jueves, 23 de marzo de 2017

MIGUEL ANTONIO GUEVARA [20.047]


Miguel Antonio Guevara

Miguel Antonio Guevara (Venezuela, 1986). Escribe poesía, ensayo y narrativa. Sociólogo. Ha publicado en poesía Pensando el poema (Ediciones Madriguera), Hay un ruido que se escurre por debajo de las puertas (SurEditores), Ese instante turbio (Fondo Editorial Unellez), y en ensayo Por la palabra (Fundación Editorial El Perro y La Rana). Además de participar en diversas antologías y compilaciones de ensayos sociopolíticos. Ha sido premiado en poesía y periodismo en Colombia, Suiza y Venezuela.  




Úcaro

El úcaro asciende en Lícua,
allí los cuerpos de la edad
se cuelgan en sus tramas.
Como el resto (lo informe, el fragmento)
de una esfera de naranja en manos de dios:
juegan a esconderse.
Mientras sucede en Lícua
hay fuego, crepitar de maderas,
cuadrúpedos que observan:
la voz y sus telas de Damasco,
una guitarra barroca.
Hay una pregunta: 
¿Cómo estar seguros del bajar de la corriente?
pues nos cuentan que hay nopales,    
bandas de viento,    
calles,    
chinelas y rebozos;
otra voz que dice:
no hagas caso a la música sino a las imágenes,
nómbrame con mis dos nombres para ser en el mundo.
En Lícua la luz reviste como si preexistiera agua,
hay avispas sobrevolando al pan,
al acahual lo nombran árnica
y hay cintas muy cintas para medir tus ojos.
Visiten Lícua, rodeen al úcaro,
conózcanlos.




Clasificado

Se busca un intérprete de gráficas,
agrimensor de los huesos del pecho,
lector de estadísticas de perros callejeros
muertos en la hambruna
encabezada por el Times.
Quien no se canse de hacer pancartas y más…
Entrando en confianza, le pediremos
no usar disfraz en la solemnidad de la jifa,
el por favor de la elasticidad de su brazo permitiéndole
lanzar una piedra que remonte y jamás se estropee,
que nos diga:
— Sueño en idiomas ¿y tú?




Naranjas

Dios está solo
comiendo naranjas con las manos.
No usa cuchillo
pues sus dedos son frágiles para el metal.
Mucho menos usa punzones de madera
pues le teme a las astillas,
a cualquier cubierto.
Dios es un hombrecito
que come naranjas con las manos.




Crónica de un estallido

Un puerto sostiene a gente
de sombrero y fuerza.
Abre mandíbulas,
mochilas de agua,
un bote con nombre extranjero:
digámosleMary o Asylum.
Hay mujeres de blusas blancas,
fondo azul y letras rojas sobre sepia,
una canción que rebota en la arena.
Este cuerpo es puerto de salida
jamás de entrada.
Es toque de índice y medio
mano a la mitad pidiendo bendición a su origen,
su muñeca,
guantes para observar helechos.
Mientras todo esto ocurre
un naranjo crece.





Hemos visto en un caballo azabache a Francisco Villa
con el ojo que observa generaciones.
Hay miles de preguntas
quién es Villa y que ha hecho y qué hará
quién Francisco y quién Francisca
hacia dónde van sus caballos
qué es México alumbrando por la herida.
Hemos visto sobre un caballo al General Emiliano Zapata
y sin apatía está guardado en la yugular de cerca
en el corazón de los hombres y sus sones
de las mujeres y sus bailes
de los niños y el chile piquín
de las niñas y sus rebozos blancos.
Trae preguntas cosidas en el hueso del pecho
quién es el General del pueblo
quién Emiliano y quién Emiliana
quién es el General Zapata
en dónde se detuvo ese caballo luminoso
hacia dónde va México alumbrando por la herida.
Hemos visto a caballo al subcomandante
que hoy es Galeano y no manda a nadie
ayer Delegado Zero que hablaba por muchos
como los que le acompañan es zurdo
y tiene la carita de trapo.
Los del EZETAELENE no saben hablar
solo responden tozudamente, neciamente, torpemente
dicen a una misma voz pisando duro la tierra
¡aquí es donde el pueblo manda y el gobierno obedece!
Hemos visto en un caballo a todos los maestros del plantón
marchan a paso redoblado por Oaxaca
andan por Chiapas
bailan una cancioncita debajo de un árbol en Tlayacapán
ahora en el DF
gritan desde el Zócalo y barren a policías y pistolas
¡Es por el pueblo que aquí nadie se raja!
Barren al Narco                                                                              ,
barren al Estado
y se levantan los hermanos normalistas
detenidos/desaparecidos
se saben preguntas sin respuestas
contestan todas
una prueba de historia que rueda como bola de dolor humano
ya tienen suficientes lágrimas de amor, dolor y rabia
exigen tierra, pan, justicia y libertad
dicen que son de México y alumbran por la herida.
Estas palabras son alimento precioso
como pozol y tejate recién hechos para los mayas, mixtecos y zapotecos
que esta madrugada lluviosa se mojan en sus carpas
y campamentos de los plantones.
Aquí vibra La historia de las gentes
las Estrellas de Comitán
escritos están en el Popol Vuh los que eligieron ser mexicanos
¡NOSOTROS elegimos ser mexicanos! dice una reina de sangre azul de Bonampak
la docente hermosa que nos llama a morir luchando
a aventarnos de pie al Cañón del Sumidero antes que caer de rodillas ante el poder.
Hemos visto en un caballo a Francisco Villa
al Marcos
al General Emiliano Zapata
hemos visto en un caballo a todos los maestros del plantón
a todo México que alumbra por la herida.




DESPEDIDA

a Ramón Palomares

He vuelto a Los Grandes Espacios
rodeados de bucares hemos despedido al Siete
Grande se hizo
Estará junto a Jean Marc
al lado de Briceño
de todos los seres que hoy habitan la secreta cábala
¿Quién podrá saber el sitio exacto de sus destinos?
Una cadena ha lanzado su estridente sonido
Ha descendido a los abismos el Siete
Se hace cientos en nosotros
avispa
caballo
gota de agua
Se han juntado los corazones del Siete
se convocaron a despedirle
a verle resurgiendo entre montañas y páramos llameantes
Ha revivido su enlozado húmedo
ya dijeron a latir los perros
ha despertado su animal de tierra
Hemos despedido al Siete

La Mucuy, 06 de marzo de 2016.





5 am

Alcanzando el último destello del conjuro nocturno
una faz marcada por el tacto se reduce a recuerdos.
          Habrá que confiar nuevamente,
en el dios lámpara sobre la mesa de noche
que sorprenda todos los pliegues, las fundas
y así disipar nuevamente los mantras ensalivados
el peso, invocar la palanca invisible debajo de los párpados.



¿Cómo conocer la extensión?

¿Cómo conocer la extensión?
el dominio, el alcance de las lámparas
      lo desconocido en el claro afán de sus revelaciones.

La duración,
el cabeceo que se hace irresistible
         como el llamado sin rostro que implosiona y se aloja en los rincones.
No hay de otra más que encallar a los pies
de estas imitadoras de las sirenas y su canto.
Insomnes,
       náufragos del mar llamado noche





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JAVIER PUCHE [20.046]


Javier Puche

Javier (Málaga, 1974) es músico y escritor.

