martes, 26 de enero de 2016

MAYDA ANIAS [18.016] Poeta de Cuba


Mayda Anias 

(Amancio, Cuba, 1965) es licenciada en Educación y Master en Didáctica. Ejerció durante diez años en la Universidad Pedagógica de Las Tunas, y más tarde como investigadora en la Casa Iberoamericana de la Décima en la misma ciudad. Artículos y poemas suyos aparecen en revistas en varios países de habla hispana. Sus poemas han sido incluidos en diversas antologías en Cuba y otros países. Ha publicado: Sobre tercos desafíos (poesía, Sanlope 1995), Con el ancla en tierra (décima, Sanlope 2005), Tesoro de décimas (Librifer, España, 2008), Ensayos de la Casa (Sanlope, 2009), Tulipa (novela, Caldeandrín Ediciones, 2011), Siete entre cuatro, en coautoría con Miriam de Castro, Juan Martínez de las Rivas y Jesús Arribas (Caldeandrín Ediciones, 2012), Narraciones desde La Carretera (noveleta, Caldeandrín, 2015) y Sobre mí el peso de la Isla (poesía, Caldeandrín, 2015). En 2010 obtuvo Premio Internacional de Relato Corto «La Moraña». Actualmente vive en Ávila y dirige el sello Caldeandrín Ediciones.


MONEDAS PARA CARONTE

Bienvenido. ¿Me temías?
Paga el viaje, no hay espera.
No será esta mi primera
ni mi última travesía.
No te irás, la fantasía
del Dante es un mal comienzo.
Bienvenido. Es el consenso
entregarme dos monedas.
Conduzco la barca, quedas
dueño de un espacio inmenso.

Caronte, no adivinas
de dónde vienen mis pasos
cómo tiré de cien lazos,
de cien playas. ¿Imaginas
el comienzo así? ¿Terminas
por ofrecerme tu barca?
Caronte, yo sé la Parca
los fosos y Cancerbero.
Vengo sin prisas. Espero
hasta cruzar esta charca.

No hay diálogo aquí, ni lumbre.
El viajero es solo eso,
yo también he sido el preso
atado a la podredumbre,
pero hasta el cieno es costumbre
y no importa el día a día.
¿No traes una sinfonía
de eso que llamas infierno?
Ah, no sabes el Averno,
tú vienes del Mediodía.

¿Vas a herirme en el costado
o a señalarme mi yugo?
Voy a mostrarte el verdugo,
al que vienes tan airado.
¿Quieres verme amilanado?
No soy yo quien tanto dice,
ya verás al que maldice.
No me alarma, ya lo he visto.
¿Conoces al Anticristo?
Algo vi, mas poco hice.

Blasfemas, pero tendrás
tu propio arrepentimiento.
No temo a ningún tormento.
¿Quién eres tú, Barrabás?
Ya dejé otro Diablo atrás.
¿Es fama tu valentía?
No pecaba, me moría
por escapar de esa suerte.
Aquí todo es cieno y muerte
recordarás este día.



de su libro
Con el ancla en tierra

Una lámpara en lo oscuro
es aceite por quemar,
no es silencio meditar,
el pecado fue algo puro
porque el corazón más duro
tuvo un antes y un después
como tiene cada vez
su porción de eternidad
y hasta lleva la verdad
su mentira en el envés.




Sobre mí el peso de la Isla
Mayda Anias
Caldeadrín Ediciones, 2015



«Lo que más irrita a los tiranos es la imposibilidad de
ponerle grillos al pensamiento de sus subordinados.»
Paul Valéry



La dupla temática exilio y nostalgia ha sido muy abordada por la poesía, la narrativa y la ensayística desde siglos atrás por autores de lenguas, ámbitos y estilos distantes y distintos que, en conjunto, conforman un vasto haz, muchos de ellos obligados por regímenes totalitarios como, en el siglo XX, los fascistas (alemán, italiano e hispano) y desde fines de los 50s de esa centuria la más antigua dictadura del mundo: la cubana, como en el XXI la venezolana, estos últimos por citar dos casos cercanos.

