jueves, 21 de enero de 2016

MARICEL SANTIN [17.972]


Maricel Santin 

Nació en Buenos Aires, Argentina en 1978.
Escribe poesía, narrativa y teatro. También es actriz egresada de la EMAD.

Publicó la plaqueta “Problemas chicos” (aro aro 2003), participó en antologías de poesía “Un lugar de escritura” (2008), “Infancias” (Ed. Años luz 2012), “La tía Angélica” 1° premio en el concurso organizado por Jitanjáfora ONG (2012) y obras de teatro para niñas y niños (Estrada, SM, Puerto de Palos, Quipu y Estación Mandioca). Su obra “Lo Perdido” recibió mención especial de jurado en el concurso “Derecho al escenario” organizado por ATINA (2013).

Desde el año 2001 coordina talleres de escritura de forma particular y en instituciones públicas y privadas.

Como dramaturga estrenó Mudanza (teatro de títeres para adultos-2013) y “Todo lo que” (Danza teatro - 2014).






Maricel Santin | Historia clínica


Cincuentonas toman mate
desarmadas de la risa.
Si no fuera lo que es este lugar, yo creería
que venden tuppers o se juntan
a criticar a los maridos y salir de la rutina.
Igual también la tarde
se aprovecha para eso.

Quiero saber
qué es
lo que tanto las divierte.
Me acerco en actitud
de maestra de primaria
que pregunta sin hablar
¿por acá qué anda pasando?
Con los ojos chispeantes y un suspiro
que sostiene la siguiente carcajada
una de ellas me responde: ¿vos sabés
cómo quiso matarse
esta hija de puta?



*


Ella se quiebra
ante un modo cariñoso
mío de llamarla
acortando su nombre como si así también
redujera la distancia entre nosotras.
Es automático, termino de decir
y empieza a temblar
su pera, veo
el principio del derrumbe.
Un edificio a punto de perder
parte del techo, un balcón, la columna
vertebral, no importa
lo estructural acá,
cualquier pieza que se pierde
nos deja rotos.

Entre escombros asoma un hilo
de voz pidiendo auxilio

Por favor, no me digas
Mari
que me falta la mitad
del nombre.



IX

La enfermera da la orden:
Salgan todos, vos quedate.

Ayudame a levantarlo y lo deja
desnudo en un segundo.
Yo no alcanzo a darme vuelta entonces veo
su cuerpo entregado
a las manos de quien sea.

No me animo sin permiso. Abuelo,
¿a vos te da vergüenza que te cambie?
le pregunto, mientras busco los pañales.
Es lo mismo, aprieta los ojos.
No llora, ni duerme.
Es lo mismo, pero no vamos
a cruzarnos la mirada.

Historia clínica. Ediciones Del Dock. Colección La verdad se mueve. Buenos Aires. 2016.

  


Internaciones breves

Susana escribe sobre ciervos
el plumaje que los cubre, el amor
con que protegen a sus crías,
cómo dormían cerca de ella
en el campo donde pasó su infancia.
Con un lápiz hace un cuerpo
tiene pico
y cuatro patas largas.
Así son los ciervos.
Y me clava los ojos
cortando
cualquier duda en pedacitos.
Así son, donde está ella ahora
en el lugar que su cabeza
dejó para el recuerdo.

*

Acá nada me causa gracia, no sé
de qué se ríen.
Pierde los ojos en las rejas
que separan un patio verde
del gris que reina adentro.
Busca algo, acá o allá
que la convenza. Pero no.
Baja la mirada y mueve la cabeza
negando el optimismo.
¿De qué voy a reírme?
Mueve la mano con gesto indefinido
¿De las mariposas que pasan por acá?

*

No quise matarme
no estoy triste solamente
escribí la letra
de mi tema preferido en la muñeca
uno de radiohead, salió
demasiada sangre y me asusté.
Por eso estoy acá.
El psiquiatra dice
que después cantó
la canción completa.

*

¿Estamos todos locos?
grita desde el centro de su panza.
Se dejó llevar por el modismo y se da cuenta.
Agacha la cabeza,
se acomoda la pollera.
Sí, ya sé en dónde estamos,
pero me tocó la concha.
Y acá no vale todo.