Tiene el Título Superior de Piano y el de Música de Cámara. Amplió su formación musical en Holanda, Portugal e Italia. Es profesor de piano clásico y moderno en la Escuela Popular de Música de Madrid. Fue crítico musical del diario La Opinión de Málaga. Compone música incidental para medios audiovisuales y artes escénicas.

Licenciado en Filología Hispánica, cursó el doctorado en Teoría de la Literatura y algunos años de Filosofía. Ha trabajado como corrector de estilo y como guionista de televisión. Imparte clases en la Escuela Contemporánea de Humanidades (www.ech.es). Sus ficciones han obtenido diversos premios y figuran en antologías como Por favor, sea breve 2 (Páginas de Espuma, 2009), Velas al viento (Cuadernos del Vigía, 2010) o Mar de pirañas (Menoscuarto, 2012). Mantiene el blog literario Puerta Falsa (http://puerta-falsa.blogspot.com.es).

Es autor de los libros Seísmos (Thule, 2011), Fuerza menor (La Isla de Siltolá, Sevilla, 2016).



Seísmos (Thule, 2011)
(Microrrelatos en 6 palabras) 



Llora en la celda el inmortal.

Desafina el coro de niños muertos.

Pulsó el botón. Ahora nunca amanece.

Murmura palabras terribles el pez abisal.

Perece el mosquito en una lágrima.

Atentos, miran los cíclopes al hipnotizador.

Hace mucho frío en esta ballena.

Titubea por un instante la eternidad.

El sol (cíclope insomne) nos vigila. 

El humo añora levemente al cigarrillo. 

Para hacer tiempo, fabrica relojes lentamente. 

Hay eclipse cuando el sol parpadea. 

La maté porque me llamó asesino. 

El dragón enamorado dice palabras ardientes. 

Desayuna recién nacidos el viejo caníbal. 

Indeciso, recorre un camaleón el arcoíris. 

El alféizar se llenó de ángeles. 

Abrazan al obeso las plantas carnívoras. 

Sueña océanos de sangre el bisturí. 

¿Podría decapitarme más deprisa, por favor?

Cayó un ángel en la telaraña.

Devora el caníbal al último hombre.

Este laberinto ni siquiera tiene baño.

Se aman con dolor los erizos.

La planta carnívora devoró al vegetariano.

Extenuados, surcan el mar los antílopes.

Se enamoró del forense el inmortal.

Flota sin rumbo el levitador muerto.

Sonámbulo, intentó acceder al útero materno.

Ronronea el diccionario ante el poeta.

Durante el eclipse, enfermó la luciérnaga.

Entró al caleidoscopio el camaleón suicida.

Intranquilo, resucitó para suicidarse otra vez.

Contempla el pirómano la capilla ardiente.

Hambriento, desviste Saturno a sus hijos.

Mi sombra flirtea con otro cuerpo.

Incómodo, el cadáver cambió de postura.

Acaricia el suicida a la anaconda.

Empezó a llover dentro del espejo.

Decapitado, sigue pensando el filósofo tenaz.

Intenta el espectro besarla mientras duerme.

Afortunadamente, perdió la cobertura el telépata.

Copularon hasta enloquecer. Tras lobotomizarlos, siguieron.

Tres tristes tigres se suicidaron alternativamente.

Sonámbulo, recorre el funambulista la telaraña.

Asoma un periscopio en mi consomé.

La mantis religiosa devora un crucifijo.

Fantasea el inmortal con su autopsia.

Aterrado, disimula el arzobispo su erección.

Avanza la marioneta por el desierto.

Por imprevista resurrección, vendo mi tumba.

Duerme el fantasma abrazado al moribundo.

Muy triste, sueña Pinocho con termitas.

Hermafrodita busca hermafrodita para engendrar hermafroditas.

En vano intentan copular los esqueletos.

Mata despacio al joven el anciano.

Fraternalmente guiña el tuerto al cíclope.

Deplora el cadáver que lo ignoren.

Ignora el difunto que debe callarse.

Caen del cielo estrellas de mar.

Expectación. Planteamiento. Nudo. Desenlace. Aplausos. Olvido.





Fuerza Menor (Isla de Siltolá, 2016)


Fuerza Menor (Micropoética)

A veces la fuerza reside en lo pequeño, en la región más discreta y marginal del mundo sensible, alojada en ínfimas criaturas que apenas reclaman nuestra atención. No en Goliat, sino en David, cuya mano lanzó la piedra mínima que hizo caer al gigante. Tampoco en el acorazado Potemkin, sino en el imperceptible caracol que baja muy despacio por el tronco de un árbol en llamas. Frente al poder insolente de lo hercúleo, vibra la fuerza menor de lo humilde, que este libro exalta con levedad.



Obstinación

–Esta vez no fallaré –se dijo con rabia el francotirador. Acto seguido, volvió a disparar su rifle de largo alcance.
Pero nada.
Definitivamente, había perdido precisión en los dedos, antaño infalibles. Volvió a intentarlo, cambiando de víctima. Fue inútil. No lograba arrebatarle la vida a nadie.
–¿Nos vamos ya? –dijo una voz lúgubre a su espalda.
Por toda respuesta, el francotirador cargó de nuevo el rifle con obstinación de sonámbulo.
–Sólo tengo que concentrarme un poco –se dijo mientras limpiaba el visor del arma. Luego apuntó con cautela. Sentada tras él, la Muerte consultó su reloj y encendió pacientemente un cigarrillo.



En los huesos

Tras probar sin éxito incontables métodos para adelgazar, Wilson, obeso mórbido, decidió adentrarse en una jungla de plantas carnívoras. Éstas lo acogieron con famélico fragor, dejando a Wilson literalmente en los huesos. Ahora es feliz. Trabaja como esqueleto en la Facultad de Medicina. Y muchas jovencitas lo contemplan con admiración (e incluso lo acarician a veces). Algunas noches Wilson sale a pasear. Le encanta la lluvia. Y bailar sutilmente en los charcos mientras todos duermen.



La memoria de cristal

Tras el Apocalipsis, un radar enviado desde Júpiter para confirmar la extinción del hombre, desciende con lentitud hacia las profundidades del Océano Pacífico, donde algo parece latir. Y es que abajo del todo, en mitad de un silencio vagamente iluminado por criaturas abisales, el único espejo que la gran explosión no ha logrado romper emite en orden cronológico, antes de apagarse para siempre, todas las imágenes que componen su memoria de cristal, demorándose en aquéllas donde aparece la mujer que lo tuvo en su alcoba hasta el fin, una joven risueña que ya no existe, aficionada a bailar desnuda ante él ciertas noches de verano, cuando todo era posible todavía en este rincón de la galaxia.



Diario ínfimo(II)

El escritor se sienta y escribe. Pero lo que finalmente escribe es siempre una sombra de lo que pretendía escribir. Por su parte, el lector se sienta y lee. Pero lo que finalmente interpreta o metaboliza es siempre una sombra de lo que el autor escribió. En cuanto a lo que el lector finalmente recuerda tiempo después, es siempre una sombra de lo leído. Una sombra de una sombra de una sombra.