Entre muchos de los poetas que sufrieron las cárceles totalitarias, figuran los españoles Miguel Hernández —quien escribiera en prisión su formidable Cancionero y romancero de ausencias, donde incluye Las (hermosas) nanas de la cebolla—, Federico García Lorca (fusilado por el franquismo) y Antonio Machado, muerto en Colliure, Francia, mientras huía de la venganza fascista.

Asimismo, de otros países europeos, entre los numerosos poetas que combatieron el fascismo, como el búlgaro Nikola Vaptzarov (1909-1942), quien expresaría: «Sono un antifascista, un figlio della mia Patria e odio gli invasori hitleriani: per questo faccio parte della Resistenza» («Soy un antifascista, un hijo de mi patria y odio a los invasores hitlerianos: por esto formo parte de la Resistencia». Trad.: WGL).

Los ejemplos cubanos son harto elocuentes del desdichado exilio sufrido por cientos de creadores que, dispersos por el mundo, conforman una amplia población de poetas, narradores, dramaturgos y ensayistas, por no mencionar tantos actores, que igualmente han descollado.

En los nacidos en la Isla, los tópicos de la consecuente nostalgia —rasgo de la cubana, más que de otras poéticas hispanoamericanas— marcan el verso del exilio. En consecuencia, ya en el siglo XIX, integra a los dos grandes José: el iniciador Heredia, seguido por Martí (quien viviera desde su juventud la mayor parte de sus 42 años en el exilio) hasta llegar a la mal denominada «Revolución» de 1959, cuando desde 1960 y hasta este 2015, parten de Cuba a Miami, Madrid, Barcelona y otras ciudades hispanas como latinoamericanas, otros de nuestros mejores creadores.

La isla, el ¿imposible retorno?

Como para dar continuidad a la relevante saga, se suma el de la poeta y narradora cubana Mayda Anias, con su cuaderno Sobre mí el peso de la Isla, recién publicado por el sello Caldeandrín Ediciones, de Ávila, España (donde reside desde años atrás).

Apenas se abre la primera página, leemos y disfrutamos los primeros versos del breve, pero intenso cuaderno, reveladores —mejor que cualquier volumen de historia de la Isla— de las adversidades que aún padecen los cubanos, tras más de medio siglo de castrismo, en esta otra infranqueable prisión (mucho más grande que el islote de Alcatraz), donde sufren «La maldita circunstancia del agua por todas partes», para decirlo con el primer verso del ya clásico texto «La Isla en peso», del gran poeta y dramaturgo cubano Virgilio Piñera.

Y justamente al también autor de otro texto decisivo de la poesía cubana («Vida de Flora»), como de dos clásicas piezas teatrales (Aire frío y Electra Garrigó), la poeta homenajea y dedica su excelente volumen que, en algunos momentos, parafrasea varios de sus versos.

Verdad y razón constituyen palabras determinantes a la hora de definir sus genuinos poemas, pues registran la autenticidad y certeza de la creación de la autora, a quien conocimos, justamente, años atrás, en Las Tunas, donde su talento brillara con luz propia desde sus tanteos iniciales, por lo que no vacilamos en incluir sus espinelas en varias de nuestras antologías de la décima cubana y, especialmente, tunera.

Integrado por cinco textos: la «Elegía de las tres ausencias» —donde reúne cuatro poemas homónimos— y el que da título al volumen, desde el primero abre una suerte de vademécum por el que transitarán sus rabias, penas y nostalgias a través del «Inferno» dantesco dejado atrás, donde padeciera hambres, vejaciones y olvidos.

