son de la muerte
de la vida



II

mi abuelo y yo en nuestras mecedoras
después de los suculentos almuerzos
en los años ochenta
respirábamos estabilidad marinera
y sociego 
debajo del árbol de anón

para aquel entonces
mi abuelo que llevaba en sus manos
un ingenio de años
ya no pensaba en casi nada
solía placidamente dormitar
yo que aprenas abría los ojos
mis manitas limpias
sañaba melodías para el verso
con un impulso que aún me electriza
pero tampoco pensaba en nada

allí nos acontecía las primeras horas de la tarde
a la sombra del árbol de anón
frente a nuestra casa
hasta allí llegaban el lejano rumor
de las espumosas olas del mar
el ritmo de una ranchera mexicana
el dulce olor del serrano café
un adiós lanzado por cualquier transeúnte
la mirada de mi abuela
desde la ventana de siempre
en donde se sentaba enferma y pensativa

allí todavía existimos mis abuelos y yo
mis abuelos hace mucho tiempo ya no piensan
primero fue mi abuela quien dejó de pensar
después mi abuelo quiso dejar de mecerse
y pensar
no quiso más el sosiego de aquella siesta
y allí también estoy yo
aunque lejano
y cada vez pensando más
en la mecedora que se ha agigantado
en el árbol de anón que ya no existe
y en su eterna sombra marinera en mis espaldas

a la casa le duelen las vértebras



III

tendría una edad aproximada
de mil quinientos días
cuando así en mis manos
aquel trozo de caña seca
lancé la pelota al aire y la golpee

la pelota blanca como la masa de coco
serpenteó entre las yerbas
y llegó hasta el rincón del lirio
y aquellas rojas campanillas
en las cuales yo libaba un azúcar
nunca después saboreado

no tenía lugar en el rincón 
por donde escaparse la pelota
sin embargo
revisé  peiné  limpié
entre los lirios y las rojas campanillas
y la pelota nunca apareció

es inexplicable
aún me laten los temores
me duele la pérdida
y como si el tiempo
todo lo fuera coloreando de gris
el cansancio me hace despedir
a la pelota para siempre
abrir el portón del patio
y encaminarme al portal de la casa

es tarde meridiana
naturalmente no me dejan alejarme en solitario
me siento en el piso espalda contra la pared
y miro hacia la calle
allá la vida es copiosa en movimiento
y llena de caminos inescrutables
quizás algún día los conozca
quizás algún día sea dueño
de todos los espacios del más allá
y la cerca de la casa no sea el fin del mundo
donde muy a pesar
pueda ver el desorden infinito
de otras blancas pelotas
que se despiden para siempre 

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