Justicia poética

Diciembre. La nieve cubre las calles con lentitud minuciosa. Es casi de noche. Ya comienzan a encenderse alternativamente las ventanas. Tras una de ellas, el ínclito magistrado Goldberg lee la Constitución junto a la chimenea. A sus pies, calzados con dos ridículas pantuflas, dormita un dóberman. De súbito el can se incorpora y rompe a ladrar con insólita furia hacia la pared, sacando abruptamente al magistrado de su docto embeleso. Pero en la pared no hay nada, salvo inofensivas pinturas neoclásicas. El perro, no obstante, sigue ladrando con creciente intensidad, ahora hacia el techo. Por prevención, el magistrado –que es un hombre cobarde– saca del armario su arcabuz y empieza a cargarlo tembloroso. Pobre diablo. Ignora que nada podrá hacer contra mí, su enemigo intangible, pues soy el narrador de esta historia. Es hora de que pague por su ancestral negligencia como juez. Empezaré apagándole repentinamente el fuego de la chimenea.



Flechazo

Fue un flechazo. Yo estaba distraída, pensando lánguidamente en algo superfluo, cuando su mano comenzó a recorrer mi espalda. Me estremecí. Nadie me había acariciado antes con tanta destreza. Luego me alzó con sus fornidos brazos para olfatearme delicadamente. Reconozco que su osadía me volvió loca.
Poco faltó para que copulásemos en público. Por fortuna, logramos contenernos hasta llegar a su casa. No hubo preámbulos. Nada más entrar, me condujo al lecho y empezó a devorarme. Fueron tres horas que jamás olvidaré. Una comunión insólita que trascendía lo meramente físico. Pero la dicha fue breve.
Tras la cópula febril, me llevó a la biblioteca y, sin apenas despedirse, me puso en uno de los anaqueles, donde llevo meses esperándole, quizá años.
No me resigno: sé que volverá conmigo. Aunque deploro que Lolita y Madame Bovary (esas dos casquivanas con quienes comparto anaquel), me miren siempre con tanta sorna.



Diestro y siniestro

Esta es la historia de dos hermanos siameses, irremediablemente unidos por el costado. Diestro, el hermano bueno, ocupa la parte derecha del cuerpo doble. Siniestro, de perversa índole moral, la parte izquierda. Movido siempre por impulsos malévolos, Siniestro cometió desde niño múltiples fechorías, llegando a convertirse con el tiempo en un delincuente de renombre. Por su parte, Diestro no tuvo otro remedio que hacerse abogado, a fin de atenuar los problemas de su pérfido hermano con la justicia y garantizarle en todo momento una defensa consistente. La destreza como letrado que Diestro desplegaba ante los tribunales pronto le otorgó fama mundial. Por difícil que fuera el caso, todo delito fraterno quedaba finalmente impune. Hasta que un mal día, Siniestro intentó estrangular a Diestro con su único brazo, movido por la envidia. “Síndrome de estrés agudo”, alegó Diestro en el juicio.
De nada sirvió. Actualmente comparten celda.



La marioneta

Tras el accidente estrepitoso y fatal, la marioneta, que yacía inerte en mitad del asfalto, abrió los ojos y empezó a incorporarse con gran lentitud. Ya erguida, aunque en precario equilibrio, avanzó unos metros por la carretera, sorteando cadáveres, hasta alcanzar la mano muerta de su dueño, donde entrelazó cuidadosamente sus hilos de nylon. Acto seguido, cayó desvencijada al suelo, cerrando los ojos para siempre.



Los caramelos

Javier Puche3 En mitad de la mesa, hacinados en un cóncavo recipiente, duermen los caramelos. Su sueño es dulce y sin ronquidos. La mano que elegirá a uno de ellos todavía está lejos, ni siquiera ha entrado en la habitación, ni siquiera ha pulsado el timbre de la casa. Cuando esto suceda, cuando la mano salga al fin del bolsillo, pulse el timbre, entre en la habitación y se aproxime a la mesa, los caramelos se desprenderán de su dulce sueño agitándose levemente, y cada uno de ellos rezará esperanzado a su dios particular (de color rojo, de color verde, de color naranja) para ser el elegido y disolverse para siempre en el cielo de una boca.



El inmortal

Tras una larga búsqueda, capturaron finalmente al inmortal, que fue sometido sin dilación a toda suerte de experimentos clínicos. En la rueda de prensa, los médicos dictaminaron perplejos que nada lo distinguía fisiológicamente del hombre común, salvo su temporalidad incesante. Hoy ocupa una tenebrosa celda del zoológico municipal. Y hordas de visitantes intentan matarlo cada día con inexplicable saña. Pero el inmortal persiste. Dicen que por las noches llora muy despacio en un rincón.



La incertidumbre   
                                                                                                  
Para Javier Tomeo

En medio del Mar Negro, a cientos de kilómetros de cualquier costa, un hidropedal avanza despacio bajo la luna. Sus tripulantes, un hombre y una mujer de mediana edad, pedalean maquinalmente, pese a estar dormidos. La cabeza del hombre descansa vencida hacia atrás. Y su boca se abre hacia el cielo, como si anhelara devorar las estrellas. La cabeza de la mujer cae por el contrario hacia delante y tiene la boca cerrada. Con las ondulaciones del mar, ambas cabezas se tambalean un poco. La de él parece decir que no. La de ella, que sí. Entregados a esta inconsciente discrepancia, surcan la oscuridad. Al amanecer, el lamento de una ballena los despierta abruptamente.

Ella (desperezándose): Nos hemos dormido.
Él: Eso parece.
Ella (mirando alrededor): ¿Y qué hacemos ahora?
Él: No tengo ni idea. Quizá deberíamos seguir pedaleando.

Y eso es justamente lo que hacen: pedalear. Pedalear en silencio. Seguir navegando sin rumbo por las oscuras aguas hasta perderse de vista en el horizonte.



Tenemos que hablar

–Tenemos que hablar.

Eso dijo ella con pesadumbre. Algo aturdido, me senté en el sofá donde solíamos ignorarnos. Pero esta vez no encendimos la tele. Apenas recuerdo lo que finalmente hablamos (mi memoria tiende a suprimir las catástrofes). El caso es que ahora vivo lejos de ella, en las afueras, entregado a una existencia gélida y crepuscular.

Fantasmagórica, para ser exactos.

Al principio, achaqué mis visiones nocturnas a la añoranza (no en vano, aquellas fugaces mujeres del pasillo parecían vestir como ella). Luego, a la vertiginosa desnutrición (únicamente me alimentaba de pan seco y agua corriente). Por último, comprendí con pavor que los fantasmas no procedían de mi tristeza, sino del más allá. Lo supe por el modo en que me abrazaban. Eran almas en pena, dolientes criaturas sin tiempo, espectros quejumbrosos que paulatinamente invadían mi nueva casa en las afueras. Lo peor del asunto (y por eso estoy bajo la cama) es que ahora hay veinte o treinta reunidos en el salón, esperándome en absoluto silencio. Pude verlos hace un rato, justo antes de huir despavorido, cuando el señor del sombrero me cogió del brazo y me dijo con voz de ultratumba:

–Tenemos que hablar.



