jueves, 3 de mayo de 2012

6692.- MARÍA AVEIGA DEL PINO


María Aveiga del Pino (Latacunga, ECUADOR 1964). Escritora, antropóloga y editora. Realizó estudios de medicina en la U.C. del Ecuador y de antropología en la Universidad Católica de Quito. Ha llevado a cabo investigaciones en el área de antropología, desarrollo y sistemas de calidad con entidades públicas y privadas a nivel nacional e internacional. Residió en Zimbabwe, Madagascar, Honduras y El Salvador. Ha publicado los poemarios: Bajo qué carne nos madura (Mantis, ed. 1990), Oc (Abrapalabra, 1993), Puerto Cayo (Eskeletra, 2000) y el libro de narrativa Cuentos populares y mitos indígenas del Ecuador (Olañeta/Librimundi, 2003). La Pasión de Jesús en Alangasí, un estudio etnográfico de próxima publicación.


POEMAS

 … Y surgió la transmutada noche. Pero los
carceleros, los que a sus hijos alimentaban con
escombros la tocaron fuego, y humedad.
Y desearon su muerte.



I

No quiero oír el goteo de la luz
la conocida tentación de su cara.
Arranqué como fruto lo previsto
preñez de sueño y abandono.
Bebí de Oc el fuego
que no posee tiempo
porque soy el zarpazo en el inicio
y para Dios
su genital pesadumbre.



II

Lo sentí
en la noche líquida,
dúctil
imperfecto animal
sin rostro.



III

Yace en el fondo del océano.
vuelto a sí mismo
bulle, se agita.

Oc

licor inflamado sin cuenco
que lo acoja
es el azar en mi última sombra.



IV

Vacié los ojos
las formas que la vida repite.
Mi árbol se rasgó
Dios sin agobio.
Asombro
abisales uñas
en la encrucijada.



V

Crucé la espesura
Del ardiente animal.
Manuscrita mi lengua
descifré en su estéril lomo
la profundidad
de una crecida muerte,
el chasquido que mi silencio
sin apuro bebe.



VI

Sin hartazgo lo busco.
Una roja mantis sale de mi ojo
astro negro abierto sin mirar,
se acerca labial
tienta y adivina
el oro que ya mastica.



VII

Su boca transgrede mi vejez
y el sueño
recipiente que se parte
deshabitado.
Sin límite ni tic tac
bajo el vello rojo
mi mano.



VIII

Me amamanta
duraciones infinitas
de cuerpos al sucumbir.
Cimbreante echa
el cuello hacia atrás
y grazna
como si reconociera
su haz de oscuridad
posado sobre la impotente luz.



IX

Sorbo de sus pupilas láudano
Y mi daga se ilumina.



X

Dentro de su piel
mi daga se vuelca
triangular, oscura.
Las garras de Oc
incendian el muro
y al habitante.






Menthos, el carcelero


I

La carne de la mujer guarda
Lluvia de veneno unánime.
No lo entiendo.
Si estás presente.
Si somos espejos donde
germina tu anhelo.
Cara negra sin eternidad
transforma mi certeza
en badajos de fuego.
Háblame crucificado.
Padre
díme que es la pesadilla
de otro.
Acógeme
y sea una sombra
el reverberar de su cuerpo.

Háblame para no imaginarte.



II

La hoguera resquebraja este día.
Un rumo me inunda las manos
arenas de reloj
donde todos molieron sus huesos.
Hollada e innombrable
silencia mi oración.
El cielo cesa

Ella ha florecido.




EN LA BANCA DE UN PARQUE

con una estaca en la nuca.
Las manos sujetas
al desmoronado espacio
estaba sentado como hilo sucio
colgado de una cruz.
Sin saber a quién recurrir
miró al cielo
pero  una súplica igual
se estrelló en sus ojos.
Y tanto él como Dios
sonrieron con torpeza.





New York

Sí, la recuerdo, geisha devastada inyectándome su secreto. Cabellera íntima en mi noche sin el amante que acaba de partir. Caminamos por el viñedo donde el antiguo néctar no se petrifica. Tras el dosel el puerto indiscutible se levanta.










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