*

Parada en la escalera
el descanso que divide
adentro y afuera
mira la pared
con el abrigo puesto, la mochila
colgando de la espalda.
Pasan rápido los días
y solo se mueven ágiles
sus dedos
repetidas veces
haciendo alguna cuenta.

*

Tengo la llave
no sé si es justo
pero me voy
todas las tardes cierro
las dos puertas
los dejo
adentro.



Menos mal

Mis abuelos
llenaban la frutera con remedios,
adornaban así el centro de la mesa.
Ahora mi papá pone las cajitas
al lado de su plato cuando come,
antes de sentarse las busca
y las apila.
La otra abuela hizo prometer
que no iban a operarla,
incluso moribunda escupía las pastillas.
Mi mamá lloraba
pegando pataditas en el piso,
no quería más
el remedio para la tristeza.
Si algo me duele
yo compro lo que dice la receta,
lo guardo un tiempo
y no lo tomo
por el miedo.

*

Según mi hermano
no dijo nada en toda la mañana
es ahora al verme
que esta muela
se hace sentir en la boca de papá.
¿Su muela
duele solo en mi presencia?
No me importa
a él le duele y yo lo abrazo
En este trato ¿qué es
lo que él acepta y no me dice?

*

¿Qué hace mamá de noche?
En ese misterio
nos quedamos siempre
dormidos.
Creíamos que fumaba
a escondidas
o juntaba sueño
para la mañana.
Pero ya fuma delante de cualquiera
nadie la despierta
con un mate en la cama
y ella sigue
velando el secreto.

*

se sabe
hay placer en el peligro y al revés también
pero tengo un corazón que avisa
no te olvides
en un sillón también podés morirte
o pasar años
con una tristeza que no te deja
ni tomar un colectivo
activate, no te quedes
tan quietita
sin embargo me abandono
es común verme sufrir
panza arriba
con la mano en el pecho
o midiendo la presión
en la carótida

*

La señora Reiki me clavó los ojos:
–Voy a dejarte como nueva.
Encerrada en su camilla
descubrí todo lo mío.
Ella podía sacar un arma blanca
y matar a la serpiente
que veía yo entre sueños.
–Tenés que estar mal para estar bien,
a la madrugada me despertaba
sintiéndome loca para siempre.
Igual seguí poniéndome en sus manos,
si dejaba de verla podía maldecirme.
–Estás en una edad jodida, muchas mujeres
mueren o se enferman,
voy a seguirte
curando a la distancia.
A veces estoy triste y creo
que todavía piensa en mí.

*

Enfermera voluntaria en la sala
que lleva hoy su nombre,
mi abuela curaba todo: el empacho,
culebrilla, mal de ojo y también
tiraba las cartas. Podía ver.
Salvó a mi hermano
de una operación, los pies
en la corteza de una higuera
y toda la fe
de la familia puesta en ella.

*

La otra abuela tenía
el libro de las enfermedades,
jugábamos a adivinar
si era sarampión o varicela
infección o fiebre tonta.
En esas páginas
estaba la mayor sabiduría
y el deseo
de un doctor en la familia.

*

Hermanos asustados
por el árbol genealógico
plantan paralelo una semilla
hablan por teléfono
él se compra una trompeta, ella patina
mientras esperan
ver las ramas nuevas.
Así se cuidan.
Tener un hermano, menos mal.



Yo soy la reina

– “… Y, entonces, el rey y la reina vivieron felices.”
La seño cerró el libro gordo de los cuentos viejos. El peso de la tapa sonó firme.
– Colorín Colorado… Todo fin es un comienzo. ¡Aquí nada ha terminado!
Es que a la seño no le gustaban los finales tan abruptos y propuso un juego:
– En la historia que les acabo de leer suceden muchas cosas importantes, pero como siempre pasa en la vida, también hay algunas que no se cuentan. ¿Les gustaría elegir un personaje para representar las escenas que le faltan a esta historia? ¿Qué les parece, chiquitolines?
Les pareció genial, por supuesto. Siempre era un plomo analizar el cuento o responder preguntas obvias. Inventar algo nuevo y actuarlo los hacía sentir artistas. El entusiasmo entró por la ventana y se metió en las cartucheras, se escabulló por los bolsillos, se posó entre los pelos despeinados.
Enseguida empezó el griterío: Yo soy el alcalde; Yo, la panadera; Yo, el cocinero loco; Yo, una bailarina que llega al pueblo en barco; Yo soy Mickey; ¿Qué tiene que ver Mickey?; ¡La seño dijo que elijamos un personaje y yo quiero ser Mickey!; Entonces yo quiero ser Maradona; Bueno, yo, la princesa del pelo lacio; No, no, yo quiero ser la princesa del pelo lacio. Bueno, seamos hermanas. ¡Dale! Yo, Yo, Yo, Yo… ¡Yo soy la reina!
Un silencio inmediato interrumpió la organización.
– ¿Listo? ¿Ya decidieron?
– Hay un problema, seño. Hernán dice cualquier cosa.
– ¿Por qué? Si venían muy bien…
– Dice que él quiere ser la reina. Eso no se puede.
Las bocas sin sonido, los ojos de reojo, las mentes color blanco hablaban de una duda. ¿Hernán, la reina?