El Santo Grial

Para Ana María Shua

El héroe atravesó desiertos, laberintos, junglas. Decapitó minotauros y cíclopes. Cayó en telarañas gigantes. Trepó árboles infinitos. Hasta que finalmente, ya anciano, encontró el Santo Grial. Lo custodiaban un monje y un dragón. Si bebes de esta copa, dijo con gravedad el monje, vivirás eternamente. En el rostro decrépito del héroe se dibujó una sonrisa. Al parecer, no había sacrificado en vano su existencia, donde nunca hubo amor ni alegría, sólo búsqueda tenaz. Ahora bien, prosiguió el monje elevando la voz, vivirás eternamente, en círculo, la misma vida que tuviste. Y no otra. Aturdido, el héroe reflexionó unos instantes. Después se desplomó en el suelo como un títere, vencido por la tristeza, mientras las fauces del dragón exhalaban una carcajada de fuego.   



Rezar

Rezar en voz baja. Eso hace el paracaidista desde aquel día. Rezar en voz baja mientras el viento agita con levedad la enorme telaraña donde permanece adherido. Rezar en voz baja sus oraciones. Y no dejarse intimidar por los esqueletos que penden alrededor.



Preámbulos 

-Por favor, sea breve -dijo en sueños la bella durmiente con voz rota. A su lado, el príncipe azul ordenaba meticulosamente (atendiendo a criterios de tamaño, textura y efectividad), la sofisticada colección de artilugios sexuales que iba sacando sin prisa, uno tras otro, del crucial maletín que todas las versiones del cuento omiten.








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CARLOS ZANÓN [20.045]

Fotografía: Rafael Tirado


Carlos Zanón

Barcelona, 1966.

Autor de los libros de poemas El sabor de tu boca borracha (Nínfula, 1989, Mención Especial Premio Anthropos), Ilusiones y sueños de 10000 maletas (Ed.Libertarias-Prodhufi, 1996), En el parque de los osos (Ayuntamiento de Málaga, 2001, Finalista del Premio Nacional de Poesía Ciudad de Irún), Algunas maneras de olvidar a Gengis Khan (Ed.Hiperión, 2004, Premio Valencia de Poesía), Tictac tictac (Ed.Carena, 2010), la antología Yo vivía aquí (1989-2012) (Playa de Ákaba, 2012)  Rock’n’roll (66rpm, 2014) y Banco de sangre (Espasa, 2017).

Incluido en las antologías poéticas Por vivir aquí. Antología de poetas catalanes en castellano (1980-2003) de Manuel Rico con prólogo de Manuel Vázquez Montalbán (Ed.Bartleby, 2003), 11-M Poemas contra el olvido (Ed.Bartleby, 2003) y en Fruta extraña. Casi un siglo de poesía española del jazz de Juan Ignacio Guijarro (Fundación José Manuel Lara, 2013).

También autor de las siguientes novelas Nadie ama a un hombre bueno (Ed.Quadrivium, 2008, Sigueleyendo, 2012), Tarde, mal y nunca (Saymon, 2009, RBA Serie Negra, 2010) Premio Brigada Mejor Primera Novela del año, Finalista del Premio Memorial Silverio Cañada, Giallo e dell Noir -Italia- y Violeta Negra -Francia-, No llames a casa (RBA, 2012, 6ª ed.) Premio Valencia Negra a Mejor Novela del Año, Yo fui Johnny Thunders (RBA, 6ª ed) Premio Salamanca Negra Mejor Novela del Año 2014, Premio Novelpol 2015 y Premio Dashiell Hammet 2015, y Marley estaba muerto (RBA, octubre 2015). Sus novelas han sido traducidas y publicadas en Estados Unidos, Alemania, Francia, Holanda e Italia.

Incluido en las siguientes antologías de cuentos Berlín, capital Alaska (66rpm, 2012), Charco negro (Ed.Unomasuno/Wuwei, 2013), y Nómadas (Playa de Ákaba, 2013), Diez negritos (Al Revés Editorial, 2015) y La vida ahora (Cuentos de cine) (Zut Editorial, 2015).

Autor también de libros de temática musical como Bee Gees: la importancia de ser un grupo pop (Los Juglares, 1998) y Willy De Ville: el hombre a quien Rosita robó el televisor (Milenio, 2003 con prólogo de Loquillo).

Letrista para Loquillo y Trogloditas, Brighton 64, Pájaro, Chamizo, El Sobrino del Diablo, Alicia Golpea y Calle Francia.

Guionista junto a Nuria Villazán de Érase una vez Juan Marsé (Alea Producciones, 2009) y de la adaptación cinematográfica de No llames a casa que llevará al cine en breve Daniel Calparsoro.

Colabora ocasionalmente como articulista, crítico musical o literario con los periódicos, revistas y suplementos culturales como Babelia El Punt-Avui, El País, El Periódico, El Mundo, ABC, Time Out Barcelona, Rock de Lux y Ruta 66.





Rock’n’roll
Editorial 66rpm Edicions, 2014
Prólogo de Luis Boullosa



RALEIGH DE TRES MARCHAS

Déjame volver, mami, por favor, 
déjame, mami que ya no estás, 
que te fuiste, que te mataron,
déjame irme para volver, para cantarte
con el pelo grasiento sobre el piano,
que para qué seguir,
a qué tanto tesón, tanta fuerza
aguantando las cadenas de un sueño.
Otros gritan a las muertas 
sobre el carrillón de las campanas,
bajo ruedas de coches, entre las vías
de trenes y canciones
pero yo sólo quiero irme para volver
y por eso mis piernas,
golpeadas y desnudas, 
mudadas del rosa al azul,
blanco hospital, negro túnel
por Forthlin Road hasta Mather Avenue,
radios como espadas, flechas directas
disparadas al corazón del Destino. 
Atrás quedó Calderstone Park,
llegando a la cima de la colina de Saint Peters,
y allí sobre un camión 
hay un crío miope tocando una guitarra,
cantando a la muerte sin que ni él
ni la parca se den por aludidos,
ni puedan dejar de mirar
como mi Raleigh de tres marchas,
cruza la esquina y llega a tiempo
de detener el curso del mundo.

 

ELLIOT SMITH

En la nieve, las fauces dejan un rastro
de sangre y nostalgia de sol.
Animales hermosos beben en ríos y bares,
andan locos cambiando besos en la boca,
libros de dedicatoria arrancada,
cuadernos de poemas
a cambio de rayas de cocaína,
viajes al lavabo de dos en dos.
La ciudad es una habitación de asfalto
en el que deambulan en su exilio
reyes y astronautas
desconectados de reinos y naves,
de madres regentes, soldadesca
y todas las canciones de amor 
que la MTV programe en San Valentín.
Uno se pregunta por qué, cómo pudiste hacerlo.
Una muerte tan dolorosa, tan cruel,
Elliott Smith, a cuchillo y tripa,
¿a qué tanta barbarie? ¿Cuál era el mensaje
en el interior de esa postrera melodía?
Anoche la tormenta sacudió el pueblo.
Las olas llegaban furiosas y elevaban sus penachos,
sus encabritados cascos de guerra
contra rocas y playas y más allá,
atravesaban carreteras y casas.
Sobre las alfombras las fieras feroces,
se desplomaban dormidas,
con los dientes de nieve ensangrentados
y la promesa incumplida de ser buenos,
de no engullir caperuzas rojas
ni derribar casas de madera y heno,
de no secuestrar vírgenes para atarlas a piras,
a vidas no vividas, a hijos de otros,
a la maldición del tiempo que se olvida
a medida que convoca la furia del silencio,
del estar y, en un cerrar los ojos, ya no estar.




