jueves, 31 de mayo de 2012

6934.- PABLO INGBERG



Pablo Ingberg (Dolores, ARGENTINA 1960)
Pablo Ingberg es Licenciado en Letras (UBA). Publicó cinco libros de poesía (el último es Nadie atiende los llamados, 2010), una novela (Diario de un misógino, 1999). Tiene una obra teatral estrenada: Todos los caminos conducen a Roma (comedia con un intervalo), escrita en colaboración, estrenada en 1984. Entre los autores que tradujo se cuentan Safo, Sófocles, Aristófanes, Virgilio, Shakespeare (mitad de las Obras completas publicadas por la editorial Losada, cuya publicación estuvo a su cuidado), Whitman, Stevenson, Poe, Conrad, Melville, Joyce, Fitzgerald y Virginia Woolf.






La vía dolorosa

Un pasillo en penumbra
luz al final quién sabe
vista o imaginada
deseada sin duda
ventanas a los lados
tapiadas de postigos
luz afuera quién sabe
luz adentro con duda

el guante se da vuelta
el pasillo de vuelta

no se sabe otra forma






La luz al otro lado

Una lámpara rompe al encenderse
el agujero negro de la noche

musgos y briznas de hierba indescifrable
con visos de llegar a ser monstruosas
asoman de la grieta al otro lado
de la cual se sospechan desfondados sin nombre


Nadie atiende los llamados, Ediciones Cada Tanto, Buenos Aires, 2010







Camino a Damasco, Sudamericana, Buenos Aires, 1995


On Margate Sands
desertum in sola miserum se cernat harena

Nunca había entrado al cementerio de mi pueblo.
Una pared blanca en el confín del caserío, y más allá
un presentimiento indescriptible en donde nace el Aqueronte.
Volver a lo que fuimos. Otra forma de destierro
de la que volveremos raramente como fuimos.
Volver al mismo tiempo a lo que habremos de ser,
como nacer tres veces en un día.

Tal vez Circe
tejió nuestros destinos con cenizas y,
mientras volaban al viento, atravesamos el arco de triunfo
de los que triunfaron para siempre y allí están
para que las flores los festejen. Detrás del muro blanco,
a cada paso descubriéndonos, sacrificamos a los poetas
metafísicos,
a la hora violeta, unas palabras de asombro
más aladas que los pájaros, y jugando a Tiresias me dijiste
que si yo cruzaba el mar y te encontraba en la isla
podría ser exciting. Itaca es el lugar
al que todos quisiéramos volver
para ver finalmente que después de veinte años
ya no somos los mismos. What does it mean?,
preguntó el ignoto Odiseo, cuya astucia fracasaba
ante el brillo volátil de Afrodita
que se tendía contra el atardecer. Literalmente
“excitante”, no confíes en la traducción,
dijo el augur cuando izabas las velas
para enfrentar el horizonte.
A quien ha sido engendrado en la llanura
se le escurre el pensamiento entre los pelos
como viento por sobre las espigas, siempre
paralelo a la tierra. La proa, escribió,
apunta hacia Itaca, pero el viento
no es aún favorable. Tierra. Una ignota campiña
donde encontrarse con el sueño, y una túnica blanca
que te trae a la vigilia. ¡Tierra! ¡¡Tierra!!,
Rodrigo de Triana decía, cuando en el confín
del sueño apareciste. Después de haber andado tantas tierras,
eras la arena aún tibia de la playa
cuando el sol nos abandona y el frío comienza a amenazarnos.
Exhausto, recostóse Odiseo en el sueño de la realidad
y empezó a escuchar palabras alejadas
de su boca ya por el cansancio. Y buscando él en el aire
la respuesta que el aire persiste en negarnos,
dijo Penny: a penny for your thoughts.
Y las palabras aquellas se mezclaban
con el chillido de las gaviotas, y en adagio
ascendían con los ecos del órgano
hacia la cúpula de la Catedral de Canterbury,
y resonaban tenuemente en los vitrales,
adormecidos por la noche que caía,
y no podía levantarme, y al salir
quise abrazarla tres veces y otras tantas
se esfumó como la sombra de mi madre
diciéndome en las puertas de la tumba:
“esta es la ley de los mortales mientras viven,
se abrazan a un sueño creyendo que es su esposa
y no pueden reconocerlo al despertarse”.


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En un grano de arena puede haber una montaña,
y en un puñado de montañas una Itaca. Sin embargo,
si crees, ignoto, haber llegado,
vuelve a tu tierra y a la casa de tu madre
y comienza a remar, mientras ella desteje
la arena en que creíste
nacer tres veces a un tiempo.


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¡Proverbios! Se te adhieren a la suela
como aquellas arenas de Margate
donde dejamos nuestras huellas
que una ola, implacable, habrá borrado,
mientras nos íbamos, abandonando, a cada paso,
unos granos de la arena que supimos conseguir.

A Penny for my thoughts, después de todo, wasn’t cheap at all.








Paraísos artificiales

Ola decías como el mar, y lo cierto es que el mar
era turbio y brillante hasta el horizonte
bajo un sol dorado glasé con rayos perfectos.
Sobre ese celofán caminamos en el set
abrazados, con brisa de ventiladores,
y el aire era puro, acondicionado,
y el ruido de las olas alisaba tu vestido
de encaje de Bruselas, como saben hacerlo allá
en otro tiempo o país

donde todo existía
y entre las bestias del fondo del mar
que emergían a la noche (porque es de noche)
el marinero que miraba por la borda
se veía reflejado.







Confessio

Y sin embargo respiré. De nuevo.
No pude soportarlo: respiré
y en cada exhalación me abandonabas
como el agua invisible de los sueños
a aquél que se despierta hecho sudor.
Y el techo, pendiendo ante los ojos
desdibujado por la sombra tenue
y amenazante de la madrugada.
¿Tedio? No le darías ese nombre
cuando acecha en silencio desde arriba
dispuesto al eco, a repetir incluso
hasta el más ínfimo quejido, sí,
pero no más, como única respuesta.




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