-Vos dijiste que elijamos, seño –dijo Hernán.
– Bueno, pero tampoco la pavada, nene. Hacé algo lógico.
– ¿Y a vos qué te molesta? Dejálo tranquilo.
– No es que me moleste pero…, pero…

Todas las miradas buscaron a la seño. La seño no dudó.

– Listo el pollo. Los personajes están diez puntos. A mí me parece que ya están para ensayar. Lo que yo quiero ver es cómo se las van ingeniar para meter a Mickey en el 1500…
– Sí, eso es cualquiera. Mickey es re de chiquititos.
– Pero yo digo que es Mickey que viene del futuro…

La seño sacó del armario una bolsa llena de ropa antigua y objetos en desuso. A los pocos segundos un trapo era la capa del rey; una planta artificial, la corona de la reina; había anteojos de sol para Maradona; una camisa floreada para el cocinero; anillos en las manos de la princesa; un bonete y una cuchara para la panadera; vasos de plástico para todos…

Y se armó la nueva historia:

“Una mañana, la princesa caminaba muy tranquila por el pasto. Se encontró con Mickey y el flechazo fue inmediato. La deslumbraron sus orejas de hoja canson y los botones verdes del chaleco amarillo. Decidieron casarse. Mickey fue a pedir la mano de la princesa. El rey se enfureció, las leyes siempre habían prohibido ese tipo de uniones. La reina, parada en el escritorio de la seño, decía que lo importante era la felicidad de su hija. Pero el rey se opuso. En el pueblo se armó una reunión. Votaron. Ganó el amor. El rey se enojó tanto que se desmayó. La boda se preparó con el rey en el suelo. Para el festejo, el cocinero loco hizo una torta de berenjenas. Maradona, un show con la pelota que conquistó a la panadera. El rey se aburrió de estar tirado y se levantó para entrar al salón con su hija de la mano. La reina aplaudió con lágrimas en los ojos. La bailarina cantó a capela el Ave María con una coreografía de rap. El alcalde sacó mil fotos. La hermana princesa se hizo bucles…
La reina reinó.