Banco de sangre
Editorial Espasa Calpe
Fecha publicación: 24/01/2017



Banco de sangre dice algo y su contrario. Como la sordidez y la ternura que su autor encontró al ver las imágenes captadas por la fotógrafa Nan Goldin para su libro The ballad of sexual dependency y que sirvieron de primera inspiración para poemas, personajes y situaciones.

Poemas de la soledad y la búsqueda, lugares cercanos y extraños, habitaciones, almacenes, ventanas desde las que ver aviones y, al mismo tiempo, tu reflejo en lavabos azules. Televisores encendidos en estancias donde las máscaras se colocan sobre animales heridos. Una espiritualidad buscada y no encontrada en el último templo posible, el cuerpo, los sentimientos.


TODO TU MIEDO

Mete todo tu miedo, todo,
absolutamente todo ese miedo
en una bolsa de plástico
y respira de él, de madrugada.
Ese miedo que te revienta el pecho, las arterias,
los dedos de la mano.
No voy a engañarte:
no conseguirás mucho
pero al amanecer,
si cierras rápido y bien la bolsa,
te darás cuenta mientras acaricias
el lomo del dragón frío
que no había tanto peligro
como miedo en tu corazón.


 
PROVOCAR AL MAL

Provoco al mal para sacarlo de su escondite.

Introduzco la mano en la madriguera
hasta notar la mordedura, la serpiente.

El mal es una tarjeta de paypal,
un padre atado a la cama de un hospital
mientras su mujer llora el abandono
en Casa Usher antaño Disneylandia.

El mal es no haberte equivocado en nada,
y comprar tus propios regalos por navidad.
Ser decente, patriota, trabajador,
bandera, esquema, detector de metales.

Provoco al mal para sacarlo de mi corazón.

Introducir la mano en la madriguera
hasta notar que tu brazo es la serpiente.
 



BRIAN WITH HIS HEAD IN HIS HANDS

Mérida, México, 1982

Llegaste tarde,
llegaste borracha,
llegaste caliente y yo
un osario en donde antes hubo un nido.
A medio vestir,
compongo una estampa
para la foto,
para que marches corriendo
hacia tu otra madriguera
porque ésta ya apesta a animal despellejado,
a mierda a medio limpiar,
a huevos de dinosaurio,
al sudor ebrio de alguien que llega tarde.
 


Yo vivía aquí (1989-2012)
Editorial Playa de Ákaba
Poemas, agujeros y armisticios

YO VIVIA AQUI es la primera antología de la trayectoria poética de Carlos Zanón. Reúne poemas desde su primer libro El sabor de tu boca borracha (1989) hasta el último, Tictac tictac (2010) así como de varios inéditos.






Tic Tac Tic Tac
Ediciones Carena
Julio 2010

Tic tac tic tac es el ruido del reloj que guarda en sus tripas el cocodrilo que persigue a Garfio. Tic tac tic tac es el latido del reloj del conejo blanco al que persigue Alicia. Tic tac tic tac es la bomba que tienes escondida en casa las noches de insomnio y que no aciertas a encontrar. Tic tac tic tac. Has de regresar a casa. Has de crecer. Has de seguir siendo niño. Has de jugar. Has de ser responsable. Has de recoger los juguetes de la habitación. No dejar embarazada a tu amante. Tic tac tic tac. Has de beber hasta morir. Has de vivir por siempre. Has de amar. Has de dejar de amar. Has de recordar y olvidar pero no juegues con eso: siempre en ese orden. Tic tac tic tac. Geppetto tenía el hogar lleno de relojes que hacían tic tac tic tac tic tac. John Barrie siempre fue otro. Lewis Carrol también. Impostores como tú y como yo. Nadie nos quiere por lo que somos. Siempre somos otros hasta que el cocodrilo nos alcanza y nos muerde la muñeca izquierda. Tic tac Tic tac.


Jerusalén

Un gato armenio, apenas me oye, 
aparece desde los callejones, 
para decirme que el Rey David no existió
y que tú ya no me amas. 
Le creí –como yo- hambriento de noticias tuyas, 
de saber de ti, conocer si aún seguíamos separados
en el dédalo cobarde en el que un día nos perdimos
para evitar matanzas, noches de inocentes
y minutas de abogados. 
Por saber qué fue de todo aquello, ya sabes, 
lo que sentíamos dentro y no sabíamos explicar, 
lo que prometíamos y decíamos hace mil años, 
el ansia con el que nos robábamos, 
al primer descuido, 
los besos, la vida y la ropa. 
El gato tiene sucio el hocico, lustroso el lomo gris
y se deja acariciar como también haces tú
pero tiene el alma gitana como yo, 
de Faraón de los Autochoques, 
aquellos que prometen más de lo que quieren dar. 
Se enreda el gato armenio en la electricidad
de mis piernas como hiciste un día tú, 
sólo para recordarme cuánto te quise
y qué pena da el amor que, de repente, 
en un callejón, nadie se atreve a matarlo
a la luz de un cuchillo y un adiós.



Cadáveres conocidos

Perdido entre callejones
que a su vez andan escondidos
de rascacielos y avenidas 
mientras atruenan en mis oídos
las campanas de las catedrales, 
la carita mojada de aquella niña
que acudía a buscar, letal, 
su dosis de cariño y confort. 
Trato de huir de la belleza, 
de esta atroz melancolía, 
con la que se trenza la vida. 
Escapar, desaparecer, 
subirse a un autobús y que la lluvia
empañe los cristales y los pasajeros
no pregunten quién eres, 
a dónde vas o quién es 
ese cuerpo que arrastramos
de las ruedas desde hace rato.

 

Barrie como maldición

Barrie siendo el intruso que llega
sin previo aviso, un agujero negro
que todo lo engulle, que atrae 
tumores y Guerras Mundiales, 
naufragios, suicidios de Colegio Mayor. 
En la penumbra de su estudio, 
golpea la hojalata del tambor
hasta ensordecer al tiempo
que le muerde la muñeca izquierda
como un cocodrilo
que no se sabe si es torpe
o acaso sólo tenaz. 
Cuando todos duermen, 
se cuela por los libros abiertos
para robar hijos, sueños, 
madres de otros 
pero ya nada es como antes: 
la eternidad acaba por saber 
rancia, a ya sabida.






Algunas maneras de olvidar a Gengis Khan
Editorial Hiperión
Noviembre 2004


Premio Valencia de Poesía. Institució Alfons el Magnànim. Diputació de València

‘Encontré en este libro muchos ángeles errantes que, desde hace tiempo, no había visto. Los vi volar hace muchos años en Arles cuando seguía los caminos de Provenza y leia los Sonetos a Orfeo de Rilke o me entretenía junto a las fuentes donde soñaba el Petrarca. He disfrutado tremendamente con esa fina cuerda mística del alma que llega desde la poesía de la sombra ("no es el náufrago quien está perdido, sino el barco que acierta a recogerlo"), hasta los momentos más orquestales, reveladores y apocalípticos ("fíjate cómo corren presas del pánico").

