jueves, 18 de febrero de 2016

VIRGINIA SEGRET MOURO [18.128]


Virginia Segret Mouro

Nació en Buenos Aires (Argentina) en 1953. Reside en una casi centenaria casa de la localidad bonaerense de Banfield, rodeada de muebles y objetos muy viejos. Profesora de Castellano, Literatura y Latín, Maestra de inglés, se ha desempeñado como docente en los niveles secundario y terciario. Es autora de los libros “Poemario” (Agon Ediciones, 1984) y “Memoria” (Ediciones Ultimo reino, 2006). Publicó cuentos y poemas en diferentes medios. Coordinó talleres literarios y formó parte de jurados en varios concursos provinciales y nacionales. Participó de la Feria Internacional del Libro “Del autor al lector” y de la Feria Infanto-juvenil. Fue becada por la Xunta de Galicia (España) en dos oportunidades. Prologó libros de poemas, dictó conferencias sobre literatura prehispánica y latinoamericanas. Tiene inéditas cuatro novelas: “Annabella”, “Historia del Reino de Glabritania”, “La lectora y las rosas” y “Una canción para Elena”. Ha participado en diversas antologías del género. Algunos de sus poemas han sido musicalizados por los compositores Roberto Segret y Marcelo Ortiz Roca e interpretados en U.S.A y ciudades de Europa formando parte de repertorios líricos. En el 2004, fue seleccionada por Canal á para el programa de poesía “Hacenos el verso”. En este 2007, tiene prevista la publicación de su nuevo libro de poemas “Antigales” (Ediciones Tenía razón el malón).



VILTIPOCO

I

Nada hay ya en tu boca y solamente
la apretada espuma de la ira.
El eco de tus piedras y el eco de tu gente,
cántaros,
vasijas rotas ya.
Irremediablemente.


II

Prendido va en tus ojos el gran río,
el Río Grande, esa terrosa lengua indescifrable.
Lúcido de tu mirar.
Oscuro y terco el río
quebrando la Quebrada.
Mordido del oprobio, testigo del Infierno.
Prendido va en tus ojos este río,
tu lágrima mayor.
Señor de Omaguaca,
por los ojos del río anda tu gente.


III

Sorben las piedras tintas
del carmín de la tarde,
en Purmamarca,
tu último rescoldo.
Buscan la vena madre.
Ya no ha lugar el parlamento.
No hay cita con los dioses que otorgaban,
el agua, la paz y el alimento.
Buscan las piedras
la llaga abierta de tu indomable vena.
La encuentran y se incendian.
No fue de infierno esa luz.
En la ensangrentada rosa
de la roca encendida
en Purmamarca,
más allá del arrebol de todos los ocasos,
tu sangre está y estalla.

N.P.Viltipoco, cacique omaguaca oriundo de Purmamarca, reunió a los pueblos de la Quebrada y guió la lucha contra el español. Prisionero del enemigo, murió en Santiago del Estero en fecha incierta. (de su libro Antigales, 2007)



POEMAS –TANGO (2007)


CARTA NOCTURNA PARA EL BANDONEÓN 
DE TAIO

Tocáme un tango, Taio.
Un tango desconocido.
Una provocación inquietante.

Todo acorde tuyo desgarra
las amapolas desdeñosas de la intemperie.

Tocáme un tango, Taio.
Un tango imposible.
Un tango de sudestada en el río.
Una inundación incesante
que encrespe el límite vacilante
entre la piel de la noche
y el tuétano sangrante de los vinos.

Traéme acá tu bandoneón temblón,
que nos va de trinchera
la noche y sus lagartos y vigías.

Llenáme de aluvión de tango, Taio.
Tu música,
en el embrujo de esta noche
descampadamente azul,
cósmica,
tatuada con sus propias estrellas.

Para esta mirada que deshila
la penumbra insolente,
tango.
Para tanta extrañeza poseída
por el privilegio del secreto,
tango.
Para esta trashumante
acodada al filo del iris de su gato,
el temblor de ese beso.

El temblor de tu fuelle adolescente, Taio.




CARTA A LA CASA DE LA CALLE NECOCHEA, 
EN LA BOCA, LA NOCHE DEL 7 DE FEBRERO 
DE 1993

Se chifló la marea de las aguas
sucias de este Río de la Plata.
Se chifló en un envión trastornado,
desbrujulada,
lenguaza sublevada.
Y yo
en tu balcón
mirando.

Calor de febrero y sudestada.

Sombras de ese atardecer,
harapos, jirones de carne viva
en el torrente de fango
y en mi melancolía.

Pasó un árbol meduseando.
Pasaron
un armario, un sillón de pana a azul,
una mesita de luz
y hasta un barco desanclado,
por la calle, 
navegando.
Y yo, rehén,
en tu balcón
mirando.