Ya en la «Primera ausencia», la poeta —tal Martí: «Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche / ¿O son una las dos?»— con el acento coloquial que le permite una más directa expresión, evidencia la angustia y el sufrir por las lejanas comarcas: la chica (Las Tunas) y la grande (Cuba), desde su presente español,  donde, al evocar sus viajes, con hondura y poesía, describe y humaniza sus valijas, como nunca antes otro autor había reflejado en la poesía cubana:



Están las maletas vacías en mi casa.
Se han quedado para siempre en un rincón
vacías y polvorientas.
Ellas, que recorrieron los aeropuertos,
los hoteles de paso, otra vez los aeropuertos
y las bodegas henchidas de los aviones
amontonadas unas sobre otras, tropezando sobre las esteras,
apremiadas por unos, procuradas por otros, por nosotros,
que las etiquetamos, las arrastramos afuera
y les palmeamos las bandas como el flanco de un animal
gentil,
están ahí, en silencio, reventando las cremalleras
de tanto recuerdo descolorido dentro.

Nos miran desde su rincón como acusándonos de su
estatismo,
de su no-vuelta a los sitios amados, lejanos, legendarios.



Mas, no conforme, conceptualiza y define con hondura poética esos necesarios adminículos:



Una maleta vacía es un verdugo,
un guardián cuando menos,
un acusador permanente que nos lanza a la cara
esto que ya sabe a cosa prohibida (que fuimos viajeros)
que anduvimos el mundo con ella a rastras,
haciéndola y deshaciéndola una y otra vez,
renovándole el polvo y los olores,
hoy a tierra negra y fértil, mañana castro inmemorial,
el día siguiente a pino fresco o jara o tomillo,
después azahar y hasta marisma…
Olores conventuales, monárquicos,
olor a puerto de mar o de montaña, a invierno, a lluvia…
Y los otros olores, ah, los otros.
Esos son los verdaderamente perdurables,
los que tardan toda la vida,
esos se impregnan en las maletas con apariencia de musgo
antiguo,
de mancha indeleble en las esquinas de sus entretelas.



Pero Mayda Anias continúa poetizando/narrando el vía crucis experimentado con sus compañeras de ruta, hoy maltrechas por el tiempo y el cansancio de los viajes, tan comunes en la masiva fuga de cubanos que, en este julio del 2015, siguen huyendo en balsas de la Isla, a la que dedica sus homenajes/«Ausencias».

Ya en sus tres últimos versos, humaniza aún más la valija que ha sufrido tanto como ella, y precisa que la maleta quisiera «gritar desde la cerradura / su necesidad de elevarse hasta un portaequipajes / que le anuncie el regreso a las rutas magníficas de ayer».

En la «Segunda ausencia», el punto de vista deviene más íntimo y doloroso, porque ahora evoca los desgarramientos acontecidos en las lejanas Patrias (la chica y la grande), a las que ha regresado en una visita familiar.

A partir del primer verso que le sirve de leitmotiv («Es que no me dejo querer»), establece un discurso de desgarramientos y rechazos por lo dejado atrás, cruzado por los fuegos de una «salvaje nostalgia», evocadora del lar nativo (Amancio), donde creciera niña, adolescente y, ya joven, desarrollara su potencial intelectual.

Un «fardo de melancolía de contrabando / y este no poder estar que me vuelve cenizas poco a poco», se combinan con el apego/rechazo ante el regreso y el triste estatismo del poblado natal, el que pensaba, tras una década, habría mejorado, pero el lar natal continúa con su molicie, como quedada en un pasado irrevocable, del que parece nunca saldrá.

Así, dice quejumbrosa, lastimada por el choque visceral con los humus del nostálgico recuerdo/doloroso presente:



Es que las calles se hacen anchas o angostas confusamente,
que los silencios, cuando cae el sol,
se me antojan aleteos de pájaros disputándose los nidos.
Es que la ciudad a la que vuelvo siempre fue más cálida,
más coraza de rostros habituales.
Es que aquella lejanía se hizo súbitamente imperativa
y robé todo el aire y todos los ámbitos memorables,
solo que las sombras largas de la sierra,
los secarrales de las llanuras y las piedras de los muros
hoy se me vuelven nada en los apuntes vacilantes
de un cuaderno gris.

Es que no me dejo querer,
que me voy de los que me aman,
que traigo resquebrajados los rostros y las corazas
que rompo los pactos sólidos de ayer.