Me emociona el vislumbre de "un mundo a la inversa" que fue siempre el sueño de mi vida. Es un mundo maravilloso que he visto reflejarse en los lagos, en la mirada distinta de algunos seres sin suerte (los afortunados son todos iguales), y en todo eso que aquí llaman oscuridad y allí luz. Me parece que aquí es como "un amor a destiempo", o algo así. Otras veces lo convierte en misterio de los espejos (vida y reflejo): "Su belleza es el dolor de los otros". Así es el ángel: terrible luz de la oscuridad.

Pero, por encima de todo, se siente en todo el libro una pasión idealista que, para mi entender, es la razón de la poesía. Mi héroe fue siempre Héctor. Mis héroes fueron los derrotados, porque hay una dignidad humana en la lucha. Por eso leo con emoción el grito "quiero perder esta guerra".

(Mauricio Wiesenthal)



Roma. Medianoche. Plaza de España
Escalón a escalón va rodando
una botella vacía de cerveza. 
Verde, alemana, rodando, sí. 
Todas las risas y todos los gritos
han callado sin porqué. 
De repente sólo está el silencio. 
Calla ese negro empeñado
en invocar desde el fondo de la bahía
al viejo Otis Redding, 
calla incluso el amante enroscado
en la boca de su amado infiel. 
Todos mudos, ahora, como maniquíes. 
El sonido del cristal que no rompe
se expande por la bóveda celeste, 
más allá de las estrellas y el sol. 
Es de noche y ya nadie puede
ni siquiera respirar. 
El tintineo ayuda a Kyats, poeta, 
a morir en su lecho de agua
mientras Byron, en otra habitación, 
se prueba máscaras de Carnaval. 
La secuencia parece interminable: 
la selección Saura marca goles
en redes de araña turcas
pero Roma, el mundo, se calla. 
La pelota baja, queda dormida
en la hierba, a la espera
que estalle el próximo instante. 
La botella resbala por el último 
de los escalones de la Plaza
y, como un milagro, queda quieta. 
Pero nadie dice nada, 
nadie prosigue con lo que hacía. 
Ni aún ahora. Nadie. no. 
Persiste este silencio verde, 
alemán, hueco, sobrenatural. 
Lo nunca visto: nada comparable. 
Ni el bebé del Acorazado, 
ni Cristo caminando sobre el mar
ni Paolo Rossi en el ochenta y dos. 

Mira a lo lejos: rojizas hogueras
que no aciertan a prender en la arena. 
Seguir de pie, muchas veces, 
es no saber morir. 
Qué daría yo por tener el horizonte, 
una azotea desde la que ondear
como señuelos, el fino
pentagrama de los huesos. 
Ojos de niño con los que mirar
la última verja del Paraíso: 
todo hermosos, todo perdido. 
El silencio nos ha hecho sordos. 
Pero no fueron las olas ni el mar
ni los sueños rotos bajo la piel. 
Fue la pérdida, el abandono, 
el amor que nos reventó por dentro, 
que nos devastó a besos la vida, 
en la fe de que alguien nos descubriera
y nos identificara como propio. 
No es el naúfrago quien está perdido
sino el barco que acierta a recogerlo.


 
Lobo

Lobo hunde sus pisadas
en altas moquetas de hoteles
y la puerta giratoria le exime, 
por unos instantes, de decidir. 
Palacios de nieve y aeropuertos: 
Lobo no ama, espera, sólo espera
con ese cansancio en respirar, 
hablar y mirar, vivir el hilo
que enhebra sueño y recuerdo
hasta que se te desfonda el alma. 
Que inútil: ya estás muerto, 
todo se repite para no volver. 
Corazón de plomo y agua sucia
-diluvios, castigos, sólo tormentas-,
con la que hierves leche y café
en el botarás, ciego, tu barco
que entre escollos de magdalena
tratará de llegar a buen puerto: 
sólo es cierto lo olvidado
y nada de pierde en la memoria
excepto nombres y aniversarios. 
Temblando de frío, hambre y deseo, 
Lobo ya no llora: sólo espera.

 

Sin prisioneros

Cómo puedo hoy dejarte con vida, 
darte la espalda y esperar que
no dispares la última bala. 
Cómo decirte que ya no te quiero
sin que sufras ni preguntes. 
Convendremos todos en lo siguiente: 
mejor un mundo a la inversa. 
Enamorarse a destiempo
y desenamorarse a la vez. 
Pero en fin, esto es lo que es. 
Una compota de galantería, 
remordimiento y gengis Khan. 
Es más sencillo, mucho más efectivo, 
asesinar a un amante que olvidarlo. 
Los muertos ya no vuelven a follar
ni se desesperan si llaman
y esa noche has salido y no estás.



Más que vivos

Es una estrella muerta. 
Pienso en Aznavour y sus amantes, 
atrapados hasta el infinito
entre canales y tercas nostalgias. 
Pienso en tí, transformándote, 
pagando tu amor y tu engaño
con orgasmos, cortinas nuevas
y algún exorcismo barato: 
hogueras al fin y al cabo, 
mantenidas con la resina
que va supurando el olvido. 
Y es que en ocasiones, el amor
ni da lumbre ni alimenta. 
Es un cáncer, un agujero negro
que se va tragando el Tiempo. 
es momento, quizás, de volver
a los libros, recordar
para que sirven las cosas, 
robar las palabras a sus dueños, 
romper espejos y pagar
sin miedo alguno
los siete años de desdicha. 
Pienso en tí y en mí, 
muertos si era cierto que ayer
estábamos más que vivos. 
Pienso en tu cuerpo y en el suyo, 
pienso en ese nicho abierto
en el que hasta los recuerdos
han de olvidarse a sí mismo. 

En ocasiones el amor no ama.




En el parque de los osos
Edición: Ayuntamiento de Málaga
2000


‘Resumiendo, cuando uno entra en muchos de estos versos puede ‘observarse’ no sólo ‘observar’, porque la poesía de Carlos Zanón es sustantiva y no adjetiva. Zanón no habla del traidor sino de la traición, no del solitario sino de la soledad, no del deprimido sino del dolor, y lo consigue porque no pretende mostrar lo evidente, lo que se ve, se lee o se oye cada día, sino mostrando, con numerosos artificios retóricos generalmente valiéndose de la aparente inocencia del humor, la parodia o la ironía (que al fin y al cabo no son más que la venganza del vencido, palabras de Baudelarie que no entiendo por qué nadie las esculpe en su lápida), el mundo real al que pretenden acercarse los buenos poetas para desenmascararlo, para nombrarlo, para que lo ‘existamos’, pero en último término, para que el espíritu y la idea no vayan en contra de la civilización’.

(Jordi Virallonga. Carlos Zanón: Un maldito de peluche. Enero 2000).



En el rompeolas.

Gota a gota.
La máquina ósea, el estallido del metal y la sangre.
Estoy temblando llevo un abrigo estoy sentando
en el cemento, cerca de las olas.
Apesta a cerrado apesta a muerto apesta a silencio.
Y hay niños morenos guapos hombres morenos guapos
con los cuerpos completamente tatuados
de águilas azules, cuerpos de mujer,
cadenas de oro, Cristos y también puñales,
zambulléndose en las aguas,
buscando anzuelos,
piedras con las que romper sueños y cristales.
Gota a gota,
el próximo amor me durará siempre.

