sábado, 9 de enero de 2016

ERNESTO G. [17.877]


Ernesto G. 

Ernesto González (Maurice Sparks). La Habana, Cuba, 1967. Poeta, narrador, videasta y blogger. Licenciado en Lengua y Literatura Inglesas por la Universidad de la Habana. Primera mención (Poesía) en el Concurso “13 de Marzo” (1987). Ha publicado “Los relatos de Maurice Sparks” (Editorial Silueta, 2011). Codirector de revista de arte y literatura Conexos y director de iSawFinger Productions. 
Editor del blog http://losrelatosdemauricesparks.com/.


Un ave extraña cruje
 
Un ave extraña cruje: se quiebra
su voz como un río ante la cascada.
Voces las voces que preceden
su canto sin rumbo,
ave que vuela en círculos,
horadando oquedades,
luces como un grito.
Hombre viajando desnudo,
abrigando intrépidas fantasías:
su hora, el sueño,
ahí habita sin pretensiones,
alucinado, impreciso,
tocado por una luz incierta,
anunciando con sonidos
las displicencias.




ESCENA

La madre corta una cebolla
y cercena el tiempo en dos mitades.
El plato llega a la mesa. 
El niño mira el humo,
anticipa el sabor y sonríe.
La madre vuelve a la cocina
y se queda allí, ya para siempre.
 
 

 
Bárbaro el roce de la navaja
 
Bárbaro el roce de la navaja,
metamorfosis predecible:
sangrar hasta ver los fuegos,
el alba aquí, en tus brazos.
Fundar ciudades fantasmas,
naves que van y vienen,
ciclo del árbol, nutrido,
nutriente, lacerante
equilibrio, voz y eco y Dios:
ecología de la apocalipsis,
credo más allá del dogma,
Caín cayendo hacia la nada.
 
 
 
Vida
 
Sobre qué sombras qué,
nada más, nada menos.
Decir y dar–luz y arena.
Abrir olas como libros,
infinitos versos infinitos.
Sobre qué luz qué, ir
bajando desde lo alto,
ver con ojos de sombra la luz:
al final tanto principio,
al principio todo final.

La Habana, mayo 2015

 
 
 
Artificio
 
Estado natural: el artificio.
Dispersos los discursos,
el hombre acude a soliloquios,
esgrime palabras que lo exoneran,
se adhiere a símbolos que lo nombran
sin tocarlo, sin definirlo.
Va cargando el peso de su ligereza,
sumido en su mundo de suburbios,
alzando la voz para callarse,
para ser apenas un ruido más,
un ruido hondo y sin distancia,
un intento de voz, es decir, un artificio.




A EMILY

Hija, vayámonos lejos,
allá entre los árboles.
¿Ves el agua?
Cae o corre.
Corre o cae.
Lluvia o río.
Río o lluvia.
Corramos con ella,
a su lado, muy juntos,
entre los árboles.

 
 
 
The Trash, the Rainbow, and the Poem
 
On my way to take out the trash,
I saw a rainbow.
It was still raining.
I searched in my pocket.
No phone.
I couldn’t take a picture.
I went back to the house.
It was still raining.
The rainbow behind me.
Ahead of me, a glass of whisky
And the strange desire
To write a poem
About an elusive rainbow.
I wrote the poem, drank the whisky.
The rainbow was now in a poem,
Ahead of me, like all writing is.
An exercise towards the future,
A movement in time.
The poem was now inside the rainbow.
The whisky was now inside my liver.
The trash was now behind me
Inside a container
ready
to be
compacted.






La serie Bolígrafos pertenece a su libro Los relatos de Maurice Sparks (Editorial Silueta, 2011). Reside en Miami.


LOS BOLÍGRAFOS. Ernesto G.