Río
en la serpentina de su reviro.
Río desaforado, sacrílego, desangelado.
Se llevó desbocado la quietud de La Boca,
la madrugada libertaria,
la sábana, el pan,
el abrazo de amor.
Y yo, 
en tu balcón.

Llorando. 

7 de febrero de 2007



CARTA A LAS PALOMAS QUE HABITARON 
LA PLAZA DE LOS DOS CONGRESOS 
EN EL AÑO 1958

Para tía Sara

En tropel descaballado así
a piojo y picotazo
y ahí va la bolsita mía de maíz.

Desde esa cosa tan allá, ustedes, palomas grises
de Congreso en el 58, ¿escuchan?
¿O no será que acaso
sobre las destartaladas aspas de El Molino
todavía están ahí y nos ven?

No hay manera de no ser melancólica
si me subo al cogote del caballo en la fuente
y cabalgo este silencio de equilibrio
en el sepia de la plaza, corceles de las esquivas espumas
y de aquel Buenos Aires con cinco años de corazón.

Ay, tía, te enredo aquí, en mis versos,
tornasol de ala azul de aquellas palomas...
Ay, tía, que ellas nos tuteaban atravesando la alegría de las dos.

Manos de las palomas indolentes
que arrullan nuestra merecida ración de infinito.
Espectros incendiando nuestra ceremonia de maíz.

Lo cierto, tía, es que esas
cagaditas blancas en el bronce verde del caballo
nunca, nunca, nunca
han podido huir.



CARTA AL SABOR DE LOS HELADOS 
QUE VENDÍAN EN LA PANADERÍA 
ORTIZ DEL BARRIO SAN CRISTÓBAL

Era con el amor ligero de los
grillos saltarines que los zapatitos
voladores
hallaban el atajo y aterrizaban en la
Panadería Ortiz
y bailaban
firuleteando
en el dibujo de las
baldosas calcáreas de la
Gran Panadería que
en la calle Cevallos vendía
los helados que
ciertos tórridos veranos
finalmente devoraron.

Desprevenido cataclismo para siempre.




Del libro “Antigales”, Ediciones Tenía razón 
el malón, 2007


QUILMES

1666

No elige el Diablo desaprensivamente
sus coronas.

I

Yo no cuento esta historia.
La dicen
los ojos soñolientos de las piedras:

“Y cayeron al vacío desplegando
las últimas alas bravas más ennoblecidas,
pájaros en la luz, contra las rocas.
El blanco quedó ileso.
La nube quedó ilesa.
El Sol los vio partir.”

Quiero yuntas de bueyes que puedan
desenterrar este olvido.





Del libro “ Memoria”, Ediciones Último Reino, 2006


Poema IX

En la canción concisa, de una sola nota,
apretada en la rápida explosión del trueno,
ahí nace y muere la vida.
Fugaz –esto ya sé que se dijo—
como la luz de las luciérnagas,
como un guiño, un roce, una pulsión,
como el chasquido del beso que partió del labio
o una desesperación cualquiera.
Lo dicen, hace siglos lo dijeron.
Ahora bien, yo creo
que hecha del fermento de los frutos más dulces
o de una pasta acre y terrible, resaca de la sangre sucia,
la vida pasa pero no se va, se queda retenida para siempre,
acá en el Universo, como la Memoria.
Así la carne de tu cuerpo y tu rebullir,
leve como la pluma, grávido como el núcleo metálico
de un planeta gaseoso.

Pasás y estás, y estás porque pasás,
--y así es con todo--,
y hundís una raíz como una pata enorme que se complace con el barro
quedándote:
hoy, una cabellera en llamas que remonta la almohada,
brazos que son colas de cometas semillando la luz,
boca, tu boca, ese gran temblor, esa colmena;
mañana, una nodriza oculta
un gránulo de polvo en la lengua traviesa de un niño.

Todo es tan poco y tanto...

Que la vida es fugaz parece una certeza...
Sin embargo, a veces pienso
que no vale compararla con la efímera rosa
si la rosa es el corpóreo fantasma del instante inmortal.

No corras, Avril, para beberte el rocío del corazón de la rosa:
la flor y vos son una sola y misma cosa.
Olé y echáte desnuda bajo el sol,
renovándote hasta el último día como hace desde siempre la primavera.
Abrazá lo que llega, despedí lo que parte.
Hacé de tus dedos
felpa con que tocar, de tu boca
un cuévano que contenga otra boca amada,
un brote, un hocico,
una trompa pronta a descarnar las palabras del mal.
Que tus ojos sean
el géiser que se bebe el trino de todos los pájaros,
el hondón que atesora el espanto y la maravilla.
Coronáte de pámpanos y besos,
y pasá.

Pasá... 







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