Este poema fue seleccionado para la Exposició Fotogràfica de les Biblioteques de Barcelona ‘Tant imatge com Paraula (17 mirades poètiques sobre Barcelona)’

 

Una estufa tosiendo.

Un mundo en forma de corazón
y una mujer que se rompe,
que se deshace en el mismo plato
donde el viejo Don Melitón
hizo bailar a sus tres gatos. 
Un corazón en forma de manzana
y la estufa tosiendo
-¡cof,cof!-
en la habitación donde duermo.
Debajo de las almohadas se está solo
Y en los besos polizones
que viajan, sin tú saberlo,
en el tren suave y lento de la nostalgia.

Una manzana en forma de corazón,
una espalda rota y un nombre extraño.
Los pájaros gritan enloquecidos,
atrapados en jaulas celestes
de promesas nunca dichas,
alrededor de nuestros conjuros,
de nuestras cruces en la frente
de yeso y tinta china.
Un mundo en forma de estufa
y una niña de cien años
-¡cof, cof!-
en la habitación donde duermo.
Debajo de otra piel también se está solo.
Y en los besos de Judas
que se esconden, sin tú saberlo,
en la alfombra áspera de los labios.

Un mundo en forma de corazón,
una mujer, una manzana
y una estufa tosiendo
-¡cof, cof!-
en la habitación donde duermo.

 


En el parque de los osos.

Con un ramo de flores desafía a la tormenta,
y al pasar, el ciprés saluda con un guiño burlón.
Las arañas se emborrachan entre las ramas
con dedales de fruta fresca y licor.
Eso es todo en el parque de los osos.
Es fácil esconderse en sus mil rincones
y ser un erizo como yo también.
Cadenas de oro, de cuerda, de latón,
cadenas de esparto,
cadenas de hueso, de tela, cadenas de papel
para ceñir las cinturas,
para atar las manos a las nubes,
a los días
que son devorados por el misterio.
Aros y cadenas de humo y un ramo de flores
con los que desafiar a la soledad,
a los hombres y a las canciones de amor.
Y un amigo llamado Vidrio que vive en una ventana
y una armónica hecha del material
de los aviones ligeros, pájaros lentos
que, al pasar, revientan paredes, 
desbordan ríos y abrazos.
La luz del amanecer llega
e incinera labios que no son mas
que ceniceros de antiguos besos,
hormiguero atroz preñado
de cigarras y consonantes.
Y a pesar de todo, es fácil hacerlo:
esconderse en el parque de los osos
y ser un erizo como yo,
ser un cactus como yo también.
Y al ir a dormir despedirte del ciprés,
bajar la basura, cerrar todas las luces,
con Louis Amstrong desde el fondo del inodoro
llorando por debajo de las ingles
que éste es un mundo maravilloso.




Ilusiones y sueños de 10.000 maletas
Editorial Libertarias/Prodhufi
Primera edición: mayo 1996


‘Cuando sientes que los poemas de un autor desconocido echan anclas en tu corazón, cuando sientes que sus palabras se hunden en algún hondo paraje del alma, cuando la lectura es un eco de sentimientos que ya conoces, entonces comprendes que acabas de topar con un gran poeta. Vuelves a mirar su nombre. Se llama Carlos Zanón. Ilusiones & Sueños de 10000 maletas es un cofre repleto de gemas rutilantes y durísimas, gemas desgarradoras, preciosas, impías, surgidas de las entrañas de un Zanón que contempla la vida como una carga –‘hay que levantar el día desde abajo’- que no obstante, afronta sacando pecho: ‘Vamos a llegar hasta el horizonte, hasta el verano, hasta mañana si es preciso’. Ilusiones… posee la fuerza de la desesperanza, el horror profundo, inexorable, del que sabe que, al final del pasillo sólo espera la muerte. Podrás o no compartir las ideas pero afecta. Zanón ha escrito: ‘Sólo existo si me sondan, si me miran y me ven’. Sóndale’.

(Gabi Martínez. Ajoblanco. Octubre 1996)



La advertencia.

Vamos a atravesar esta noche de invierno
de costa a costa, hecha unos zorros, abierta en canal.
Vamos a bebernos el viento llegue de donde llegue,
a cerrar los ojos, con los huesos rotos y la nariz
sangrando litros de jarabe para la tos.
Vamos a escudriñar los secretos que se esconden
en las líneas de nuestras manos, en las vísceras
de las aves, en el papel blanco de las recetas.
Vamos a cruzar la tormenta de nieve,
vamos a vagar por esta interminable
noche de los olivos.
A rezar todas las oraciones, a escuchar todos los consejos,
captaremos la esencia de la vida
y trataremos de recordar la frase final de los cuentos.
Vamos a estar más unidos que nunca
en esta noche de invierno,
con la lluvia queriendo entrar,
matándose contra las ventanas, contra el techo
de nuestra casa de cañas, madera y ladrillo.
Vamos a llegar hasta el horizonte, hasta el verano,
hasta mañana si es preciso.

¿Qué hay al fondo del pasillo? 
Miedo infantil a la oscuridad,
miedo de que la muerte vuelva a la vida
y sepa dónde guardamos el dinero y la sal.
Es la habitación: no mires.
Es tu madre, un pez con ojos de pez,
desovando huevos y canciones italianas.
¿Qué esperas para venirte hasta allí,
a la luz amarilla del fondo del pasillo?
El crujir del serrín bajo los zapatos,
la noción de robarlo todo y el dolor
tan fuerte que ni lo sientes ya.
Es la habitación: no mires.
Es tu madre: no la reconocerás.

 


El brujo.

El brujo habla y no dice nada.
Dibuja garabatos en un sobre
y envía cartas y postales a la muerte
tratando con direcciones falsas de engañarla.
La vida es blanca
y se escribe sobre papel blanco.
Siempre ha sido así
¿por qué iba a cambiar ahora por mí?
Quizás haya un motivo
en cada una de mis encías,
en estos dos hilos de alta tensión,
quizás un por qué en este río de mercuriio
que me ennegrece los dientes
mientras fluye pausadamente
hacia ningún mar.
En algún sitio debe haber respuestas.
Estoy seguro de ello.
¿Por qué sino, me avergüenza mi propio dolor, 
por qué muerdo entonces la almohada
y pruebo de no gritar?
¿Por qué aun aquí trato de no molestar,
de ser mejor que los demás,
de caer simpático bailando martes y jueves,
convulso bajo la luz blanca
que ciega pero no cura,
saturado de peyote y dexidrina,
doblado,
deseando con todas mis fuerzas
tener alma pero no cuerpo
pues éste está enfermo y tira hacia adentro,
pudriéndome las alas de negro,
de gangrena y tierra.
En algún sitio debe haber respuestas.
Seguro.
Caídos desde el cielo hay ángeles
que no saben aún que las nubes no son de algodón,
que todavía creen que de un túnel
siempre acaba saliendo un tren.
Sé yo que les molesta hurgar en las llagas,
mirar a los ojos,
retirar los meados,
agujerearnos el culo
pero también sé que les da igual,
que todo es normal, 
que pueden vivir a pesar de eso,
con los días divididos en horarios,
turnos y medias jornadas
en el reloj de la sala,
en el círculo amarillento del pijama 
que todos tratamos de disimular 
cuando nos cambian las sábanas
y dan la vuelta a nuestro colchón.