Los bolígrafos grises

Los bolígrafos grises son seres traviesos y malcriados. A veces pudieran resultar simpáticos, sobre todo cuando uno se ha dado unos tragos de más y no tiene otra cosa que hacer. Uno se divierte con su comportamiento ridículo. Poseen una idea exagerada de sí mismos. Uno les llama artistas, genios maravillosos, maestros indiscutibles, pero en verdad son unos miserables a los que desde niños les hemos permitido creerse algo que no son. Han estado rodeados siempre de gente buena, gente de la que han sabido aprovecharse o que quizás los han dejado porque la verdad es que estas criaturas son dignas de lástima. ¿Qué pudiera ser peor que ser un bolígrafo gris en esta vida, en la otra, o en la que está por venir? Realmente hay algo peor: creerse bolígrafo cuando no se es más que un simple lápiz, pero eso es algo que nunca les diremos a los pobres bolígrafos grises. Ya Dios los ha castigado suficiente.




Los bolígrafos de color indefinido

Oh, los bolígrafos de color indefinido. Son de veras muy extraños. Usted los mira y pudieran parecer grises, sobre todo en ciertos días de invierno cuando la luz es pobre y el alma anhela el calor del verano. A veces no. A veces parecen negros o azules o blancos. Son seres camaleónicos, indefinidos, desconfiables. Son, además, la especie de bolígrafos más antigua que se conoce. En una cueva del sur de Francia, hay un dibujo antiquísimo que muestra un par de bolígrafos de color indefinido bailando el baile de la supervivencia, una extraña danza que consiste en acostarse boca arriba y quedarse bien quieto, como si uno estuviera muerto. Y esa es la característica que los distingue de todos los otros bolígrafos: su capacidad de supervivencia. A uno le cuesta trabajo reconocerlos por su color; sin embargo, su rasgo más distintivo, el que los hace seres únicos, es su habilidad para salir ilesos de cualquier situación de peligro. Lea, por ejemplo, la lista de sobrevivientes de cualquier desastre aéreo y se dará cuenta de lo que digo. En esa lista la mayoría de los afortunados sobrevivientes son bolígrafos de color indefinido.

Yo le aconsejaría que se cuidara de ellos, pero sería pedirle demasiado, ya que al fin y al cabo son bolígrafos de color indefinido y a menos que se hallen en una situación de extremo peligro, usted no sabría distinguirlos.




Los bolígrafos transparentes

Los bolígrafos transparentes (translucidus perennes) sufren serios trastornos de personalidad. A primera vista a uno le parecería que son seres diáfanos por su falta de coloración externa, pero en realidad eso es sólo un camuflaje. Puede que la tinta sea de distintos colores pero todos son esencialmente iguales. Son seres complicados, difíciles de entender. Se pasan el tiempo tratando de saber quiénes son, cuál es el significado de sus existencias, en qué bando debieran estar, por quién debieran votar, qué debieran decir cuando su jefe les hace una pregunta, por simple que sea. No están seguros de nada, dudan todo el tiempo, desconfían de todo el mundo. Son tímidos y hacen lo imposible por pasar desapercibidos. Hablan poco, siempre en monosílabos. Muchas veces sólo mueven la cabeza, indican con el dedo o se quedan callados para que su interlocutor interprete su silencio. De modo que si el interlocutor pregunta: «¿Habrá buen tiempo para salir a pescar el martes?», el translucidus perennes lo mira fijamente y no dice nada. El interlocutor interpreta la no respuesta como una afirmación, sale a pescar el martes, lo agarra una tormenta y se ahoga. El bolígrafo transparente puede entonces irse a la cama con su conciencia tranquila.

Uno entonces comprende por qué alguna gente dice que el exceso de luz hace mucho daño.




Los bolígrafos rojos

Ah, los bolígrafos rojos. ¡Qué animales tan curiosos! Siempre tratando de llamar la atención. Siempre protestando por esto o por lo otro. Siempre buscando la manera de encontrarle las cuatro patas al gato. A menudo se las encuentran, lo que no es muy conveniente porque el gato se incomoda y los ataca. Siempre terminan llenos de mordiscos y arañazos. Entonces regresan a mi oficina muy solemnes y empiezan a colocarse medallas en el pecho y a dar discursos con palabras altisonantes. Nunca me permiten que los guarde en la misma gaveta donde coloco a los azules y a los verdes. Ellos quieren estar más alto y en un lugar visible. Para complacerlos los pongo en el librero, bien juntos, de pie, como merecen estar. Lo que no saben es que ahí tan alto les llega el polvo más rápido.

Uno los mira desconsolado porque con ellos, la verdad, no hay nada que hacer.



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