Ante la visión tristérrima (parafraseando al universal peruano Cesar Vallejo, cuyos versos, en bien asimilada lectura e influjo se advierten en el discurso poético de Mayda Anias): «El aire fresco se me ha vuelto raro / como si todo se hiciera antiguo de repente / como si un velo azuloso se hubiera interpuesto / entre esta casa y yo».

Los recuerdos se siguen agolpando y confiesa:



Miro una foto y se me antoja daguerrotipo,
miro el horizonte y parecen humear volcanes,
una nube pasa y se desvanece y creo ver la nieve esponjosa donde apenas caminé.

He llegado al umbral de una puerta,
[…]
aparecí con un talego de tristeza sobre los hombros,
un fardo de melancolía de contrabando,
y este no poder estar que me vuelve cenizas poco a poco.

En la «Tercera ausencia», la poeta continúa el lastimoso regreso temporal y, a un tiempo, el reencuentro/rechazo ante el querido y polvoso pueblo de la nunca olvidada infancia (que evocará en otro reciente volumen memorioso: Narraciones desde La Carretera). Y nos revela, desde los agónicos días de visita y reencuentro:

Se me han echado encima de golpe todas las estaciones,
la luna nueva se me ha roto en mil pedazos,
tengo quebradizas las rodillas
y un ligero temblor cosquillea entre mis manos.
Cómo pude ignorarme así, cómo desconocerme,
[…]
Cómo descuidé aquellos magníficos instintos,
aquellas exhalaciones que pusieron a flote
tanta ocasión condenada al fracaso.
Se me ha vuelto estatua de sal mi propia sombra.
[…]
He empezado a consumirme;
noto en las vísceras el fermento y en mis venas una sangre
viscosa
que empobrece mis antiguos fuegos.
Solo soy harapo, escurridizo paño hecho jirones,
bandera imposible para el más oscuro temporal.



Y cierra esta sección del breve/intenso poemario la «Ausencia final», que concluye con el rigor y la calidad evidenciada desde los inicios del magnífico cuaderno:



Como quien sacia de golpe todos los odios, devoré un año
entero.
Mondé, sajé los meses uno a uno hasta verles el cráneo
seco,
con dientes de chacal y garras de buitre fui sobre sus días
cortejada por una angustiosa fuga de Bach.
[…]
Cuánto despertaron mi furia visceral aquellas semanas
alargándose como anacondas dormidas.
Y los días soberbios del otoño, empeñados en mostrarme
sus orlas argentinas y sus soles como monedas
apagadas silenciosamente.

Hubo días mártires que asistieron a su hora
con la cobardía servil de antiguas inmolaciones,
fueron entonces holocausto mis predios
y los días torpes se extinguieron entre mis manos
aferradas con rabia a unas tráqueas de oblea.

Homicida, homicida, repetía en mis idas y vueltas.
Homicida agazapada tras los días y los meses,
urdiendo el modo de aniquilar diciembre.



Y para concluir su doloroso recuento del viaje a la patria —cruda nostalgia mediante— la poeta dedica a Virgilio Piñera otro de los excelentes poemas de su profunda poiesis/creación —y, sin duda, de la poesía cubana contemporánea—, y lo parafrasea en el título de su texto y cuaderno: Sobre mí el peso de la Isla.

Armada del lenguaje conceptual, definitorio del poemario desde sus primeras páginas, continúa su denuncia de la (ir)realidad de Cuba en apenas siete páginas.

De tal suerte, ya en sus versos iniciales  Mayda Anias revela el status decadente a que ha llevado el país la malhechora y sangrienta corte castrista desde su trágica instauración, con su cohorte de cobardes informantes y edecanes que le hacen el juego por no perder sus prebendas, a costa del hambre y la falta de libertad de los cubanos.