 


Feliz navidad.

Alguien, con el dedo embadurnado en mermelada
me dibuja una sonrisa en la cara cada mañana.
Luego, a veces, me cuelga bolas de colores en la nariz,
en las uñas, en las orejas, en la comisura de los labios,
en la hebilla del pantalón
y me saca al jardín a pasar frío, 
con un rótulo intermitente,
azul, rojo, verde, azul otra vez:
todo vendido, no hay habitaciones, feliz navidad.
Y de tanto en tanto escondo un diafragma en mi vagina,
y drogas y mapas de tesoros que nadie encontrará jamás.
Y una vez al mes ese mismo alguien
con un cuchillo al rojo vivo
me ciega los ojos
pero yo pienso en mi madre y lloro.
A veces bajo al bar y me pago una copa,
tres monedas en la máquina y una mirada al tendido,
con la risa tonta de la que no sabe nada
porque es una idiota con la cabeza
llena de aire y pajarillos,
con venas de mimbre y un corazón de porcelana
que nadie se molestó en romper jamás.




EL SABOR DE TU BOCA BORRACHA
(Nínfula, 1989, Mención Especial Premio Anthropos)

'Inspira el libro una actitud desesperanzada, solitaria, nostálgica de la infancia y que se resuelve en una ternura triste, sin promesa de comunicación, pues parte de la abolición de todo mito afectivo -la mujer con la que se comparte labios y muslos resulta tan extraña como el propio yo-. Carlos Zanón muestra afición por los versos largos en los que imágenes de rostros y objetos cotidianos se integran en un discurso a veces irregular pero casi siempre convulsionado por fuertes contrastes entre un mundo soñado y terso y otro áspero e impactante'.

(Rosa Lentini. Hora de poesía. Abril 1989)


Ella se acurrucaba en un bostezo
buscando dormirse en una de las grutas
que se forman en el mar, a veces.
Con un coral rojo brillando en la oscuridad
y un mal veneno corriendo por sus venas,
ella descendía de su torre tallada en hielo
con inmensas almenas de nieve
y las ventanas pintadas en azul y quizás
también en negro.
Y su amante entonces, alargaba 
lo más que podía los brazos
mientras ella desnudaba sus pechos contra las rejas.
Había noches en las que llovía mansamente.
Eran aquellas noches en las que ella dormía
bajo mis mismas sábanas,
en el calor de mis brazos muertos,
en las que hablaba muy bajo
como si sus mejores caricias fueran ésas…
No hay ningún beso ni el roce
de ninguno de mis dedos
que no temblase al seguir la línea de plata 
que llevaba hasta el pantano de sus caderas.
Y mientras yo violaba lo inaccesible,
su amante escribía un nombre en el cristal de la ventana,
recogía lunas completamente rotas
en la entrepierna de sus pantalones ajados y sucios.
Algunas noches, aquellas
en las que mansamente llovía,
ella secaba las gotas de rocío en la arena
mientras a lo lejos, el horizonte era rojo y frágil.

 

Sin cara, sin gestos, sin labios,
sin voz ni dedos,
sonámbula sobre mi pecho,
en mi cama, en mi casa y en mi cuerpo
la agonía de los océanos azules,
de los besos inmensos y lejanos,
sobrevuelas, envuelta en pieles de cebolla, 
medusa,
tules y velos de novia ennegrecidos.
En ceniza y en recuerdos.
Sin cara, sin gestos, sin labios,
sin voz ni dedos,
¿he estado amando a una condenada
o es que me estoy enamorando de una muerta?
pan duro y agua, agua y pan duro.
Rompe mi cuerpo, rómpeme los huesos,
porque sólo soy el ser que se ató
las muñecas
al rizado hilo de un teléfono, 
a tu pelo y a tu nombre.
¿Qué importa si tenía un nuevo amantes,
si me amabas o me odiabas
o si tan sólo tratabas de olvidarme…?
Sólo soy el ser que aún hoy, guarda
una carta tuya,
un regalo
o una pista para entender algo.
Pan duro y agua, agua y pan duro.
Quiero que empapes tu vestido de sudor
y me lo envíes.
No me hará daño tenerlo,
sólo un poco quizás.
Me lo pondré cuando me sienta solo,
tan solo como hoy.
Cuando la cosas no me vayan bien
y así parecerá que no te has ido del todo.
Sin cara, sin gestos, sin labios,
sin voz ni dedos,
te arrastras por el suelo,
manchas las paredes
y me esperas entre las sábanas.
La máquina ósea, la máquina letal.
Y la vida, disfrazada de maldita serpiente de luz
se me enrosca quebrándome la espalda,
en un terrible y lascivo abrazo de amor,
en mi cama, en mi casa y en mi cuerpo.
Dormiré bajo tu lengua,
en tus noches de mujer enamorada,
empapado de miedo y nostalgia,
ordenando el caos,
una y otra vez
hasta que acabe esta pesadilla.
Este dolor es puro,
este llanto inútil,
esta espera es cruel.
Aprendiendo a vivir,
inquilino y huésped.
En mi cama, en mi casa y en mi cuerpo.
Y mañana a las dos irrumpirás
como Tom Sawyer,
para convertir las lágrimas en polvo de estrellas,
y la tragedia en una lluvia fina y cansina.
Y más tarde, a las ocho,
esperaré en el portal de tu casa
a que bajes y me digas: “¿A dónde vamos?”.
Pan duro y agua, agua y pan duro.

 

No sé por qué pero los náufragos
siempre tenemos una caja de cartón bajo la cama 
donde guardamos toda la lluvia caída,
las cartas que nunca nos atrevimos a enviar.
Dorados los cabellos,
esta indolente luz de domingo
parece ser la única verdad tras la tormenta.
Es la misma lengua que ayer
bañó en azufre la noche,
que selló nuestros labios con besos de esparto,
aquélla que se vistió de mujer siendo hombre,
fumadora de los cigarros más largos que existen.
Golpear todas las puertas,abrir todos los ventanales,
romper el horizonte hasta obtener una respuesta…
Diamantes de sal resbalan
por tu cuello de cisne ensangrentado
hasta la cuenca de tus pechos, grandes y negros.
Estás dormida para ver pasar los pájaros de largo,
para acercarte a la muerte, volver y no mirar atrás.
La habitación, barata y sucia
-ya lo sé, ya lo sé, ya lo sé-
pero el misterio de sus salas enmoquetadas,
sus techos altos y el sabor amargo de la miseria
me servirán para escribir una novela
dentro de cien, mil años
y pudrirme en oro y locas mujeres
que abandonarán
a sus maridos en horas convenidas
para estar aquí y sentir este dolor.
La redención de las flores oscuras
y los árboles podridos por la mitad,
el éxodo de cangrejos y alacranes,
de cadáveres que siempre bromean
mientras beben agua helada.
Sí, esta noche fue todo pero no habrá más.
Sin embargo, tú, mi niña,
mi cumbre, mi valle y mi abismo,
cumple tu promesa y escríbeme. 
No importa de qué o por qué.
Guardaré tu carta bajo mi cama,
en la caja de cartón empapada de lluvia.
Hazlo, por favor, porque la vida es letra
y la dirección nunca importó lo más mínimo:
lejos de cárceles y buzones,
la nostalgia siempre supo llegar.









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