viernes, 5 de febrero de 2016

OMAR OCHI [18.066]


Omar Ochi

Nació el 4 de diciembre de 1988, en Mendoza, Argentina. Obtuvo numerosos premios por sus poemas y cuentos. Ha ganado dos veces el Gran Premio Vendimia de Poesía (2010 y 2012). Ha sido premiado en tres ocasiones con un subsidio del Fondo Provincial de la Cultura (2009, 2012 y 2014). Fue jurado del Certamen Literario Internacional “Salta Nuestra Cultura 2011” (Salta) y del concurso literario de narrativa de los “Juegos Evita 2012” (Mendoza). Ha publicado sus poemas en las revistas Cima, Las Musas, Megafón y La Vena. Perteneció seis años al grupo de Escritores Maipucinos (donde aprendió a crecer). Participó en el Primer Festival Internacional de Poesía de Mendoza. Estudia la carrera de Letras en la UNCuyo, es miembro y abanderado de SADE (Mendoza), se dedica a la música (canta y toca la guitarra), actúa en el Elenco de Teatro de la Facultad de Filosofía y Letras. Entre sus obras editadas se encuentran: “Edel: el libro de once puertas”, “Libro del desierto”, “Historia del tiempo”, “Edel II: ¿Qué es la vida?”, ''Quimeras en el aire'' y ''Crónicas de hombres celosos''.


Carrera de barcos

lanzamos nuestros barcos
a esta aventura de infancia y acequia

perseguimos sueños
gritamos combatimos
jugamos a la vida

nos estremecemos ante una
                                        pequeña
                                             cascada

vemos hundirse la proa y la vela
de cada esperanza
y todos perdemos la carrera vital

callados y derrotados
hacemos otros barcos de papel

De ‘‘Historia del tiempo’’



tierra de aves

la vida jugaba en el patio
la infancia era un pájaro de tierra
que escribía sus pisadas su huella
sus vuelos y su canto
                        bajo el sol naranja

del cerco para afuera
se divisaban
                  por un lado
las vías del último tren
                  por el otro
las casas de los vecinos
la calle infinita

del cerco para adentro
había un mundo

viña parrales geranios eucaliptos
la casa el gallinero
el horno de barro
el poema de la risa
los juguetes desparramados
en el cielo verde

se llama tierra de aves
allí jugaba corría volaba y pasaba
esa vida
             esta muerte



    
Lejos…

He vivido un largo día lejos de la inocencia.

Tan lejos que mis ojos me pierden.
Creo verme y no verte.
Es de noche. Las velas alumbran
la distancia de los ángeles.
                     Parpadean.
Se apagan cuando habla el viento.
Un violín pronuncia mis nombres
con la voz de la oscuridad.
¿Quién frota las cuerdas?
¿Tu arco? ¿Mi mano?

La esperanza es el cigarrillo
que arrojé al cenicero.
Luna distante. Fantasma en soledad.
El mundo se divide
en dos ecos diferentes
porque un hombre acerca sus manos
al fuego de la memoria
y un niño se aleja por la calle del olvido.

Lejos, tan lejos que mis palabras me gritan.   
Me escucho. Respondo:
                               «acá estoy».

En un lugar donde nacen y mueren los besos,
donde los años juegan contra la vida
y me enseñan a perder.

De Historia del tiempo (2013)




Soltar un pájaro

No se trata de olvidarte:
se trata de cerrar los días con una llave
y caminar por las veredas sin bajar la frente,
sin que me nombren las músicas
y pensando que así es mejor;
que bailás y reís y volás más alto lejos de mí,
pues, a veces, el amor es cuestión de pájaros:
es dejar vivir y dejar morir,
compartir los vuelos, respetar la libertad,
entender que no sólo a mi lado podés ser feliz,
aprender que siempre soñamos con tener un sueño.

De ‘‘Edel: el libro de once puertas’’




Poemas del
Libro del desierto


Uno

Estemos juntos, pero separados.
En otros besos; en distintos asuntos.
Vos por tu cuenta,
y yo con el sol en la nuca,
caminando hacia adentro,
errando los lenguajes.
Sangrando esto que es mío y tuyo:
la viajada, el sentirnos, el fuego sobre lo callado.
Uno.
Esto que no pudo ser
y al fin de cuentas,
somos.


V

la historia pone sus manos y su cabeza
en un cadalso

sus faraones o reyes muertos
no saben que saben lo de los párpados

que el ocaso nos sueña
como un pretérito como este ocaso
en que el camello de la memoria
te persigue y es castigado
con los otros

con el filósofo decapitado
con la boca sin guerras
con el amor huérfano de espadas
y la vida sin música y el poeta sin canción

el cadalso se llena del vacío
y no sabemos
pero oímos
que la muerte es la primera nota del silencio



Shida

Un momento de sequía.
No hay frutos, ni riegos, ni palabras.
Nada. Solo el hastío y la sed
de las grandes cosas.

Secos, las rosas, los labrados,
los caudales, las cisternas y la tierra.
Los ganados y las canciones.
El olvido, el buitre, mis ideas.

Secas, las gargantas.
Del día se descuelga una gota de fuego.
Nada llueve. Nadie siembra
las primeras semillas de la esperanza.

Pero sigo esperando…

Una, dos, tres horas de fragua.

La hora del canto.
Suelto la lluvia.



Elogio al barro

Sucede que tengo envidia del barro:
en él veo la carne de mis leones,
los muros del tamaño de la nobleza
y el grano más miserable.

Es todos y uno solo: hombre,
creación, poema del hombre.
Es hijo de sus manos,
y aunque nadie reconoce
sus preludios de agua y polvo,
habla con el gesto de una cara insaciable.

¿Y quién le pone fin a sus apariencias?
¿Quién es quien para despreciar
su pobreza soberana?

El barro es materia poética,
destruye, edifica
y canta antes de nacer;
canta con el beso de una lluvia,
con otra cítara,
con otra boca y otras manos.

El barro (mientras sigue siendo barro)
no tiene voz, ni forma, ni lengua,
pero canta.



La vida de un escritor

No se habla de tus laureles,
ni de los montes que tiemblan
ante el poder del poeta.
No se trata de verdades
la pluma que piensa y juzga
el valor estético de tus venas.

No hablo de tu antigua vida,
sino del rostro que veo
en el fondo del espejo:
espejo de tu voz en la nada,
escribiendo a oscuras,
hombre abandonado.

Hombre y dos veces dolor;
gritando sin ser oído,
llorando lágrimas que lloran.
Puedo imaginarte caminando
entre gentes y ciudades,
pero siempre caminando solo.

Puedo vestirte
con la desnudez de mis canciones,
porque ya conozco este asunto:

Escribir es volver
a la semilla y la tierra,
aprender las virtudes de las piedras
y entregarse al vuelo.

Es esto que sufrís
en la cruz de las palabras
poniendo clavos en el alma
y sangrando luz en cada verso.




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