Lánguido caimán del zoo, Isla ruidosa, ruinosa,
cada día te levantas estrujando con pereza los ojos
lechosos,
echando el aliento pestilente de tus aguas infectadas
donde los peces se revuelven y saltan del cieno a los
zarzales
en busca de gusanillos y de pescadores sin escrúpulos
a quienes pagamos sin miramientos un asqueroso manjar
para deglutirlo trabajosamente dos veces al mes.

Estoy harta de ayunar mi hambre de cada día.
[…]
Mi hambre física (metafísica) gruñe de día y de noche,
ha puesto su boca en mi epigastrio,
acentúa la sombra de mis ojos,
me ha dado un aire de Virginia Woolf, pero es pura
hambre,
lo digo. Yo solo agradezco la taza de café.
Y reniego de nuestra versatilidad,
de nuestra grácil imaginación
de nuestro ir alegremente a lo que sea
de nuestra intuitiva rapidez
de la osadía inexpugnable
maldigo nuestra simulación, nuestra fatuidad
nuestra huérfana buena fe
nuestra reputación de ímprobos corajudos
maldigo nuestra permanente condición de cigarra cantarina
ese actualismo imprevisor que nos tiene con el culo al aire
y escupo sobre los héroes ávidos de un premio justo
así en el cielo como en la tierra.
No quiero ser como los cristianos de Nerón,
No estoy hecha para la simplicidad de ver pasar
durante medio siglo
la guardia pretoriana, nada digno de testimonio.



Mas, no conforme aún con las directas acusaciones contra el régimen totalitario impuesto por los forajidos Castro, arremete contra las cárceles de la tortura: «Nuestro Chichén Itzá se llama Manto Negro, Villa de los Hermanos Maristas.»

Y continúa su justa queja en nombre de tantos, de todos los que, como ella, padecen la Isla carcelaria:



Me revuelvo en mi náusea permanente
inmovilizada por el acero que me circunda.
Salgo a tomar el sol y la calle es un Edén
bañado en vómito de cancerosos y borrachos,
no puedo acostumbrarme al hedor inmundo de los
cobertizos,
a las exhalaciones húmedas y los ojos pegajosos
que me miran indolentes
mientras un sonsonete agrario declina en la televisión.



Y llega la referencia directa al poema y autor homenajeados en dos estupendos versos parafraseados: «y en los ojos solo está el agua, / esa inicua circunstancia por todas partes».

Otras etapas del reciente pasado se erigen, testimoniales de la dura realidad, en versos críticos e irónicos, tales los siguientes:



Vino el tiempo de cantar alegremente
y todos soñábamos con ir a Moscú, más tarde a Pekín,
finalmente ha sido Caracas, pero soñábamos…
Y el fin de siglo era un advenimiento casi bíblico,
luego supimos que el sueño consistía en seguir soñando,
que solo eso nos salvaría: Moscú se fue al carajo
y Pekín está en el quinto infierno, vayamos, pues, a Caracas
aunque no pisemos Maracaibo, aunque sus cumbres
nevadas
sean, acaso, una mirada alguna que otra tarde
mientras acechan los malandros y cantamos bajito, maldita
sea,
el deseo de retornar a la isla-llave de dos mundos.



Y, ya alejándose de «la tierra más fermosa que ojos humanos vieron», se despide de aquella (i)rrealidad a pesar de todo querida, no obstante tantas infamias y canalladas que la tienen ensombrecida con millones de sus mejores hijos distantes en el involuntario exilio:



Pasa un reptil escuálido al que le crece por enésima vez la
cola
se alargan las espinas hasta los manglares
la tierra es cada vez menos tierra y el océano cada vez más
ancho.
Yo me sumerjo lentamente en las oquedades de los
acantilados
donde cantaron los poetas tristes de los mausoleos,
empezaré a labrar obstinadamente mi venera
hasta que me fracture el aguijón de un hierro extraño
y desmenuce por el mar mis alabastros.



Con la publicación de Sobre mí el peso de la Isla, texto clave de la poesía cubana contemporánea de las dos orillas, Mayda Anias realiza una contribución esencial al cada vez más fortalecido discurso poético del exilio.


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