sábado, 17 de septiembre de 2016

MARÍA CECILIA MICETICH [19.155]


María Cecilia Micetich

Nació en Rosario, Argentina  en 1979. Es escritora, docente universitaria, pianista y profesora de literatura. Se formó en el colegio San Francisco de Asís. Cursó estudios en la Escuela de Música y la Escuela de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes (Universidad Nacional de Rosario). Desde 2005 da clases de literatura en el colegio San Juan Bautista de La Salle y en otras instituciones educativas de Rosario. Es Profesora titular interina de la asignatura Integración Cultural III de la Escuela de Música de la Facultad de Humanidades y Artes. Además, coordina un taller de lectura para adultos. Publicó el libro de poesía Una partitura (Huesos de Jibia, Buenos Aires, 2014) y, junto a la Dra. Elena Tardonato Faliere, Esplendor en las sombras: tres voces italianas contemporáneas, un volumen con traducciones de los poetas italianos Milo De Angelis, Francesca Serragnoli e Isabella Leardini (Huesos de Jibia, 2015).


Arañas

Sueño con arañas blancas sobre mi cama.
La claridad del espejo refleja
el terror de una araña que se deja tocar.
Cuando duermo, me acaricia expectante.

Sueño y me visita con su bata de lunares.
Un andar que cosquillea
entre velos azulados y negros
en un patio de ajedrez al alba.

Allí juegan las hojas
como pequeñas arañas
arrastradas hacia el claroscuro del centro.

La noche es una espera,
un conjunto de abalorios que se trenzan
en progresiones de arrullos,
la continuidad de un sueño.
Una araña que se deja acariciar.



Retrato

El reflejo de tomarse por una fracción,
una entidad separada, crea los conflictos.
                                     Alejandro Jorodowski

Todavía conservo la respiración del cuadro:
una mujer que cubre el perfil con la esfera que retiene
carga en la mirada la tinta de sepia
seda triste en el azul.

Abrazo circular y un brillo allí,
en el centro de la pupila
se convierte en cristal de lágrima.

Yo soy esta mujer que mira,
alguien que escucha el espacio natural
donde los ruidos ya no molestan.

Perpleja detrás del retrato, no estoy sola,
aunque en algún lugar siga pensando
en todo lo que se va
y lentamente deja de existir.




de Una partitura (Huesos de Jibia, 2014):


Domingo

Puño que quiebra toda la magia,
tener lo que se tiene
en el necesario hábito de respirar y no,
porque aquel árbol de la espera
despojado de resplandores y ocasos
hoy es la posibilidad habitable en este caos.
A veces la sombra se reproduce en el instante azul del domingo.
Si la vista se nubla de grises,
pido tres segundos:
desaparecer.


Geográficas

En la mitad de la luna
habita este cansancio para todo.
La idea de la forma,
la construcción sin aristas de un acantilado
que se mueve a destiempo.
Entre la sombra y el aroma tácito,
llanos de astucias roídas
por la violencia del ramalazo.
Cómo escribir en el entretiempo
de la espera oblonga
sin los malentendidos de la palabra.
Un plus bautismal consagra desde afuera,
pavesa con pretensiones de fuego.
Dios todo lo bendice
cuando cae sobre las hojas una gota de alivio,
cinco notas de agua
que se evaporan en luz tenue.
Alguien celebra la música de la tarde.


Un cuerpo agota la distancia

Un cuerpo agota la distancia entre el paisaje y mis ojos,
es la infinita presencia que sostiene
el cogollo violeta en la calle.
Como huérfana a la deriva y sin veleta
la soledad de la tarde me perpetúa en siglos.
Bajo la pendiente para acercarme más a la flor que fue ángel,
y en el canto del agua tramo limpiar las certezas,
esos ladrillos como palabras, esas cartas como caricias,
ese blanco como la espesa calma de la puesta.
Corrijo auroras en el borde de la página
para tornar los remos al mar
y dilatar el lugar de mi olvido.
Cae la tarde, mientras me susurra
cada vez que la tranquilidad de la ola
vuelva a mí para ser sueño.


Molto adagietto

Ese instante mágico
para escuchar toda la música
en un cuarto frío aunque pleno
de un delicioso perfume a pinar.
No se parece a ninguno. Cada astilla
viene cantando pie a pie. 

Esta canción que pasó por un río,
en peregrinación hacia el este,
no se parece a ninguna.
El motivo se pierde
cada vez que cierro la tapa de madera
que no embalsa ni navega. 

Hay una trama que nunca comienzo a tejer
desde que este acantilado
bloquea mis entradas al mar.


¿Será, entonces, cierto..?

¿Será, entonces, cierto
que la mirada encumbrada hacia el piélago,
en la solemne espesura de lo profundo,
cuando asciende en la hora del ruiseñor,
cincela el comentario pero también lo sostiene?
La invitación al abismo en el vuelo inmolado
de este avión de plumas grises,
merodea el no querer anclar
en la grava que nos expulsa
(porque aún nos desea).
Si lo verdadero se hallara en un pestañear,
abrir y cerrar de hojas, de labios,
de manos desapacibles, de requiebros,
diría que todo es blanco bajo esta página,
diría que el vaso a medias
expresa cinco minutos más
que la botella llena de cenizas,
cuando el universo da vueltas
y en la mitad del vals transforma
la temporalidad toda en una lágrima.


Hay un solo motivo

“J’unis un coeur de neige à la blancheur des signes” 1
Charles Baudelaire

Hay un solo motivo
en el blanco de la orquesta,
sin intersticios ni atisbos.
Aunque con sombras,
en el pausado regreso del ojo a sí mismo,
el cuarto viaja hacia el profundo fluir de la palabra.
De esa palabra que balbuceo
en el idioma que todos olvidan.
El canto del paisaje se vuelve hoy mi fantasía,
variación del Parnaso que insiste una y otra vez,
navegando sobre el mismo río.
Hay un motivo
y está en la torre. Alguien sopló briosamente
para que hoy, si doy vuelta la página,
deba cantar de nuevo.
Vuelva da capo y Babel me reciba
en el abrazo de un verso.

1 “Un corazón de nieve junto al blancor del cisne”.




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