El cuento de la tía Coca

La tía Coca quiere un cuento. Estar en uno, ser la protagonista. No sabe bien de qué género, ni tampoco si quiere aprovechar para decir algo. Pide, reclama su cuento con desparpajo. Parece no importarle el riesgo de que le escriban una historia horrible. Quizás no haya pensado cómo se las va a arreglar mezclada entre un montón de palabras. No se le debe haber ocurrido que se pueden decir cosas feas de ella, mentiras que la dejen mal parada. Es muy raro, no se preocupa analizando si le conviene o no llevar un relato sobre su espalda.
Ella quiere un cuento, sea como sea. Es que en su familia casi todos son personajes. Hay una chica que escribe y los mete en historias con título, metáforas, peligro y desenlace. Entonces ella también quiere ¿porqué no? ver su nombre en una hoja, ser parte de aventuras, sospechosa de misterios… quién te dice, alguna historia de amor…
El verdadero nombre de la tía Coca es Norma Beatriz. En un cuento rápido podría ser: Norma Beatriz, la emperatriz. Vivir en un palacio y tener el pelo lacio. Ser recontra millonaria y veranear en las canarias. Usar vestidos rosas y cantar a las mariposas… Tenerlo todo menos el amor. Porque su amado pertenece a una familia enemiga y se ha ido a la guerra. Mientras tanto ella espera, desespera, teje y desteje… Pero está lleno de cuentos parecidos y la chica que escribe dice que quiere otra cosa para su madrina. Finalmente se ponen de acuerdo: hay que esperar que aparezca una historia a la altura de su protagonista.
Mientras tanto la tía Coca sigue su vida: desayuna con mate dulce, va a la panadería, charla con vecinas, hace manualidades… La tía Coca posee una habilidad que muy pocos tienen: le salen flores. Todo lo que toca lo convierte en flor. Desde el papel más refinado hasta la miga de una flautita. Hace tortas para los cumpleaños con rosas que se comen, almohadones con margaritas de cinta bebé; pinta tulipanes en las paredes, nomeolvides en las camas, conejitos en el baño. Se obsesiona. Desde hace un tiempo ve el mundo repleto de objetos sin belleza. Todas aquellas líneas rectas, esas geometrías aburridas la llenan de pena y no puede soportar. Cómo quedarse de brazos cruzados cuando en sus manos está la posibilidad de convertirlo todo en pura belleza florida. Le tiembla el pulso al ver el horror de las servilletas dobladas en triangulitos. Se le nubla la vista ante la caída tonta de la tela de una cortina… Siente que con sólo mirar puede saber cómo sería y sería mejor. Entonces, pone manos a la obra y comienza a transformar. Primero se maneja con pliegues, plin-plan-plum y la bolsa de los mandados es una dalia. Pero muy pronto llega la tijera, el pegamento, la combinación. ¿Por qué vivir sujetos al aburrimiento de la costumbre?, dice mientras construye un crisantemo mezclando los botones del control remoto con cáscaras de banana. Así va convirtiendo todas las cosas: las toallas y toallones, la ropa de los hijos, los churrascos de la cena.
Pero mientras ella disfruta de su ímpetu creativo, crece la preocupación general y se reduce el espacio de la casa. Ya no es gracioso verla achinar los ojos porque descubrió en una percha el cabito de una cala. Los hijos deciden hablar con ella. Coca reconoce que se le está yendo la mano, que quizás últimamente esté un poco pasada de rosca. Dice que hace las flores mientras espera que llegue su cuento, que la ansiedad la pone así y no puede parar.
Entonces empieza la familia completa a pensar ideas para un posible argumento, creen que sólo es cuestión de decir: “escribí de esa vez que enfrentó a los ladrones” o “que vaya al supermercado, que ahí pase algo y se pelee con una vecina; con Herme, ponele, ya con Herme tenés para una novela”. Tiran frases sueltas esperando que de eso salga un cuento y rápido.
La chica se empieza a enojar con todos, un poco con cada uno. Es lógico, más la presionan, menos se le ocurre algo. Y entonces se aísla, la pobrecita, atormentada de ideas, piensa…
Mientras tanto la tía Coca avanza sobre todo lo que encuentra. Daría pena destruir el ramo que hizo con las carpetas del trabajo o estirar los jazmines que improvisó con la soga de colgar la ropa. Brotan flores por todos lados y apenas se puede entrar a la casa. Apuran a la chica, desesperados, los hijos sin camisas, sin lugar donde apoyar su taza de café con leche.
De pronto, no se sabe cómo, la chica tiene una idea. Dominada por una fuerza casi mágica empieza a escribir un texto. Les dice a los primos que esperen, que en poco tiempo terminará la primavera. Ellos no pueden reírse del chiste porque se les metería un jacinto entre los dientes.
La chica termina el cuento y llama por teléfono para avisar, pero no la atienden. Es posible que no puedan encontrar el aparato perdido en medio del jardín. Se preocupa y sale corriendo veloz hacia la casa de su tía. Cuando llega ya es de noche. La imagen es muy fuerte, crecen pimpollos entre los huecos de la persiana. Ya no hay timbre, los cables forman un ramo de rococó. Tira el cuento por abajo de la puerta y vuelve a su casa misteriosamente aliviada.
Al día siguiente lo encuentra la tía Coca que, en dos minutos, lo trasforma en una azucena por no tener la paciencia de ver que decía ese papel chato, lleno de letras negras. Ahora decora la cabeza de la tía Coca que, de pronto, dice estar cansada de las flores, que quizás se dedique a otra cosa.

https://enunrincondeminaceraunaplanta.wordpress.com/2012/06/14/poemas-de-internaciones-breves-y-menos-mal-cuentos-infantiles-maricel-santin/





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